
Existe una calle que quizá no es una calle sino varias. Un conjunto de vías que tal vez son sólo una parte, un tramo, el desarrollo o incluso el clímax (nunca el final, probablemente no lo tenga o sólo sea un nuevo principio), de una avenida larga que se extiende o más bien se refleja en el mapa de muchas ciudades latinoamericanas. En Buenos Aires se llama la Warnes. En Lima, la San Jacinto. En Guayaquil, la Ayacucho. En el DF, la Buenos Aires. En Santiago de Chile es la Avenida 10 de julio Huamachuco, la calle de los repuestos. Si alguien ha quebrado uno de sus espejos, si le han robado las tapas de las ruedas, los limpiaparabrisas, los parlantes de la radio, si ha chocado un foco, si ha hecho mierda el tapabarro, en cualquier casa de Avenida 10 de julio encontrará el accesorio que necesita. El Palacio de la Bujía, El Reino del Tapabarro, El Castillo del Espejo. Quince cuadras destinadas a entregar un repuesto tan bueno como la pieza que ya no está.
Soy consciente de que esta calle de chatarra no tiene ningún atractivo turístico. Es bulliciosa, algo gris, a ratos hedionda, poblada de vendedores ansiosos y hombres manchados de grasa. Pero como no estamos para levantar postales, propongo a Avenida 10 de julio en esta crónica porque tengo la teoría de que el inconsciente de mi ciudad trama algo acá. Alguna clave que nos devela y nos constituye. Un enigma de nuestra psiquis que además nos emparenta con otras ciudades latinoamericanas. Un secreto y delgado hilo que probablemente no vemos, pero que está aquí, enredándonos entre ausencias y repuestos.
Conozco bien esta calle. Hace más de veinte años entré a ella movilizada por la inquietud de una pérdida. Algo había extraviado, aunque no sabía bien qué. Una pieza original que ya no existía y que en su lugar había dejado la incomodidad de un espacio vacío. La certeza de esa falta se expresaba como un sobresalto que sólo podía apaciguar escribiendo. Comenzaban los dos mil y algo flotaba en el ambiente que nos hacía avanzar apuradas, con la necesidad de ganarle a alguien, apretando el acelerador a fondo sin saber bien a dónde nos dirigíamos. Tampoco con quién competíamos. Una rutina veloz y agotadora de trabajo y deuda, de deuda y trabajo, para alcanzar un estatus impuesto por quién sabe quién. En medio de ese trayecto apresurado cayó en mí la evidencia de la pérdida. Definitivamente algo ya no estaba, algo en mí se había echado a perder en esa carrera y, como quien lleva un auto al taller mecánico, ingresé a esta calle y a la escritura intentando encontrar el problema.
Fueron meses de pasear por las veredas de Avenida 10 de julio sin saber lo que buscaba. Seducida por una escenografía de tuercas y repuestos que, intuía, guardaba algo para mí. Cuán lunática se vuelve una cuando escribe. Con qué convicción absurda encuentra inspiración en los lugares más insólitos. Guiada por un olfato indescifrable, observaba vitrinas, letreros, cerros de neumáticos; escuchaba a los vendedores convocar con sus ofertas, mostrando limpiaparabrisas o espejos retrovisores en los que vi mi cara reflejada una y cien veces. Ahí estaba entre sus manos. Duplicada en los cristales. Propuesta como una pieza más para ser adquirida por alguien. Pero ¿quién podría necesitar un accesorio así?
Entré a las fuentes de soda a tomar cerveza entre mecánicos. Entré a los cafés con pierna a conversar con las garzonas que vestían faldas diminutas, con el poto al aire, ofrendándose al público masculino que llenaba el lugar por las tardes. Siempre fui un bicho raro allí, pero ellas me acogieron y calentaron la mamadera de leche de mi hijo las veces que se los pedí. Él tenía un par de años. Cuando no tuve con quien dejarlo, lo subí a su coche y emprendió conmigo las excursiones. Apenas hablaba, no tenía cómo quejarse de esos paseos entre bujías y tuercas. Se dormía y despertaba, y se volvía a dormir y se volvía a despertar, mientras yo intentaba descubrir la puerta de ingreso a la escritura que, insisto, por alguna razón lunática, sabía que estaba allí.
