
Emiliano Monge
En lengua privada
Literatura Random House
240 páginas
Fue el propio Emiliano Monge (México, 1978) quien me dijo, hace unos años, que la escritura es una guerra incansable, pero perdida de antemano, contra el lenguaje. Y no le faltaba razón. En esa guerra, la mayoría perdemos y abandonamos la contienda ante la imposibilidad de someter al rival. Algunos —«esos Bartleby», diría Vila-Matas— se retiran tras haber ganado uno o pocos combates, conscientes de que las suyas fueron victorias pírricas y jamás ganarán la guerra. Y hay otros, los más obstinados, los más audaces, que vuelven una y otra vez al conflicto perpetuo. No les importa el éxito o la derrota, sino entender al fin los límites de la fuerza del enemigo. Monge, sin duda, pertenece a estos últimos.
Quizá sea por esa obstinación suya que sus libros son universos autónomos y desafiantes hasta para los lectores más avispados, ajenos a las fórmulas y las etiquetas rígidas. El más reciente, En lengua privada (Random House, 2026) no es la excepción. De hecho, es la prueba más radical de esa voluntad. En él, Monge no busca contar una historia de las maneras en que ya sabe hacerlo, sino encontrar una nueva forma de decir, una nueva estrategia para acorralar al lenguaje y a aquello que este nunca termina de capturar.
Lo que En lengua privada recoge no son cuentos, ni crónicas, ni ensayos, ni memorias; pero a la vez es todo eso. Quizá «relatos» sería la palabra más adecuada, pero aun así resulta insuficiente. Y es que el primer gran reto de este libro —hibridación y transmutación magnífica de géneros— es la dificultad para clasificarlo.
Los doce relatos que presenta Monge componen un mosaico de episodios de la vida de un escritor, seguramente él mismo: un accidentado encuentro con J. M. Coetzee, un curioso atraco, el regreso a un lugar donde se fue feliz, un viaje por carretera, la enfermedad de un familiar. En casi todos se hacen presente los apegos, esos pequeños pero irrompibles tejidos de afectos a los que nos condicionan los vínculos familiares, y también esos otros que escogemos. Sin embargo, me atrevería a decir que aquello que atraviesa a absolutamente todos los relatos es una voz narrativa tremendamente inconforme ante la insuficiencia de las palabras. Un narrador —o narradores, pudiera ser también— que encuentra poesía en los pasajes más cotidianos de la vida, en los gestos mínimos e íntimos, y parece decirnos que la literatura no está en las historias descomunales y asombrosas, sino en la manera en que el lenguaje intenta dar cuenta de lo ordinario. En estas páginas, por tanto, el lenguaje está siempre a punto de desbordarse, superado por una experiencia casi nimia, casi común, que se le escapa entre los dedos. Monge, sin embargo, no trata de resolver esa tensión —sabe que es imposible—, sino que la exhibe y la convierte en materia narrativa.
Uno de los grandes aciertos —y placeres— de este libro es el modo en que la literatura se abre paso por entre los relatos como parte constitutiva de estos. Desfilan aquí, entre otros, los hermanos Joyce, César Vallejo, Jorge Luis Borges, Virginia Woolf, Raúl Zurita, Julio Ramón Ribeyro, Agota Kristof, Lorrie Moore, García Máquez… Ninguno de ellos cumple aquí la función de ribete de erudición, ni están para conformar el catálogo de influencias más menos canónico del autor: sus voces se insertan con naturalidad, cada una a su manera, en esa zona íntima donde la memoria y la escritura del narrador se entrelazan y confunden. Estas lecturas son, por tanto, interlocutoras del texto. El narrador dialoga con ellas, se busca a sí mismo y a los demás en ellas, las contradice, las exhibe como los anclajes de eso que podríamos llamar su «lengua privada».
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Hay al inicio del libro, abriendo el primer relato, una frase que bien podría leerse en clave de epígrafe: «Stanislaus Joyce murió convencido de que los escritores se dividían entre aquellos que transforman y aquellos que inventan». Pero ¿hasta qué punto es cierto que existe, en su forma pura, esa segunda especie de escritores, los que conciben sus historias con elementos fuera de la realidad que conocen? La división es engañosamente contundente, sin embargo, abre una grieta por la que se cuela todo el libro. Y es que En lengua privada no ilustra esta idea desde afuera, sino que la habita, la respira y la convierte en su propio principio constructivo. Emiliano Monge, ya lo sabemos por su obra anterior —No contar todo (Random House, 2018) y Justo antes del final (Random House, 2022), por ejemplo—, pertenece a los primeros, los que transforman. Pero con este libro va más allá y demuestra que transformar no es un gesto inocuo, y tampoco un simple procedimiento literario: transformar es, sobre todo, una forma de violencia contra el recuerdo, y también, paradójicamente, la única manera de salvarlo.
