Neige Sinno
Triste tigre
Anagrama
256 páginas
POR ALEJANDRA COSTAMAGNA

«Porque a mí también, en el fondo, me parece más interesante lo que sucede en la cabeza del verdugo». Así, in media res, con una respuesta que omite la pregunta, como si fuera la continuación de un diálogo interrumpido, un murmullo prolongado por más de treinta años; como si la narradora necesitara fundamentar la decisión de poner el foco en el victimario, comienza Triste tigre. Las 250 páginas que vienen a continuación son un viaje sinuoso en el que la escritora francesa Neige Sinno busca entender qué pasaba por la cabeza del hombre que abusó de ella en la infancia y adolescencia. Qué pasaba por la cabeza del violador que fue su padrastro. Pero el viaje de estas páginas no se limita a un acontecimiento individual, sino que lo proyecta social y colectivamente, y lo entronca con la reflexión acerca de los límites del arte.

Esa pregunta no formulada de manera explícita tiene su arranque en el poema «El tigre», de William Blake, donde el felino es descrito como una figura feroz y espléndida a la vez. La autora contrasta este poema con el del cordero —del mismo Blake— que muestra al animal con dulzura invariable y «respuestas cristalinas». El tigre, en cambio, ha sido presentado como «una cascada de preguntas sin respuesta». Sinno hace suyo el verso que interroga al tigre: «¿Aquel que creó al cordero también a ti te creó?». Y a continuación anota: «Esa es la incógnita de mi obsesión».

Consecuente con este núcleo, Triste tigre es articulado en torno a innumerables preguntas que no buscan ser zanjadas, sino estirar la cuerda de un tanteo, indagar en intuiciones e hipótesis, explorar las complejidades y los claroscuros de una experiencia traumática, situarse en la tiniebla y buscar, sin embargo, una «benevolencia secreta», observar la mecánica del silencio, saber que las palabras no alcanzan y aun así disputar el lenguaje.

Me aventuro a exponer un puñadito de citas del libro, que actúan como muestra de su «cascada de preguntas sin respuesta»:

  1. «¿Por qué? ¿Por qué esto? ¿Por qué yo?».
  2. «¿Con qué grado de certeza puedo decir que lo que recuerdo es lo que realmente sucedió?».
  3. «¿Por qué el testimonio debe ser necesariamente inferior? ¿Es la víctima la que es inferior? ¿Es la vida? ¿Es la honestidad de la narradora la que hace que la historia sea menospreciable? ¿Todo lo anterior?».
  4. «¿Por qué pensar que solo la ficción puede aventurarse en el territorio de lo indecible?».
  5. «¿Significa esto que el incesto puede compararse con la tortura?».
  6. «¿Acaso no hubo también momentos de alegría?».
  7. Y una última pregunta, que parte con una revelación y termina con una evidencia:
  8. «[…] El héroe de este libro no es el violador. ¿Cómo puedo escribir en su lugar? No puedo».

Triste tigre es un artefacto de múltiples capas, sostenido en la hibridez y la fragmentación. Hay testimonio pero también conjetura, ensayo, ejercicio crítico, análisis de libros y películas, recortes de periódicos, cartas, fotografías, documentos de archivo, apelaciones al lector, diálogos y silencios. El libro parece dar cuenta de su propia imposibilidad de ser delimitado. Como si se resistiera y siempre estuviera huyendo, pero siempre también volviendo a su núcleo. Un libro en construcción permanente que viene a decirnos, acaso, que una experiencia como ésta no admite linealidad ni puede contarse como un había una vez compacto, redondito, conclusivo.

Una podría sintetizar los hechos narrados, pero Triste tigre trasciende la mera historia para afirmar su carácter disruptivo en amplios sentidos y reflexionar, por ejemplo, acerca de lo que se escribe en el minuto en que se escribe, del modo en que acaso debería ser narrado, de la insuficiencia del lenguaje y la fragilidad de la memoria, de la textura de los recuerdos traumáticos que no es la misma de los recuerdos «normales», de las paradojas y los obstáculos. Hay, incluso, un capítulo titulado «Las razones que tengo para no escribir este libro», en el que Sinno admite que querría hacer algo distinto: «pensar en otra cosa», dice, «tener una vida en la que este tema no fuera central». Pero esta es su vida y este es el libro que, contradiciendo sus propias advertencias, ha necesitado escribir.

