Mariana Travacio
Quebrada
Las Afueras
166 páginas
POR JORGE BURÓN

El crítico latinoamericano del siglo XX, Ángel Rama, planteó una vez que quizá las mejores obras de aquello que se llamó el boom fueran más las breves nouvelles que los libros monumentales de títulos más populares y grandilocuentes.

En vez de Cien años de soledad podríamos decir El coronel no tiene quien le escriba; en vez de Conversación en la catedral podría ser Los cachorros; en vez de Rayuela sería quizá El perseguidor o La autopista del sur.

Siguiendo esta lógica Mariana Travacio ha escrito una obra perfectamente insertada y coherente en esta genealogía en su momento lateral pero hoy predominante entre los clásicos contemporáneos del continente, con resonancias evidentes de los muertos y la tierra de Rulfo y por momentos del extrañamiento y el tiempo de Garro, o los mejores cuentos largos de Miguel Ángel Asturias o Alejo Carpentier, rebajados de frondosidad pero aludiendo a pulsiones míticas equivalentes. Por temáticas y estética podríamos situar Quebrada más cercano a literaturas de otros países del continente que tradicionalmente se han asociado más a la tierra, la tradición, lo rural y un cierto mito de origen, si bien incluso en el Cono Sur podría encontrar equivalencias de estilo y atmósferas como Antonio Di Benedetto o algunos textos de Juan José Saer.

La cuestión sería dilucidar si aparte del rigor formal, la concisión narrativa y la alusión a una mitología de la tierra de tintes folclóricos de ese continente, este libro aporta además alguna novedad formal, temática o política, a más de medio siglo de distancia de aquellas novelas cortas mencionadas o autores de la órbita del boom.

Para ello debemos introducirnos, ya por fin, en este libro en concreto. Quebrada narra el viaje a pie de una mujer que habita una tierra muerta y siente que no hay más allí para ella, por lo que se propone seguir el río hasta alcanzar el mar. Su marido, por el contrario, no puede renunciar a la tierra que guarda los cuerpos de sus padres. A los muertos no se los abandona. Pero ella no puede quedar, así que parte un día sola. Su marido queda atrás. Pero pronto partirá también, con los huesos de sus padres a cuestas, en busca de su esposa, y la vaga esperanza ambos de reencontrarse con su hijo que hace ya tantos años marchó con su tío en busca de una vida mejor y nunca se supo.

A partir de esta premisa establecida en las primeras páginas los capítulos de la primera parte alternan la voz de ella y de él, como ecos sordos la una de la otra, relatos en espejo de un viaje paralelo, una viajando por amor a la vida, otro anclado a la tierra por el amor a sus muertos, y lo que en esos días y lugares ocurre y las gentes que encuentran por esas extrañas tierras. Tras un acontecimiento sorpresivo que cierra la primera parte. La segunda, bastante más breve, ya con un narrador unificado que es personaje importante de esta segunda parte de la historia, nos permitirá reconstruir y cerrar la trama de esas vidas que se nos presentaron al comienzo del relato.

Cómo está construido, la contención extrema, el rigor sintáctico y estructural, son clave en el efecto de tensión y concisión literaria tan buscado en este libro. Y es cierto que genera ese efecto pero la atmósfera se recarga a veces con comas más efectistas que eficientes. En ciertos pasajes se percibe un minimalismo grandilocuente, excesivamente buscado y expuesto. Pero es el final el verdadero problema, donde a todo ese silencio, misterio y mito alegórico se le escapan las ansias de explicar, cerrar la historia, conectar las causas con sus consecuencias y dejar claro. Y en estos artefactos que juegan todo a la presión contenida, con una o dos fallas, por pequeñas que sean, dejan que se escape toda la fuerza y quede un poco aguado el caldo.

Quizá sea cierto que ciertas historias como esta, relatos míticos y originarios, debemos contárnoslas cada cierto tiempo. Una y otra vez. La tierra, el viaje, el cambio, los muertos, quedarse o irse, la ambición y el amor. Cambiar o seguir siendo lo mismo. Puede que la radical originalidad no sea siempre necesaria para escribir una buena obra. Incluso puede que la radical originalidad no exista. Pero también parece válido preguntarse, si siempre nos estamos repitiendo la misma historia, qué cambia en cada repetición, qué hay de nuevo en la historia de siempre cuando vuelve a contarse, por qué podríamos necesitar este nuevo relato en vez de los originarios.

De esta versión de lazos familiares, amor a los vivos y a los muertos, ambición, amor, tierra y viaje, podemos decir que hay una fuerza y precisión admirables, pero poco que la diferencia respecto a otras viejas y ya conocidas.