Elvira Navarro
La sangre está cayendo al patio
Random House. Barcelona
144 páginas
POR JUAN ÁNGEL JURISTO

Este libro de Elvira Navarro (Huelva, 1978) representa un antes y un después en la evolución de esta escritora. Adscrita a la estela editorial de Constantino Bértolo con La ciudad en invierno, a la que siguió La ciudad feliz y más tarde La trabajadora, una novela que supuso cierta revolución en la narrativa española porque su trama incidió —en contra de la ensimismada autorreferencia de la clase media española que es el meollo de la narrativa que se lleva— en mostrar y hacer visible a la clase trabajadora. Ese libro hizo de ella una escritora de raigambre social poco usual en la literatura que se gestó desde la llegada de Felipe González al Gobierno de España, una literatura que alguien tachó de socialdemócrata en su momento y que supuso un análisis un tanto narcisista de la clase media ilustrada que se estaba formando en aquellos años, con un claro referente en el diario El País.

Luego llegó La isla de los conejos, un libro de relatos inquietante que logró, en su traducción al inglés, ser mencionado para el National Book Award. Y más tarde publicó Las voces de Adriana, un libro muy curioso sobre el duelo que interpela al lector desde la propia narración, consiguiendo una suerte de catarsis muy interesante en tanto en cuanto hay un intercambio de voces, sí, pero también una quiebra en el orden cotidiano de las cosas, una especie de horror sumergido que se escapa por las grietas de la realidad.

Ahora, Elvira Navarro ha publicado otro libro de relatos, La sangre está cayendo al patio, un libro donde el horror parece ser lo cotidiano, un horror, digámoslo así, aumentado a lo horroroso, y que mezcla ese paisaje social al que nos tenía acostumbrados con una carga de ficción casi sobrenatural que deja perplejo al lector. En uno de los relatos, una familia se traslada a un chalé medio en construcción y la indiferencia se apodera de ellos: «Al principio a él le pareció un milagro que el covid les pillara allí. No hizo caso de la tristeza de su mujer cuando se marcharon de Lalín»… «Al volcar el tapón de Flor, vio un líquido oscuro en el compartimento del suavizante. Pensó que era agua sucia. No se percató de que se trataba de sangre oxidada, como la que queda en las bandejas de poliestireno tras sacar los filetes, y tampoco del ligero color desteñido de la ropa, de su extraño aroma; fue su marido quien dijo Este pantalón huele raro gracias a su olfato de sabueso, y entonces inspeccionaron el cajón, donde de nuevo se estancaba ese caldo amarronado. Mojaron en él una servilleta, y al acercársela a la nariz, el hedor a sangre podrida se hizo evidente». En otro cuento, un obrero que trabaja en una autopista recoge animalitos y al poco tiene un zoo; en otro una mujer recibe como herencia la carnicería de sus padres pero tiene que declararla en quiebra e ir vendiendo el humilde legado familiar, y en otro un recién separado sufre alucinaciones acústicas….

En fin, nueve cuentos que tienen algo de mágico y que, por su calidad, me ha recordado al célebre libro de J.D. Salinger en el que se encuentra —hablando de inquietudes—, uno de los relatos más extraños, bellos y terroríficos que me haya sido dado leer, «Un día perfecto para el pez banana». Desde luego que Elvira Navarro tiene poco que ver con Salinger, pero en ellos dos existe una correlación entre dos mundos hasta entonces separados. En la muy inteligente crítica que Recaredo Veredas ha escrito en El Debate se lee: «Sus personajes no son escritores en crisis ni profesores universitarios angustiados, sino la mayoría invisible de este país. Esa hacia la que nadie mira». Y sigue: «Navarro retrata a sus personajes con un realismo absoluto, en el límite del tremendismo, el que solo puede conseguir quien sabe de lo que habla. No hay condescendencia, ni ese tono de turista social que tanto daña a cierta literatura bienintencionada».