En diálogo con Annie Ernaux, el «yo» con el que trabaja Neige no es un yo confesional sino uno que se va construyendo en la escritura. Un yo que hace eco de un nosotros e interpela a una sociedad desde la cual se articula lo vivido. En Memoria de chica (Cabaret Voltaire, 2016), Ernaux confronta a la jovencita que fue en 1958, cuando vivió un episodio sexual traumático, y la disocia de la mujer que es al escribir su historia cincuenta años después: usa el «ella» para apelar a la primera y el «yo» para la segunda. Sinno, igualmente, se cuestiona si debe decir «yo» para referirse a la niña que fue, y tantea la posibilidad de reemplazarlo por «ella». Pero lo descarta porque comprende que su autopercepción de adulta no difiere del de la niña abusada. «Porque yo nunca salí de allí», dice. «Soy yo, y es ahora».

Triste tigre establece un diálogo activo con escritores, artistas, filósofos, periodistas, historiadores, cineastas. Analiza obras, las confronta, propone otros ángulos para leer lo que parecía ya desgranado. Así ocurre, por ejemplo, en su lectura de Lolita, en la que plantea que los méritos de la novela radican en la elección del punto de vista del victimario y su aguda construcción mental; en el foco en la niña abusada y no en la niña provocativa y sexualizada y en el hecho de que no sea la historia personal de Nabokov. Neige vuelve a interpelar al lector con una pregunta: «¿Están de acuerdo que si Nabokov contara su historia personal transformada en una novela mediante el uso de pseudónimos, gran estilo y algunos adornos sería algo problemático?».

Acaso sea antojadizo de mi parte, pero creo hallar cierta proximidad entre las miradas de Sinno y de la cineasta y escritora argentina Albertina Carri, hija de detenidos desaparecidos, quien trabaja con materiales autobiográficos para pensar nuevas formas de lo político. Películas, libros, performances: su obra es portadora de un daño que la ronda como un espectro. Y lo que hace es transitar por zonas ambiguas que elaboran la memoria sin postergar las preguntas disconformes del presente. En su libro Cine vivo (Banda Propia, 2025), Carri sugiere que el «yo» de sus narraciones es «heterobiográfico», término que toma prestado del escritor Carlos Correas y que apunta a valerse de elementos autobiográficos como agentes narrativos, pero arraigándose «en el yo del lenguaje que disuelve al yo narcisista y cronológico, y lo vuelve historia».

Aunque el abuso sexual infantil y los crímenes de desaparición forzada sean circunstancias muy disímiles, percibo en las obras de Sinno y Carri una aproximación semejante en torno a lo abyecto. Un modo de procesar sus respectivas memorias de chica, conscientes de las limitaciones pero dispuestas a iluminar la oscuridad, siempre en alerta, explorando lo que puede hacer el lenguaje con aquellas zonas que no tiene cómo nombrar. Bajo la superficie del dolor, asoman así destellos de furia y deseo. Sinno sugiere que su experiencia de dominación extrema le permite reconocer en otros crímenes algunos puntos de confluencia: «Los conceptos para pensar la violencia», admite, «pueden trasladarse de un terreno a otro».

De un terreno a otro, pero también de una estrategia a otra. Porque los modos en que el arte puede aproximarse al horror son múltiples. La coexistencia entre el cordero y el tigre podría expresarse con morbo, desidia, piedad o incluso embellecimiento. Neige advierte que estetizar el horror acaso sea fabricarlo, pero evocar sin filtro la crueldad arriesga el sensacionalismo. Quizás un peligro menos explorado, sin embargo, sea el de activar un esquema de jerarquías en los registros sobre el trauma, una suerte de «elitismo cultural». La autora se acerca y se aleja, cuestiona, discute, busca su propia forma. No sin titubeos, termina por hallar en la autobiografía el lugar propicio para situarse. Aunque lo hace con advertencias: la autobiografía como un arma más, un «cuchillo para diseccionar el mundo, una opción política y estética que afirma la unión de contenido y forma». Pero también y sobre todo: «una puerta de entrada a un universo de complejas galerías del que nunca se saldrá».