El 10 de julio de 1883 los ejércitos peruanos y chilenos se enfrentaron en el norte, en el sector de Huamachuco, en lo que marcó un hito importante en el desenlace de la guerra del Pacífico. En esa batalla, que perjudicó radicalmente al ejército peruano, hubo cerca de mil bajas y en la trastienda histórica la evidencia de abusos y robos, además de una pérdida territorial importante para el Perú que generó un rencor fronterizo que permanece vivo hasta hoy. La ciudad de Santiago recogió este hito y bautizó a una de sus calles con esta fecha bélica. Una dimensión de Avenida 10 de julio es entonces la del campo de batalla. El metal de la artillería de ayer se emparenta con el de la industria automotriz de hoy, y esas mil bajas que cayeron en el desierto reaparecen con la forma de autos desmantelados, cadáveres desguazados ofrecidos como repuestos. Muchos de ellos son rescatados de algún choque y reciclados para su venta. Muchos son robados. Es posible que tras el robo de nuestro espejo retrovisor lleguemos a Avenida 10 de julio a comprar el mismo espejo que nos robaron. Es posible también que nos subamos a un auto ajeno y encontremos ahí un pedazo nuestro que alguien nos hurtó.
El 10 de julio de 1985 ocurrió en mi ciudad la mediática toma de un colegio. La prensa tituló el hecho como “la vandálica acción de un grupo de exaltados” que concluyó con más de trescientos niños detenidos por las fuerzas de Carabineros. Era la primera vez que los medios se referían a las movilizaciones de los estudiantes secundarios, una generación que se abría camino en plena dictadura. La historia de esta toma, contenida en otro 10 de julio, no sería parte de un libro de Historia como la batalla de Huamachuco, pero en su centro también circulan uniformes, bajas, balas y enfrentamientos, en una gesta distinta, urbana y menor, sin afanes patrióticos, pero una gesta, al fin y al cabo. La gesta de las niñas y los niños.
En esos paseos que hice por Avenida 10 de julio se cruzaron las efemérides y recordé a ese ejército de escolares marchando en la calle el año 1985. Recordé la insolencia y la ingenuidad con la que nos movilizábamos, entusiasmadas y entusiasmados por la energía colectiva, por la posibilidad del cambio. Recordé y me pregunté dónde había ido a dar toda esa seductora imprudencia. De un momento a otro, esos adolescentes, que pensaban transformar el mundo, desaparecieron. Ahora eran un recuerdo de mi infancia. Una baja en el desierto. Una pieza perdida y, al parecer, imposible de reemplazar.
Por último, el 10 de julio de 1988 murió el poeta chileno Enrique Lihn. Su poemario La pieza oscura apareció en estas caminatas y me acompañó como una banda sonora. ¿Qué será de los niños que fuimos? Alguien se precipitó a encender la luz, más rápido que el pensamiento de las personas mayores”. Me encontré en la melancolía y la rabia de Lihn, en su ingenio desmedido, en su honesta incomodidad. E intentando enredar los hilos de poesía, azar y sentido que se acumulaban en el escenario de esa calle de artillería metálica, chatarra, repuestos y ejércitos acribillados, un día, pegado en una vitrina del barrio, vi el anuncio de un grupo de niñas y niños desaparecidos. Sus fotografías junto a un listado de datos a los que acudir en caso de dar con uno de ellos. Era el llamado desesperado de sus familiares ante la pérdida. Niñas y niños que ya no estaban, que vivían única y exclusivamente en el recuerdo y en esas fotografías expuestas en una vitrina de Avenida 10 de julio, como un repuesto más.
