«De modo que, como Ignacio Silone o Arthur Koestler o tantos otros desencantados, Sender efectuó su propia «salida de urgencia» de lo que consideraba el dogma comunista. Pero la venenosa semilla sembrada por Líster fructificó en ciertos ambientes. Como ha expresado Andrés Trapiello, las acusaciones de Líster le situaron «para siempre en el bando de los sospechosos, esa tierra de nadie entre vencedores y vencidos»»
POR MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

Hace algún tiempo un amigo coleccionista me mostró un singular grabado japonés en el que, más allá del naturalismo de las imágenes, se representaba algo tan abstracto como la incapacidad de los seres humanos para conocer plenamente la realidad. La pieza era una ilustración de la «leyenda de los ciegos y el elefante» -de probable origen budista o jainista, en todo caso procedente de la India-, y en ella aparecía un enorme paquidermo sobre, bajo, y en torno al que media docena de individuos de aspecto atrabiliario y desproporcionadamente pequeños se afanaban concienzudamente. Ninguno de ellos, invidentes de nacimiento, había visto un elefante, y cuando alguien llevó uno a su poblado, no hallaron otro modo de conocerlo que tocarlo, olerlo, oír su berrito, lamerlo y encaramarse en él, con lo que cada cual, y según la parte que le había tocado explorar, se había hecho una idea diferente del animal: la realidad del elefante, el conjunto del que cada pieza investigada constituía solo una parte, siguió permaneciendo física y ontológicamente opaco para los ciegos, como muchos filósofos afirman de la realidad. Fin de la parábola.
He recordado la leyenda a propósito de la desigual y tortuosa fortuna que entre sus compatriotas, y pretendidos lectores objetivos, ha tenido la obra de Ramón José Sender (Chalamera, Huesca 1901- San Diego, California, 1982); en primer lugar, a causa de su implacable prohibición por la dictadura franquista, pero también por la dificultad que supone enfrentarse a la totalidad de la desmesurada producción literaria de Sender (un centenar de libros, periodismo aparte), publicada desorganizadamente y, en muchos casos, a destiempo. Sólo un dato: entre 1965 y 1970, cuando la censura se relajó en España y la editorial Destino, de José Vergés, se hizo cargo de su obra, se publicaron ¡25 títulos!
A esas dificultades hay que añadir otras que también complican el acceso a la obra senderiana: disparidad de géneros (de la crónica, el reportaje o la novela a la poesía, el teatro, el ensayo o la biografía); hibridación y mezcla de los textos; continuos cambios (y no solo de los títulos), remodelaciones y pentimentos (por motivos más o menos ideológicos) a los que el autor sometió su obra en las sucesivas reediciones; diversidad de tendencias e ingredientes presentes en sus escritos: del realismo «social» al esperpento y, casi desde el principio (pero incrementado en la producción posterior al exilio), la desconcertante presencia de elementos oníricos, telúricos, «zodiacales» más o menos típicos del «realismo mágico» avant la lettre, y de lo que algunos han calificado de New Age.
Esos últimos ingredientes -digamos- escasamente realistas, añadidos a los cambios ideológicos experimentados (y expresados siempre sin ambages) por el autor en su larguísimo exilio, provocaron el ninguneo de la mayoría de su obra por cierta crítica marxista o, más bien, estalinista, lo que ha contribuido al largo «purgatorio» padecido por el autor durante décadas. Un ninguneo, preciso es recordarlo, que continuó más atenuadamente tras los malentendidos y falsas expectativas que suscitó el «reencuentro» de Sender con los españoles durante sus dos viajes «de regreso» (1974 y 1976), incluyendo la larga entrevista concedida a Joaquín Soler Serrano en el célebre programa «A fondo».
Pero lo cierto es que, por causas no estrictamente literarias, el menosprecio y la desatención hacia la obra RJS sólo se corrigió parcialmente tras las celebraciones académicas (congresos, exposiciones, publicaciones, relecturas y fastos) que tuvieron lugar (especialmente en Aragón) con motivo de su centenario en 2001, aunque una cierta reconsideración hubiera comenzado antes, con la buena acogida de algunas de las adaptaciones de sus obras a las pantallas (especialmente las dos entregas basadas en Crónica del alba, dirigidas por Antonio Betancor en 1982 y 1983, o el Réquiem por un campesino español, llevada al cine por Francesc Betriú en 1985): fueron esas versiones cinematográficas las que -en mayor medida que el «Planeta» (1969) concedido apresuradamente a la mediocre En la muerte de Ignacio Morel, o la tópica y tediosa serie de novelas de Nancy (1962-1969)- contribuyeron a que las obras de RJS entraran en las bibliotecas familiares y, especialmente el Réquiem, en numerosos syllabus de enseñanza secundaria. Así fue como los españoles del tardofranquismo y la Transición se (re)encontraron con un autor proscrito por la dictadura.