En el límite del tremendismo, se dice, y sí, ese límite supone una de las gracias del estilo de Elvira Navarro, pues, mientras que el tremendismo tiene mucho de brocha gorda (Quevedo, Valle Inclán, Camilo José Cela, Juan Manuel de Prada), el estilo de Elvira Navarro deriva de todo lo contrario, de una palabra que tiende a lo exacto y mira el horror sin ánimo barroco alguno. Y es que, en ese mundo desolado, en esa tierra baldía, no hay lugar para ello. Casi estaría dispuesto a ver en esa ciudad descrita por Elvira Navarro la voz de Walter Benjamin, todo eso de los desheredados de la Historia, sus desechos, contenidos en la famosa acuarela de Paul Klee, El ángel de la Historia, e incluso notar la afinidad con alguno de sus libros, como Calle de dirección única; pero la diferencia esencial entre el modo de percibir la ciudad de Benjamin y el de Navarro reside en la distancia que media entre dos siglos, el de la utopía marxista y el de la experiencia posmoderna. No digamos ya con Bertolt Brecht y su didactismo: Elvira Navarro posee una escritura que huye de la experiencia heredada desde los tiempos del Romanticismo, es decir, una escritura que intenta y consigue ofrecer un panorama de los desheredados que escapa de las interpretaciones clásicas (desde la herencia del calvinismo desenfrenado al desprecio del marxista ante la marginación, que viene igualmente de la religión reformada y beatificada en el siglo XIX, el siglo de la Revolución Industrial). De ahí la particularidad de su escritura en estos relatos: «Fue su marido el que dijo Este pantalón huele raro», donde se prescinde de la ortografía tradicional y el lenguaje coloquial adquiere su auténtica naturaleza, porque es el único capaz de ofrecer un sentido de realidad.

La realidad es esta y existe al margen de fantasmagorías. Si hay algo aquí que sí enlaza con la crítica marxista es el de la naturaleza espuria de lo fantasmagórico. Aquí no se trata de la salvación ni se la espera, sólo se acepta lo que se describe de manera escueta, que son las grietas dejadas por una sociedad de tierra baldía. En este sentido hay más en Elvira Navarro del sentido del primer libro de Eliot que de las interpretaciones antes mencionadas. Y es justamente ese adentrarse en mundos en disolución sin otorgar la más mínima concesión donde reside el gran valor de este libro. Con él parecería que Elvira Navarro ha ido un paso más allá de sus libros anteriores. Ya lo dijimos antes, sus personajes carecen del don de la redención, algunos son terribles, algunos enormemente violentos, y por eso Recaredo Veredas, en la reseña antes mencionada, dice que hay algo compasivo en este acto de reconocimiento mutuo, refiriéndose a la liberación de las obsesiones más oscuras de la autora y del lector, que ve reflejado en las páginas sus terrores más íntimos y sus epifanías siniestras.

Lo cierto es que nos encontramos con una autora de altísima calidad, cuya visión la acerca en algunos aspectos al William Faulkner de esas historias de aviadores frustrados de la Depresión con una sabia mezcla de Ursula K. Le Guin. Esto puede parecer una exageración, pero no lo es: Navarro pertenece a una generación que se tutea en inglés, y no es que rechace la tradición española, es que sencillamente está en otro lugar, el mundo de hoy, con sus miserias y grandezas. Eso la hace grande en la narrativa española actual, tan acomplejada y corta de miras que la mayoría de los libros más importantes en nuestro idioma están escritos por latinoamericanos. Y no es cuestión de estilo, sino del modo de enfrentarse a la vida. Por ejemplo, algunos autores mexicanos se acercan a la estela de Elvira Navarro o al revés, y es por eso que, en la lectura de sus libros, el lector tiene una sensación de identificación mayor que con los temas de nuestra narrativa, excepción hecha del thriller que, si bien aspira a ser el recambio de la antigua novela de crítica social (tan de los años veinte), cae también en un convencionalismo canónico.

Leer a Elvira Navarro es respirar un aire nuevo, y con la aparición de este libro tengo esperanzas ciertas de que nos encontramos ante una escritora de raza, de esas que brillan en cada obra nueva que escriben. No hay más que darse la enhorabuena.