“¿Qué será de los niños que fuimos? (…) ¿O nos perdimos, realmente, en el bosque?”
Inauguré una libreta con estas dos preguntas planteadas por el poeta Lihn. Y así partió la escritura de un libro que lleva por título Avenida 10 de julio.
Veinte años después vuelvo a esta caminata. No soy la misma, nuevas pérdidas fracturan mi ánimo. Mi hijo no me acompaña, ya es un hombre y se ríe de mis paseos lunáticos. Camino sola por estas veredas que no pisaba hace mucho. Nuevamente veo mi rostro reflejado en los espejos retrovisores. Ahí estoy, o estuve, porque los vidrios no miran el presente, miran hacia atrás. Es tarde, he venido al cierre de las funciones. Las cortinas metálicas de los locales están cerradas. Los vendedores callejeros van de retirada con sus carritos. Los mecánicos también. Esta vez escucho una música distinta en el hablar, son voces caribeñas, inmigrantes que se han sumado al movimiento del barrio. Los cafés con piernas siguen aquí, pero han evolucionado. Las fachadas contienen luces de neón, espejos, el diseño de siluetas de mujeres con pechos prominentes, todo muy bien pensado para acoger a la población de mecánicos que habita a diario esta calle. Ya no me atrevo a entrar como antes. No tengo la excusa de una mamadera con leche, y a esta hora de la tarde, cuando el trabajo del barrio terminó y la noche se anuncia, lo que se fragua ahí dentro es bastante más intenso que la toma de un café.
Entro a un pequeño local donde venden pasteles. Atiende un matrimonio. Cierran a las 20.00 horas, me dicen con acento venezolano. También me advierten que no es bueno que me quede en el barrio más allá de esa hora. Pido un café y me instalo en un banco. Es extraño que la inquietud de la pérdida esté instalada otra vez en mí en esta nueva visita. ¿Será un requisito para entrar a esta calle? ¿O será que tanto repuesto estimula la sensación de vacío? Supongo que es inevitable cuando me hospedo en este cruce espacio temporal donde las efemérides me obligan a mezclar batallas pasadas y presentes, cadáveres tirados en el desierto, niñas y niños perdidos. Piezas originales que esta calle nunca podrá reponer. Vivimos tiempos tan difíciles que no podemos desperdiciar ninguna oportunidad para escribirlo. No hay para qué enumerar las pérdidas sufridas. A veces pienso que enumerarlas es una forma de convocar el espanto, de atraparnos en él. Pero en cuanto lo escribo pienso en la importancia del nombrar, del decir, del repetir, del establecer señales de dolor y de alerta. Ya no tengo respuestas ni pensamientos claros al respecto. Seguramente el vacío que me interviene tiene que ver con esto, con el desconcierto en el que nos hallamos fuera de los límites de esta calle. De esta ciudad, de este país, de este continente. La rotunda vuelta a ideologías que creíamos superadas por la historia, el genocidio en Gaza, la guerra, la brutalidad de cada bombardeo, la muerte de cada niña y niño; y en el plano local la llegada a La Moneda, la casa de gobierno de Chile, de un pinochetista. El tiempo no pasa, gira en banda, se pisa la cola, y ese eterno retorno nos tiene así, con el corazón desolado, tomando café en una calle solitaria y peligrosa donde el sol se ha puesto y comienza a llegar la oscuridad.
Los faroles del alumbrado público se encienden. La efervescencia del día quedó atrás y la calle cambia de piel. El local de pasteles cierra a la hora anunciada, el matrimonio que lo atiende se va e inevitablemente me siento desprotegida. A lo lejos, en el sector más angosto de esta avenida, ahí donde los árboles son frondosos y se enredan con los postes de la luz, comienzan a aparecer algunos cuerpos. Son las trabajadoras de la noche. Salen de a poco, van tomando posición en sus lugares que, imagino, están muy bien acordados entre ellas. La calle tiene sus códigos. Hay jerarquías que se respetan. Las madres, las trabajadoras más antiguas, son las que instalan a las nuevas en su cuadra. Quien no tenga el permiso de las que llegaron primero no puede trabajar. Temo no ser bien recibida en esa estructura, por eso me quedo aquí, medio escondida, observándolas desde lejos.