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Pero aquel menosprecio también había tenido otros orígenes. Los malentendidos y falsas expectativas despertados por Sender durante sus viajes a España se habían iniciado mucho antes. A principios de los treinta, cuando ya había publicado con inusitado éxito (y más de 30.000 copias) Imán, su primera novela (y su primera obra maestra), Sender, que se consideraba anarcosindicalista y llegó a colaborar con la CNT y la FAI, sintió, como muchos intelectuales europeos ante el ascenso del fascismo y el clima prebélico, la atracción del comunismo, aquella «juventud del mundo», como lo llamó Paul Vaillant-Couturier, uno de los fundadores del P.C.F. El cambio ideológico puede rastrearse en Siete domingos rojos (1932), uno de los libros más «remodelados» por el autor en los años sesenta. En todo caso la conversión al comunismo se completó tras sendos viajes a la URSS, donde fue invitado (junto con sus colegas Joaquín Arderíus y César Arconada): «ahora, después de mi estancia en la Unión Soviética vuelvo con la mayor fe en el triunfo», escribía tras su regreso del frío un RJS entregado (por poco tiempo, todo hay que decirlo) a la fe estalinista del momento.
Tras su estancia en el país del «radiante porvenir», nuestro autor no se limitó a ser un mero «compañero de viaje». En 1936 encontramos al antiguo mancebo de botica y precocísimo periodista Ramón J. Sender ejerciendo en el frente de Guadarrama como Jefe de Estado Mayor de la 1ª Brigada Mixta, a las ordenes del antiguo picapedrero y ahora comandante del Quinto Regimiento Enrique Líster, que pronto se convertiría en su némesis. Las chispas entre tan opuestos caracteres saltaron desde el primer momento, agravadas cuando el escritor se enteró de que, a sus dos hermanos ejecutados (por los fascistas) se sumaba el asesinato de su mujer en Zamora. Se multiplicaron los desencuentros: Líster terminó acusando a Sender de desertor y de traidor (algo que no fue) y éste terminó largándose para hacerse cargo de sus hijos e iniciar con ellos un largo exilio. Y, de paso, para romper con la disciplina estalinista, en la que, en todo caso, nunca se sintió cómodo. De modo que, como Ignacio Silone o Arthur Koestler o tantos otros desencantados, Sender efectuó su propia «salida de urgencia» de lo que consideraba el dogma comunista. Pero la venenosa semilla sembrada por Líster fructificó en ciertos ambientes. Como ha expresado Andrés Trapiello, las acusaciones de Líster le situaron «para siempre en el bando de los sospechosos, esa tierra de nadie entre vencedores y vencidos». En el maniqueísmo cainita de la guerra civil y la espantosa, inapelable derrota, el escritor Sender quedó también injustamente marcado ante los personajes que influían en el campo de la cultura. Para ellos, y parafraseando la terminología de Isaac Deutscher, el hereje se había convertido en renegado.
Luego en el exilio, primero mexicano y, finalmente, estadounidense se fueron afianzando su paranoia y el complejo de persecución que nunca le abandonarían. El clima social y la relación de fuerzas entre clases en Estados Unidos era muy diferente, por lo que Sender tuvo que acomodar y revisar algunas de sus primitivas certezas. En el desterrado intelectual perpetuamente desasosegado se fue afianzando la intuición (ya presente en Imán) de que, más que producto de circunstancias determinadas histórica y socialmente, la guerra era una especie de fatalidad ontológica enraizada en la misma condición humana. Un nuevo interés, primero filosófico y moral y, poco a poco, más metafísico y esotérico, comenzó a impregnar sus obras, las mejores y las peores, las más realistas y las que coquetean con el esperpento (la estupenda Epitalamio del prieto Trinidad, la publicó en Quetzal, su propia editorial, en 1942).
