«Como cualquier diario, como la vida misma, como la buena literatura, esta obra de Bléfari admite muchas capas de lectura. Por supuesto que el diario del dinero no es solo el diario del dinero sino de tantas otras cosas. Y, desde luego, aparece Bléfari en todas sus facetas: la cantante, la actriz, la escritora, la madre, la hija, la novia, la cocinera, la administradora del hogar, la viajera, la compositora, la paseante, la creadora de collages»
POR LAUREANO DEBAT

Hace casi veinte años, en el YouTube de 2006, circulaban unas imágenes que aún hoy pueden encontrarse de Nietzsche dentro de un neuropsiquiátrico, supuestamente las últimas conocidas antes de su muerte. El vídeo parecía ser del año 1899, cuatro años después de las primeras filmaciones de los hermanos Lumière en Lyon. Se especulaba en aquel entonces con la falsedad del documento, con la manipulación de algunas fotos del filósofo alemán a través de filtros, retoques y reencuadres. Rosario Bléfari escribe al respecto en una entrada de su diario del día viernes 18 de agosto de ese año: «Me encantó pensar en la persona que buscó las fotos y las sometió a esos procedimientos, las animó y retocó hasta lograr arte, cine y fraude a la vez». Todavía no se hablaba de manera global de la posverdad aunque ya existiera el concepto y aún no se ponía tan en riesgo el concepto de autenticidad. Pero Rosario Bléfari, siempre, tan a la vanguardia.
Porque ¿qué otra cosa es si no eso mismo la creación? Ella lo dice de manera explícita: el arte es verdad y fraude a la vez. En su crítica al furor por lo documental que ya empezaba a vislumbrarse por aquel entonces, por lo real inmaculado, Bléfari define en lo que le interesa del gesto sobre Nietzsche una determinada manera de enfrentarse a la tradición y, desde ahí, las principales pulsiones que motivan sus propias artes, cualquier escritura, entonación o interpretación. Es decir, todo lo que hacía. «Prefiero la teatralidad fabricada de hoy, de un pasado no visto», termina la entrada de ese día.
Para empezar a decir algo sobre la complejidad y la riqueza del Diario del dinero de Rosario Bléfari, sería justo insinuar que se trata de una suerte de manifiesto sobre la conciencia que ella tenía de la totalidad de su obra, de todo lo que contenía o podía contener, de todo lo que entraba dentro de su poética.
Y resulta muy difícil no enfrentarse a este libro desde una cierta tristeza, nostalgia y ese cosquilleo insoportable de una pérdida. Si bien no es un diario póstumo en el sentido estricto del término, ya que Bléfari preparó su edición, eligió y corrigió los textos, murió el mismo año de su publicación, 2020. De manera que su alcance y lectura sí que se vuelven póstumos y no sólo en Argentina, en las sucesivas ediciones posteriores de Mansalva, sino también en España donde recién en 2025 la editorial Comisura se animó a publicarlo con un prólogo de Julieta Venegas.
Para una generación como la mía, la música de los 90 fue fundamental como seña de identidad, de resistencia contra las melodías idiotas repetidas en tantas discotecas en una década de demasiada frivolidad política. Y Rosario Bléfari una figura trascendental en una constelación compartida con Babasónicos, Juana La Loca, Los Brujos o Peligrosos Gorriones, nombres imprescindibles para la educación sentimental de muchos de nosotros que empezábamos a sentir los estragos del neoliberalismo en la frustración de nuestros padres y la instauración de la cultura de la más abyecta pereza mental. Pero estaba ella, estaban ellos, que nos decían que había nuevas maneras de pensar, que se convirtieron modelos decisivos para empezar a forjar nuestras propias poéticas y los incorporamos en la construcción de nuestra propia tradición.
Este diario es, también, un ejercicio de cómo convertir en narrativa no tanto la frialdad, sino más bien la crueldad de los números, su eterna amenaza. Y no solo por el registro de los vaivenes de la economía argentina, los mismos productos básicos que pueden quintuplicar su valor en poco tiempo, sino por la mera existencia del dinero como tal. Cómo aprovechar ese material inhóspito, cómo reflejar y hacer carne en la escritura la manera que tiene el dinero de regir nuestras vidas, como una sombra constante, insoslayable, en una mecánica kafkiana.
