«Y esa ambición suele estar relacionada con un concepto fundamental para la literatura de Miguel Espinosa: el extrañamiento. Decía Espinosa que, para alcanzar esa «visión» profunda de realidad, es preciso distanciarse de las apariencias cotidianas, evitar el costumbrismo, practicar el más radical «extrañamiento». Sólo el extrañamiento «metódico» con respecto a la realidad puede proporcionar al escritor, paradójicamente, un «abrazo» más profundo con ella»

POR DIEGO SÁNCHEZ AGUILAR

Fotografía de Miguel Espinosa.

La fea burguesía, novela póstuma de Miguel Espinosa, es mucho más que un retrato despiadado de la España franquista. Es indudable que no hay novela que refleje mejor (sin mencionar al dictador, sin emplear fechas ni localizaciones precisas) aquel ambiente cargado de rutinaria opresión, rancias costumbres y triviales modas recién adoptadas, en el que convivían corruptas instituciones caducas, provincianos aires de modernidad, y esas nuevas muestras de capitalismo y consumismo confundidos con libertad que marcaron el final de los sesenta o los primeros setenta.

Sin embargo, tal vez por haber evitado el realismo testimonial y decimonónico, puede también considerarse una novela absolutamente moderna que aborda temas que encontramos a diario en mesas de debate con títulos del tipo «¿Cómo ha de reflejar la ficción contemporánea las cuestiones del dinero, el trabajo y el clasismo?».

Creo que La fea burguesía podría zanjar cualquier debate; tal vez, bastaría con poner sobre la mesa uno de los rasgos de estilo más llamativos de esta novela: cada cosa que en ella se compra se mide, no en pesetas, sino en «el sueldo mensual de n obreros»; un hallazgo que condensa, en una sola expresión convertida en mantra omnipresente (porque omnipresentes son el dinero, el trabajo y las clases sociales), la desigualdad, el clasismo, la explotación laboral y la mezquindad humana.

Basta leer la demoledora y primera página de la novela para entender la punzante modernidad y contemporaneidad de una obra que, como veremos, habla de nosotros, cuestiona el mito de la Transición antes de que se creara y muestra el camino para una narrativa donde las cuestiones de clase, dinero y privilegio se evidencian sin falsas moralinas ni aburridos didactismos autoficcionales:

«Cipriano Castillejo se halla entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años de edad; ha alcanzado esa época de la existencia en que los hombres empiezan a derrumbarse física y psíquicamente; profesa de catedrático, y todas las tardes, esas tristes y aburridas tardes de otoño e invierno, entra en la misma cafetería y pide su condumio: café con leche con un bollo azucarado. En el establecimiento anida una logia de cincuentones, y Castillejo contempla, silencioso, el rebaño (…). Sus rostros reflejan el vacío, la ausencia de ideas y volición; simbolizan la carencia, la utopía de un mundo falto de espíritu, y ese mundo es, sin duda, nuestro mundo. No charlan ni opinan; se recuestan, como desplomados, sobre los sillones, y, de vez en cuando, exhalan frases gratuitas y sin posible réplica. «(…) Castillejo piensa: ¿Resultaré igual que estos desechos? ¿Me avistarán los ajenos como yo veo tales cascotes?». Y la respuesta le concome. Mas, en seguida, añade: Ellos son oficinistas, y yo, maestro de Derecho; por tanto, no existe posibilidad de semejanza. Luego, se revisa en un cercano espejo».1

¿Por qué, entonces, dadas su actualidad y descomunal calidad literaria, nadie lee hoy a Espinosa? Si existiera eso que algunos llaman «justicia literaria», este año 2026 debería haber sido el del centenario de Miguel Espinosa, novelista nacido en Caravaca (Región de Murcia) en 1926. No obstante, puesto que, durante prácticamente toda su vida, fue un autor secreto, leído y admirado solo por una minoría de entusiastas, parece tristemente inevitable que también el aniversario de los cien años de su nacimiento haya pasado desapercibido.

