
Andrea Abreu
Pajaritos preñados
Anagrama
504 páginas
Maga o mago es, en Canarias, aquel que pertenece a los barrios y zonas rurales y a la clase trabajadora del campo. Tradicionalmente se ha usado con carácter despectivo, pero una furia casi sobrenatural, por inexplicable, hizo aparición en el mundo literario en 2020 reivindicando con orgullo esta identidad cultural y lingüística: Andrea Abreu y su gran éxito Panza de burro. Seis años después, su esperadísima segunda novela, Pajaritos preñados, monumental en muchos aspectos, hace que la primera parezca apenas un aperitivo de la comilona pantagruélica que suponen las quinientas páginas de este nuevo proyecto.
Pajaritos preñados sigue en sus cinco partes y numerosos capítulos a dos protagonistas, padre e hija, a lo largo de un año. Cathaysa es una adolescente de una zona alta del norte de Tenerife que cumple 16 años al inicio del relato, y El Tiznado es su padre, chatarrero alcohólico, inestable y soñador, aficionado a las máquinas tragaperras y a prácticas sexuales que se esconde casi hasta a sí mismo. Ambos se adoran mutuamente pero sus vidas se bifurcan ese primer día, para volver a encontrarse brevemente solo casi al final del relato. La novela alterna los caminos de estos dos personajes en una narración en tercera persona en la que, sin embargo, parece que tengamos acceso directo al discurso y el interior de Cathaysa y El Tiznado. Esto se explica en parte por el estilo directo constante, generalmente libre, aunque con algún verbo de habla que va dejando el rastro, pero además por la focalización absoluta en estos dos personajes, lo que hace que el narrador adopte su dialecto y sus idiolectos. En esto radican dos de las señas de identidad de la autora, presentes en sus dos novelas hasta la fecha, aunque en la primera la técnica fuera diferente por la narración en primera persona: la oralidad extrema, incluyendo la adaptación de la ortografía al uso hablado de las palabras (que se vuelve extrema, igual que la puntuación, en la escena de la pelea entre El Higo Pico y El Churrero que torna batalla campal), y el uso del léxico específico, más que del canario en general, de una clase social de una zona rural del norte tinerfeño. Quien piense que estos rasgos son apenas un exotismo simpático para los lectores de otras geografías no ha experimentado la inmersión absoluta que supone este habla continuada en un ambiente cerrado (una isla en una isla) y en el sentir y pensar de estos personajes (los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, decía el primer Wittgenstein). Es un lenguaje abisal, que hace descender a unas profundidades de un matiz emocional oscuro y dramático y que permite un efecto de realidad similar al mejor realismo literario. Lo hace, en cambio, a través de una experimentación que en la autora no da la sensación de tanteo formal o ensayo de laboratorio, sino de natural propagación de la música del habla con la que ha crecido, y de continuación de una tradición rica y fecunda de reflejo de una oralidad en registros bajos y coordenadas más bien marginales de las periferias (Abreu parece mirar más a la literatura sudamericana que a Delibes o Cela). La diferencia de su prosa con las de muchos de los ejemplos de esta tradición es la uniformidad entre voz narradora y personajes: la inmersión en el mundo de la novela es en apnea, sin un narrador con lenguaje estándar que sirva de respiración artificial y marque una normalidad de cuyo modelo se apartan los personajes («nadie en el barrio era normal, porque tampoco nadie tenía dinero para aparentar normal»).
Decía antes que esto que puede verse como exotismo o excentricidad en el lenguaje podía asociarse a una mirada graciosa, a una lectura divertida, pero reducirlo a esto sería olvidarnos de la oscuridad temática y la honda conciencia de clase que lo sustenta. La tragedia se atisbaba ya en Panza de burro, y sobrevuela descaradamente Pajaritos preñados; puede que pese más el cuervo que ve El Tiznado que el papito colorado que saluda a Cathaysa, quizá porque sea él quien tiene «puros pajaritos preñados en la cabeza». La violencia, las relaciones tóxicas, la pobreza en el ámbito rural, los problemas de un sistema económico centrado en el turismo, la adicción (al alcohol, las drogas, al juego) o los embarazos no deseados son algunos de los elementos que van poniendo trabas a Cathaysa y El Tiznado, que quieren salir adelante pero no siempre toman las mejores decisiones, que aman pero no saben querer ni ser queridos, que no saben lo que quieren ni se conforman. Hay en parte un fatalismo que tiene que ver con sus condiciones materiales pero también con un destino presagiado de malos augurios y apocalipsis (la plaga de bichos carreteros, la lluvia y el frío incesantes hasta en el verano canario, «viene la fin, viene la fin, que viene el Diablo»), pero subyace también un encomendarse a algo externo y azaroso que puede tener diversas formas: las Brujentas, las hechiceras del amor del tarot y la videncia, las tragaperras, Dios o la Virgen de la Candelaria en rezos ante la tele de Engracia, la madre y mujer de los protagonistas.
