
Ignacio Vleming
Rincones de ambigua geometría
La Bella Varsovia
80 páginas
En libros previos como Clima artificial de primavera, Cartón fósil o La revolución exquisita, Ignacio Vleming (Madrid, 1981) analiza la identidad personal a través de sus péndulos entre la subjetividad y lo colectivo. En su proyecto destaca el haber sido proclive a apoyarse en la alta cultura y la belleza: las formas clásicas, las distintas expresiones artísticas y los museos. En Rincones de ambigua geometría el autor realiza un giro y, sin dejar de lado sus fuentes, mitigando la ironía lúdica, enfrenta lo social como una superestructura que condena y decide toda existencia. Así el libro, en su moroso despliegue, constituye un sutil alegato contra esa visión casi determinista.
Rincones de ambigua geometría estructura un peculiar poema dramático con el fin de explorar el desvanecimiento de los afectos y la objetualización de los cuerpos. En efecto, pese a que se reconoce que la comercialidad corroe y vuelve impostura todo, el sujeto lírico se sumerge, de forma explícita y paradójica, en una nostalgia inaudita por los centros comerciales. Y, no obstante, a lo largo de los espacios y los personajes (mediante estancias denominadas como «La multitud», «Los niños», «La exposición» y «Las ruinas») se cristaliza una duda: ¿La inutilidad de la reflexión y de la crítica será equivalente a la propia inutilidad del amor?
La puesta en escena se inicia con un tono definido a través de un pastiche de formas neoclásicas. Estrategia que permite desarrollar una crónica sociológica que, fuera de su escenografía, tiene como contrapunto la ambigüedad e intrascendencia del deseo erótico. La propuesta es ambiciosa y arriesgada -de la humanidad como ser económico al amor místico-, pero goza de precedentes como La muchacha Carla de Elio Pagliarani (traducido por Vleming con Leonardo Vilei) y El romancero gitano, textos con los que comparte una concepción cercana a lo teatral.
A lo largo de estas historias (las existencias poco conspicuas de Andrés, Andrea y Emilio; Fátima y los niños que visitan un museo), de su circunstancial nimiedad o compasión (con pequeñas transgresiones frente al panóptico virtual, como episodios de hurtos y sexo público), se reconoce una pulsión trascendente, nunca anulada por el hábito, el sistema o el distanciamiento irónico. Mas dicho anhelo es un impulso desvirtuado, un deseo herido, un amor imposible lastrado por el escepticismo: el denominador común de la experiencia en la sociedad postindustrial.
El centro comercial -cuyo auge en los noventa coincidió con la adolescencia del poeta- representaría, entonces, el último vestigio de una comunidad analógica. Allí palpitaban agazapados el deseo y lo monstruoso, y a partir de ellos Vleming evoca las formas materiales y verbales que les daban consistencia y que nos permitían improvisar un sentido (sin importar que el mismo fuese precario o tentativo). De este modo, el placer y el dolor, lo bello y lo horroroso, estandarizados en su avidez para el consumo, se nos ofrecían en todo su poderío, abiertos a un deseo todavía ávido e inocente.
Quizá ese sea el eje de la obra: aquellos sentimientos encontrados que suscitan la inocencia del desarrollismo y que impelen a dilucidar el inicio del fin del mito del progreso. Por eso también el acierto de enfocarse en personajes anodinos, intercambiables, que no pretenden negar el número que todos somos.
En consecuencia, estos poemas sobre el tedio y lo absurdo requieren de una lectura lenta, que supere la extrañeza y la engañosa claridad del lenguaje (esa «normalidad» de lo cotidiano). Desde dicha clave, las secciones representan distintos momentos de un mismo proceso de alienación. Las voces que conforman la polifonía del relato se interrumpen entre sí y su ruido genera una interferencia distópica (voces y formas de otro tiempo, voces críticas o rotas que desafían la hegemonía del consumo y del entretenimiento). Pese a la agudeza o a la exaltación, sólo persiste la imposibilidad de resacralizar la experiencia.
En efecto, los inocentes defraudados son los niños, pero también aquellos ciudadanos entregados al consumo («La ley de la oferta y la demanda /será siempre parte de vosotros»), sobre todo cuando, a su debido momento, deban ceder a la ambigüedad e intrascendencia del deseo erótico. No obstante, en Rincones de ambigua geometría destaca un afán de sentido y trascendencia, una nostalgia por lo humano, con sus debilidades y contradicciones. El poeta se reconoce dentro del realismo capitalista, por lo que nunca podrá firmar un final feliz, pero al menos plantea cierta consistente alternativa a la resignación convencional. De este modo, Ignacio Vleming nos invita a cultivar, con atribulada belleza, el espectro de una rebeldía que quizá en otros despierte nuevos sueños y expectativas.