
Fernanda Trías
El monte de las furias
Random House
240 páginas
Hace algunos años entrevisté a la escritora uruguaya Fernanda Trías y le pregunté por su insistencia en narrar «historias de mujeres que están solas, escribiendo algo y, al mismo tiempo, sobreviviendo, tratando de vencer lo invencible». Ella se rio bastante con la frase y me dijo que su próximo libro —que es el que tengo entre manos ahora, El monte de las furias— calzaba sin duda con esta descripción. Desde La azotea (2001), en que una mujer encerrada en un minúsculo espacio lidia con un padre enfermo y una niña recién nacida, pasando por muchos de sus cuentos y la premiada Mugre rosa (2020), en que la cuidadora de un niño arriesga su vida en un entorno apocalíptico, Trías ha sabido hacer de su narrativa una suerte de fenomenología que despoja a la realidad de las capas que nos distraen para llegar al hueso de las palabras y las cosas: «Si yo quisiera decir “Esta es mi roca”, debería aprenderme de memoria su forma y cada hueco, cada rendija, cada abolladura, cada pelito de musgo y cada mancha (como lunares) de los líquenes amarillos. Sería tan difícil como aprender un idioma nuevo», reflexiona la protagonista de esta nueva novela.
La llaman «la montañera» porque vive apartada de todo, guardiana de un alambre de púas que parte en dos el monte, donde hay una cantera. Su historia, contada a saltos, con adelantos y retrocesos temporales, es el de una niña que creció como pudo en un pueblo llamado «Pueblo Pobre». Ella es el último eslabón de una genealogía de mujeres presentes y hombres ausentes. Sobreviviente de un parto sin oxígeno, la montañera es una pieza extraña en el rompecabezas del pueblo, de donde no le quedó otra que salir a los 18 años, rumbo a un trabajo solitario en la montaña.
En sus cuadernos ella irá anotando sus recuerdos: la sabiduría de su abuela, los maltratos de su madre prostituida y alcoholizada, la forzosa salida del colegio, todo aquello que la llenó, cree, de veneno. La suya es una furia que reconoce también en otras mujeres: «Mi madre siempre andaba con el cuello de las camisas mojado. No se secaba las lágrimas. Las dejaba deslizarse mejilla abajo y había algo en esa humedad que le provocaba consuelo. A la ira la llamaba tristeza. Mi abuela era de fruncir la boca y podía quedarse callada un día entero sin dirigirte la mirada. A la ira la llamaba atropello. Todas nuestras vecinas andaban así, poniéndole otro nombre a su rabia. La llamaban cansancio, la llamaban mala suerte. La llamaban dolor de espalda. Si llovía la llamaban aguacero, y si salía el sol la llamaban bochorno». Los cuadernos —cuatro en total, cada uno un capítulo de la novela— se alternan con los episodios en que el punto de vista se desplaza inesperadamente hacia la montaña, o hacia las almas que la rondan. He aquí una de las apuestas más arriesgadas de Trías, quien decide desplazar el foco desde la subjetividad de la montañera hacia un exterior que devuelve su imagen, completando así, en ese vaivén, las distintas aristas de esta violenta historia. A diferencia de Mugre rosa, donde la situación apocalíptica es apremiante y empuja casi toda la acción en una trama argumental más esquemática, El monte de las furias (que pudo llamarse, también, La furia de los montes) se sustenta en ese juego del adentro y del afuera, al modo en que podría hacerlo la poesía. Es fundamental en el trabajo del lenguaje la exploración de la percepción y la materialidad de las cosas. «La montaña no conoció a su madre; no conoció a su padre. Otras cordilleras hablaban de un estruendo ensordecedor. Las islas hablaban de un gran fuego en las entrañas. Ella se sentía huérfana de memoria», escribe en este nuevo libro Trías, donde dialoga con textos como el Popol Vuh, rompiendo las formas en que estamos habituados a pensar el paisaje (y nuestra relación con él). Las vidas de la montañera y la montaña se cruzan y activan, se dan entre la contemplación, el amor y el temor, en una relación que ya no es la de la causalidad antropocentrista.
Hoy se habla mucho de una ética de los cuidados; esta novela atraviesa y enriquece esos discursos con imaginación poética y un mínimo de elementos y personajes y también, curiosamente, con un suspenso creciente, que viene de las atmósferas y de pequeños detalles que van atizando la angustia lectora. Trías tiene la habilidad de construir ese mundo amenazante y violento, pero también tierno y lleno de luz, como la misma voz narrativa de la protagonista, esta mujer prácticamente iletrada pero curiosa, despierta, cuyo relato emerge de su atención a la naturaleza, a la esencia de las palabras, a la vida material y al espacio que habita, que da y quita vida. Todo esto, sin lugares comunes, sin subrayados ni signos de exclamación, sino más bien con el tono apagado del murmullo.
