
Ben Clark
Semiótica nuclear
Visor
88 páginas
A propósito de Los hijos de los hijos de la ira (Premio Hiperión 2006), Ángel Luis Prieto de Paula decía en su reseña de Babelia que se trataba de un libro escrito desde la conciencia generacional de haber llegado tarde y de haber recibido un mundo deteriorado. En efecto, sintiéndose nieto de los Hijos de la ira de Dámaso Alonso, Ben Clark escribía aquellos poemas desde una desolada visión de la realidad presente, mirando hacia atrás con más desencanto que ira, como testimonio de unos jóvenes «herederos de todos los despojos». Después una trayectoria de veinte años, jalonada por una docena de libros y varios premios importantes, en Semiótica nuclear Clark extiende ahora su mirada temporal en dirección contraria, hacia un futuro remotísimo en el que otros seres, quizá ni siquiera humanos, recibirán otra clase herencia mucho peor: la de los residuos radiactivos.
Haciéndose eco de los planteamientos del informe del Laboratorio Nacional de Sandia (1993), dependiente del Departamento de Energía de los Estados Unidos, Clark parte de la inquietante cuestión de cómo prevenir a los seres humanos del futuro del peligro de dicha herencia cuando las lenguas actuales y tal vez nuestra civilización hayan desaparecido. Un breve «Prefacio» sitúa el punto de arranque del libro: «cómo advertir del peligro que los residuos nucleares supondrán para los seres humanos dentro de miles de años. Imaginar esa advertencia obligó a preguntarse qué signos podrían sobrevivir a la erosión del tiempo, qué papel tendrían los traductores como mediadores entre épocas y qué fragmentos de nuestra civilización llegarían a perdurar».
No estamos, sin embargo, ante una distopía. Una de las cuestiones centrales del libro es, como el título y el «Prefacio» indican, una cuestión semiótica, una variada escritura sobre la escritura, o más bien sobre la posibilidad de traducir a un mensaje la advertencia del peligro de los cementerios nucleares de manera que pueda ser entendida en un futuro remoto por los hipotéticos habitantes del planeta: «Tenemos que poder decir que aquí/ dejamos encerrada la ponzoña./ Y que su furia dura diez mil años». Pero el alcance y el significado de los poemas del libro es mucho más amplio, porque esa pregunta desplegándose en distintas direcciones hasta configurar una especie de ética general de la comunicación: «debemos decidir entre escribir/ o cavar una tumba para un cuerpo», dice en «Nosotros enterramos a los muertos», uno de los dos poemas introductorios.
En torno a esta cuestión básicamente ética se despliega una amplia variedad de temas y recursos que Clark organiza en tres partes, tituladas de acuerdo con los epígrafes del informe Sandia: «Este lugar es un mensaje», «Este lugar no es un lugar de honor» y «El peligro todavía está presente». «Arte poética» y «Vestigios», que cierran la primera parte, afirman el valor de la escritura como forma de perduración en la que acaso un lector del futuro -quizá ni siquiera humano- nos haga sobrevivir de algún modo.
Si solo podemos especular con el cómo del mensaje, ahí están algunos de los referentes elegidos con ironía por el poeta: «Ozimandias: cómo aprendí a dejar de preocuparme y a amar los residuos radiactivos» enlaza el célebre poema con la parodia del título Dr. Strangelove de Kubrik. «Estela ronorongo para Adriano» propone, en cambio, la supervivencia de los mensajes más allá de su posibilidad de ser comprendidos. Y en «Speaking to the Future» subraya el papel de los traductores como mediadores entre épocas. En «El poeta descubre que su poeta favorito lleva varios años muerto» la misma cuestión pasa al terreno de lo personal: cómo enterarse de la muerte de Stephen Dunn, poeta traducido por el propio Ben Clark y uno de sus referentes en la orientación moral de su escritura, sirve para expresar al mismo tiempo la supervivencia de la escritura y el lamento por la persona irrecuperable: «Pero si yo escribiera que estás vivo/ tú nunca volverías al poema».
Siempre dentro del marco nuclear, los poemas de la segunda parte abren esta dimensión íntima al ámbito elegíaco de la pérdida y la supervivencia: la conciencia del paso del tiempo, la enfermedad y la muerte, el amor con sus ruinas, la escritura de la resistencia y una cierta confianza, como en «Aunque se pierdan los amantes no se perderá el amor». Destacan, «A otro poeta futuro», «Estrellas en el invierno nuclear», sobre la infancia, el paso del tiempo y la pérdida, o el curioso soneto en asonantes, «Singles Night», que cierra la sección con un carpe diem sorprendente: «vivamos cada día nuestra fiesta/ que las dudas y el miedo no nos roben,/ como a Titono, el don de ser mortales». Aunque otros versos añaden rotundidad a la perspectiva elegiaca «Hay una muerte en todo lo que amamos (…) Hay una muerte en todo», leemos en «Vida media».