Quizá una de las ideas más interesantes que atraviesan En lengua privada es que recordar, en sí mismo, ya es un ejercicio literario. No hay acceso directo al pasado ni memoria pura; solo existe el proceso, siempre mediado por el lenguaje, mediante el cual la experiencia vivida se convierte indefectiblemente en relato. La literatura, por tanto, no solo no debe, sino que no puede aspirar a ser fiel a la realidad. El mérito del escritor que utiliza su propia vida y la de los demás como materia prima de su obra no reside en la exactitud del recuerdo. La verdadera destreza está en su capacidad de cifrar ese recuerdo en palabras, de trastocarlo y convertirlo en otra cosa: en literatura.
La defensa de esta idea tiene consecuencias éticas y narrativas a lo largo del libro, pues, si recordar es inventar, todo intento de contar es a la vez un acto de traición y creación. Sobre esto, En lengua privada se mantiene coherente de la primera a la última página. Las voces por entre las que habla su autor son honestas y nunca pretenden apegarse estrictamente a lo ocurrido. En cualquier caso, son fieles a su deseo de intentar contarlo, con toda la distorsión, las omisiones y las invenciones que dicho intento conlleva.
A veces pareciera que en la vida de un escritor todo es, potencialmente, material literario. Pero esa impresión nunca llega en el momento en que la vida ocurre, sino cuando pasa por los filtros siempre defectuosos de la memoria y la escritura. No todo en la existencia es literario en sí mismo; solo lo es cuando el lenguaje entra a alterar el recuerdo, lo retuerce y le da una forma que jamás tuvo. Es casi seguro, como sugiere Monge a lo largo de este libro, que recordar e imaginar —transformar e inventar— sean, al final, la misma cosa. No hay memoria sin relato ni relato sin invención. Aquello que divide lo real de la fabulación es una zona movediza e íntima, imposible de identificar con exactitud.
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Dice Jon Fosse, en la entrevista que conforma ese maravilloso librito que es Misterio y fe (ENDEBATE, 2025), que la poesía no es un género literario, sino aquello que resulta común a la escritura en sus diversos géneros. Y añade algo todavía más revelador: que todo poeta (entiéndase «escritor») que merezca ese apelativo tiene, en realidad, un único poema (entiéndase «texto literario»), que intenta escribir una y otra vez a lo largo de toda su obra porque le resulta impronunciable, inabarcable desde el lenguaje disponible. Tras leer En lengua privada, es imposible no pensar que ese es exactamente el gran proyecto de Emiliano Monge: un único poema —hermético, un uróboro, sin entradas ni salidas— que busca explotar hasta el límite las posibilidades del lenguaje sabiendo de antemano que este es insuficiente, sobre todo, para explicarse a sí mismo.
Quien haya leído la obra anterior de Monge reconocerá aquí una preocupación que ya estaba presente: la del lenguaje desbordado por la realidad. Sin embargo, me atrevería a decir que En lengua privada no ha sido previsto como una continuidad de esa inquietud, sino su culminación. En este libro, el autor lleva su exploración hasta sus últimas consecuencias, ensanchando los límites de lo que creíamos que el lenguaje puede hacer y, como ya se dijo, difuminando deliberadamente la frontera entre realidad y ficción.
En uno de los «relatos», aparece un fragmento de una carta de Virgina Woolf en la que, refiriéndose al Orlando, dice: «este libro puede ser como una escapada, como un descanso, como la posibilidad de una nueva voz». Al leer esto, resulta inevitable pensar en cómo Monge, libro tras libro, ha hecho de esa posibilidad la hoja de ruta de su obra literaria. En ese camino —que ya suma diez volúmenes—, En lengua privada es la más reciente parada, pero también es una sublimación exacta y honesta de la escritura, otra justa en la eterna lucha de su autor por abarcar todo el territorio, inconmensurable pero ciertamente finito, del lenguaje.