
Juan Malpartida
El mundo como ensayo
Editorial Acantilado
474 páginas
Según los sabios helenísticos y romanos, una de las tareas indispensables de la vida para quien aspira a vivirla lúcidamente es la conversio ad se, la «conversión a uno mismo». El sentido de esta operación de repliegue interior es contrarrestar la dispersión que produce el cumplimiento de las obligaciones sociales, esclarecer nuestra relación con el mundo y los otros seres humanos, y deleitarnos con el propio ser.
Volverse hacia uno mismo para experimentar en serena consideración la existencia como una totalidad de sentido es un ejercicio que depende de la memoria -ella es la que lleva la cuenta de lo que realmente somos-, pero entendida no sólo como repositorio donde se amontonan las experiencias, algo que compartimos con los animales y ciertas máquinas, sino también, y sobre todo, como el poder de rememorarlas a voluntad. Aristóteles pensaba que esta es una capacidad exclusiva del ser humano, pues sólo él posee (y es) lenguaje, entendido no como un instrumento o medio de comunicación, sino como aquello que nos pone en conexión con la esencia de las cosas.
El mundo como ensayo es un bello ejemplo de en qué consiste ese memorioso repliegue interior a través de la palabra. Su autor, Juan Malpartida, pone de relieve en él su condición de hombre que no se limita a pensar o sentir tales o cuales cosas, sino que sabe lo que piensa y siente. No cabe duda de que esto guarda estrecha relación con la fecunda carrera literaria que tiene a sus espaldas: una veintena de títulos, cientos de colaboraciones en periódicos y revistas, la dirección durante muchos años de Cuadernos Hispanoamericanos. La gran aportación de su nuevo libro es haber hallado la forma de dar expresión a su conversio ad se sirviéndose como hilo de Ariadna de su experiencia con las palabras.
Aunque el propósito no puede ser más ambicioso ni más exigente, el procedimiento para llevarlo a cabo es sencillo. Juan Malpartida ha elegido simplemente una serie de palabras y las ha dispuesto en orden alfabético, igual que en un diccionario, pero no para definirlas como meros conceptos, sino para reflexionar en primera persona a partir de ellas acerca de la vida y de la realidad tratándolas como nudos de significación o constelaciones de sentido. El resultado es un texto complejo, rico y en muchas ocasiones apasionante del que puede decirse lo que Montaigne dijo de sus Ensayos: que eran él mismo.
Un libro así obviamente no se deja comentar fácilmente. En una breve reseña lo único que cabe es señalar la idea que lo organiza todo, ese saber decisivo que el autor aprendió a lo largo del camino y ahora, recapitulando sobre lo que piensa y siente, lo alumbra y clarifica. Esa idea no es otra que la constatación de que la vida, la propia y también la Vida con mayúsculas, es, por definición, delirante, no en el sentido de locura o desatino, sino, por emplear sus palabras, de «desviación de lo mismo en lo otro, de lo uno en lo diverso». En latín, el surco que abre el labrador al arar la tierra se decía «lira». Delirar es salirse del surco, torcerse. Pero eso justamente es la vida, un continuo torcimiento, un ininterrumpido probar, a veces para acertar y seguir, a veces para fracasar y abandonar. Ensayo y error, en definitiva, y la razón por la cual este libro se titula como lo hace.
Haber asumido como principio fundamental de la obra (y de la propia vida que recapitula en ella) este principio de desviación explica que Malpartida no se empeñe nunca en sus páginas por tener la última palabra sobre ningún asunto y esté dispuesto a admitir siempre que puede haber fisuras en su argumentación o su pensamiento. Y las hay, por descontado, pues en la medida en que el pensamiento no puede separarse de la experiencia, es imposible que no las haya. No crea sin embargo el lector que le saltarán a la vista; le costará encontrarlas, si es que las encuentra. A fin de cuentas lo que se expone aquí no son ocurrencias de última hora, y por más que el autor quite a menudo importancia a sus observaciones -«este libro es más maleza que herbario», escribe- la verdad es que cuanto dice ha sido pensado a fondo. Herbario, permítanme aclarar antes de concluir, tampoco es, desde luego, pues aquí plantas secas no hay, y la maleza, si la hay, que la hay, claro, es la que encontramos por fuerza siempre en cualquier jardín cuyas plantas no son de plástico.