A lo largo del libro Clark despliega un amplio repertorio de intertextualidades y referencias culturales, de la mitología grecolatina a Queen o Terminator, que introduce una cierta distancia referencial en los poemas. En «La memoria relumbra en el instante», funde versos de Drummond de Andrade con una referencia de Walter Benjamin. Del primero toma la idea del fantasma de los amores pasados como la «piedra en el camino» que vuelve con cada nuevo amor; del «Agesilaus Santander» de Benjamin, la del ángel fulgurante de lo perdido que reaparece también con cada nuevo amor. Ambas confluyen en la iluminación que producen unos versos ajenos durante una despedida sentimental: «Nunca nos libraremos del fantasma/ que relumbra en nosotros con cada nuevo amor./ Con cada nuevo amor./ Como una piedra en medio del camino».
La tercera parte, «El peligro todavía está presente», funciona como síntesis de las dos anteriores, fundiendo lo colectivo histórico con la experiencia personal, la denuncia de la amenaza de los residuos radiactivos, la conciencia de culpa y responsabilidad y la apuesta por el mensaje de peligro, por precaria que sea la esperanza de su inteligibilidad futura. Sobre el cómo de los mensajes y su hipotética traducibilidad destacan «Cinco desvaríos sobre el uso del símbolo de la calavera y las tibias cruzadas», con guiños a Joaquín Sabina y Defoe; «La traición de los antepasados», sobre el uso del grito de Munch como aviso sin palabras -y con guiño a la pipa de Magritte-; y «Continuidad en Onkalo», sobre el depósito más profundo de los combustibles radiactivos, construido como mise en abîme sobre el cuento «Continuidad de los parques» de Julio Cortazar. En todos ellos el humor permite distanciar la gravedad de la denuncia.
El libro se cierra con varios poemas en los que, a partir de «Fragmentos contra las ruinas» y del verso «Yo escribo desde el borde de ese lento hundimiento», vuelven las referencias a la propia escritura y a la esperanza de que alguien, algún día, encuentre algo en ella: «Pero esa noche/ sentiréis que algo brilla entre los ojos/ como si desde lejos os miraran/ los que ya no recuerdan ni sus nombres». «Otra canción para el fin del mundo», «Un dibujo de Chernóbil» y el poema final, «Y a lo lejos las solitarias y llanas arenas se extienden» reintroducen un sujeto sentimental que dialoga con la madre -«Cae la lluvia negra y mi paraguas/ negro quiere saber, madre, por qué/ guardaste tantos años mi dibujo»-, y llevan la cuestión de la permanencia hasta su paradoja última. Después de preguntarse durante todo el libro sobre cómo lograr que un mensaje sobreviva, el poeta termina optando por aquello que precisamente no puede durar: «optar por unos versos inmortales,/ optar por un mensaje que perdure./ Pero te elegiría cada vez./ Apostaría por lo que se pierde».
Pese a la temática que propone un título como Semiótica nuclear, la escritura de Ben Clark mantiene una clara continuidad de mundo. Las novedades de este libro están arraigadas en su trayectoria anterior, y no sólo por el uso de referencias científicas, como en La policía celeste, para analizar las relaciones humanas. Si hasta Demonios se había ido planteando la cuestión del paso del tiempo sobre una vida, sobre las relaciones personales y sobre una sociedad alienadora y destructiva, aquí el foco se desplaza hacia lo que quedará de todos nosotros, de la colectividad humana y de la civilización.
Los «herederos de todos los despojos», de Los hijos de los hijos de la ira, entregan ahora una herencia de muerte y de culpa a las generaciones venideras. La metapoesía prolonga el «imperio de desechos», incluidos los sentimentales, de Basura; en Los últimos perros de Shackleton la aventura histórica desembocaba ya en la reflexión sobre la temporalidad del amor y en Demonios, junto a los testimonios elegíacos de los muertos particulares, aparecía una elegía general sobre el destino de la humanidad. En Semiótica nuclear esos demonios del sujeto ante la realidad aportan, entre gravedad e ironía, la reflexión sobre la temporalidad, el amor, ahora también como cuidado, y la escritura, ya no tanto como deseo de comunicación cuanto como precaria entrega al lector presente y futuro de un instante efímero de afirmación de la vida.