POR JUAN CRUZ RUIZ

El autor de Los nuestros, Luis Harss (Chile, 1936), puso en marcha el boom de la literatura española cuando no existía, por ejemplo, ni la fama de Gabriel García Márquez. De hecho, Harss le preguntó a Carlos Fuentes por nombres de aquel tiempo, los años sesenta del siglo pasado, y fue el escritor mexicano el que lo puso en el camino del que luego sería, con Mario Vargas Llosa, el más importante de aquel extraordinario equipo que cambió por completo el universo de nuestra literatura.

Lo extraordinario de Harss no fue tan solo esa perspicacia para advertir a la humanidad de que no todo iba a ser el pasado de la literatura, sino que era posible, todavía, rebuscar en el presente y en el futuro de lo que no se terminaba de conocer. Harss no fue sólo el que encontró aquel nombre propio (Gabo), que apareció en la historia del boom gracias a Carlos Fuentes. «Llámalo, tiene que estar. En un libro como ese tiene que estar», parece que le dijo.

Fuentes le dijo eso, y apareció Gabo, un periodista que luego sería el más importante de los escritores de esta lengua. Harss lo fue a buscar, y la historia enseguida lo encontró del todo. Fue, cronológicamente, el penúltimo de los entrevistados, antes que Mario Vargas Llosa. Y desde aquel tiempo el boom fue un nombre lleno de nombres extraordinarios que hasta hoy mismo son los nombres propios de la mejor literatura de estos dos últimos siglos.

Harss los atrajo, las estanterías los celebraron, los críticos se rindieron… Ya la escritura que seguiría tuvo que ir al encuentro de Los nuestros…, y por supuesto al acierto inolvidable de aquel periodista que después se quitaría importancia, y para siempre. La audacia de Harss es la que creó este elenco: García Márquez, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Joao Guimeraes Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa… Ese sigue siendo el camino para encontrar autores inolvidables. Tan inolvidables como debe serlo para la historia el propio Luis Harss. Leer esas crónicas es leer una escritura de amor, de sentimiento literario, de realidad y de leyenda.

No lo he conocido en persona, pero lo entrevisté varias veces, animado por el impresionante trabajo que lo convirtió a él, y sobre todo a los que él mismo entrevistó, como el sacerdote civil de una historia inolvidable: la historia del boom. Ahora, muerto Mario Vargas Llosa, ausentes todos los personajes que constituyeron Los nuestros, Harss es único que permanece en la lista de su propio recuento.

La última vez que lo entrevisté ya me dijo que no quería seguir hablando de aquel episodio, porque no quería (y no quiso nunca) valerse de aquel asunto para pasar él a la historia. De hecho, él es un escritor como todos aquellos, pero jamás quiso ser uno de ellos, y no lo fue porque no le dio la gana.

Una de las veces que lo entrevisté él acababa de publicar Solamente una vez (en la editorial Medusa, que empezaba singladura) en la que contaba su vida llena de acontecimientos personales que ofrecía como si los viviera otra vez. Su prosa, escribí cuando él me concedió aquella entrevista, estaba llena de acontecimientos personales que ofrecía como si fueran vividos otra vez.

Otra vez que lo entrevisté tuve la impresión, que luego fui corroborando, de que Harss se consideraba un narrador que, en el ámbito de la literatura, aspiraba a escribir lo que le viniera a su inspiración, pero que no quería otra cosa. No quería ser, por ejemplo, el héroe del boom, ni su hacedor. Pero lo era, lo es, entiendo que no hay otro como él para mí, porque el primer libro en el que descubrí ese mundo fue el libro en el que él nos atrajo a un mundo que jamás estuvo tan junto como cuando él los puso en la misma obra y de una vez. Él escribió aquel libro, nadie juntó mejor a los que luego serían los titanes que le dieron sentido, para siempre, a la literatura nueva y latinoamericana.

