
Bárbara Mingo
Lloro porque no tengo sentimientos
La Navaja Suiza
200 páginas
Lloro porque no tengo sentimientos, colección de ensayos de Bárbara Mingo editada por el sello La Navaja Suiza, se hizo acreedor del 46º premio Tigre Juan. El hecho de que un galardón prestigioso como este, abierto a todo tipo de propuestas literarias, premie un libro de género ensayístico da cuenta de una de las -saludables- mutaciones que la apreciación de lectores y críticos ha experimentado en los últimos años.
Bárbara Mingo es autora de libros de poesía (De ansia de goznes mi alma está hecha y Al acecho) y de la novela por entregas Corazón de crustáceo, publicada en El Estado Mental, revista digital ya extinta de la que fue redactora. En Lloro porque no tengo sentimientos Bárbara Mingo ofrece al lector una panoplia de prosas que aúnan lo reflexivo y lo biográfico. Podríamos encuadrar esta obra (usando la categoría propuesta por Ginés S. Cutillas) dentro del ensayo-ficción, es decir, una práctica de escritura que se mueve en un terreno a medio camino entre la autobiografía y el ensayo y que se engloba dentro de lo que Manuel Alberca llama el pacto ambiguo: el complicado deslinde entre autor, narrador y personaje que obliga al lector a preguntarse ante cuál de ellos se encuentra en cada momento. No es este el lugar en el que ahondar sobre cuestiones de teoría literaria, pero el auge de la autoficción sin duda ha beneficiado la proximidad de esta al ensayo y, de consuno, el consiguiente éxito de eso que llamamos ensayo-ficción.
Encontramos en Lloro porque no tengo sentimientos una crónica del traslado de los restos de Franco del Valle de los Caídos (Plano general, primerísimo primer plano y plano generalísimo), una descripción de objetos cotidianos (Lo que hay en las estanterías), un catálogo de los sonidos favoritos de la autora (Algunos de los mejores sonidos), una memoria personal de la fascinación por la música y la figura de Franco Battiato (¡Atrás, casacas rojas!) o un recorrido cotidiano en el que el protagonista resulta ser la luz solar en un día de invierno (El sol de invierno), entre otras muchas cosas. En todos los textos que componen este libro se aprecia una observación atenta de la realidad y, sobre todo, un trabajo literario encomiable que se adentra muy a menudo en lo poético en el amplio sentido del término, por el lenguaje cuidadoso en el que se expresa lo que la autora quiere transmitir y, sobre todo, por las conexiones metafóricas de ideas y registros sensitivos desplegados a lo largo de estas páginas. Estamos muy lejos, incluso en los textos que tienen que ver con algún asunto de actualidad, de la habitual crónica o columna periodística. Es este, insistimos, un libro que goza de las mejores cualidades de lo literario, si entendemos (y eso, a estas alturas, no debería suscitar ninguna sorpresa) que lo literario no reside exclusivamente en lo novelesco. Resulta difícil seleccionar una muestra de lo que decimos, ya que la calidad se reparte homogéneamente a lo largo y ancho de las páginas de esta obra. Nos resistimos, sin embargo, a no ofrecer un vislumbre de ello:
«Aunque se desparrama, el sol que incide sobre el muro irregular y blanquísimo resulta tan concentrado y tan evocador como una taza de café negro. El hábito de prepararse con cuidado un placer breve y común, como el café que beberemos de la tacita minúscula, es un aprendizaje de generaciones: multitud de gente bailando en la cabeza de un alfiler. No es lo valioso solo lo que introducimos en nuestro cuerpo, el café, sino la larga tradición de prepararlo bien. A Europa lo trajeron los mercaderes venecianos. La cantidad de cosas que han tenido que pasar para que exista Venecia y para que allí se desarrolle y triunfe el gremio de los mercaderes es inmensa; cabe en la minúscula tacita y tú te la bebes, la vacías en el gaznate con un movimiento gracioso de la muñeca. En los barcos llegaban el café y la peste. Viajaré a Venecia gracias al sol».
La escritura de Bárbara Mingo es personal, es decir, parte casi siempre de su experiencia o su memoria, pero se adentra muy a menudo en el terreno de la literatura, la música o el cine, mostrando que la cultura no es una carga sino una manera de intensificar las impresiones que aporta la experiencia.
Decía Barthes que los intersticios (entre la ropa y la piel) son el espacio natural del erotismo. La apertura de una falda, la cintura al descubierto bajo el top, un escote. De igual modo apreciamos entre el ropaje cultural que exhibe la autora el desvelamiento de una seductora intimidad que se aleja de la obscenidad de otras propuestas. Un erotismo textual, si seguimos hasta el final la idea de Barthes.