
Valeria Luiselli
Principio, medio, fin
Feltrinelli Editores
360 páginas
Este no es un libro común, no se puede pasar de largo. Como no se puede ante un cuadro excepcional en un gran museo después de recorrer pasillos y pasillos. Lo que Valeria Luiselli ha escrito en Principio, medio, fin es otra cosa, se hurta a lo previsible, sobre todo a la ruptura previsible, porque no responde a un designio deliberado —y a menudo programático— de transgresión u originalidad a ultranza, como ocurría en las cabriolas neovanguardistas de los sesenta o setenta, sino que el paso de su escritura, sin obedecer a dictados o modas circunstanciales, anda pegado a la experiencia, la del natural devenir de la vida, la suya propia y la de los otros que apenas tienen voz y que pueden ser, por ejemplo, los migrantes. Así es desde Los ingrávidos (2012) y en la poderosa Desierto sonoro (2019), relacionada en su subsuelo con el perturbador ensayo «en cuarenta preguntas» Los niños perdidos (2016), sobre los menores migrantes y desamparados que llegan a Nueva York.
En una época dominada por la clausura autobiográfica de la ficción y por la autorrepresentación en todos sus ademanes y variantes referenciales, Luiselli ha optado por alejarse de las formas más convencionales de esa práctica para adentrarse en su vivencia múltiple e íntima de escritora, hija, madre y mujer sin los ardides y manierismos al uso. Esta novela, que pone en primer plano su propia vacilante gestación entre la ficción y la no ficción, que se eleva desde el convencimiento de que «la ficción es el lugar en donde se encuentran la memoria y la imaginación», está organizada como un oleaje comunicativo y afectivo entre mujeres de cuatro generaciones: de la narradora con su hija adolescente, con la que realiza un viaje por Europa que acaba en Sicilia, de ambas con la abuela rebelde y feminista que permanece en México y parece estar sufriendo un deterioro de su memoria, y de todas ellas con la sombra de la bisabuela italiana, Nonna, que abandonó su pueblo siciliano de Philosofiana para emigrar a Estados Unidos y por accidente se quedó en México, portando consigo un pequeño mosaico romano que representaba a Proteo y que había sustraído de una excavación arqueológica. Este mosaico acompaña en su viaje a madre e hija y se convierte en un poderoso símbolo plurívoco que la capacidad de las mujeres para adaptarse a las circunstancias cambiantes y casi siempre adversas, de la conexión entre ellas a través de las generaciones y el tiempo y, en fin, de la necesidad de restitución del propio origen.
El vaivén de comunicaciones entre las mujeres, medido con austeridad y eficacísimo en la transmisión de emociones y estados de ánimo, se despliega en una estructura textual fragmentaria, compuesta de breves capítulos —a semejanza del mosaico— que corresponden a las notas que ha ido tomando la narradora con el propósito de urdir con ellas en el futuro un nuevo libro. Cada nota va precedida por un título que alude a fenómenos del cielo y la tierra, pero estos epígrafes geológicos o astronómicos, muy sugerentes, no guardan relación obvia con el contenido del fragmento y solo en la última parte sabremos no solo que proceden del Libro II de la Historia natural de Plinio el Viejo, sino que es la hija la que los ha insertado en el cuaderno de notas de su madre, lo que convierte a la muchacha en autora o por lo menos responsable del libro que estamos leyendo. Esa última parte, narrada por la muchacha a escondidas y a imitación de su madre, confiere a todo el libro el sentido que desde el principio iba buscando. El último capítulo, «Proteo: prima materia (Maestrale)», también pertenece a la hija, porque contiene las postales que le envía a su abuela y las fotos polaroid que ha ido tomando a lo largo del periplo, así como un par de viejas fotos de archivo de hacia 1929 en las que se ve a un grupo de excavadores entre los que podría encontrarse Nanna. Tanto el texto de las postales como los pies de foto son suyos y forman parte indisociable de la novela. En ellos ofrece su versión de ciertos episodios (en contraste con las anotaciones maternas) y su punto de vista a través de las instantáneas borrosas y en blanco y negro, sea cuando mira al Etna o a su madre orinando en el campo.