Así que, pese a que este artículo se centrará en su novela La fea burguesía, parece necesaria esta breve introducción a su obra. Espinosa escribió cuatro novelas: Asklepios, Escuela de Mandarines, La fea burguesía y Tríbada. Ese sería el orden en que las escribió, sin embargo, solo dos de ellas, Escuela de Mandarines (1974) y La tríbada falsaria (1980) fueron publicadas en vida; el resto se publicaron tras su temprana muerte sucedida en 1982. Su momento de mayor popularidad llegó en 1974, cuando su primera novela publicada, Escuela de Mandarines, ganó el premio Ciudad de Barcelona. No obstante, su fama y repercusión en eso que llamamos «Historia de la literatura española» quedaron muy por detrás de la de quienes podrían considerarse sus compañeros de generación, como Luis Martín-Santos, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Goytisolo o Juan Benet, es decir, los autores de eso que se conoce como las «novela experimental» que se dio en España en los años 60 cuando la dictadura franquista empezó a relajar la censura, al tiempo que las formas del realismo social provocaban ya hartazgo entre estos autores que buscaban nuevas formas de expresión. Miguel Espinosa escribía su obra, secreta y obsesivamente, durante esos años y, a pesar del premio y de la atención que recibió, tal vez Escuela de Mandarines (una genial epopeya cervantina, barroca, satírica, poética, filosófica e hiperbólica de 700 páginas sobre la corrupción moral y la muerte del espíritu en las sociedades totalitarias) llegó demasiado tarde, justo cuando Franco moría y los lectores demandaban otro tipo de historias que miraran hacia un futuro que aparecía lleno de esperanza. Para ahondar en la maldición de la inoportunidad: su otra obra maestra, La fea burguesía, se publicó en el año 1990, cuando la narrativa española estaba dominada ya por el tándem Javier Marías-Pérez-Reverte, es decir, cuando la ortodoxia de la trama se asentaba de nuevo con fuerza y los «experimentalismos» eran ya una molesta antigualla.

En cualquier caso, hoy, cien años después de su nacimiento, lo que parece claro es que el principal motivo de su olvido se debe a la radical extrañeza de su literatura, que no se parece a nada de lo que se escribió en España durante esos años. La sombra del realismo es alargada, algo que sabemos demasiado bien ahora, en 2026, pues cada vez que un narrador se aleja de los modelos del realismo decimonónico se ve obligado a justificar la rareza de su propuesta y a escuchar cómo críticos y lectores se empeñan en poner entre comillas la palabra «novela» (o a sustituirla por términos como «artefacto» o «experimento textual») cuando esta no obedece los implacables requisitos de trama, psicología, planteamientos, nudos y desenlaces.

En Escuela de Mandarines y en La fea burguesía, sus dos obras maestras, Miguel Espinosa rechaza el realismo decimonónico pues, en sus propias palabras, su propuesta estética no era la de «representar» la realidad quedándose en la «superficie» o «apariencia» de las cosas. Él proponía «una especie de arte que encierre teoría o que encierre pensamiento»; no un tipo de escritura que «sirve para acompañar y asombrar al lector en sus horas de broma», sino una escritura que narra de forma verdadera «lo que sucede precisamente al lector».

Parte, pues, de una ética que conlleva una gran ambición, lo cual condiciona el lugar desde el que se escribe y la forma en que se hace. No hay nada más ambicioso, y destinado al fracaso, que intentar decir la verdad, obedecer un mandato ético que te empuja a rechazar los moldes tradicionales para conseguir que el lector, a través de la lectura, llegue a comprender profundamente la verdad del mundo que habita. Y esa ambición suele estar relacionada con un concepto fundamental para la literatura de Miguel Espinosa: el extrañamiento. Decía Espinosa que, para alcanzar esa «visión» profunda de realidad, es preciso distanciarse de las apariencias cotidianas, evitar el costumbrismo, practicar el más radical «extrañamiento». Sólo el extrañamiento «metódico» con respecto a la realidad puede proporcionar al escritor, paradójicamente, un «abrazo» más profundo con ella.

La primera herramienta de extrañamiento, que se da en toda su obra, es su peculiar lenguaje de herencia barroca, trufado de neologismos, arcaísmos, términos filosóficos y jurídicos, expresiones coloquiales, insultos imaginativos y sintaxis inimitable. Pero en La fea burguesía veremos otras formas de extrañamiento más radicales que esta.