Como cualquier diario, como la vida misma, como la buena literatura, esta obra de Bléfari admite muchas capas de lectura. Por supuesto que el diario del dinero no es solo el diario del dinero sino de tantas otras cosas. Y, desde luego, aparece Bléfari en todas sus facetas: la cantante, la actriz, la escritora, la madre, la hija, la novia, la cocinera, la administradora del hogar, la viajera, la compositora, la paseante, la creadora de collages.
Y así, como un collage, fue pensada la estructura final de este libro por ella misma, entre el desorden de una vida misma, el diario integral, los saltos intempestivos de épocas, y esos momentos de deseo de orden que proporciona no tanto el devenir de la vida sino la vida filtrada, pasada, concebida a través de una escritura, lo que en este libro son diarios dentro del diario (el registro minucioso del ambiente del hospital en el que internan a su padre en el año 2000 o su diario hormonal de 2014 cuando registra sus movimientos hormonales o el diario de rodaje de la película La idea de un lago, de Milagros Mumenthaler, filmada en Villa La Angostura). De esta manera, el diario salta desde los cybers al lenguaje inclusivo, de las pesetas a Google, del uno a uno a la convertibilidad, de Palladium al Club Matienzo, de una Rosario desbordante de emociones y de amores en los 80 a una Rosario menos entusiasta y más cínica a principios de los 2000, siempre en una constante búsqueda poética de la multiplicidad, su curiosidad insaciable, la sensibilidad extrema y cambiante en todas las décadas.
«Si las anotaciones habituales no conseguían retener algo del paso del dinero por mi vida, ni siquiera conseguían que pudiera controlarlo, relatarlo sí me permitió observar su presencia como una puntuación, un ritmo» explica en la contraportada del libro, en la edición de Mansalva. Y se dio cuenta, revisando muchos de sus viejos diarios, antes de registrar el dinero con esa voluntad explícita, que algo así se venía insinuando en pulsiones similares. Por eso, quizás, la voluntad de desordenar la cronología, de juntar todas las hojas y que las ordene el viento. Para dar fuerza a la sutileza en la percepción de sus cambios, en los que siempre el dinero está, en las que las obsesiones cambian en torno a una misma obsesión por los diferentes lenguajes que dominaba: la búsqueda de nuevas oportunidades de contar.
Los decisivos ochenta
En los diarios que la autora decide rescatar de los años 80 entendemos buena parte del germen de sus principales filias y pulsiones. Aparece el Omar Chabán de los primeros años de Cemento con la brutal Katja Alemann, Vivi Tellas joven dirigiendo a una Rosario Bléfari joven, las obras de Guillermo Kuitca: una parte imprescindible de la escena emergente de los 80 que cambiaría para siempre no solo la cultura porteña sino argentina. Y ya en aquel entonces, lo que empieza a importarle mucho a Rosario Bléfari transita por un terreno interdisciplinario, si se me perdona el término: la música, la performance, el teatro bastante anterior al biodrama, el arte contemporáneo.
Tiene ganas de participar, lo hace, forma parte y también es testigo privilegiada de tantas cosas. Por ejemplo, ve en vivo, en sus inicios, a Sumo con su primer disco, a Soda Stereo sin disco aún y a los Redonditos de Ricota cuando todavía incluían actrices en sus shows, las tres bandas que cambiaron para siempre la escena musical argentina a la que una década después Rosario Bléfari agregaría también su decisivo aporte.
La madre, la hija, la compañera
Hay tres personas fundamentales en la vida de Rosario Bléfari y que aparecen todo el tiempo, en casi todas las páginas de este diario. Fabio Suárez, compañero sentimental y musical, quien prestó el apellido para la mítica banda que instauró el indie rock argentino. Su hija Nina, a quien vemos crecer, emocionarse, reír, acompañar a su madre primero como niña, después separarse brevemente en la típica adolescencia y, poco a poco, asumir parte de las filias de su madre y participar en películas, actuar y empezar una carrera artística. Y Roberto, su padre tan padre, tan cuidador hasta los últimos días de su hija, seguramente destrozado e irreparable por la pérdida.
Los roles de Rosario de madre y de hija dentro de este diario están tan balanceados, son tan armónicos. Vamos viendo crecer a Nina al mismo ritmo en el que vemos a Rosario volviendo a ser hija, de manera trágica, sobre todo cuando el cáncer y la precariedad económica avanzan juntos y su padre ejerce de cuidador. «Mi papá se aísla en una nube de evasiones fabricadas con candidez y recuerdos que le dan risa» escribe en mayo de 2015.
