
El mundo les pertenece, o ellos creen, al menos, ahí arriba, en la cima del cerro, que todo eso que está allá abajo, que es la ciudad de Santiago, les pertenece. Eso está clarísimo. Miren sus rostros, sus pintas, esos sombreros altos, negros, relucientes. En el centro de la imagen, Benjamín Vicuña Mackenna, el que imaginó todo eso: el escritor, el historiador, el político, el candidato presidencial, el erudito, el intendente de Santiago que quería convertir la ciudad, su ciudad, en la París de América; ese era su sueño, su obsesión. Por eso está ahí, en la cima del cerro Santa Lucía, en el centro de Santiago, a fines del siglo XIX, rodeado de otros hombres —contratistas, arquitectos, dibujantes— que lo ayudarán a convertir ese lugar en un hermoso parque decimonónico.
Casi 150 años más tarde, una mañana de verano, soy yo ahora el que está en la cima del cerro Santa Lucía, rodeado de turistas brasileños que intentan descifrar la ciudad detrás de una espesa nube de esmog.
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Vivo desde hace un par de años frente al cerro. El cerro es verde, muy verde, parece un bosque. En las noches, a veces, el cerro habla, murmulla, dice cosas. La primera vez que lo escuché, pensé que era algún vecino, los restos de una fiesta, unos gritos perdidos en la noche; lo normal, lo posible. Pero no. Era una voz, o varias voces, que construían una letanía indescifrable. Una musiquita en medio de la oscuridad.
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Se llamaba Huelén, pero ya casi nadie le dice así.
Cuando llegaron los españoles, cuando quisieron instalarse, cuando entendieron que la ciudad podía construirse alrededor de este cerro de más de 60 mil m² de superficie, entonces le cambiaron el nombre y le pusieron Santa Lucía. Fue ahí donde Pedro de Valdivia fundó la ciudad, un 12 de febrero de 1541.
Era entonces —hay que recordarlo— un cerro gris, seco, que los españoles decidieron utilizar como mirador, sobre todo: sabían que en cualquier momento los podían atacar, que esa no era su tierra, que en cualquier momento los verdaderos dueños de esa tierra volverían por ella.
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A los pocos días de haber llegado a vivir a este departamento, encontraron un cuerpo en el cerro. Un cadáver. La noticia corrió rápido esa mañana de agosto y hasta que no dilucidaron qué había ocurrido, la televisión y los periodistas se dedicaron a elucubrar una serie de teorías —narcotráfico, venganza, etc, etc.—; pero cuando descubrieron de quién era el cuerpo y por qué estaba ahí, pues la noticia se confundió con otras noticias, con otras muertes, y ya nadie volvió a decir nada sobre él.
Ese día, en todo caso, no escuchamos nada, o más bien escuchamos lo de siempre: autos, sirenas, bocinazos, el ajetreo del día a día, no mucho más. Pero lo descubrieron en la noche o quizá en la madrugada, eso no quedó completamente claro, pero estaba ahí, dicen, colgado de un árbol desde hacía once meses sin que nadie lo notara.
Un cuerpo, una soga amarrada al cuello, una rama de un árbol, once meses ahí, sin que nadie notara su presencia, su olor a descomposición, la última forma que había encontrado ese hombre para decirle algo al mundo.
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Ahí, muy cerca de donde esos señores bien trajeados se tomaron aquella fotografía a fines del siglo XIX, en la cima de aquella montaña que soñaban con convertir en un lugar mágico, varios siglos antes el conquistador Pedro de Valdivia había decidido hacer «la ceremonia» de la fundación de Santiago del Nuevo Extremo, como se llamó originalmente la capital de Chile.
De aquella «ceremonia» iban a quedar varios relatos y, sobre todo, una pintura, que se convertiría en la imagen oficial de ese momento. La iba a pintar Pedro Lira, uno de los artistas chilenos más importantes del siglo XIX, quien se aventuró a recrear esa escena y fijarla para el imaginario chileno en La fundación de Santiago (1888), una obra por la que iba a recibir un importante premio en París y que prontamente compraría el gobierno de ese entonces.
Lo que vemos en esa pintura es a Pedro de Valdivia y sus huestes en lo más alto del cerro Huelén; atrás, el valle del río Mapocho y la cordillera, imponente. En el centro de la imagen hay sólo un indígena —el cacique Huelen Huala— y en medio de los hombres una figura singular: una persona que lleva una túnica blanca, que al parecer se mueve con naturalidad entre los conquistadores como si fuera uno más de ellos pero no lo es. La historiografía lo identificaría como un sacerdote, pero la lectura más aventurada la realizaría hace un par de años la historiadora del arte Josefina de la Maza, quien propondría que aquella figura es la de una mujer, y no cualquier mujer, sino que sería Inés de Suárez, conquistadora y pareja de Valdivia —un personaje relegado a un segundo plano en la historia de Chile, aunque esta lectura invitaría a relevarla y pensar, de hecho, por qué Lira decidió ponerla en el centro de esta imagen.