La clase media

La fea burguesía se compone de dos partes: la primera se titula «La clase media», y en ella un narrador omnisciente realiza cuatro «estampas» de esta clase social. La primera está dedicada a un profesor universitario, que representa el aspecto más rancio y decadente de la burguesía tardofranquista; la segunda parte está protagonizada por dos parejas amigas que nos muestran la burguesía más moderna y cosmopolita; la tercera parte describe a un alemán criado en España que se hace rico con la industria y el comercio internacional, pues nos hallamos ya en la última década del franquismo, en pleno aperturismo al mundo; la cuarta entidad burguesa analizada o comentada es la de un médico y su esposa obsesionados con el lujo y la acumulación de signos exteriores de riqueza.

Lo peculiar de estos cuatro retratos es su voluntad «antinarrativa»: no son cuatro relatos convencionales con un conflicto que afecte a esos personajes; no hay acontecimientos, sino la descripción de unas acciones que repiten a lo largo de los días, las semanas y los años. Se detalla lo que compran, lo que dicen y lo que piensan. Sus acciones son repetitivas e inanes y es el narrador, con su mirada fría, quien analiza frente a nosotros, los lectores, las vidas y valores morales de estos personajes, que aparecen, así, como insectos bajo la lupa del entomólogo, o como una curiosa tribu bajo el trabajo de campo de un antropólogo.

Pero, en esa inmensa y fría distancia del antropólogo, Miguel Espinosa hace mucho más que retratar unos años de nuestra historia reciente. Esta novela es, también y sobre todo, una reflexión sobre el nihilismo que revela cómo el vacío opresor y deprimente de la dictadura fue sustituido, con total naturalidad, por el vacío igualmente aniquilador del capitalismo y el consumismo nacidos del mismo lecho de muerte del dictador. Por tanto, centrarse en una peripecia concreta sería contraproducente: a la clase media no le sucede nada, porque nada puede sucederle, pues habita ese nihilismo ético y vital marcado solo por el consumismo, la apariencia, la comodidad, la cobardía:

«Estos son los valores de Pili y Mili, de Clavero y de Pravia: primero, un salario alto y fijo; segundo, un automóvil; tercero, una vivienda confortable en un edificio diferenciado; cuarto, colegios sobresalientes para los hijos; quinto, veraneos en una playa, concurrida; sexto, reuniones ligeras, a lo largo del año, con personas de su parcialidad; séptimo, excursiones sabatinas; octavo, celebración de fiestas rituales: aniversarios de bodas, cumpleaños; noveno, una casita de recreo. Fuera de ello, nada desean; tampoco necesitan Divinidad alguna». 2

No solo no puede sucederles nada, sino que Espinosa se niega a que nos identifiquemos con ellos. No busca la empatía, ni las zonas grises. Su posición es la del esperpento, pero sin necesidad de animalizar a los personajes o hundirlos en lo grotesco. Solo con la distancia ética que se establece entre el narrador y los personajes, solo con la fría enumeración (son frecuentes las listas enumerativas al estilo científico) de sus acciones y posesiones, ya surge de forma espontánea un humor más negro que el de Valle-Inclán; un genial humor de censura moral que es marca de la casa del escritor murciano y que puede recordar, por buscar una referencia que demuestre una vez más su contemporaneidad, a la novelista austriaca Elfriede Jelinek.

Lo que pretende Espinosa es, en definitiva, evitar que sintamos la habitual compasión que, en los relatos tradicionales, se establece entre lector y protagonista envuelto en un conflicto. Aquí el conflicto es intelectual y moral, su espacio está entre el narrador y el lector, en el proceso de contemplación de esos burgueses. Podríamos decir que la intención del autor era realizar, combinando las herramientas de la ficción novelesca y de la filosofía analítica, un «tratado» sobre la burguesía, sobre su clasismo, su superficialidad y el atroz vacío de sus vidas. Y, al mismo tiempo, el propio acto de la escritura, y el de la lectura, se convierten tanto en lucha de clases como en toma de conciencia de clase.