Las nuevas coyunturas
Hay tramos de ese año 2015 en los que la narración de los gastos se vuelve meticulosa, obsesiva hasta el mínimo detalle, sobre todo en lo referido a comida y transportes para una vida siempre austera. Las preocupaciones de Bléfari son si puede comprar comida o pagar el alquiler (y cuando acecha la enfermedad, si va a poder tratarse).
No es casualidad que a partir de 2015 empiece a aparecer en sus entradas un verbo que ese año se puso de moda y se usa hasta el día de hoy dentro de muchos hogares jóvenes de clase media empobrecida en Argentina: «resolver». Esta palabra refleja los estragos de la inflación y define los malabares que hay que hacer para sobrevivir. Entonces, Rosario Bléfari se encuentra ante la obligación de tener que resolver comidas con los productos y el dinero que tiene y que puede.
Otra de las marcas coyunturales dentro del diario es la aparición del lenguaje inclusivo en algunas entradas de 2018 («amigue», «todes») en plena eclosión de un movimiento de mujeres que pelea por la legalización del aborto en Argentina.
Si el verbo «resolver» de 2015 y el lenguaje inclusivo de 2018 hacen mella en la subjetividad de Bléfari, hay una expresión que en medio de estos años empezó a circular en boca de quienes querían ratificar todo el tiempo lo que pensaban con alguien que opinara lo mismo sin matices. Son los años en los que en Argentina se va alimentando una grieta política demasiado exagerada. La frase es: «entendió todo». Normal que Rosario no la usara, ella que defendía la duda por sobre todas las cosas. Esa era su manera de entenderlo todo.
La enfermedad
Quienes conocieron de cerca a Rosario Bléfari coinciden en que apenas hablaba de su cáncer. Nunca nadie la escuchó quejarse ni victimizarse jamás. Esa actitud la mantiene en su diario, pese a que es inevitable notar la secuencia de un agotamiento y deterioro que empieza a darse de manera sutil en 2015 y que se vuelve más evidente a medida que avanza el año 2018 y continúa ya de manera más fragmentaria en sus últimas entradas de 2019.
«Respiro el aire viciado que mancomuna a todos los que padecemos algo que nos vuelve sensibles, más sensibles que nunca» escribe en 2015 y agrega: «Toda esa preocupación eterna por el dinero que me acompañó toda mi vida parece, de pronto, perder peso y lugar. Tal vez si muero ya no importe de verdad. Se encargarán otros, del dinero que se debe, del que me deben, del que podría ganar…». Y los dolores imposibles de controlar y de asumir que le impiden moverse en sus clases de danza de 2018, el mismo año en que recorre clínicas y hospitales envueltas en máquinas de diagnósticos por imágenes con operarios que ni siquiera la miran.
Los viajes, las derivas
El Diario del dinero está repleto de viajes por trabajo y familiares, de giras con Suárez y otros proyectos musicales, de viajes para rodar películas, de Mar del Plata, Santa Rosa y Bariloche con Nina y Fabio. Todos esos viajes en breves retazos, pequeñas imágenes en las que el lector deberá completar el contexto y, muchas veces, la escenografía. Por ejemplo, cuando traza una definición exacta de la percepción que uno tiene de determinadas personas cuando vuelve a su pueblo: «Un hombre desconocido con cara conocida apareció una tarde», escribe desde la capital pampeana un 16 de enero de 1997.
Algo similar sucede con sus derivas por Buenos Aires, el registro de los gastos en transportes y supermercados llevado de manera explícita a una voluntad narrativa en la que se mezclan imágenes aleatorias de la fisionomía de la capital. Y el reverso de la deriva urbana, el espacio íntimo, las casas en las que sobrevive.
