
Marta Jiménez Serrano
Oxígeno
Alfaguara
160 páginas
El nuevo libro de Marta Jiménez Serrano (Madrid 1990) reconstruye el episodio traumático que la escritora vivió el 7 de noviembre de 2020. La mala combustión de la caldera del piso donde vivía con su pareja provocó una acumulación tal de monóxido de carbono que puso su vida en suspenso.
Empezamos la lectura con la imagen de Marta Jiménez tendida en el suelo del cuarto de baño tras golpearse en la cabeza. A partir de ahí se inicia un ejercicio literario de no ficción en primera persona, que se va revelando terapéutico para la narradora, quien pasados los años ha podido reconstruir y contar en voz alta -en este texto- lo qué pasó.
Refiere la autora en los agradecimientos finales algunas lecturas que sustentan este volumen. El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, ha actuado de matriz en otras muchas obras que analizan y reflexionan sobre un hecho traumático vivido en primera persona. También en este, desde la cita inicial: «Sigo creyendo que las emergencias les suceden a los demás. Digo que lo sigo creyendo, pero sé que no es verdad».
Es destacable asimismo la imprenta de otras dos obras: Sigo aquí, de Maggie O’Farrell, y Lo raro es vivir, de Carmen Martín Gaite. La autora de Hammet relataba en su trabajo varios acontecimientos en los que había experimentado el pálpito de la muerte y el miedo que la había acompañado, las angustias, las secuelas… La novela de Martín Gaite expresa ya desde el título el extrañamiento de estar vivo. Solo cuando la rutina se quiebra y se pone en cuestión la vida, uno cae en la cuenta de la excepcionalidad de esta.
En esta obra confluyen esas perspectivas. «Lo raro es vivir» aparece como una coda en distintos pasajes, a medida que se van desgranando las explicaciones de lo que aconteció aquel día del año pandémico. La poeta Jiménez Serrano (La edad ligera) utiliza este recurso y otras repeticiones o figuras para imprimir ritmo a este texto, que juega con el tiempo de los pensamientos y los hechos.
Oxígeno es un título muy acertado para hablar de lo que ocurre cuando este no es suficiente para respirar, literal y metafóricamente hablando. Las buenas maneras de Jiménez han permitido construir este testimonio de forma literaria, más allá del relato del acontecimiento. El oficio otorga herramientas para exponer de forma clara y contundente una realidad, una realidad que la protagonista conoce parcialmente. El estado de aturdimiento y semiinconsciencia en el que cayó ha dejado espacios en blanco, que ella se dispone a completar con la voz de otras personas.
Se intercala en estas páginas la reconstrucción minuciosa de los hechos a través de las investigaciones de carácter periodístico -se trata de dar respuesta a interrogantes- que la autora ha realizado hablando con diferentes testimonios (su compañero, las personas del servicio de emergencias que la atendieron o los técnicos que revisaron después las instalaciones de gas) con otros momentos vitales y la nebulosa de aquella jornada. Lo que pasó aquel día quedará marcado en su biografía como lo hicieron antes otras vivencias -las dos veces que se llevaron a su madre en ambulancia cuando ella tenía nueve y diecinueve años.
Así el recuerdo propicia la introspección y el reconocimiento de un yo en crecimiento, que ahora en la edad adulta consolida una historia con su pareja. Las consecuencias psicológicas que tuvo ese episodio están detalladas hasta el proceso de cicatrización que ha permitido a la autora volver a dormir tranquila. La ansiedad como un tema de nuestros tiempos se trata aquí con naturalidad. Se apunta la terapia como el desierto que hay que atravesar para llegar a buen puerto y la necesidad de ser comprendidos. A los protagonistas les contrarió en su día que taparan con frases convencionales el dolor de su experiencia.
Si hay algo que conecta este libro testimonio con sus dos obras anteriores, la novela Los nombres propios -en esos días se gestaba su edición- y los relatos No todo el mundo, ambas publicadas por Sexto Piso, es el reflejo de las vivencias e inquietudes de su generación. Marta Jiménez Serrano incide aquí en la precariedad laboral, en la dificultad de acceso a la vivienda, en los precios desproporcionados y en las pocas garantías que el mercado inmobiliario ofrece. La reivindicación de una vivienda digna.
