POR JAVIER SERENA
Director Cuadernos Hispanoamericanos

Si coincidimos en que cada vez se ha impuesto un sentido más pragmático en cada acto que tomamos o en cada esfuerzo que realizamos, o hasta en el uso del tiempo, entonces cabría preguntarse cómo alentar a la lectura, y de manera particular a la lectura de poesía o de ficción.

Según ese cálculo de beneficios obtenidos, casi cualquier otro empleo de nuestro tiempo y nuestras fuerzas puede depararnos alguna recompensa mayor. Y, de optar por la lectura, la elección sería contraria a la lectura más literaria: antes un manual, algún libro de conocimientos claros y ordenados –de historia, de ciencia, de ciencias políticas, etc.–, que un ensayo en que se exploren ideas abstractas y caprichosas. Y antes un ensayo que una novela, y antes una novela con un tema que esté inserto en el debate actual –una novela que aborde cuestiones sociológicas o políticas o históricas– que una narración de asuntos más difíciles de encasillar (una novela, al fin y al cabo, que profundice en la pura psique de los personajes y del narrador, en la reproducción de nuestras vidas, con toda la banalidad y al tiempo toda la indagación decisiva que conlleva). Y, por supuesto, de acuerdo con esa lógica pragmática, antes cualquier novela que la poesía: unos textos por donde uno pasa la mano y no rescata nada concreto, sino en todo caso un aire ensuciado por una rareza o una intoxicación que costaría explicar a otro sin una reflexión propia. Es decir, cuanto más alejado de los textos de pura abstracción literaria, mejor, pues habrá alguna enseñanza aplicable, algún dato o cita o referencia, o algún retrato de época, algo en definitiva que permita demostrarnos que no ha sido un tiempo perdido.

«Considero que un hombre que a partir de los cuarenta lee novelas es un puro cretino», dijo Josep Pla, genial diarista y cronista, que nunca escribió ficción al uso, defensor de la literatura periodística y reflexiva, y que denostaba de esa forma un género tan inútil como el de la novela. (Con todo, sería injusto considerar su opinión fundamentada en algún cálculo práctico, siendo Pla un escritor entregado de manera tan completa a una obra tan particular y prolífica como la suya, aun cuando esa famosa afirmación suya haya sido rescatada con frecuencia para cuestionar el valor de la ficción).

Lo cierto es que los argumentos en defensa del valor de la ficción no se adecuarían a cierto razonamiento habitual del hombre adulto, si este estuviera preocupado sólo por solucionar sus problemas más concretos e inmediatos.

Los ejemplos que se pueden invocar no revelarían otro poder de persuasión que apelar a la propia experiencia de lectura. Antonio Muñoz Molina, por ejemplo, en un compendio de ensayos literarios, quiso ilustrar en su título el espíritu que atravesaba el libro con una fórmula elemental: Pura alegría, tituló el volumen, empleando una frase del escritor estadounidense Paul Theroux, que en esa expresión inocente sintetizaba la cualidad de la ficción. Y si acudiéramos a la vieja explicación de otros escritores ilustres que hicieron de la lectura una de las actividades principales de su vida, como Borges, encontraríamos argumentos similares: «el goce personal», decía el autor argentino, aferrado también a esa razón simple y hedonista para justificar su devoción por la letra impresa.

Toda la lectura de ficción, de algún modo, se opone a la lógica utilitarista, pues sin duda no contribuye ni a la prosperidad económica ni al ascenso laboral, ni tampoco aporta un bagaje cultural que se puede exhibir con facilidad.

Por eso, al tratar de justificar por qué leer, quizá haya que renunciar a esa propia exigencia: no justificar lo injustificable desde una lógica utilitarista, y más bien reivindicar su condición inútil como su aportación principal.

Con frecuencia, se alude a la transformación que produce la lectura –«el desarreglo de los sentidos», como decía el poeta adolescente–, o al aprendizaje que supone asomarse a la experiencia de los personajes de una novela, pero en todo caso sería un beneficio vago e incierto, tal vez inconsciente incluso para el propio lector.

De modo que, si la lectura produce esa revolución o alteración en el lector, y lo convierte en otro –un sujeto con una conciencia más afilada o perceptiva o con matices nuevos de conciencia–, esa transformación no será buscada ni medible ni demostrable. Y por eso, si hubiera que remitirse al impulso genuino que lleva a cualquiera a la lectura, habría que admitir que la mejor forma –la menos decepcionante y más sincera– es aceptar su inutilidad: la pura alegría o el goce personal que produce, y no pensar en ninguna recompensa o gratificación. Incluso reconocer que las horas y el esfuerzo ante un libro –ese desperdicio de tiempo y de energía, que bien podría volcarse en una actividad más provechosa– son quizá propios de un puro cretino, sobre todo a partir de cierta edad. Aunque también sea a partir de cierta edad cuando los actos más cretinos –los más audaces, ingenuos e irreflexivos– nos parezcan los más nobles que hemos protagonizado, y los que más verdad y lucidez esconden y mejor nos representan.