
Juan José Becerra
Amor
Seix Barral
Buenos Aires, 2023
456 páginas
Candaya
Barcelona, 2024
432 páginas
¿De qué hablará la gente del futuro cuando hable de amor? Entre 2018 y 2021, un hombre y una mujer viven un intenso romance, y le piden a Julián Basualdo, un escritor amigo de ambos, que registre la historia, que escriba una novela basada en ellos. Basualdo acepta el reto, se incluye a sí mismo como personaje y en 2023 publica Otra novela de amor; meses después se mata en un accidente. Transcurre un siglo. En 2123, la novela de Basualdo se reedita, precedida por una serie de exordios que la presentan, la contextualizan y la resignifican; el compilador de esos textos previos es un tal Juan José Becerra. Ese libro del porvenir se titula Amor, y es el que editaron Seix Barral en Argentina y Candaya en España.
Ese ejercicio de imaginación redunda en una arqueología del presente: el Becerra compilador sabe que un siglo antes (o sea, ahora) «el género novela estaba agotado», y sólo «sobrevivía porque aún no había muerto del todo el mercado del autor». En ese marco, la aparición del libro de Basualdo había representado «un inesperado éxito editorial», ocurrido «en coincidencia con un hecho histórico: la agonía de las relaciones de amor entre personas». Cuando hable de amor, entonces, la gente del futuro –según Becerra– pensará en una «imposibilidad realizable». Y también pensará en la banalización de un concepto: «Entre los siglos XIX y XXI todo fue amor», dirá una antropóloga dentro de seis décadas, en el sentido en el que «a cualquier cosa se la llama amor […] Un perro es un amor, un chico es un amor, una planta es un amor». Pero alguien responderá, acaso con mucho tino: «Yo diría que todo fue deseo de amor, y que la realidad-real fue el trabajo […] La disposición libre del tiempo propio era casi cero».
La cuestión de los planos temporales vuelve una y otra vez en la historia de la China del Río y Marcial Ledesma, los protagonistas de Otra novela de amor. La China manda un mensaje desde una fiesta que «estaba muy buena pero sucedía en un mundo donde ella no estaba», y explica: «Yo todavía no llegué del pasado». Más adelante, Basualdo reflexiona: «Escribir sobre lo que está sucediendo, sobre lo que todavía no entró al pasado: qué shock, y qué sensación de poder, aunque sea de un poder inútil». Y después Marcial pregunta: «¿Vos te diste cuenta de la velocidad a la que entran las cosas al pasado?» («entrar al pasado», una idea que parece aludir al bellísimo tango «Los mareados», de Enrique Cadícamo: otra gran historia de amor).
El otro cimiento del artefacto narrativo, además del juego entre el presente y el futuro, es sin duda el estilo de Becerra (que nació en Junín, provincia de Buenos Aires, en 1965): vivaz, ácido, inquieto, ingenioso incluso en un sentido quijotesco, siempre atento para eludir el lugar común y encontrar formas nuevas de observar el mundo. Basualdo anota que una noche, muy tarde, siente deseos de ver el sol, y se desvela mirando en YouTube imágenes del sol tomadas por un telecospio de la NASA: le parece «inconcebible su violencia», y «muy preocupante» que la vida dependa de ese «monstruo de luz»; cuando por fin amanece, el sol en el cielo se le antoja una «versión infantil, engañosa, como de utilería del bien», y considera que ambos soles no podían ser la misma cosa, «y sin embargo eran la misma cosa». En ese pasaje, de algún modo, se condensa el modo de narrar de Becerra: la mirada va y viene entre lo riguroso y lo lúdico, entre lo analítico y lo trivial, y el resultado siempre es sugestivo, siempre llama la atención. «Escribo sin ajustarme a ningún criterio –apunta Basualdo–. Incluyo y excluyo palabras sin saber por qué. Tiene lógica: cualquier decisión es en el fondo una sorpresa para quien la toma».
Si la novela está agotada y el amor «un día no va a existir más y se va a hablar del amor como ahora se habla de las locomotoras a leña», ¿qué nos quedará, entonces? Lo de siempre: seguir viviendo. Y seguir escribiendo. «Ya descubrí cuál es el problema principal de la literatura –señala Basualdo–: la transmisión de los hechos de la vida. Hay que conformarse con representarlos mal». De lo que se trata, en realidad, es de representarlos distinto, según se observen a través de un telescopio de la NASA o de su generoso brillo en el cielo. Aunque a la China no le guste, porque «no soporta que el libro diga menos de lo que dice la vida, pero así son los libros (y así es la vida)».