Más abajo, en el monte, habita solo el Celador, el interlocutor más cercano de la montañera y de los pocos personajes que circulan por este paisaje agreste. Él observa curioso los cuadernos que ella escribe, sin comprender lo que hay allí. Y lo que hay es una especie de memoria, también un diario, la materialidad del mundo y del monte que la cobija, los animales que la rodean, el crecimiento incesante de la vegetación, los ladridos de una jauría amenazante que la mujer escucha algunas noches, subiendo, bajando.
Trías hace vivir y soñar al monte, a las acacias, a los pájaros y a las almas que se desprenden del paisaje prácticamente onírico de un bosque de niebla, en páginas cuya prosa reluce y se sitúa como una de las mejores que se están escribiendo hoy en nuestra lengua: «La vieja acacia soñó que un colibrí polinizaba su flor más alta. Desde que se sabía vieja, la acacia se había llenado de flores, muchas más que en sus primeros y lejanos años. No tenía que hacer nada para que nacieran; simple expresión del tiempo. Si los pájaros no llenaban todo con su ruido de cosa enloquecida, la acacia podía escuchar un murmullo que subía de la tierra y decía: «Agua», a lo que ella respondía: «Luz», y las flores se hinchaban como burbujas, conjuradas por la unión de esos dos pensamientos». Este tipo de bosque, según informa la propia autora en una nota al final del libro, está actualmente en vías de desaparición por causa de la tala ilegal, entre otros impactos de la actividad humana. Pero no se engañen: no hay aquí un «mensaje» ecológico, no hay didactismo alguno en esta novela rica y oscura. Sería una banalidad atribuirle moralejas. Lo que hace Trías es explorar toda esa violencia, que traspasa también a los cuerpos humanos, cuerpos que la protagonista encuentra desperdigados por el monte y que activan en ella el estatuto de la maternidad: «… entendí muchas cosas. Cosas que ni siquiera podría escribir acá, que permanecerán agarradas al blanco de esta página, al espacio estrecho entre estas palabras. Incapaces de abrirse a la luz. Ay, pero yo las oigo, sí, amordazadas en el silencio blanquísimo, en el blanco de la nube, gritando desde este hueco que es la página sin renglones, con las letras que se me tuercen, caen en picada aunque yo invente lo contrario». Como en otros de sus textos, Fernanda Trías nos alienta a pensar lo que significa maternar, incluso frente al abismo de la muerte.
Hay un diálogo que la protagonista recuerda haber tenido con su abuela:
«¿Y qué hacen las personas con todo lo que les da miedo?
¿Se van?, arriesgué.
No, no se van, lo destruyen».
Cuánta pertinencia de las preguntas y cuánta devastación en las posibles respuestas. El monte de las furias es un alambique del lenguaje y del sentido. Como otros textos contemporáneos, esta novela enfrenta la cuestión de la violencia contra las mujeres pero llega a ella por caminos oblicuos y sorprendentes; hay incluso una trama que bien podría haber sido un policial, pero la autora supo darle un giro sorprendente a ese camino.
La voz de la montañera excava en varias líneas narrativas y aunque cada una de ellas tiene un peso triste, el conjunto adquiere la leve apariencia de un sueño. Puede parecer contradictorio: el esfuerzo físico y la extenuación de la montañera, la aparición de cuerpos muertos que ella se apropia, lava y cuida más allá de la muerte, las camionetas que vienen y van con hombres por la cantera, todo esto surca la página de una violencia y brutalidad que Trías sabe manejar con sutileza. Como advierte Juan Cárdenas en el ensayo La ligereza, «todo gran arte trae consigo la marca de la ligereza. No importa cuán pesado luzca, no importa si sus procedimientos y sus materiales evocan el fárrago o la mole». No importa cuán pesado sea el monte, la furia, la azotea o la mugre rosa. En esto radica la mayor genialidad de Fernanda Trías: en hacérnoslos ligeros, también inolvidables.
«La mujer no duerme, la mujer escribe», dice la novela. Es una suerte que Trías también se mantenga en vela, para recordarnos en qué consiste, en qué puede consistir toda gran literatura.