Director Cuadernos Hispanoamericanos

Es una de las confusiones más antiguas, y pese a los ejemplos del pasado todavía sigue dándose: cómo algunos libros —o sus personajes y narradores— tienen conductas o actitudes reprobables, que en ocasiones cuestionan una moral aceptada, y cómo esa incomodidad provoca el rechazo o hasta la censura por parte de los lectores.
Una incomodidad que, por examinar valores o sensibilidades extendidas en un determinado lugar o época, a veces actúa anticipando un futuro en que algunos códigos de comportamiento se hayan transformado, o sugiriendo debates silenciados para los que una sociedad tal vez todavía no esté preparada. Dicho de un modo más directo: ni los narradores ni los personajes de los libros actúan del modo debido, sino que más bien incomodan por alguna incorrección, por algún tropiezo o algún desliz o alguna falta que ni siquiera se propone como guía de conducta, sino como representación de las contradicciones que nos retratan con una complejidad más cierta.
Quizá esa sea la noción que se olvida con frecuencia y que genera tanto desconcierto en la recepción de algunos libros. Que en las ficciones que leemos no hay pautas que señalen comportamientos correctos o incorrectos, sino tan sólo un intento de ahondar en las dificultades de sus personajes, en sus carencias, en sus errores o en otras zonas de sombra más indeterminadas que las que ordena una moral abstracta.
Los casos son tan numerosos, que podría hacerse una lista de obras hoy aceptadas sin escándalo que en su día sí causaron alguna perturbación. En El extranjero, Albert Camus presenta a un protagonista que se guía con una frialdad extrema, sin emociones ante la muerte de la madre o tras protagonizar un asesinato, dotado de una indiferencia completa que trata de señalar la distancia o el escepticismo que cualquiera habrá sentido en mayor o menor medida frente al absurdo de la existencia. En muchas novelas de Dostoievski, la mezquindad o el interés o el crimen interesado rigen a sus personajes, que expresan así algunas debilidades o ambiciones o envidias intrínsecas a quienes somos. Otras veces, en cambio, el posible escándalo de algunos libros nos resulta tan anacrónico, que cuesta comprender incluso que se produjera, como sucede con algunas grandes novelas decimonónicas (Madame Bovary o Ana Karenina), en las que el adulterio o el deseo femenino para huir de la asfixia o la hipocresía burguesa parecen un gesto justo y liberador, aunque esa interpretación sea hecha desde nuestra lógica actual. Por el contrario, sobre otras obras aún perdura la suspicacia: ¿Trópico de Cáncer o Lolita, o casi cualquier ficción de Michel Houellebecq, con sus narradores más enfermos o inadaptados, no produce todavía algún rechazo o incomodidad en los lectores, como si leerlos implicara alguna forma de complicidad?
No se trata únicamente, pues, de cómo algunos libros cuestionan los códigos de determinado momento y anticipan una moral futura, como si se buscara sustituir unas pautas de conductas caducas por otras más adecuadas al presente. La incomodidad responde más bien a otra necesidad literaria. Al impulso natural de cualquier historia y de sus personajes de exponerse a las contradicciones, tropiezos, faltas, temores o cualquier otra circunstancia susceptible de algún conflicto. Una voluntad, en definitiva, de recrear la experiencia que impide catalogarlos como correctos o incorrectos, para obligarnos en cambio a observarlos sometidos a las dificultades o tensiones mucho más imprecisas de su vida inventada como un reflejo de la nuestra.
En algunas narraciones más recientes, también podemos rastrear esa inevitable incomodidad. En Hasta que pase un huracán, de Margarita García Robayo, por ejemplo, la narradora, ansiosa por huir de su Cartagena de Indias natal y alejarse de su familia, se adentra en alguna conquista amorosa con un piloto de aviones de Miami, sin ocultar su amor utilitario ni esforzarse tampoco en justificar sus maniobras. En Las madres no o en Mátame, amor, sus autoras, Katixa Agirre y Ariana Harwicz respectivamente, proponen historias que no sólo rebaten la fantasía idealizada de la maternidad, sino que incluso abogan por la renuncia o el odio o la locura por ese nuevo estado, a través de unas narradoras que tampoco buscan la complacencia ni la aceptación por parte de los lectores.
Como se ve, en muchos de estos casos tal vez haya una confusión mayor por tratarse de libros escritos en primera persona, donde autor y narrador pueden identificarse por error, cuando el que nos cuenta la historia es una criatura de ficción.
Todas estas reticencias o sospechas ante los discursos incómodos revelan una dificultad en la recepción, por un exceso de literalidad o de rigidez que impide una verdadera experiencia lectora. Un recelo, en cualquier caso, que podría excluir la necesaria ambigüedad de cualquier relato, o silenciar propuestas más controvertidas que tal vez habiliten algún cambio o al menos ayuden a la comprensión de algunos conflictos imposibles de eludir.
Tal vez esa sea una de las mayores aportaciones que pueden hacer las ficciones. Ofrecernos historias con una libertad y una capacidad para el matiz que rehúya la claridad abstracta de los códigos de conducta, para exponernos ante la materia más concreta de lo que somos, sea incómodo o no enfrentarnos a ese espejo, pero permitiéndonos una conciencia mucho más ajustada de nuestra imperfección, con toda su riqueza y su complejidad o hasta con su ocasional e inevitable desagrado.