POR BERTA GARCÍA FAET
Imagen de El desencanto sobre la familia Panero.

¿Se está escribiendo hoy mucha poesía valiosa fuera de los libros: en las canciones? Esta es la intuición que motiva este monográfico, Dilo dilo dilo di, donde contaremos con las aportaciones de Constantino Molina, Begoña Méndez, María Canet y Álvaro Luque, que considerarán como logros poéticos las letras o lyrics de Guitarricadelafuente, Rosalía, Ángel Stanich o Yung Beef, entre otros. Formulada de este modo, la sugerencia es que la poesía y la música, aunque no son lo mismo, nos incitan, al menos cuando se trata de ahondar en ciertos artefactos, a que las abordemos de la mano. Definir qué es «poesía» en contraposición a «música» (o sea, por qué esa distinción y ese lazo) nos enmarañaría en los pormenores de una polémica de siglos que ha imantado a incontables participantes, cada cual con sus propios presupuestos genéricos, pues la querella no ha dejado de acometerse desde disciplinas variadas como la teoría lírica, la musicología, la filosofía de la estética y la propia creación. Pero tampoco es que la respuesta pueda ser neutral, hay que posicionarse. Aquí partimos de la premisa de que la pregunta que nos ocupa tiene sentido precisamente porque hay una diferencia, pero también una coincidencia, entre poesía y música, y ello más allá de su origen (mítico o histórico) común, cuando la lírica era lírica porque era la compañera de la lira.

La poesía es un arte de la palabra que, al explotar su dimensión sonora, sueña con, y roza los bordes de, la música. Sin embargo, esa dimensión sonora, que es la del ritmo, la rima y la aliteración, no es melodía. Del mismo modo, al explotar la dimensión gráfica de la palabra impresa en la página, la poesía es mucho más, y mucho menos, que un cuadro, una imagen: no es color. Tanto la melodía como el color pueden evocarse con palabras desde lo denotativo, lo connotativo y la sinestesia, pero no pueden reproducirse sin la mediación de dichas palabras y todo lo que traen consigo (y todo lo que les falta). En cambio, la música es melodía en sí y la pintura es color en sí, incluso si la melodía o el color se resquebrajan como sucede en ciertos extremos experimentales y conceptuales (o no occidentales): percusión pura, monocromatismo radical, juegos con materiales transparentes…

Concomitancias, contrastes. Cabe, pues, rascar en sus puntos de unión. En este número, centrándonos en artistas musicales de la escena española reciente, proponemos que ciertas canciones sí pueden ser experimentadas como poesía. En parte, claro. Pero es que esa parte es capital. Al respecto, vale la pena tener en cuenta que, como apunta Luque en su artículo «Líricas», la música que ha triunfado como mínimo desde la segunda mitad del siglo XX es música con letra. Además, en el siglo XXI, algunos artistas musicales han publicado sus canciones en formato libro y, más importante, gracias a los populares repositorios online de lyrics y a que plataformas como Spotify dan la opción al oyente de acceder a dichos lyrics mientras reproduce los temas, lo cierto es que en la actualidad escuchamos tanto como leemos las canciones. En cuanto al marco cronológico: constatamos la exuberancia lingüística de las letras del presente, sin negar o afirmar que esta riqueza sea una novedad. Por supuesto, podríamos considerar literariamente las letras de Family, Nacho Vegas, Astrud, La Casa Azul, Jorge Drexler, Manel, y echar la vista atrás hasta Enrique Morente, y más atrás aún hasta Vainica Doble, y más atrás todavía hasta siempre, hacia la música popular. En esta ocasión nos fijamos en cantantes y grupos más nuevos por estar menos estudiados. Esta prodigalidad de talento se está dando en todos los géneros y subgéneros nítidos o desdibujados; afecta a artistas con millones de escuchas, escuchas medias y escuchas modestas; y, aunque nos enfocamos en repertorios en castellano, se encuentra en todos los idiomas (pensemos en Maria Jaume, Hofe, Naxker, TOC, Fillas de Cassandra…). Nuestra propuesta, necesariamente incompleta (Tulsa, Papa Topo, Rigoberta Bandini, Pablopablo, Rocío Márquez… nos faltan muchos), es una invitación a seguir adensándola.

