Pablo Maurette
El contrabando ejemplar
Anagrama
344 páginas
POR CRISTINA GUTIÉRREZ VALENCIA

En la película de animación Frankie y los monstruos (Stitch Head, 2025) un vistoso y colorido grupito de monstruos creados por un profesor chiflado, liderados por su primera creación, Frankie, y entre los que están Criatura, Mary o Shelley (ya ven por dónde va), nos muestra una perspectiva que no solemos explorar: son los monstruos los que tienen miedo de nosotros, los humanos. La pandilla de monstruos es amable y entrañable, pero saca su lado monstruoso cuando se aterroriza por la turba enfurecida de humanos guiados a su vez por su propio miedo. Pablo Maurette (Buenos Aires, 1979) nos coloca también en este enfoque alejado de la concepción únicamente negativa de lo monstruoso en El contrabando ejemplar, su última novela, ganadora del Premio Herralde 2025. Lo hace de tres maneras que se relacionan entre sí. En primer lugar, creando una novela con un punto monstruoso en sí misma. En segundo lugar, colocando en el núcleo motriz del relato un monstruo querandí nacido de una mujer. Y finalmente, al ser lo anterior una hipótesis o leyenda que mueve a la acción a uno de los protagonistas de la historia, hablando explícitamente del concepto de lo monstruoso.

Comencemos por el principio, aunque sea difícil discernir inicio y fin, cabeza y cola, en la deformidad de un monstruo. Podríamos decir que aparentemente esta obra no le hubiera gustado a Horacio (el poeta latino, a Quiroga probablemente sí), si atendemos a los primeros versos de su Epístola a los Pisones: «Si a una cabeza humana quisiera un pintor unir/ un cuello de caballo, y aplicar plumas multicolores/ a un amasijo de miembros dispares, de suerte que/ un hermoso talle de hembra rematara espantosamente en negro pez,/ y os invitara a contemplarlo, ¿podríais, amigos, contener la risa?/ Creed, Pisones, que sería muy semejante a este cuadro/ un libro cuyas fantásticas imágenes fueran concebidas a la manera/ de los sueños de un enfermo, de modo que ni pies ni cabeza/ correspondan a una única forma». Esta novela es un ovillo de historias y de personajes que van y vienen en el relato, es una carrera de relevos circular donde el testigo se pasa eternamente, una Sherezade que no teme a la muerte pero le ha cogido el gusto a contar, un Sísifo que camina en llano, en llamas, a veces, y múltiple y proteico y más veloz.

Pensándolo bien, quizá a Horacio no le hubiera parecido tan mal, porque unos versos más adelante dice: «En fin, sea lo que quieras, con tal que sea uno y simple». La multiplicidad de hilos narrativos de esta novela, que se siguen abriendo hasta el final, siempre andándose por las tramas en una estructura que a ratos arborece (pero no aborrece, ojo), contrasta con su dimensión unitaria, globalizadora: la novela contiene la novela fracasada que quería entender desde el origen el fracaso de Argentina, la novela que pretende plagiar y continuar el germen de aquella novela y que también naufraga, y la novela que cuenta la historia del autor de la primera y su familia, del autor de la segunda y de todos los flecos que podían colgar todavía de estas. Es una y trina, por tanto (no sé, Horacio).

Todo comienza con Pablo, un intento de escritor con pocos escrúpulos dispuesto a encontrar y retomar una novela –El contrabando ejemplar- que dejó inacabada cuando murió Eduardo, el mejor amigo de su padre, peronista recalcitrante, nostálgico («La muerte debía de ser así, pensaba, un lugar helado y oscuro donde no están mis tías»), con un trauma infantil y una salida del armario tardía y liberadora. Al encontrarla se hace también con sus diarios y otros documentos, y los lectores leemos fragmentaria y rotativamente esa novela embrionaria, los intentos de Pablo por proseguir con el manuscrito usurpado y con su vida en el exilio, la biografía troceada de Edu, la de su tía Chiquita o la de excéntricos personajes del siglo XVII. La alternancia anárquica de protagonistas se suma a la de tiempos (los años posteriores a la conquista americana, la juventud de la tía Chiquita, la niñez de Eduardo y su madurez, el pasado y presente de Pablo, etc.), lenguajes (el arcaizante con expresiones actuales o en inglés) y espacios, como si la argentinidad fantasma y la identidad que persigue el relato solo pudiera entreverse desde esa óptica múltiple y distanciada: planta, perfil y alzado (de la ruina).