Un auto se detiene frente a una de las mujeres. Quien sea el que está en su interior abre la ventana y ella se acerca. Se produce un diálogo que por supuesto no escucho, pero que imagino contiene preguntas. Hablarán de valores, de tallas, de tamaños, de servicios, de tiempos y lugares para la transacción. Sé que aquí la demanda es amplia. Se solicitan mujeres de todo tipo. Cisgénero, trans con vagina, trans con pene, mujeres grandes, rellenitas, delgadas, morenas, rubias, extranjeras, nativas, jóvenes y no tan jóvenes. Todas exhiben su cuerpo de manera similar a como hacen los vendedores con los repuestos durante el día. Ofrecen lo que tienen. Visten ropa apretada. Minifaldas, colaless, petos y escotes generosos. Ocupan tacos altos que estilizan cada músculo de sus piernas. Se exponen en toda su dimensión y ese ejercicio de mercadeo tiene sus riesgos. Han apuñalado a algunas mujeres. También las han agredido con piedras y botellas. Algunas veces han venido a gritar contra las travestis.
Más autos comienzan a detenerse bajo los postes de la luz. Más ventanas que se abren, más cigarrillos, más conversaciones. Algunas mujeres llegan a acuerdo, se suben a los autos y desaparecen. ¿A dónde irán? Los cuerpos que quedan se recortan bajo la luz de los focos, parece una verdadera puesta en escena. Cuando un poste se desocupa otra llega a tomar el espacio. Aquí siempre hay un repuesto tan bueno como la pieza que ya no está.
Desde mi escondite emprendo la retirada. No tengo el valor de estas mujeres. Cada intercambio de sexo y placer, aquí contiene un riesgo. Soy una intrusa en este lugar. Han pasado veinte años, pero sigo siendo una señora detrás del coche de un niño chico. Camino unas cuadras hacia el paradero de micro. Espero que esta noche todo fluya amablemente en el intercambio de piezas. En este caso, piezas de carne y piel, de sudor, saliva, sangre y semen. El enredo de los cuerpos por la noche y el del metal y la chatarra durante el día.
Avenida 10 de julio es el lugar de las segundas vidas, de las nuevas oportunidades. El azar y el delito trazan un pacto para replantear la manera en la que nos movilizamos, para sugerir una nueva forma de transitar el mundo. Una que implica cargar con piezas ajenas. Con repuestos que hablan de nuestra propia carencia, de lo perdido en las batallas pasadas, de lo que ya no está y de nuestra gran necesidad de llenar ese vacío. Un intercambio delictual como el que ofrece Avenida 10 de julio con su contrabando y reciclaje, quizá nos permita hallarnos en los y las otras, respirar, sudar y transitar juntas, volver a reconocernos en esa calle abierta donde todo está ofrendado para la mezcla y el enredo. Porque quiero creer que esa es la clave que esta calle contiene, la profunda necesidad que tenemos de mezclarnos y enredarnos. De encontrar en y con las otras una nueva oportunidad. A pesar de las bajas, a pesar de las pérdidas. En esta calle plural que nos pertenece, pero que también le pertenece al resto. En esta calle en la que somos piezas sueltas que encuentran en las otras su forma de encajar. Esta calle que quizá no es una sino varias. Un conjunto de vías que tal vez son sólo una parte, un tramo, el desarrollo o incluso el clímax (nunca el final, probablemente no lo tenga o sólo sea un nuevo principio), de una avenida larga que se extiende o más bien se refleja en el mapa de muchas ciudades latinoamericanas.