
Juan Francisco Ferré
Todas las hijas de la casa de mi padre
Anagrama
448 páginas
Autor de Anagrama, editorial que ha publicado casi la mitad de su obra, Juan Francisco Ferré (Málaga, 1962) es un escritor consagrado después de ganar el Premio Herralde de Novela. Su obra se caracteriza por una propuesta arriesgada que transita por la ciencia ficción y el horror con un estilo que ha cautivado a un núcleo duro de lectores, aquellos que aprecian su torrente narrativo y se atreven a cruzar las fronteras entre los géneros, y gustan en particular de las teorías sobre el control del mundo y las reflexiones que ahondan en lo que se veía como un futuro apocalíptico que ya es nuestra realidad, como quién nos domina y qué abusos se permite cometer desde su posición de todopoderoso. Por ello, esta vez sorprenderá a sus lectores con una historia y un tratamiento que van a la contra de sus libros anteriores.
Todas las hijas de la casa de mi padre es una novela de aprendizaje enmarcada en los años de la Transición Española, escrita dentro de un estilo más convencional a pesar de la voz anunciadora del comienzo, que luego se calma y da paso a un ejercicio de memoria muy detallista. Si acaso alguien pretende encontrar una metáfora nacional desde las primeras páginas puede hacerlo, el planteamiento se presta para ello. La narradora es una adolescente que vive en la urbanización El Atabal, un lugar que debe su fundación a «un puñado de colonos holandeses cuando los echaron de sus colonias en Asia y América». Allí empieza y acaba la historia de su mundo, como ella misma sentencia. Y de eso va la trama, sobre la creación de una vida nueva y sobre los personajes que la alimentan con sus propias experiencias, y en particular los amores que transforman su visión del mundo. Hay capítulos que pueden leerse como una serie de fichas biográficas, donde están expuestos cada uno de los compañeros de la protagonista en la urbanización, como Hugo y Artola. Hugo es uno de los más fascinantes, un entomólogo que además defiende su afición, una forma de buscar y preservar la belleza. Pero los satélites principales de la primera parte en el universo de amigos son Regina, León y Carlos.
Regina es la amiga íntima con la que descubre su cuerpo como un arma para atacar toda clase de placeres, su referente en todos los sentidos, la que camina por delante de la narradora y va señalando la ruta a seguir o despejando las dudas. León es el héroe deportista del que se enamora y Carlos el chico mayor que aparece como consciencia política. Cada uno cumple una función distinta y las escenas van sucediendo a un ritmo pausado, lejos del vértigo propio de la mayoría de las adolescencias, en lo que parece una postura contracorriente. Ferré desarrolla con soltura cada anécdota pero hay un problema en la concepción de la trama, que puede explicarse en palabras de la narradora: «Si lo pienso bien, más allá de las complicaciones de mi nacimiento, el problema comenzó mucho antes. Imagino que estando en el vientre de mi madre. Alicia, mi psiquiatra, diría que fantaseo otra vez y que no puedo evitarlo, es la tendencia innata de mi personalidad. Que diga lo que quiera, para eso se le paga. Imagino que fue entonces, estando en el cuerpo de mi madre, cuando mi cuerpo se estaba modelando a fuego lento para adquirir una determinada morfología, no tomó ninguno de los dos caminos genéticos que se le ofrecían, como si la elección le pareciera pobre e insuficiente» (pág. 81). La narración, hay que ser redundante, está despojada de cualquier arrebato. Ni siquiera la aparición de Ángel, el escritor torturado y otro de los satélites fundamentales en el universo de la narradora, altera el discurso monocorde de Ferré.
Más explicaciones: para poner una banda sonora se cita a una serie de grupos de los años setenta, pero esos sonidos no se incorporan a la historia, apenas son música ambiental. Las canciones encajan pero no aportan nada aparte de un contexto que ya existe. Casi lo mismo sucede con las películas que van apareciendo. Hasta que llega la segunda parte pasadas las doscientas páginas y el mundo en El Atabal se descompone. Ya no son sólo los amores de la narradora los que se rompen. Si, aparte de los fans de Ferré, algún lector posee la paciencia suficiente, encontrará su recompensa a la mitad de un libro imperfecto que debería reestructurarse.