Las letras de estas canciones que escuchamos/leemos (y coreamos y susurramos y transcribimos en stories de Instagram o tatuajes en nuestros brazos) son, o eso nos parece, prodigiosas. «Literatura» es un piropo, y es un piropo que repito en mi mente escuchando a Alcalá Norte o Plinio o Maestro Espada o Guitarricadelafuente o Mar Pujol. Está claro que estas letras no alcanzan su esplendor hasta que se cuajan con la voz, los instrumentos, la cada vez más alambicada producción (por no hablar de la dimensión teatral de los directos). No obstante, ellas solas, despojadas (por un rato) de la música, se sostienen como textos, como pequeños mundos autónomos hechos de lenguaje. Son ahí, en ese apartamiento momentáneo de la música, un arte de la palabra que llama a ser comentado, también, con más palabras. Por eso cabe hacer un análisis literario de ellas; un análisis literario útil y gustoso, no esencialista. Grato porque da placer darle vueltas (con lenguaje) al lenguaje que nos hechiza. Útil porque este tipo de examen puede hacernos apreciar mejor sus detalles y diálogos con otras disciplinas artísticas y (algo que en este monográfico no hacemos, pero animamos a hacer) empastes entre su costado lingüístico y la totalidad del fenómeno (poético-musical-performativo) que es una canción.

Las relaciones entre uno y otro arte, poesía y música, pueden trazarse desde distintas lentes. Podríamos tantear todas sus instancias de intermedialidad; para ello a los lectores les ayudará consultar el artículo «El laberinto intermedial» de Rocío Badía y Clara Marías así como las publicaciones surgidas al calor del proyecto PoeMAS, coordinado por Clara I. Martínez y Guillermo Laín; véase también «La voz como literatura» de Paula Pérez-Rodríguez). A los lectores interesados en la dirección contraria que nos incumbe aquí (esto es, no en las canciones qua poemas sino en poemas sobre música y/o que desean ser música), podría fascinarles el poemario Cantata Soleá (1978) de Ramón Buenaventura. O, entrando en el análisis textual, podríamos prestarle atención a la autofiguración del yo, que en poesía a veces afirma ser «cantante» y que en música a veces declara ser «trovador» o «letraherido» (canta Raxet1: «todos mis poemas son poemas sonámbulos», y esta es una revelación habitual, aunque es más frecuente aún que los artistas musicales aseveren y simultáneamente sieguen su propia «poeticidad»; véase «Audiobiografías: “keep it real” y el pacto autobiográfico en el (t)rap español» de Luque, a complementar con «¿Antón Álvarez, Pucho . . . ? Cómo se construye la autoría en la canción contemporánea» de Guillermo Sánchez y José Ángel Baños). O, en este careo música-poesía, podríamos fijarnos en los intertextos o referencias que hay en las canciones sobre ciertos poemas u obras literarias o de otras artes, y viceversa. En este monográfico es algo que los lectores encontrarán sobre todo en el artículo de Méndez sobre Rosalía y su hacer pie en Santa Teresa o Simone Weil. O pensemos en Ralphie Choo y su «Juan Salvador Gaviota», el disco de Eddi Circa En el bosque un claro (por María Zambrano), o Rufus T. Firefly y su «Ceci n’est pas une pipe». O podríamos hacer un análisis retórico, poniendo de relieve construcciones metafóricas, malabarismos con los cambios de registro o de campos semánticos, los neologismos, las frases (nada más poético…) a medio hacer… O, en fin, podríamos sondear cómo algunas canciones, como es habitual en los poemas, juegan a generar una tensión enigmática entre su título y su cuerpo (pensemos en «Es Dios bueno o sólo es poderoso» de Judeline y versos aparentemente desconectados de dicho título como «Quise estar donde más de brillaba . . . Nada tengo dentro»); preguntarnos por cómo estas letras se condicen o no con lo que está pasando en sus contemporáneos (y tocayos) poemas; o incluso con lo que viene pasando con sus no tan contemporáneos (y siempre tocayos) poemas. Lo primero es algo que en este número emprende Canet: la tematización de la precariedad que hacen bandas como Biznaga, Vera Fauna o Viva Belgrado, que podría departir con poetas como Martha Asunción Alonso o Mayte Gómez o narradoras como Laura Carneros. Lo segundo es lo que propone Molina: algunos artistas musicales como Rusowsky o Sen Senra entroncan con una honda tradición poética, la que a su vez se une al río de la cultura popular, siempre por avenidas sutiles: la de la «sencillez argumental» que, siendo antigua, es novedosa, pues es transformadora. En medio de lo que proponen Canet y Molina, cableando el elemento sociológico y el literario (y el cinematográfico, esbozando conexiones con Chávarri y Zulueta y la poesía de Panero), está Luque, que se propone estudiar cómo ciertos artistas musicales tematizan en sus letras (y persiguen por fuera de ellas: en sus vidas y sus maneras de ganarse la vida) la independencia artística (Yung Beef tomando el relevo de Jota de Los Planetas). Un compromiso con el propio arte que es algo a la vez artístico (de resonancias románticas) y para-artístico: se trata de dar lo mejor de uno mismo en las obras, pero también de mantenerse al margen de las lógicas hipercrematísticas de la gran industria.