Me lo dijo nada más conocerlo, cuando le escribí por primera vez. Y lo contó de esta manera: «Te digo la verdad, Juan, que en mi caso todo fue una casualidad y no he seguido interesado en el fenómeno [del boom] a través de los años. Hay que darle crédito a mi amigo Roger Klein, el editor de Harper and Row que en un principio intuyó la existencia de ese mundo [de la literatura latinoamericana] y me dio un anticipo para investigarlo como periodista. Publiqué el resultado en inglés, naturalmente. Esa edición salió bastante descuidada porque Roger, entremedio, se suicidó y a nadie más en la editorial le interesaba el tema. La traducción que conoces [Los nuestros, Editorial Sudamericana], plagada de errores, la hice yo de apuro en un barco de carga que me llevó de Nueva York a Buenos Aires. Fue toda una experiencia de dimensiones muy modestas. Después qué pasó no sé. Las ruedas a veces andan solas. Para mí el fenómeno más deslumbrante del boom fue Rayuela, pero lo más perfecto como arte de novela trabajada en la oscuridad como debe ser fue la primera mitad de La vida breve, antes de que Juan Carlos Onetti se perdiera en la tormenta de Santa Rosa».

Me dijo Harss al final de la carta en la que me explicó el inmenso trabajo que ya había hecho: «Lamento decepcionarte con tan poca cosa, Juan, pero voy a hacer como Felisberto Hernández que decía que se metía como un ratón en un agujero de la ciudad y salía del otro lado. Va un abrazo como siempre con toda mi amistad».

Harss es así, no hay otro como él en el mundo en el que al menos yo he vivido en el ámbito de los escritores (y de los periodistas). Jamás lo he notado, en las veces que se ha dirigido a mí para ayudarme a conocerlo y a conocer su obra, ser otro, ni siquiera quiso ser jamás de los nuestros… En todo caso, le dije entonces, al principio de un cuestionario: «Para los que leímos pronto Los nuestros tu obra no sólo fue un descubrimiento sino una guía. Ahora ha pasado mucho tiempo. El boom, que quisieron arrinconar, está saludable en la historia. Ahora es el más longevo de los descubrimientos literarios hispanoamericanos del siglo XX y tú fuiste su descubridor».

Gracias a él, le dije, ahora se puede decantar, en la literatura de entonces, lo bueno de lo regular o de la buenísimo. Él fue un decantador de esa sorpresa, alguien que descubrió de veras y para siempre a autores que tenían entre veinticuatro y cuarenta años en una época en la que era muy difícil, o imposible, hacer que volaran las literaturas. Leer aquel libro, en aquellos tiempos, era descubrir otra literatura, que velozmente se hizo una escritura universal y convirtió a los autores (Vargas, Fuentes, Gabo, Cortázar…) en seres universales a los que sólo les faltaba el internet para estar llamándose a cada rato. La literatura de todos ellos (de los que están citados y de los que vinieron después) pudo salir a la calle, y a las librerías, y a la alegría de publicar, en gran parte gracias a Los nuestros, al impulso inolvidable (y tan olvidado) del mejor periodista (y escritor) de aquella era del descubrimiento.

La literatura hispanoamericana se hizo grande a partir del boom. ¿Cuál sería ahora la naturaleza de la literatura hispanoamericana si no hubiera habido aquella semilla bien marcada por aquel periodista y escritor que trajo en su maleta el vigor de Borges, el descubrimiento definitivo de Mario Vargas Llosa, entonces un muchacho de 26 años, y la sorpresa inevitable de los Cien años de soledad de Gabriel García Márquez?

