Marcelo Cohen
Donde yo no estaba
Sigilo
1.008 páginas
POR MATÍAS CAPELLI

¿Es posible sumergirse dos veces en un mismo libro? Si tenemos entre las manos el mismo ejemplar —o una reedición que apenas corrigió algunas erratas—, si el orden de los caracteres y los espacios, si la disposición de la tinta en el papel se mantuvo inalterable, ¿sigue siendo, acaso, aquel libro que leímos veinte años atrás? La novela Donde yo no estaba, de Marcelo Cohen, fue publicada por primera vez en 2006 y con los años se volvió un libro de culto: difícil de conseguir e imposible de pagar. La edición original de Norma venía envuelta en una faja que declaraba a su autor como «el mejor escritor argentino vivo». La hipérbole probablemente le habrá resultado indiferente a Cohen en aquel momento, o hasta embarazosa, pero señalaba algo cierto: ya era uno de los grandes. En los dieciséis años posteriores siguió publicando con regularidad novelas, libros de cuentos y ensayos. Las traducciones de sus propios libros le resultaron esquivas —justo a él, que dedicó buena parte de su vida a traducir a otros—, aunque tampoco parecía quitarle el sueño. Sí daba la impresión de alegrarse por ciertos reconocimientos tardíos. Cuando recibió la Rosa de Cobre de la Biblioteca Nacional de Argentina en julio de 2022, pocos meses antes de morir, lo noté feliz.

El de Cohen fue un proyecto literario que excedió su obra de ficción: tradujo, escribió crítica y ensayo, dirigió Otra parte y ejerció el periodismo cultural. Puesta ahora en perspectiva con el resto de su obra, Donde yo no estaba —un diario ficcional de mil páginas— se confirma como su libro más ambicioso y, al mismo tiempo, más accesible. La paradoja es solo aparente. Su ambición reside en la forma y en la extensión; su hospitalidad, en la voz de Aliano D’Andevery, un narrador sin ínfulas de escritor que observa el mundo con una curiosidad inagotable.

A diferencia de otros libros donde su prosa había alcanzado un grado de densidad casi narcótico, Donde yo no estaba muestra una modulación: desde sus primeras páginas esta novela total encuentra una respiración distinta sin renunciar a la complejidad. No es casual que, a principios de 2006, Cohen escribiera en la revista Otra parte el ensayo «Prosa de Estado y estados de la prosa». Un análisis de situación inusual en la pluma de un narrador: antes de pensar qué hacer, define aquello contra lo que escribe. Ese adversario es la «Prosa de Estado», el «compuesto que cuenta las versiones prevalecientes de la realidad de un país, incluidos los sueños, las fantasías y la memoria». No se trata únicamente del discurso estatal, sino del entramado de narrativas políticas, mediáticas, publicitarias y culturales que organiza las versiones dominantes de la realidad, incluidos sus deseos, fantasías y recuerdos.

Cohen distingue en la literatura argentina contemporánea dos estrategias divergentes orientadas a torpedear a la Prosa de Estado. Por un lado, una «infraliteratura», deliberadamente «mal escrita, antiartística»; por otro, una «hiperliteratura», que extrema los recursos de la lengua hasta volverla «sobrenatural a fuerza de escrita». Cohen no habla desde afuera de ese segundo grupo. Sin ir más lejos, en el momento más revelador del ensayo, consigna: «puede suceder —lo sé bien— que la sobreabundancia, en vez de expandir paulatinamente la visión, de ser vehículo para buscar con cada añadido un nuevo enfoque, dilate una vaguedad de la visión o disfrace una inseguridad, algo que un escritor de vocación no tiene por qué disfrazar». Entre muchas otras cosas —una novela total genera la ilusión de contenerlo todo— Donde yo no estaba parece ser la puesta en práctica de esa autocrítica.

Tomemos por ejemplo la elección del narrador. Mucho más proclive a los delincuentes, visionarios, paranoicos, iluminados, artistas, conspiradores y fracasados memorables, la literatura argentina no suele producir protagonistas como Aliano D’Andevery. Él pertenece a otra estirpe: un burgués módico, un empresario metódico y previsor al que le va más o menos bien como comerciante mayorista de lencería femenina, al frente de la firma fundada por su padre. Casado desde hace años con Cler, con quien cría dos hijos a punto de asomar a la adultez, tras consultar al médico por unas migrañas persistentes, a los cincuenta y seis años Aliano recibe como diagnóstico una afección neurológica que pone en duda su permanencia en este mundo. La muerte, si bien no es inminente, comienza a proyectar su sombra, y esa consciencia de la fragilidad lo lleva a empezar un diario. Una vida nueva, un recomienzo que tal vez sea el último.