Además de su relación con la Agencia Literaria Americana y su director Joaquín Maurín -antiguo poumista de quien se conjeturaban injustamente relaciones ilícitas con la CIA en esa guerra fría cultural analizada por Frances Stonor Saunders- se produjeron otras circunstancias que siguieron apuntalando la impresión de un Sender «sospechoso». Cuando regresó por primera vez a España, con Franco todavía vivo y aún matando, buena parte de los sufridos ciudadanos experimentaron lo que los sociólogos llaman sesgo de confirmación: esperaban del regresado algún mensaje, alguna prueba -siquiera sobreentendida- de su voluntad progresista, incluso de su antifranquismo, algo que alimentara sus expectativas acerca de alguien que regresaba al país del que un día tuvo que salir de naja. Y eso no se produjo. Al contrario, Sender se reveló un devoto del sistema norteamericano, política en Vietnam incluida. Rodeado de fieles y apoyado por un editor dispuesto a publicarle hasta sus sobras completas, el regresado se explayaba urbi et orbi sobre sus fobias ideológicas, su anticomunismo visceral y sus más o menos infantiles obsesiones esotéricas, revelando, como ha expresado José María Conget, «el deterioro que Sender infligió a su propia imagen».
A esos elementos del hándicap que afectaba a la fama de Sender (y que, como se ha dicho, la celebración de su centenario corrigió parcialmente) hay que sumar, por último, el escandaloso desencuentro con el autor de La Colmena, quien, vagamente temeroso de que a Sender pudieran auparle al Nobel antes que a él y, por tanto, cegar su camino al premio, le organizó una provocación doméstica en la que nuestro escritor cayó estúpidamente (según cuenta la leyenda hubo reproches y renuencias, se gritó «¡fascista!», apareció una pistola -descargada-, el mantel de sobremesa voló por los aires con todo su contenido, y, finalmente el señor de Son Armadans acabó expulsando a quien había invitado). Paco Umbral, siempre al quite, azuzó después la bronca desde algún artículo venenosillo. Al final, Sender, que quedó humillado, regresó al más estable clima de San Diego para morir lejos de tanto ruido. Que yo sepa, la RAE, siempre tan circunspecta, no se dio por enterada del paso del ilustre exilado por su país. Fin de la parte chusca.
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Hoy se sigue conociendo mal a Sender. A pesar del esfuerzo de esforzados senderianos por ponderar y difundir la obra del prosista aragonés más famoso desde Gracián, más de tres cuartas partes de su inmensa bibliografía (consúltese, por ejemplo, la lista del Centro Virtual Cervantes) permanece descatalogada. Sus libros, salvo la escasa decena de títulos que se sigue reeditando con cierta regularidad, han desaparecido del mercado, y tampoco es fácil encontrarlos en muchas afamadas librerías de viejo. En cuanto a las Obras Completas, publicadas por Destino entre 1976 y 1987 (y raras incluso en el mercado secundario), distan mucho de serlo, de modo que esa iniciativa del editor Vergés quedó en proyecto frustrado y rareza de bibliófilo.
Por eso resulta particularmente interesante que ese monumento de la edición española que es la Biblioteca Castro (director académico Darío Villanueva; encargada de edición Cecilia Frías) se haya decidido a publicar el primer volumen de la (ojo al adjetivo) la Narrativa Esencial, de Ramón J. Sender. Su editor, el muy senderiano (y barojiano: coeditó la edición de las Obras Completas de don Pío, dirigidas por Mainer para Círculo de lectores) profesor Juan Carlos Ara Torralba reconoce al principio de su prolijo prólogo -a veces un punto más hagiográfico que analítico- que el lugar del «fabuloso cronista» en las letras españolas sigue sin estar bien definido. Ara Torralba subraya acertadamente, entre otros rasgos del autor, la voluntad moderna que, desde el principio, animó su escritura; la importancia de la crónica y de la autobiografía (la memoria) en sus novelas; la presencia en casi todas ellas de un héroe arquetípico (solitario, perseguido); su dominio en la composición de atmósferas cerradas y sofocantes; el progresivo incremento de la carga esotérica y alegórica en sus libros posteriores. Y contextualiza convenientemente al autor en su tiempo: tanto en su momento sociohistórico (ascenso de los fascismos, agudización del enfrentamiento entre clases), como en relación con el clima editorial (Papelera Española, fusión de Espasa y Calpe, incremento de las traducciones, proliferación de las editoriales de izquierda) y con la producción literaria de sus colegas de generación -de José Díaz Fernández y El blocao a César Arconada y La turbina), todo ello sin olvidar su deuda con sus dos grandes maestros declarados: Baroja y Valle Inclán.
