
Diego Muzzio
Las esferas invisibles
Las afueras
214 páginas
En contra de la creencia popular de que una obra literaria calificada de anacrónica constituye un demérito, es probable que los escritores de verdad, en la medida en la que conciben la literatura como una expresión artística y no como un instrumento del éxito, celebren esa consideración. Roland Barthes recordó que lo contemporáneo es lo intempestivo y, sobre esa idea, Giorgio Agamben propuso que nadie puede comprender mejor su tiempo como aquel que vive inadecuado a sus pretensiones: los que encajan punto por punto con su época no pueden verla, pero los que la habitan desde el desfase y la anacronía disponen de algo tan valioso como la lucidez de una perspectiva. Por supuesto, dentro de lo extemporáneo se inscriben gestos de distinto valor, y conviene no confundir lo anacrónico con lo epigonal: algo es epigonal cuando se adscribe de forma acrítica a una estética crepuscular o periclitada, como hacen esos entrañables trasnochados todavía ebrios de la pasión de ayer; en cambio, lo anacrónico se define por la defensa deliberada de una poética que se opone a la dirección principal del presente. En última instancia, todo aquel que aspira a decirse artista ha de encarnar una forma u otra de oposición o resistencia.
Todo esto sirve como preámbulo para pensar en la obra del escritor argentino Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969) y en el valor de un título como Las esferas invisibles, publicado originalmente en la editorial argentina Entropía en el año 2015 y ahora, diez años después, con Las afueras en España, donde se leyó primero su novela El ojo de Goliat (2022), con la que comparte preocupaciones temáticas, convicciones estilísticas y una constelación de referencias. La década transcurrida entre la edición argentina y la española –durante la cual el gótico latinoamericano se ha convertido en una fórmula de moda que ha generado productos dispares–, así como el potencial público lector de cada país, sugieren que no se trata exactamente del mismo libro y que no será leído de la misma manera, aunque en ambos casos sea una propuesta encantadora, por las razones diversas que explicaré a continuación.
Las esferas invisibles contiene tres relatos vinculados por la epidemia de fiebre amarilla que devastó Buenos Aires en 1871. En «El intercesor», un anciano confiesa en su lecho de muerte un episodio de su juventud, cuando bajo la dictadura de Juan Manuel Rosas fue desterrado de Buenos Aires a uno de los fortines del sur, en la frontera del territorio de los indios, donde entró en contacto con fuerzas demoníacas. «El ataúd de ébano» pone en escena a dos profanadores de tumbas que aprovechan el descontrol de la epidemia para robar y vender féretros hasta que una niña siniestra que vive en un viejo caserón les asigna un encargo ineludible. Por último, y a mi modo de ver el más fascinante de los tres, «La ruta de la mangosta» es la historia de un hombre que comienza a trabajar como aprendiz de un fotógrafo de cadáveres, en un momento en el que la incipiente tecnología de la imagen fotográfica tiene todavía un aura enigmática y prodigiosa, y termina descubriendo que en las imágenes de los muertos hay una sustancia llamada «lúmina» que, en combinación con el opio, permite alargar la propia vida. Con estas breves pinceladas que intentan no destripar demasiado las sorpresas y giros argumentales, puede imaginarse la gozosa experiencia de lectura de unos relatos que retoman motivos bien conocidos de la literatura fantástica y de terror.
Por otra parte, más allá del placer primordial de sumergirse en ficciones bien construidas, la sobresaliente calidad del libro tiene que ver con el diálogo fecundo que establecen con la tradición, esa preciosa caja de resonancia que amplifica el sentido de los textos. La literatura es también una conversación con los difuntos, como escribió Quevedo, y los epígrafes dibujan una genealogía de antecedentes y afectos clásicos: Herman Melville (el título proviene de Moby Dick: «Y si bien en muchos de sus aspectos este mundo visible parece hecho en el amor, las esferas invisibles fueron creadas en el terror»), Joseph Conrad, Alexander Pushkin, Rudyard Kipling y Wilkie Collins. Por supuesto, es difícil soslayar otras influencias implícitas pero evidentes, especialmente la omnipresencia de Edgar Allan Poe y algunos detalles de H. P. Lovecraft, además de muchas otras en clave latinoamericana, como las de E. L. Holmberg, Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga. Si a la tradición argentina del relato de la pampa se le añade el patrón de Conrad, entonces el viaje al sur del protagonista del primer texto es una inmersión al corazón de las tinieblas, donde se sustituye la selva por el desierto para jugar de nuevo con el tópico de la civilización y la barbarie (a la vez, hay una velada festiva de los desamparados del fortín en torno a una hoguera en la inmensa noche del campo que podría remitir a una escena semejante de Las nubes de Juan José Saer, como de tanta otra literatura pampeana).