No se trata de afirmar, desde lo terminante y la idealidad platónica, que estas letras son poesía. Son o están o pueden ser o estar. Tienen mucho de poesía, y eso nos basta. Ese corazón de la lírica (ese «Todo mi corazón se vuelve oídos» que decía Juana de Ibarbourou), o de esta otra lírica —hermana, no siamesa— que son los lyrics, es el objeto de estudio y cuidado de las perspicaces miradas de Molina, Méndez, Canet y Luque.

Paralelo al recorrido que proponen estos cuatro autores, en esta introducción quiero abrir la conversación señalando otra senda: una que va desde el hundimiento a la elevación o, al menos, el agarre. De la tristeza a la confianza. Los lectores hallarán hilos y espejos entre este planteamiento y el de nuestros invitados.

En este camino, comencemos por notar cómo la ansiedad o desorientación o parálisis atraviesan a muchas de las canciones que nos conmueven. Judeline: «Soy una chica de cristal / y sufro como tal». Ede: «Hoy no sirvo pa’existir». Este ahogo es, no pocas veces, autodesprecio. Depresión Sonora: «Mono tonto, perdí la llave / Cómo será vivir en el campo / No tengo ambición, ya no soy nadie». Yung Beef: «Quiere hacerlo todo, al final no hace na´». C. Tangana en «Nunca estoy». Y esta autorrepulsa es, a menudo, sólo una cara de la historia; la historia total rebosa crítica social, hastío político (véase lo que apunta Canet o canciones como «Life is perfecto» de Claudio Montana y Ultralágrima). ¿Cómo se sale de este atolladero, que, siendo íntimo y generacional, amenaza con recibir pesados tintes existencialistas, incluso de teodicea (recordemos a Judeline otra vez, o a Rosalía: «Dios es un stalker»)? (¿Borbotea por estos lares, por cierto, de soslayo, el Stalker de Tarkovski?)

Muchas letras combinan el reconocimiento de la imperfección propia con la celebración paradójica de nuestra fortaleza e insignificancia (al estilo de la Cecilia que cantaba «Así de pequeña soy yo / nada de nada», canta Rosalía «Sólo soy un terrón de azúcar»; como apunta Méndez, Rosalía le canta al propio proceso artístico a través del cual quiere consolarse de su exceso de yo y autodecrearse; esta decreación tal vez tenga que ver con la distorsión de la voz que recalca Molina). La autorreivindicación puede ser, también, bruta (como pasa en ciertos temas geniales de Villano Antillano o Nathy Peluso: «Que si tengo un flow cabrón, que si meto la presión, mala mía…»; «Qué buena vista tenés cuando me ponés a cuatro patas»). O bascular hacia una chulería tierna, como las de las Shego en «Curso avanzado de perra» o Raxet1 (aquí post-plathiana) cuando garantiza: «En el juicio final no habrá dios que me tosa, ya me lo habré dicho todo / Vivir con tanta culpa es peor que meter la cabeza en el horno / Y sólo quiero, sólo quiero, tía / . . . bailar». Esta complejidad sentimental respecto al amor o desamor propio la capta a la perfección Carlos Ares en estos versos: «Y al firmamento pongo por testigo / Yo he sido mi único y peor enemigo / Yo me perdono, pero nunca olvido / Glorias y penas llevaré conmigo / . . . Hijo de la tierra, peregrino».

Así que de esto —del hundimiento: personal, histórico, existencial— se empieza a salir con un yo que no se diluye hacia la destrucción sino que deslía sus costuras hacia la ligereza y el deseo. O lo intenta. De ahí las ganas de la infancia (la infancia es, de hecho, tener ganas, tener ilusión) en numerosos temas: de Barry B (en «Infancia mal calibrada») o Verto («Veña, sube / E como Son Goku / Imos paseando na nube») o Guitarricadelafuente (en «Guantanamera») o Amore (en «Feria Lo Pagán») o Depresión Sonora («Que me han dicho que ya no hay verano / Vaya desilusión / . . . Oye, señor, páseme el balón / . . . No quiero hacerme mayor, no me adapto»). Se empieza a salir, a la vez, recuperando (simple y tan difícilmente…) el ímpetu, el calor de estar juntos: con los padres a los que malinterpretamos, los abuelos a los que extrañamos, los amigos, los amores, los perdidos, los por reencontrar, incluso con los hijos hipotéticos. Canciones clave en este sentido son «Rizo de gitana» de Parquesvr y el remix de «Terapia» de Stivijoes y Xavibo. De estas caídas, nos dicen muchas de estas letras, empieza uno a resurgir con los otros, con el nosotros, con el tú. Y por eso Yung Beef, lo mismo que canta «No tengo sentimiento, un asesino a sueldo», canta «Ho, enséñame a querer». Canción sinónima: «Guíame» de Lorena Álvarez. Por un lado, «Nunca estoy a gusto en ningún lao’ / . . . Lo que me falta ni lo sé» (que es lo que el yo le dice al tú en «Lo que te falta» de Soleá Morente). Por otro (y este lado es el lado que vira hacia el optimismo), «Dame claridad para ver / . . . Enséñame / . . . No dejes que me convierta en piedra». Como la «piedra miserable» de Alfonsina Storni. Como la «piedra de la locura» de Alejandra Pizarnik.