Este libro funciona en ese punto como crónica generacional. Una pareja, uno con nómina y otro no, buscan un piso de alquiler en la ciudad. Los precios están por las nubes. Los peajes y contrapartidas abundan, pero uno acaba aceptándolos porque a los treinta años se aspira a una vida independiente. La transcripción de ese peregrinaje en busca de casa es un clamor más allá de las circunstancias personales. Cuenta la narradora que en una década realizó once mudanzas y que ansiaba ya una casa «para un rato largo».
Ese repaso de las casas habitadas hasta entonces evoca al que hacía Paul Auster en Diario de invierno de sus veintiuna viviendas hasta que dio con la definitiva en Brooklyn, donde vivió junto a Siri Hustvedt hasta su muerte en 2024. Jiménez Serrano necesita pocos vocablos para definirlas y que el lector se haga una idea de qué tipo de espacios eran.
El privilegio -de escritora- de poder gritar a los cuatro vientos la indignación por haber sufrido una experiencia que podría haberle costado la vida sirve en este caso para expulsar la rabia acumulada y la impotencia por la falta de asunción de responsabilidades. La negligencia que causó la fuga de monóxido de carbono se podría haber evitado. La autora, que en su día no demandó a la propiedad, sí que se sirve del texto para ajustar cuentas con una arrendadora que se lavó las manos al conocer el accidente.
La Arrendadora se convierte en personaje y ahí la escritora madrileña lo construye a su antojo, con base real, pero dejando que la imaginación recree las escenas que rodean la cotidianidad de esa mujer residente en los Estados Unidos, que no quería problemas con el alquiler de su propiedad en Madrid, que no hacía ningún tipo de concesiones ni antes ni después de lo ocurrido, que pasó la pelota del error a otros y que lavó su conciencia con un ramo de flores. La venganza en forma de texto y una esperanza: «que alguien algún día le regale a la Arrendadora este libro».
Al tema de la vivienda se suma el de conseguir trabajos que permitan cubrir el alquiler. Para vivir de la escritura -tanto ella como su pareja en ese momento, Juan Gómez Bárcena, también autor- había que diversificarse. La pulsión de la escritura hacía prever que aquella experiencia acabaría siendo un libro. Así lo expresaron entre bromas, quizás para quitar hierro al incidente.
En Oxígeno se narra una historia de amor, los tanteos y estrategias que llevan a una pareja a compartir vivienda y un gato, Canapé, que aporta él. Las dinámicas y los encuentros con amigos son tan particulares como generacionales. Y en ese sentido la experiencia de los dos, puertas adentro, se lee casi como una ficción, como una puesta en escena, que podrían protagonizar otros personajes, como los de las novelas de Aixa de la Cruz, Javier Serena, Pedro Mairal o Sally Rooney.
Se agradece en este libro cierta contención. «Vosotros tenéis que imaginar lo que no quiero contar», escribe Jiménez. La literatura del yo ha explorado la datación precisa y subjetiva de vivencias, que incluso ha conllevado consecuencias legales tras denuncias interpuestas por parte de seres cercanos aludidos -de Knausgård a Carrère-. Aquí el objetivo no es exponer al detalle la relación de la pareja por mucho morbo que pueda suscitar, sino contar lo justo para entender que el evitable accidente se produjo en el marco de un proyecto vital en marcha. Y que la presencia de la otra persona evitó una tragedia.
«La escritura tiene una dualidad seductora: uno está más presente que nunca y al mismo tiempo deja de existir», señala en el libro. Cuando el texto consigue transmitir con fuerza y seduce a quien lee en cierta manera deja de importar si la base es real o es imaginaria y las reflexiones adquieren un carácter universal.
Ha habido una sobrexplotación de esta tendencia a narrar desde el yo la realidad y el abuso ha llevado en ocasiones al desgaste del género. Por eso, en la actualidad, están resurgiendo propuestas que apuestan enteramente por la ficción, que exploran la fantasía y otros territorios bien alejados de la literatura en primera persona.
Sin embargo, la experiencia traumática y el drama vividos por algunas escritoras y escritores nos han brindado estupendos libros –El Colgajo, Philipe Lançon; Vengo de ese miedo, de Miguel Ángel Oestes; o Una educación, de Tara Westover-.
En el caso de la obra que tenemos entre manos el resultado es notable. La lectura atrae porque la autora ha trabajado el texto, porque domina el lenguaje y sabe comunicar, porque ha dosificado con acierto los elementos y los acentos: el caso, el contexto, las informaciones paralelas recogidas, la historia sentimental, las reflexiones existenciales, el trabajo psicológico; porque en su proceso de asimilación hay una denuncia contundente para que esto no vuelva a ocurrir.