El misterio de la muerte conforma la columna vertebral de las tres narraciones, así como la enfermedad y la locura, el duelo y el paso del tiempo. Otro tema persistente es el de la guerra: la guerra contra los indios de la que participa el protagonista de «El intercesor», aunque, como en El desierto de los tártaros de Dino Buzzatti, esos bárbaros siempre se esperen y casi nunca aparezcan; la guerra de la Triple Alianza, de la que han desertado los protagonistas de «El ataúd de ébano»; y las muchas guerras que atraviesan «La ruta de la mangosta» hasta desembocar en la Gran Guerra. Si en el primero de ellos lo que provoca miedo es el demonio y en el segundo lo que asusta es el fantasma, será la propia muerte la que aterrorice en el que cierra el libro, algo que no resulta extraño si se considera que esa historia alcanza cronológicamente el siglo xx y permite observar cómo la nueva época transforma nuestros pavores. Al final, lo que provoca mayor espanto es «el desconsuelo de sabernos mortales», como reconoce el narrador de la última pieza.
Los tres textos se enmarcan en una distancia intermedia entre el cuento y la novela que es la nouvelle, género incierto y forma ejemplar de la literatura latinoamericana cuya estructura, según Ricardo Piglia, está condicionada por la presencia de un secreto. En cuanto al estilo, la prosa de Muzzio es sobria y depurada, lo que no impide el hallazgo de imágenes sugerentes, sobre todo en la segunda historia, que recrea una atmósfera fúnebre con un aire de familia a los cuentos de fantasmas de Henry James y que está construida con esmero en los pequeños detalles. En ella, se muestra a la inquietante niña caminando en la oscuridad de la casa mientras el roce de la tela de su vestido «sonaba en el silencio como un aleteo»; se describe el cadáver de un hombre con una nariz tan desproporcionada que «parecía husmear la eternidad» y el de una niña cuyo vientre hinchado la hace parecer «preñada de su propia muerte»; además, los dos ladrones de ataúdes se esfuerzan en arrastrar un carro «como bueyes alucinados». En el tercer relato, el narrador se refiere a su mujer amada con una imaginativa descripción: «Aquella criatura debía haberse escurrido de un sitio improbable, el lugar donde el paraíso y el infierno se rozan, una delgada grieta que, tras su paso furtivo, había vuelto a cerrarse para siempre». Por otra parte, en ocasiones puntuales hay lugar para un humor que contrasta con el tono contenido; así, ese mismo narrador asevera de repente: «Cuando se necesita una guerra, pensé, siempre se puede contar con la rapacidad del Imperio Británico».
Es cierto que Las esferas invisibles juega a ser un artefacto de otro tiempo, como quien encuentra el reloj olvidado de un pariente fallecido y vuelve a ponerlo en hora (tomo prestada la comparación de César Aira, que habla así de la recuperación que hace Alejandra Pizarnik del surrealismo). En mi opinión, no hay que dejarse engañar: si bien la filiación con la sensibilidad decadentista y simbolista del fin de siècle, la atracción por el ocultismo y lo insólito, la exploración de las ficciones científicas y la recuperación de los asuntos de la literatura fantástica clásica podrían hacernos creer que esta obra proviene en cierto modo del pasado, yo prefiero pensar que es al revés, que en realidad este libro es un emisario del futuro y que, tras el auge y declive de lo autobiográfico y lo confesional, la literatura que nos espera volverá a ser nuevamente una apuesta por la invención, un regreso a la certeza de que la imaginación sigue siendo nuestra más fabulosa herramienta de conocimiento.