De la Maza desarrollaría esta teoría, entonces, en su texto «De géneros y obras maestras: La Fundación de Santiago (1888) de Pedro Lira». Ahí recurre a diversos documentos históricos y termina convocando —cómo no— a Benjamín Vicuña Mackenna, que vuelve a aparecer en esta historia, porque De la Maza vincula —de manera increíble— la pintura de Pedro Lira con la foto en que aparece Vicuña Mackenna en la cima del Santa Lucía: «El cerro Huelen constituye –al menos desde el periodo de la conquista en adelante– un hito masculino de la ciudad de Santiago. Este hito indica no sólo los esfuerzos civilizadores de los primeros conquistadores españoles; también recuerda la perseverancia de un grupo que, en contra de las expectativas, transformó una piedra estéril en un paseo, símbolo de buen gusto y elegancia», escribe De La Maza y luego analiza críticamente ese vínculo: «La fotografía de Vicuña Mackenna y la obra de Pedro Lira reclaman el espacio del Santa Lucía y la ciudad de Santiago para un público masculino, educado y (preferentemente) de clase alta […]; la fotografía proyecta una ciudad moderna mientras un grupo de emprendedores posa ante el lente. Por otro lado, Pedro Lira concibe una imagen idealizada del valle central de Santiago, mientras elimina a los grupos de estratos bajos y sitúa históricamente a los conquistadores españoles».
Pedro Lira va a terminar su pintura en 1888, que se convertirá en una obra canónica para el arte chileno, a pesar de no haber sido todo lo estudiada que podría.
Dos años antes de eso, Vicuña Mackenna va a morir de un ataque fulminante, a los 54 años, y lo van a enterrar en una ermita construida en el Santa Lucía, donde aún yace su cuerpo.
Muchos muchos años después de todo esto, dos de los mejores dramaturgos de Chile —Manuela Infante y Luis Barrales— van a tomar el texto de Josefina de la Maza y lo convertirán en una de las obras de teatro más fascinantes que se han escrito por estos lados: Xuárez (2015).
Un ajuste de cuentas con la historia, con el pasado, con esos españoles que se creían los dueños del mundo y también con esos señores bien terneados que se paseaban por la cima del Santa Lucía, imaginando que todo aquello les pertenecía.
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¿Lo que escucho en las noches —en algunas noches— será la voz de Benjamín Vicuña Mackenna? ¿O la de Pedro de Valdivia? ¿O la de Inés de Suárez?
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La primera vez que subí el cerro Santa Lucía debe haber sido en mi época universitaria, a diferencia de la mayoría de mis amigos, que más de alguna vez terminaron en el cerro después de hacer la cimarra en algún día escolar.
Yo ya estaba más grande cuando lo descubrí. El campus donde estudiaba quedaba casi frente al cerro, así que fue un lugar que recorrí mucho en esos años: el cerro, el centro de Santiago, las galerías, ciertos pasajes secretos, el parque Forestal.
Todo esto de día, por supuesto. Uno podía pasar horas en el cerro con los amigos, o leyendo simplemente, desapareciendo un poco, abandonar el ritmo de la ciudad y pasar a otra cosa, como una suerte de pausa. No recuerdo que en ese entonces hubiera tantos turistas recorriéndolo como ocurre hoy. Éramos sobre todo universitarios y escolares y algunos oficinistas que se perdían ahí, parejas que buscaban un poco de intimidad en medio de tanto ruido. Casi no había guardias. Era un lugar tranquilo y peligroso a la vez, como todo el centro en realidad, como casi todo centro de cualquier ciudad latinoamericana. No estoy diciendo nada muy original. Podías pasar la tarde ahí sin que te ocurriera nada y podías tener la mala suerte de que un día te cogotearan.
Hoy día la vigilancia es mayor, aunque eso no significa que no te puedan cogotear. No es un lugar más seguro, pero sí es un lugar más vigilado, por lo que casi no hay escolares haciendo la cimarra o fumando por ahí, tranquilos, esperando que pase la tarde. Durante la revuelta popular de 2019, el cerro también se convirtió en un lugar donde arrancar de los ataques de la policía chilena. Muchas veces los guardias municipales cerraban las rejas, pero los estudiantes y jóvenes no tenían problemas en saltarlas y desperdigarse por el cerro, arrancando del guanaco y de las lacrimógenas.
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Hubo otro tiempo, claro, en que no había guardias y el cerro no estaba enrejado. Otro tiempo no tan tan lejano, pero que hoy se siente como si nos separaran siglos. Hablo de los años 90 y de principio de los 2000. No de la época de Vicuña Mackenna. Hablo de ese tiempo que quedó cristalizado, sobre todo, en las crónicas que le dedicó a Santiago Roberto Merino. Quien quiera visitar la ciudad de aquellos años, sólo debe agarrar libros como Santiago de memoria (1997), Horas perdidas en las calles de Santiago (2000) o En busca del loro atrofiado (2006), y perderse en esas páginas, en esas observaciones que coquetean siempre con la nostalgia y el humor, pero atravesadas por una lucidez que las mantiene vivas.