Cathaysa y El Tiznado están muy perdidos, y sus vidas parecen marcadas con una X, como el nombre de la hija en el libro de nombres guanches que le regala el padre y vemos gráficamente, junto con otras imágenes intercaladas, como los dibujos de lucha canaria o las cartas del tarot. Del mismo modo se marcan visualmente, esta vez en cursiva, las cartas que Cathaysa escribe mentalmente a su padre, cuya ortografía, aunque sean solo mentales, reflejan el modo -particular- en el que ella lo escribiría. Leyendo su carta en «inglés» puedes pensar: ¿de dónde salen estos personajes?
Los protagonistas de esta historia, junto con toda la comparsa excepcional de acompañantes con los que interactúan, bien podrían haber vivido en el mismo lugar pero en una generación anterior a los de Panza de burro. De hecho, el personaje de La Alemana, de la que está enamorado El Tiznado y de cuya casa sale escopetado, en todos los sentidos, nos hace elucubrar sobre la coincidencia de un mismo mundo posible ficcional en ambas novelas, aunque sea solo por un momento, porque la narradora de Panza de burro decía: «me entró miedo de si un día el abuelo quería dejar a La Alemana y volver a ca la abuela». Existe la tentación de creer que el abuelo y la abuela son El Tiznado y Engracia y que esa niña fuera su nieta, hija de Cathaysa, como existe la tentación de leer en clave de similitudes la relación entre Isora y la narradora de Panza de burro y Cathaysa y La Macha, su mejor amiga, ya adolescentes, en Pajaritos preñados. Unas descubren juntas el cuerpo y la sexualidad, las otras lo redescubren, lo hacen necesidad, lo explotan. Porque el sexo y el deseo, femenino y masculino y hacia uno y otro sexo, igual que la mayoría de temas de esta segunda novela, se han hecho adultos («tenía apenas diecisiete años, Cathaysa, pero sentía que lo había vivido todo») y se han multiplicado, liberado, pero también problematizado. Las relaciones homosexuales de El Tiznado se van lanzando como piedritas sin que él les dé mucha importancia, hasta que una de ellas rompe algo, aunque no sabemos en qué momento se rompió él mismo en su proceso de degradación. Mejor todavía se dosifica el desvelamiento de la relación de abuso sexual en la infancia, que va cayendo como lágrima sin llanto. El sexo se asocia también a la violencia y el deseo más primitivo entre Cathaysa y El Higo Pico, su novio, y a la dependencia en la relación posterior entre Cathaysa y La Macha. Al control y los celos en ambas. Pero no todo es sexo, las relaciones son todo un Pantone colorista que dibuja personajes inolvidablemente vívidos, más allá de los ya nombrados: Chaxiraxi, Yaya, el Tío Aurelio, El Chocho Cochina, Rayco, Marino el Puño y su hijo Aythami, El Grelado, Ofelia, la madre de El Higo Pico, etc.
Entre toda esta paleta colorista resulta curioso que destaque el blanco. ¿La inocencia de Cathaysa, la nieve en el Teide en junio? Puestos a buscar simbolismos, el del caballo blanco que pide Cathaysa de niña vertebra la acción y une los caminos bifurcados de padre e hija: la locura incipiente de El Tiznado le hace confundir en el mar un bote de lejía con un caballo blanco, y ese recipiente, junto con otros objetos de su pasado que entierra por consejo de la Brujenta en la huerta llena de cables y bujías de la madre (Chernobi, la llamaba El Tiznado) se vuelve patadas y relinchos, y alguien ve galopando un caballo blanco por el pueblo, salvaje y libre. Esta novela es también caballito blanco: en este juego de la literatura no se le pueden aplicar del todo las reglas, no ya por principiante, sino porque galopa salvaje y libre, como quiere, por un lenguaje solo suyo y con todo el futuro por delante.