Penas (muchas) y felicidades (algunas) que tienen que ver con ser humano y con serlo en el siglo XXI. Algunas tienen que ver (y así ha sido siempre, en la vida y en la poesía) con desamores y amores. Estos artistas, cuando se enamoran, a veces suenan clásicos, telúricos (Soleá Morente con su «Parecías una joya hecha a mano de un platero»; Maria Arnal y Marcel Bagés en «Tú que vienes a rondarme»; tantos y tantos creadores que reescriben obras populares, tal vez remotas: Maestro Espada, Tarta Relena, Niño de Elche, Rodrigo Cuevas, Vicente Navarro, Maria Rodés, Califato ¾, Paco Pecado, Ruiseñora, incluso Viuda desde el post-punk). Y en ocasiones suenan (aunque es una ilusión óptica: esto ya está en Catulo) modernos, originales, por cómo hacen chocar los tonos. Porque lo mismo, como Guitarricadelafuente, te dicen «Me sube la flor de tu perfume» que te sueltan «Tu culo en la Barceloneta es folclore». Otras dos características inciden en esa sensación de «lo contemporáneo». Una, la temática amorosa tamizada a través de las creencias mágicas, como de horóscopo (Shego: «Si buscas una señal es esta / Estoy atrayendo lo que merezco / No tardaré en devorarte»; Eddi Circa: «Un día de buenos pensamientos / hace que me escriba la mujer que quiero / No hablo de amarres, esto es brujería limpia»; Rebe: «Si acaso algo nos faltara, / no te apures, lo puedo inventar»). Dos, la confusión. Estas letras dudan sobre la naturaleza delirante, enfermiza, utópica o ideológica del amor romántico; sobre si estamos demasiado rotos como para no romper al otro (y al revés); sobre si el amor puede durar; sobre cómo conciliar amor por el otro y desamor con uno mismo o el mundo. La Bien Querida: «Estoy confundida, estoy temblando / . . . Lo que me pasa contigo es que, ¿qué?». Maria Jaume: «Hi ha dies que no m’agrades tant com abans / Hi ha dies que faig molt tard / i no ho trobes normal / Jo no trobo gens normal / lo molt que mos semblam». Alonso, resumiendo: «Te quiero / y, ¿qué es querer? / ¿Se quiere a quien se tiene delante / o se proyecta de lo que se quiere . . . / ¿Querer es aceptar lo que viene? / ¿O es huir y liberarse? / Yo creo que en el amor estoy / aún en el curso primero».

Con el amor, nos elevamos. O nos agarramos y seguimos adelante. Lo mismo (y quizás con más ahínco), con la escritura, el canto. Aunque estemos siempre en el curso primero. Varios de los artistas que aquí se consideran, y muchos más, encuentran en la propia creación de belleza la confianza en la vida o el ensayo y error de vivir. No son pocos los que parecen estar reescribiendo el mítico «La casa del misterio» de Ilegales, justamente desde lo mítico, lo espiritual (en su versión angelical o demoníaca o ambas; compárense los usos de la devoción y la imaginería religiosa, católica o druídica, en «La sangre del pobre» de Alcalá Norte, Tarta Relena, Espíritu System o de nuevo Yung Beef, en «Ansiedad» o «Perdiendo la fe»; compárese todo ello con lo que indica Méndez para Rosalía). También desde la anti-solemnidad y llaneza («Persona» de Lorena Álvarez), la intuición animal y/o celeste («Mi criatura fiel» de Ede, o aquel «trabajo para la luna» de Nathy Peluso), un poco al modo grácil y hondo de Wisława Szymborska.

Un decir que nos mueve. Que es conocimiento y correa de transmisión del brío. Alcalá Norte (que pareciera estar dialogando con «Repartiendo arte» de Kase O., que a su vez pareciera estar jugando a parafrasear a la Sor Juana de Primero Sueño) escribe-canta: «Quiero ser el Hombre Planeta / Quiero ser el que interpreta / La música de las esferas / . . . Pellizcarás a Dios en cada pizzicato». Maria Arnal canta-escribe: «Lo que te quede / por decir / te quedará por / llorar / . . . dilo dilo dilo di».

La esperanza está en seguir deletreando, tarareando. En hacer música, hacer poesía, hacer.