Felipe Restrepo Pombo
Ceremonia
Seix Barral
272 páginas
POR MARIANA TRAVACIO

A Felipe Restrepo Pombo, que nació en 1978, en Bogotá, que vive en la ciudad de México y al que suelen presentar como escritor, periodista y editor —oficios que le competen holgadamente—, me gusta pensarlo como un extraordinario narrador. De esos narradores que tienen un doble don: el de saber contar y, además, el de saber mirar. Como decía la querida Natalia Mejía en su poema Once escalas para neo voyeurs, «mirar es, de algún modo, sentirse mudo, seco, manco, un poco sordo, y tratar de completar, con los ojos, la intensidad que a los otros sentidos se les escapa». Y me interesa detenerme en su mirada porque sin ojos atentos, sin ojos perplejos, ni se mira el mundo ni, mucho menos, se escribe una novela como Ceremonia, (Planeta, 2021). Una novela pletórica de detalles, con una pluma limpia y con una enorme destreza —que ya es sello de Restrepo Pombo— para erigir a sus personajes, ponerlos de pie, volverlos palpables: llevarlos al límite, desnudarlos.

En efecto, cuando llegamos al final de este texto, de la mano de estos personajes y de sus peripecias y de sus pesares, nos quedamos en silencio y en estado de pregunta. ¿Qué es un padre? ¿Qué se hereda? ¿Qué se hace con los mandatos? ¿Cómo se construye una identidad propia -una vida propia- en tensión con lo que se espera de nosotros? ¿Cuántas máscaras soportamos? ¿Qué hacemos cuando no encontramos una salida, cuando sólo queremos desertar, des-ligar(nos) de todo?

Lo prodigioso es que a Restrepo Pombo le alcanzan veintiséis capítulos, estructurados en cinco partes —cada una precedida por unos epígrafes que agradecemos—, para dejarnos así, interrogándonos largamente.

Lo que se narra en esta novela es una saga familiar. Podríamos decir: la saga de la familia Ibarra. O podríamos decir: la historia de tres generaciones de la acaudalada familia Ibarra.

Lo cierto es que son tres generaciones y que, si seguimos el linaje masculino de la familia, tendremos: un patriarca, Arturo, el fundador de Santa María, esa finca de explotación de minas de carbón —y de trabajadores— a la que llegó con un permiso del gobierno y que rápidamente lo vuelve rico y poderoso —aunque después enloquezca o se desvencije, porque todo auge trae su decadencia—; el hijo, Mauricio, —que tiene dos hermanas y está casado con Genoveva, mujer de alcurnia, funcional al sostenimiento de la impoluta fachada que se imponen—, al que se le va la vida —literalmente— en la profunda ambivalencia que siente por el padre –quiere emularlo y ser «un hombre de negocios», estar «a la altura» de lo que su padre espera de él– y, al mismo tiempo, lo desprecia –la sola existencia del padre lo aplasta y lo inutiliza–; y el nieto, Patricio, que tiene dos hermanas —Daniela y Valeria—, que se pregunta por su deseo y tiene la valentía de explorarlo y de decidir que no quiere ser parte del clan. Patricio parece decir «inclúyanme afuera» (como reza el magnífico título de la lúcida novela de María Sonia Cristoff, Mardulce, 2014).

Ceremonia no sigue una linealidad temporal, no sigue el orden cronológico de los sucesos. Va y viene, elige escenas, las navega con soltura. El narrador, en tercera, en cada capítulo, se asoma a un personaje y, con paciencia de artesano, le va agregando pinceladas. Y así, pincelada tras pincelada, nos regala este fresco que se expande y nos interroga, porque —como decía Walter Benjamin—, «la mitad del arte de narrar consiste en liberar a la historia de explicaciones». Y esto es, precisamente, lo que hace el narrador en este texto. No explica; erige cada personaje en toda su dimensión: con sus complejidades y sus devenires y sus contradicciones.

Si tuviera que resumir, diría que los hombres de la novela —casi todos ellos— buscan alguna forma de la deserción —el olvido, la desmemoria, la huida, la muerte—. Las mujeres, no. Ellas aguantan, estoicamente, el destino que les ha tocado. A lo sumo, buscan, pero a ciegas, entre manotazos de ahogadas, porque ni siquiera se permiten interrogarse por su deseo. De hecho, creo que a Mauricio le pasa lo mismo: sostiene una vida de estertores estériles. Y, si tuviera que ser justa, el único que se asoma a la pregunta por su deseo es Patricio.

La novela me trajo recuerdos de Leche derramada (Companhia das letras, 2009), del admirado Chico Buarque (premio Camões, 2019), cuyo protagonista es heredero de una estirpe de próceres, que narra, desde su ya frágil memoria, en su cama desvaída de anciano, dos siglos de una historia de glorias y de ruinas: esas mismas ruinas que emergen, entre unos yuyos de la finca, al final de Ceremonia. Y a ese poema (Barro y Sangre; Irse para adentro, Milena Caserola, 2017), de Natalia Mejía (Manizales, 1986), que reza:

Desposeerse es hundirse y no saber nadar

No hay otro modo.

Eso es lo que retrata Restrepo Pombo en esta novela.

Y así nos quedamos, después de la ceremonia, entre la desolación y la esperanza del que —finalmente— se atreve a desertar: para nombrarse.