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En 1996, Merino escribía: «Un reciente documental de la televisión inglesa destacaba el gran número de parejas besándose en público que podía verse por las calles de Santiago. Con su dulce descompromiso, el pololeo parece ser una modalidad amatoria netamente criolla y los vericuetos encantados del cerro Santa Lucía el lugar ideal para concretar los mandatos de Eros. La gente —quién sabe por qué— suele relacionar el amor con los decorados exóticos, y en el Santa Lucía los besucones se distribuyen desde temprano por pagodas, ermitas, jardines babilónicos, atalayas y peñones abruptos».
Y en 2002 contaba: «Los mejores momentos del cerro Santa Lucía corresponden a los atardeceres de otoño, cuando el sol que pasa en medio de los edificios se hilvana débilmente entre las ramas doradas y las hojas rojizas; lo otro son las tardes lluviosas, en que el follaje se pone del color del acero y los faroles blancos se van encendiendo antes de que anochezca».
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No es mi intención contradecir a Merino —que ha escrito valiosas páginas sobre esta ciudad—, pero creo que en realidad los mejores momentos del cerro Santa Lucía corresponden a los amaneceres de verano u otoño, cuando el cielo empieza a abrirse y hay una luz roja que lo atraviesa; es una luz que pareciera desplegarse como un manto que se recorta con los árboles del cerro de una manera tan hermosa como enigmática.
Los amaneceres, sí, y también la noche. Qué bien le queda la noche al cerro, que se mantiene iluminado siempre con algunas farolas que crean las sombras precisas como para convertirlo en el lugar indicado para un encuentro amoroso, por ejemplo: las luces bajas, el silencio, el rumor de los árboles y la voz del cerro, que de vez en cuando rompe la noche y aparece, imponente.
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Por aquí pasaron Charles Darwin, Rubén Darío y el poeta cubano Nicolás Guillén, que incluso le dedicó unos versos al cerro en «Tres canciones chilenas»: «¡Cerro de Santa Lucía,/ tan culpable por la noche,/ tan inocente de día!».
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Por la noche el cerro cambia, es cierto. A veces fantaseo con saltarme esas rejas y lanzarme. Pero evidentemente como las posibilidades de que quede colgado en la reja son tan amplias, desisto de esa idea y me quedo mirándolo a la distancia.
Ese cerro nocturno aparece de hecho en algunas columnas de Lemebel, y me recuerda particularmente una crónica que escribió la periodista Ana María Sanhueza, hace muchos años, sobre la vida de ciertos animales en la ciudad. Una crónica en que recorría distintos parques y cerros de la ciudad para conversar con sus cuidadores y preguntarles sobre la fauna que habita ahí, en medio del bullicio y el ajetreo, a espaldas nuestras, que nunca somos capaces de detenernos y ver, por ejemplo, un zorro chilla o una culebra o una lechuza cazando en medio de la noche: «Los ratones degollados y picoteados en las calles de Santiago al amanecer, dan cuenta que algo pasó ahí: fueron atacados por las lechuzas blancas y chunchos que vuelan buscando de noche qué comer», escribía Sanhueza, que conversó con distintos cuidadores del cerro Santa Lucía y ellos le fueron contando cómo cada mañana al recorrer el cerro antes de abrirlo al público, encuentran una serie de cadáveres repartidos por el lugar y deben limpiar todo para que los turistas no se encuentren con ninguna sorpresa en sus caminatas.
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Abajo del cerro, en la salida que da a la calle Merced, en un costado, casi inadvertida, se encuentra una piedra que funciona como una suerte de memorial, en que se puede leer escrito el nombre de Nicolás Palacios. Abajo, una fecha: «1854-1911». Y más abajo: «Raza chilena», el título del libro que publicó en 1904 y donde plantea la tesis de que el pueblo chileno pertenecería a una raza superior. Un libro básicamente racista, que le gustaba mucho a Miguel Serrano, un escritor nazi chileno que, entiendo, vivía en el mismo edificio en que vivo yo ahora y cuyo departamento, se supone, daba justo al cerro y, particularmente, a ese lugar donde se encuentra el memorial de Nicolás Palacios.
Miguel Serrano murió hace más de 15 años, pero todavía tiene lectores en esta larga franja llamada Chile.
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Ya se acerca el invierno, empieza a oscurecer más temprano y el volumen de la ciudad va cambiando rápidamente. Salgo todas las noches a escuchar un rato al cerro. A veces es un murmullo más fuerte, otras simplemente un rumor que se quiebra por un grito o por un bocinazo o por el horrible sonido de una moto que atraviesa la calle en medio de la noche y que dan ganas de que se lo trague el cerro: al ruido, a la moto, al motorista, a la ciudad.