Hay un tipo de experiencia literaria que sólo se alcanza por acumulación. No depende de una revelación ni de un giro argumental, sino de la paciente suma de observaciones, de una atención sostenida que renuncia a distinguir de antemano entre lo importante y lo accesorio. Los diarios del inglés Samuel Pepys —una lectura que Cohen reconocía decisiva para la escritura de esta novela— lo demostraron hace más de tres siglos: un hombre que registra con paciencia su vida termina describiendo toda una época. Algo semejante ocurre en Donde yo no estaba: el mundo del Delta Panorámico se vuelve inteligible mientras Aliano observa con la escrupulosidad del diarista, con la paciencia de consignarlo todo: empezar de nuevo cada día, mencionar la incidencia del clima y las noticias, registrar qué tal durmió la noche anterior, qué comió y cómo le cayó, con quién se cruzó y de qué habló, cuánto gastó y cuánto ahorró, la marcha de su negocio al compás de la alicaída economía local, las conversaciones con sus hijos Sereno y Fiena, las lecturas de sus autores favoritos, los achaques del cuerpo, los arreglos pendientes en la casa, las cenas con amigos. En fin: la vida.

Por la época en que se publicó Dónde yo no estaba se publicó también en Argentina Una novela de mil páginas, de David Wapner. Era un artefacto conceptual que tenía un tercio de las páginas que prometía su título y que se resolvía en ideas, frases y dispositivos ingeniosos. Era, en cierto modo, el atajo de una novela de mil páginas. Era un buen chiste, uno más en «la gran llanura de los chistes», diría Osvaldo Lamborghini. Pero Cohen eligió el camino largo. Escribió, precisamente, esa novela de mil páginas. Palabra por palabra. Escribir una novela de mil páginas no constituye un mérito literario especial. Tampoco leerla. Lo que sí tienen de especial estas novelas es la experiencia de duración que proponen. Te obligan a convivir con ellas durante semanas, meses, años. Como ocurre con el diario de Aliano, la vida deja de ser el marco para fundirse con las palabras.

Algunas intuiciones de Cohen sobre la sociedad contemporánea —la presencia ubicua de la tecnología, las transformaciones de las identidades, un mundo alterado por las catástrofes climáticas— resultan, a la luz de la actualidad, visionarias. Otras producen un efecto inverso. A pesar de sus fisuras, la Democracia Gentil que gobierna la isla termina leyéndose casi como una utopía: uno de los principales problemas es la escasez de sal y el proceso de «culturización» de una isla vecina. Lo que en 2006 podía funcionar como crítica a una sociedad demasiado ordenada y satisfecha hoy adquiere un aire inesperadamente deseable. O al menos esa es la mirada que transmite Aliano, dueño de una empresa, padre de familia, un buen burgués.

Desde una perspectiva política adquiere otro sentido la comparación con Pepys. El inglés escribe desde el corazón del Estado, como un funcionario público del siglo diecisiete que asciende socialmente. Aliano nunca deja de interesarse por la vida colectiva, pero rehúye toda responsabilidad institucional. Es capaz de jugarse la vida por un desconocido, paga puntualmente los impuestos y procura ser un buen empleador, pero cuando le reclaman «un gesto», cuando le ofrecen un cargo público, opta por el bartlebiano «preferiría no hacerlo». Esa elección prolonga, en el plano de la ficción, la desconfianza hacia el Estado que Cohen había formulado explícitamente en sus ensayos. Una desconfianza que quizá también tenga algo de experiencia generacional, en alguien marcado, como tantos de su generación, por la militancia —comunista en su caso— y el terrorismo de Estado.

En estas mil páginas, Aliano termina convirtiéndose en escritor a fuerza de llevar un diario. La novela no solo registra su transformación: también la produce. La escritura se vuelve una máquina de observar que modifica la vida que parecía limitarse a registrar. Después de convivir con él durante semanas, yo tampoco soy el mismo que era cuando empecé Donde yo no estaba. Ni hablar del contraste con el que fui veinte años atrás. ¿O soy el mismo? Rosezno, uno de los escritores favoritos de Aliano, lo formula así: «A mí me pasa abrir un libro que leí hace mucho y verme en el punto de encuentro entre el cambio del libro y el mío, con lo que siento que no ha cambiado nada, así como me pasa entrar en el río y encontrar por casualidad el calor que el agua me arrebató del cuerpo en otro baño».