Entre tanta digresión y dispersión, entre anécdotas que opacan su propia narración, en ocasiones el lector tiene ganas de preguntar ¿quién anda ahí?, o ¿quién narra ahí? Las dos preguntas son válidas en diferentes niveles. Para el narra podemos responder que en su gran mayoría, la obra es una narración interpuesta en estilo directo -oímos directamente al personaje-, generalmente tradicional (con las marcas del relator principal): Pablo es el narrador que está detrás de todas las historias, a veces nos cuenta como voz principal, otras nos transmite lo que ha leído o le cuenta Eduardo, y en segundo grado lo que Chiquita o distintos personajes le contaron a Eduardo, este narró y que ahora Pablo nos traslada a nosotros. Al quién anda ahí podemos responder que un autor, tanto el implícito representado como el propio Maurette, irónico y muy autoconsciente. En una nota al pie señala (¿quién?): «Aquí el narrador peca de autoindulgencia», y unas páginas más adelante la voz que habla dilucida su aclaración: «Hacerse la rabona», le decían mis padres a esta infracción. Para nosotros «hacerse la rata» o, más bien, «ratearse». La aclaración no es para el lector contemporáneo sino para quien lea en el año 2525, en el 2725 o en el 3500 cuando estas y otras voces de nuestra habla porteña sean piezas perdidas del rompecabezas sin bordes y sin esquinas que es la lengua castellana. Ironía y autoconsciencia se muestran constantemente en el intento frustrado de construir la gran novela argentina anclándola en la escritura de una obra inconclusa, en el plagio, en la autoficción y en una leyenda monstruosa, es decir, en la consciencia de la narración identitaria como fracaso anunciado, como imposibilidad, como fantasía falsaria. Desde ahí se puede gozar puramente de la narración, sin las esposas de la responsabilidad histórica, simplemente disfrutando del juego de la literatura en un decir informe y desbocado, una humorada.

Volvamos al monstruo, al ser concreto del que nace esta historia, engendrado por una india y un español, el «gran arcano» del pueblo argentino desde que los querandíes enterraron bajo la catedral de Buenos Aires sus huesos para condenar a los colonizadores a la derrota perpetua, por eso su historia es «un sainete oscuro». Sobre su figura mítica nos cuenta Pablo que algunos nombres «me hacen pensar que el cuento que Eduardo escuchó de su tía Chiquita, a quien se lo había contado Rosario Carrizo que lo había oído de Vicente Pazos Kinki, y este, del lenguaraz araucano que había conocido personalmente a la nieta del brujo, […] era el centro neurálgico de El contrabando ejemplar». Los tres personajes que en 1635, en el contexto del contrabando ejemplar, una forma de estraperlo institucionalizado que caracterizó la primera época tras la conquista en el Río de la Plata, van buscando pruebas de la existencia de este monstruo también tricéfalo -como esta expedición, como la trinidad de esta novela- son Malaspina, Mendes y Sambelilo Belazán, italiano, judío y antiguo esclavo africano. En sus andanzas por la pampa debaten sobre si el hallazgo del monstruo sería prueba de la existencia de Dios o de su inexistencia, haciéndose partícipes del caos y la irracionalidad que serían sus evidencias. Está claro que le gusta la paradoja a Maurette, cuya anterior obra, La Niña de Oro, era una novela negra con un albino en su centro. La muerte repentina de Malaspina y la desaparición de su cuerpo, o su conversión en toro tras la conversación en lenguas irreconciliables con Teruca, la madre de la criatura, es solo una muestra más de que esta obra predica con el ejemplo, aunque sigamos sin saber si la novela argentina está tocada (también) por la mano de Dios o por su ausencia.

El diálogo sobre lo monstruoso se repite en otros contextos, siempre desenfocando el concepto manido y fosilizado que tenemos habitualmente sobre él: «Los llamamos monstruos porque muestran», son una muestra del ingenio y la capacidad de la naturaleza para dar formas insólitas usando una base defectuosa, o porque al estar frente a ellos la gente los muestra entre sí, maravillada. La idea de que somos monstruos, como individuos y como especie, recorre la novela y se hace explícita en varios momentos, porque «la normalidad es el grado cero de lo monstruoso».

En su ensayo Por qué nos creemos los cuentos. Cómo se construye evidencia en la ficción, Pablo Maurette se centra en el concepto de compenetración, la unión que se da entre nuestra sensibilidad y la dimensión estética de una obra artística, y explica que se da «cuando damos por cierto y evidente el mundo que nos presenta». Leyendo El contrabando ejemplar doy por cierto y evidente este quilombo, esta quimera, este monstruo querandí.