Le pregunté (en una entrevista que publicó El País) por aquellos a los que había puesto en órbita, y también por él. Me dijo: «En Stanford hubo un profesor que me dijo: “Usted hace cosas interesantes”. Nunca nadie me había dicho algo así. Aquí empecé a escribir en inglés. Mi vida ha sido un conflicto entre el inglés y el español, estar en un mundo, estar en el otro. Yo ahora tengo 84 años (enero de 2021) y nunca he resuelto el conflicto. Trabajo en inglés porque es el idioma en el que descubrí que yo quería escribir, y esto tiene que ver con mi identidad. Argentina es mi país, y este es también mi país. Mi patria es también cierta parte, cierta esquina. No tengo una ciudadanía grande, sino una ciudadanía chica con recuerdos de infancia. Yo soy todo lo contrario de un patriota, de un nacionalista. El verdadero mundo de uno es la infancia».

En la misma entrevista le escuché decir sobre una figura imprescindible de su historia del boom (y de la historia), Jorge Luis Borges: «Yo soy un gran admirador de Borges, ahora que lo conozco, y lo cito todo el tiempo, y sin pensar. Es una especie de oráculo. Tenía un don. Sus aforismos son memorables. Me gusta que haya sido un tipo tan contradictorio. Me gusta mucho la gente contradictoria. Es lo que más me gusta de Vargas Llosa. No me gustan sus libros, y tampoco su política, pero lo admiro por el coraje político que tiene. Me encanta cuando va a Argentina y le insultan, y le tiran piedras y dice que la enfermedad argentina es el peronismo. Es una persona que merece todo respeto por su coraje».

Borges es el mayor de sus ídolos, y podría ser el que más se le parece. En esa entrevista que me dio para El País en enero de 2021 me dijo esto: «Empecé ahora una especie de autobiografía. Me divierte porque mi vida no es nada interesante, aunque es divertido hacer de una vida no interesante algo que pueda tener algún tipo de interés. ¿Por qué soy yo y no otro?». Y eso me llevó, con él, a sentir que Borges estaba por allí, diciéndoselo.

Tengo en mi escritorio una edición muy vieja de Los nuestros, editado por Editorial Sudamericana, la editorial que publicaría la obra mayor de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Los nuestros apareció en 1966, a punto de aparecer este libro extraordinario del Gabo, que en aquel entonces (poco antes de 1966) estaba a punto de ser publicado en 1967 y querido en seguida por el universo. Poco antes de que saliera Los nuestros, a punto de juntarse con la mayor sorpresa de la literatura de Gabo, éste le explicó a Harss el monumento que se le venía encima: «Estoy loco de felicidad. Después de cinco años de esterilidad absoluta este libro está saliendo como un chorro, sin problemas de palabras. (…) Es, en cierto modo, la primera novela que empecé a escribir a los 17 años, pero ahora más ampliada. No es sólo la historia del coronel Aureliano Buendía sino la historia de toda su familia, desde la fundación de Macondo hasta que el último Buendía se suicida, cien años después, y se acaba la estirpe. (…)».

Estaba por salir, además, El otoño del patriarca… Para Gabo Cien años de soledad será «como la base del rompecabezas cuyas piezas he venido dando en los libros precedentes. Aquí están dadas casi todas las claves. (…) Es tal vez el menos misterioso de todos mis libros, porque el autor trata de llevar al lector de la mano para que no se pierda en ningún momento ni quede ningún punto oscuro. Con éste, termino el ciclo de Macondo, y cambio por completo de tema en el futuro».

Viví un tiempo en la casa en la que Gabo escribió ese libro, en México. La historia de ese libro sería la novela de sus éxitos, el lugar en el que ahora se asienta su pasado, como si fuera el elemento principal de su esperanza de escritor y de persona. En aquella casa en la que residió tan importante pasado sentí que seguía, tantos años después, el sentimiento que llevó a Gabo a sentirse para siempre en un lugar en el que no habría otro sino ese libro el que siempre lo explicaría.

En cierto modo eso fue lo que le dijo él a Luis Harss cuando le contó el valor que tenía esa noticia. Gabo tenía que dársela a Harss y, con él, a la historia de la literatura.