En las notas de la primera parte se mezclan las observaciones y anécdotas de viaje con reflexiones sociales, históricas, políticas y metaliterarias, en un conjunto de discontinuidades que, sin embargo, se abre a asuntos de gran calado. Uno de ellos, acaso el principal, es el que se refleja en el título: el precepto aristotélico de que toda historia debe tener un principio, un medio y un final. Luiselli traslada las implicaciones de esa concepción narrativa a dos planos entrecruzados, el de la existencia de su narradora, que ha roto con su última pareja y debe recomenzar de algún modo su vida, y el de la propia literatura, puesto que la protagonista ha terminado una novela que está promocionando en Europa (de ahí el motivo inicial del viaje) y tantea a través de sus apuntes su incierto próximo proyecto. El problema de cómo continuar, por dónde hacerlo y en qué dirección, la vacilación y el temor ante un nuevo comienzo, tanto en su vida como en su escritura, abruma a la narradora, que trata de no contagiar a su hija con sus tribulaciones.
Luiselli registra con sutileza ese estado de incertidumbre y suspensión en el que se encuentra Ella Camposanto —es el nombre de la narradora, que solo se revela una vez en toda la novela por voz de su hija Manuela—, consciente de hallarse ante un principio, pero sintiendo que en realidad se encuentra en el medio de su historia, una mitad o desarrollo de la trama de la vida que está hecha de desgarrones y reinicios, de recomposiciones y difíciles equilibrios. Por eso, recordando que Aristóteles no define en su Poética el medio de la trama sino por exclusión, como lo que está entre el principio y el final, la narradora se pregunta si no debería hacerse una defensa «de la parte de en medio, de la mitad de las cosas, porque tarde o temprano todos estamos a la mitad de algo», que es lo que le sucede a ella, aunque en el fondo ese estar en camino sea la definición del vivir mismo, el estar en medio o en transición, en movimiento constante. Como la naturaleza que rodea a Ella y Manuela, omnipresente y omnipotente (a través, por ejemplo, de la erupción del Etna o del fuego que avanza imparable al final de la novela).
Con todo, la parte del medio es para la narradora el punto central del arco de la vida, sus cuarenta años de edad, una suerte de perihelio desde el que se ve a los hijos entrando en la vida y a los padres saliendo de ella, el lugar «donde la vida se encuentra con la muerte», donde «el principio y el final se entrelazan de manera terrible e irremediable». Un lugar desasosegado desde el que la fugacidad de todo se hace más patente pero donde también se vislumbra la cuerda firme de la continuidad generacional, la pervivencia de las mujeres que las precedieron, afrontando y sorteando las dificultades por ser mujeres o migrantes, en una reinvención sucesiva de sí mismas. Hay un momento en que la narradora repara en que quizá no haya propiamente principios ni finales, sino que todo «lo que hay es la parte de en medio, doblando una esquina y luego otra, regresando, fluyendo una y otra vez hacia sí misma». Una larga meseta entre dos abismos de inconsciencia (el nacimiento y la muerte) en la que nada empieza y termina del todo, como en el cuento de Antonio di Benedetto del que la narradora ha oído hablar (es «El caballo en el salitral»), en el que, tras la muerte del protagonista, el relato prosigue poniendo el foco en el caballo. Es fácil deducir, como hace Ella, que la historia —la vida— debe continuar («hay que seguir», se dice), aunque sea trastocando la trama para que el final «esté en el centro mismo, en la que el final es el medio».
Este libro hermoso que va conformándose mediante el ensamblaje de teselas textuales, en el que la naturaleza cobra una relevancia comparable con la que tienen los sentidos que la captan (la vista, el oído, el olfato, el tacto), en el que los autores clásicos (el Eurípides de Las troyanas, Ovidio, Virgilio, Plinio…) coexisten con los viejos mitos mediterráneos, sugiriendo una suerte de intemporalidad sobre la que se deslizan las pequeñas vidas humanas, este libro cristaliza en un determinado momento como un sistema de círculos concéntricos que parten de un núcleo familiar donde están la madre y la abuela —del «léxico familiar», sintagma reiterado que evoca a Natalia Ginzburg— y se expanden a «la casa, el día a día, la gente, el mundo, la política, la historia humana, la geografía, la historia natural, la mitología, la geología, la cosmología». No hay modo más claro de decirlo que con esta enumeración precisa de la propia Luiselli. Su narradora se pregunta si quiere escribir un libro «sobre mi madre» o «para mi madre» y es su hija Manuela la que, en la segunda parte, resuelve la duda, porque es ella la que arma un libro sobre las madres y las hijas que ha de servir para que la abuela lo traduzca y, al traducirlo, combata el negro avance de la desmemoria que ha empezado a asediarla. Ella sabe que este libro es la última metamorfosis del Proteo que antes ha sido barco, fuego, cepillo de dientes, burro, medusa, tempestad, cámara de fotos y cabeza de pez espada. En este sentido, es un libro indefectible y una novela felizmente recorrida por la trama del seguir vivos y el mandato de seguir adelante.