
Pilar Asuero
Las cabras
Altamarea
208 páginas
La chilena Pilar Asuero debutó con Las cabras en Altamarea hace apenas unos meses. Se trata de la novela que escribió durante su residencia en la Fundación Antonio Gala, en Córdoba, y que cumple la paradoja frecuente de otras obras de escritoras latinoamericanas, como El libro vacío de Josefina Vicens o Cuántas aventuras nos aguardan de Inés Bortagaray, en los que se vuelven texto la imposibilidad de escribir y el deseo inaugural de convertirse en autora.
Asuero narra la historia de Cami, una joven chilena que ha migrado a Madrid para ser escritora y que, sin embargo, se retuerce ante la soledad de la ciudad ajena, la precariedad de los alquileres altos y las largas jornadas como camarera en un bar. Las cabras es la historia de una chica que se aferra a la lista de quince escritoras que publicaron pasados los treinta (desde Carmen Martín Gaite o Nona Fernández a los 31 años hasta Harriet Doer a los 73), que se consuela con la enumeración de rechazos editoriales de Roberto Bolaño, y que recuerda aquella vez en la que Alejandro Zambra comparó a los escritores con los asesinos, arguyendo que estos últimos son designados así solo habiéndose comportado como tal una vez.
La narración en primera persona de Cami constituye un relato de migración y de crecimiento exprés, de cómo se acelera la vida cuando decides mudarte a la otra parte del mundo. Aunque no siempre la voz de la protagonista guarda el optimismo del futuro, se presenta desnuda de cinismo y consigue transportar al lector a la divertida década de los veinte, cuando la vida está todavía por trazarse y cualquier cambio puede ser el cambio definitivo. Nos lleva a las noches de fiesta por el barrio de las letras, a las compañeras de piso que se convierten en familia y a los afectos intermitentes que solo una vez que pasa el tiempo se saben intrascendentes.
La extrema oralidad de la prosa de Asuero dividirá a los lectores entre quienes disfruten las conversaciones de WhatsApp transcritas y la inclusión de memes, y los que consideren que la oralidad no exige una literalidad tan estricta. Sin embargo, aun con dudas sobre la forma, resulta imposible no conmoverse ante la honestidad con la que Asuero aborda el papel de las amigas de la migración: esa búsqueda torpe, pero vital, de los vínculos de toda la vida y la certeza de que esas amistades se alteran y se deforman más allá de las distancias geográficas.
Asuero consigue capturar la dureza de la migración, de la lejanía, en las reflexiones de domingo de su protagonista: cuando Cami no sabe qué hacer en su tiempo libre, cuando enumera lo que hacen Cristina y María, sus dos únicas amigas de Madrid, y se da cuenta de la limitación de sus afectos, de cómo una ciudad tan viva como Madrid a veces solo es una ciudad solitaria que está lejos de casa.
En los últimos años, se han publicado numerosos libros sobre la amistad entre mujeres: basta mencionar Amiga mía de Raquel Congosto, La amiga que me dejó de Nuria Labari, y La amistad y sus derivas de Sabina Urraca y María Folguera, todos de 2025. También ha crecido la sospecha en los círculos intelectuales sobre el encumbramiento de la amistad y ha empezado a circular la duda silenciosa de si no estaremos intercambiando un mito por otro. Sin embargo, ese recelo se disuelve fácilmente ante el comportamiento de la protagonista de Las cabras.
¿Cómo no recurrir a Majo, Rocío y Cata –al chat de las «kbras»– cuando ya se ha desmitificado la familia, no parece haber un lugar seguro en el amor romántico, el mercado del alquiler nos tambalea y nuestra identidad está afianzada en sueños por cumplir y en actividades que no hacemos, porque no nos alcanza el cuerpo? ¿Cómo no buscar en las amigas de la infancia alguien que recuerde una versión menos agotada de nosotras mismas? ¿Cómo Cami no va a buscar en sus amigas una continuidad que no encuentra en otra parte de la vida?
Asuero hilvana un relato ágil y divertido de las carencias de la migración, y se queda lejos de idealizar la amistad. A veces Cami ve en las cabras el juez identitario que no quiere enfrentar, otras la búsqueda de contacto es ridícula y se metaforiza en un teléfono sin piernas que se cae desde la mesa de bebidas de una babyshower al otro lado del océano. Con todo, la protagonista de Las cabras es honesta en su ternura y en sus intentos, y es precisamente eso lo que podemos celebrar de la novela de Asuero.