En cuando al adjetivo «esencial», predicado de su narrativa, estoy de acuerdo en lo que se refiere al primer volumen: las tres magníficas novelas incluidas en él –Imán (1930), Mr. Witt en el Cantón (1935) y Réquiem por un campesino español (1960, publicada originalmente como Mosén Millán en 1953)- constituyen (junto con algunas otras, pocas) parte de la obra «esencial» del autor, la que ha resistido mejor el paso del tiempo y ha entrado en el consenso generalizado de lectores, críticos y estudiosos. En las tres encontramos aquellos elementos que caracterizan la obra de Sender, de acuerdo con el criterio de José-Carlos Mainer: base realista fundamentada en la crónica, elementos autobiográficos, reflexión filosófica y existencial, y tendencia a la inserción de elementos simbólicos y alegóricos, a lo que habría que añadir, en el caso de las obras citadas, la fascinante pluralidad de voces narrativas y de puntos de vista diferentes, un legado del modernismo del primer tercio del siglo XX.
Las tres novelas forman parte esencial del «canon Sender» con una unanimidad que nunca lograron las mucho más prescindibles La tesis de Nancy (1962, primera parte de una serie de cinco, aburridamente alargada para hacer caja) o La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964; una decente, y alegórica, novela histórica, inferior, en todo caso a Mr.Witt) que tuvo el mérito de «inspirar» directa o indirectamente sendas películas de Carlos Saura y Werner Herzog sobre el sanguinario conquistador (y, según se inventó Baroja, ancestro literario de Shanti Andía).
He citado estas dos novelas, que no poseen ni la contundencia literaria, ni el mérito, ni la ambición de las seleccionadas en el primer volumen, porque, al no entender en qué reside su «esencialidad» dentro de la extensísima obra de nuestro autor, no alcanzo a comprender muy bien su inclusión en el segundo volumen (previsto para marzo de 2026) de la (mini)serie de la Biblioteca Castro. Afortunadamente, el segundo volumen también incluirá, además, esa «enciclopedia personal» que es la inclasificable Monte Odina (1980), especie de testamento más o menos ficcionalizado del pensamiento y modo de hacer del transterrado autor aragonés. «Esencial» significa, entre otras cosas, «sustancial», «fundamental», «necesario», y, puestos a (re)editar en una colección de referencia una selección tan heterogénea de la obra de Sender, mejor le hubiera venido el marbete de «escogida» (por su editor) o «diversa». En fin.
En cuanto a las tres obras maestras de Sender -tan distintas entre sí, pero las tres tan esencialmente senderianas-, la que sigue siendo mi preferida es, precisamente, Imán, a la que, sin embargo, el Sender maduro, no tenía demasiado apego (declinó ocuparse personalmente de la reedición española post-exilio). La novela -de la que lamentablemente se ha preferido omitir (aunque se cita en la introducción) la nota prologal de la primera edición en la que R.J.S afirma (con flagrante mendacidad literaria) que en ella «la imaginación ha tenido bien poco – nada en verdad- que hacer»- es, además de una de las grandes novelas antimilitaristas europeas de su tiempo, un prodigio de utilización de las técnicas del modernismo (puntos de vista y narradores diferentes, manejo del tiempo objetivo/subjetivo, ruptura de la linealidad del relato, perspectiva «cubista» y dislocada de la realidad). En ella Sender crea un personaje -el antiguo herrero Viance, el «Imán» que parece atraer la desgracia- que será el modelo de todos sus héroes solitarios y perseguidos.
En una época (tras la gran carnicería de 1914-1918) en la que, como afirmaba Walter Benjamin, la experiencia personal se había convertido en algo incomunicable y el narrador oral se halla en trance de desaparecer, Sender logra en esta novela excepcional transmitir al lector, sin darle respiro, la violencia, el tedio, la soledad, la sordidez y el horror de la guerra (en este caso, de Marruecos) con una eficacia que nada tiene que envidiar a la de Sin novedad en el frente (1928), de Erich Maria Remarque (que nuestro autor conocía), y en la que, como novela «de guerra» también pueden encontrarse ciertos paralelismos con la posterior Viaje al fin de la noche (1932), de Louis Ferdinand Céline, a la vez una obra maestra del antimilitarismo y una de las novelas fundamentales del siglo XX. Ahora, cuando vuelven a sonar tambores de guerra a lo largo y lo ancho de este pobre planeta, Imán, cuya prometedora trayectoria editorial fue interrumpida por una guerra feroz y el exilio de su autor, sigue estando vigente.