Los únicos personajes humanos (en el sentido «humanista» del término) son los «observadores» o «comentadores»: personajes intradiegéticos, testigos que comentan ciertas costumbres o episodios de estos burgueses. En estos observadores puede adivinarse la posición social y moral del propio autor: emplean el mismo lenguaje filosófico-analítico-humorístico del narrador, y ocupan un lugar marginal en la sociedad: empobrecidos, ninguneados, ellos ejemplifican una vida honesta, una disidencia natural, una independencia de pensamiento que emana de un firme compromiso con la verdad.

La clase gozante

Hasta ahora hemos hablado solo de la primera parte de la novela, pero hay una segunda, titulada «La clase gozante», en la que hay menos «acción» (y más «extrañamiento») aún que en la primera. Esta segunda parte es todo un tratado: los capítulos suelen comenzar con «Camilo dice:» y a partir de ahí escuchamos la voz de este miembro de la burguesía. Camilo es lo que hoy se conocería como un «triunfador»: alguien que salió del pueblo, se enriqueció, y ahora vuelve para despreciar a todo el mundo en virtud de sus posesiones, de su nueva clase social. Los capítulos se estructuran como un falso diálogo en el que Camilo tiene todo el tiempo el turno de palabra frente a uno de sus antiguos amigos, Godino. Este personaje pertenece a la otra clase, a la clase pensante (y, por lo tanto, empobrecida, marginada) y su papel se limita a escuchar todas las teorías y relatos de Camilo, y a sufrir su superioridad y condescendencia. Junto a Godino, aparece también como personaje un tal Lanosa, escritor inédito, pensador, filósofo y comerciante empobrecido, en el que es fácil advertir un alter ego del propio Miguel Espinosa. Lanosa es especialmente despreciado por Camilo, pues la actual esposa de este fue, en la juventud, amiga o enamorada de Lanosa.3

Podría pensarse que, tras el durísimo ataque a la burguesía que ha supuesto la primera parte, ahora que uno de esos personajes ocupa el lugar de la enunciación, Miguel Espinosa le daría también la oportunidad de redimirse, explicarse, justificarse. Sin embargo, las palabras y razonamientos de Camilo son casi idénticos a las que hemos escuchado antes en la voz del narrador omnisciente y los «comentadores». Esto, que podría parecer una desafortunada redundancia, se convierte en uno de los más bellos y terribles aciertos de la novela; porque, al escuchar esos mismos análisis en la voz del propio burgués, lo que antes podía entenderse como una ácida y vengativa crítica hacia el vacío espiritual y la superficialidad, egoísmo y mezquindad de esa clase, ahora se convierte en reivindicación, en manifiesto, en arrogante defensa de esos valores, en conciencia de clase y de cinismo, en definitiva.

Camilo defiende y argumenta su egoísmo, su asco por los inferiores, sus valores superficiales, su desprecio por la inteligencia, la bondad, el lenguaje, el pensamiento. Escuchar a Camilo, en 2026, es una experiencia terrorífica. Hoy, en plena ofensiva identitaria y clasista (no olvidemos a nuestros «compiyoguis», no olvidemos el «que se jodan» los desempleados, ni el mantra de los coaches de Tiktok residentes en Andorra: «el pobre es pobre porque quiere»), escuchamos cada vez más, tanto en los discursos políticos como en las barras de los bares, manifestaciones como las que este personaje despreciable va salmodiando: el egoísmo como valor supremo, el desprecio al inferior como hecho irrebatible o natural, la propia comodidad y enriquecimiento a toda costa como un derecho universal. Hoy en día, por lo tanto, cien años después de su nacimiento, es más necesario que nunca leer a Miguel Espinosa.

1 La fea burguesía. Miguel Espinosa. Alfaguara. Madrid. 1990. Página 13.
2 Ibid. Página 44.
3 Parece que hay aquí un elemento biográfico de “venganza” por parte de Espinosa. El personaje de Camilo y el de su esposa Clotilde serían trasuntos de personas reales que “traicionaron” al escritor. Esta “traición” habría consistido en que “Clotilde” habría dejado a Miguel Espinosa para casarse con “Camilo”, es decir, con alguien con más dinero que el escritor murciano. No obstante, esta lectura biográfica no aporta nada trascendental a la lectura de la novela, pues el odio de clase que emana de cada una de sus frases es mucho más poderoso y convincente que cualquier rencilla personal que el lector no tendría por qué conocer.

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