Rosa Ramírez Mazaheri
Material inflamable
Almadía
144 páginas
POR LILIANA MUÑOZ

Escribir sobre la migración, la precariedad económica, el racismo institucional, la locura o el desarraigo no es tarea fácil: implica, necesariamente, escribir sobre —y desde— una dislocación. El migrante es, por definición, un ser bifronte, y su condena estriba en mirar, al mismo tiempo, hacia lados opuestos: hacia atrás y hacia adelante, hacia aquí y hacia allá. Porque no pertenece a ninguna parte, no pertenece a ningún hogar: solo se pertenece, en el mejor de los casos, a sí mismo, a su cuerpo y a su lengua.

Esta presencia en movimiento, este vivir entre mundos, es el núcleo central de Material inflamable, primera novela de la autora Rosa Ramírez Mazaheri. Explico brevemente el argumento: una joven mexicana estudia becada en una universidad de élite en Massachusetts. A medida que intenta abrirse paso entre el rigor académico, la vigilancia del campus y los estudiantes que demuestran conocer de antemano las reglas del juego, se enfrenta al descubrimiento de la otredad, a esa camaleónica sensación de habitar un espacio que no le corresponde, a ese acto de ilusionismo que le concede la beca: no es, pero podría parecerse a los demás, a aquellos que genuinamente gozan del privilegio. A priori, el libro plantea un copioso caldo de cultivo: Material inflamable reúne, de sobra, los ingredientes indispensables para ser una novela fructífera en términos de construcción de personajes, temas, estilo y estructuras narrativas. Sin embargo, contrario a lo que insinúa el título —correr el riesgo, romperlo todo, perseguir la libertad—, el libro brilla por su contención: el tono es, las más de las veces, monocorde; la prometida poética de la rabia deviene, casi siempre, en una poética de la pataleta.

Dicho de otro modo: la narradora, cuando sugiere, afianza el andamiaje narrativo, pero cuando se regodea en explicaciones, o cuando rumia sin sentido, o cuando describe cosas que ya están ahí, a la vista del lector, lo hace vacilar. Lo primero no es en sí mismo un defecto: Eduardo Ruiz Sosa o Mónica Ojeda, por mencionar a otros autores migrantes, en este caso en España, escriben obras que, si bien contienen poco o nulo desarrollo narrativo, funcionan porque tienen un dominio casi absoluto del ritmo y del estilo: Ruiz Sosa despierta la sensación de estar vagando en la oscuridad o de estar secuestrado en la interioridad de un personaje, mientras que Mónica Ojeda, en particular en su faceta más reciente, nos obliga a avanzar a tientas entre rezos perennes, o a escuchar las desconsoladas voces de los desaparecidos sin cuerpo ni rostro.

En el caso de Ramírez Mazaheri, sospecho, ocurre lo siguiente: el pulso narrativo está ahí, a la propuesta no le sobra ni le falta potencia —era esta, el día a día de una mujer mexicana, queer, desafiante, en una universidad estadounidense, la historia que quería contar—, y pese a ello la protagonista flaquea (y con ella la novela), no por sus excesos, sino porque su principal virtud entraña también su mayor riesgo: ¿cómo narrar una conciencia desbordada sin terminar domesticándola? Pongo unos cuantos ejemplos: «Les molesta tener que hacer tanto esfuerzo para lograr lo que a mí me nace: estar más buena que ellas, caerle mejor a la gente, poder fumarme un gallo y dar una presentación chingona sin tanto esfuerzo»; «Lo que sí tengo claro es que mido lo “correcto” de manera distinta a las otras personas. Siempre he encontrado la manera de esquivar las consecuencias, no me alcanzan, soy demasiado rápida. Tengo que seguir viviendo, aprovechar estos dones, estos regalos del universo, y seguir pa’lante»; «Estas morras no saben nada de bañarse con una olla de agua hervida en la estufa […] No saben de techos de lámina, ni de que te corten la luz, ni de cagar en pozos, y por eso soy mejor que ellas». En todos estos pasajes se desencaja la balanza: a la superioridad de clase de unos, la narradora opone su propia superioridad moral (cuando lo hace con ironía o con humor, no obstante, el resultado es afortunado). Aunque el tono jactancioso resulta a ratos chocante, el problema es otro: la narradora no deja margen para la deducción, ni para la imaginación, ni tampoco permite al lector sacar sus propias conclusiones: se las entrega de antemano, en una bandeja no solicitada.

Con todo, Material inflamable ofrece algo inequívoco: una búsqueda implacable de la singularidad; una protagonista que no cede a los discursos que pretenden encapsularla o definirla; una autora que quizá solo debe apropiarse de su propia combustión y encontrar, entre las cenizas, una voz desde la cual decir: sigo aquí.