En 2015 no tiene dinero para pagarse un pasaje a La Pampa para visitar a su papá. La madre del indie argentino, la famosa Rosario Bléfari, no puede asegurarse un gasto mínimo. Ella, que ya es una figura decisiva en la escena argentina no solo musical sino poética, artística, en ningún momento se queja de su suerte. En 2018 resuelve una cena y el almuerzo del día siguiente con tres ingredientes mínimos, algo que se vuelve la normalidad de su vida. Pero ella se mantiene siempre en su línea de no romantizar su precariedad, trabaja con un lenguaje poético sobre lo cotidiano sin estridencias y sin abandonar la crítica social, su conciencia política evidentemente tan fuera de cualquier panfleto. Hace lo mismo en un diario que en una canción o en un poema aun sin música. No pide disculpas, no se hace la víctima. Ni siquiera cuando ese mismo año, en plena vuelta de un grupo Suárez ya consagrado, tocan en un lugar pequeño de Villa Crespo y lleva ejemplares en vinilo de uno de sus discos solistas, Los mundos posibles, y solo vende una copia, mientras entre todos tratan de juntar billetes chicos para el cambio en la entrada, en una precariedad que los acompañará siempre, la sombra del do it yourself de los 90 tantísimos años después.
Una poética inagotable
El Diario del dinero es, también, un diario de lecturas, desde Fitzgerald a Bignozzi pasando por Roland Barthes y tantas relecturas de Fragmento de un discurso amoroso. Es un diario de poemas en prosa: «La tierra está untada con grasa helada. Son mataderos de amor. Fabrican sillas en las que otras gentes se sientan en sus sueños. Las últimas novedades sobre mí».
A veces Bléfari pareciera escribir para ser leída dentro de 1000 años o por otras civilizaciones, con un extrañamiento asombroso de su propio presente, desnaturalizando lo cotidiano (o naturalizándolo de tal manera que, al expresarlo, en semejante desnudez, se convierte en algo exótico). Eso ya sucede con muchas de sus letras y en casi todas las notas al pie de este libro, hechas por ella misma, como esta para una entrada de julio de 2018: «Cadenas: marcas nacionales y extranjeras que venden franquicias. Son pizzerías, bares, heladerías, farmacias y supermercados: Kentucky, La Continental, Havanna, Café Martínez, Bonafide, Farmacity, Grido, etc… proliferaron a partir del siglo XXI».
En algunas entradas da claves de su propia poética al enlazar las tres cosas que mayormente hacía (escribir, actuar y componer canciones) en una sola imagen. «En relación con el hacer canciones, se me ocurre que el carácter cinematográfico de la canción también se manifiesta al elegir una escena de la vida, una observación, de aquellas que Juana Bignozzi consideraría sin campo mítico, una especie de “¿y con eso qué?”, y a través de la entonación –la melodía-, conseguir el estado de suspensión necesario para que se transforme en un momento palpitante», escribe en octubre de 2012. Y de ahí, a la danza, seis años después, como alumna: «La profesora comenta algo de ver bailar a alguien con ideas, o con un pensamiento, algo así. Lo dice por mí, no puede ser, era yo de quien hablaba, la ahora mujer vieja y fuera de estado, con limitaciones de todo tipo. Me emociona. Entonces, a pesar de todo, del tiempo, de la enfermedad, ¿puedo bailar?».
Y, por momentos, el metadiscurso de todo diario, las claves de por qué un diario del dinero: «Aunque esté anotando todo no hago ninguna cuenta, no armo operaciones ni pronósticos, anoto para hacer algo, para ver si se puede escribir en vez de hacer cuentas». Un gesto que mantiene en la última entrada de mayo de 2019, en la que habla del encuentro con Francisco Garamona, editor de Mansalva, para acordar los detalles de la publicación del libro.
La portada de la editorial argentina capta muy bien el espíritu lateralista de Bléfari: una sonrisa leve y tierna, ella asomada a una puerta que parece dar a un balcón desde un costado, hay rejas y ella está entre medio, no se sabe si tratando de salir o asomándose para invitarnos a entrar en su mundo. En este libro poliédrico, repleto de formas y de texturas como todo lo que hizo, como lo que ella representaba como artista o creadora. No sé si existe la palabra que englobe o se acerque, más o menos, a definir todo lo que hizo, pero me gusta como la define Mercedes Halfon: «artista de las partes y no del todo».
En todas las épocas, en todas las décadas, en todos los entornos y contextos en los que vivió, escribió, cantó y actuó Bléfari, el dinero aparece como sombra omnipresente, la eterna pregunta de si alcanzará o no, si paga o no lo que ella decidió hacer con su vida. Pero sería injusto o incompleto hablar de un diario de la precariedad, sobre todo para una artista que fue tan grande y ambiciosa, tan rica. Con su modestia poética, según definió su obra Alan Pauls, Rosario Bléfari consigue quemar y desintegrar al dinero, superarlo y minimizarlo, sobreponerse siempre, cada vez, a su eterna amenaza.