
Inestabilidad laboral, alquileres inasumibles, relaciones cada vez más fugaces. Una década, la veintena, que se deja atrás sin atisbar la estabilidad económica y personal. La treintena se vislumbra como una bisagra entre la juventud y la vida adulta; el momento en el que empezar a ondear la bandera de la estabilidad. Sin embargo, la foto finish refleja la ansiedad que provoca mirarse en el espejo paterno y no reconocerse victoriosos. No subir a ese podio social: trabajo, piso, pareja, hijos. Una carrera donde no se han sorteado los obstáculos y donde la precariedad es la única medalla que cuelga del cuello de una generación, la millenial, al cruzar la línea de meta.
Esa precariedad se ha convertido en uno de los temas más habituales en la lírica del pop rock nacional en los últimos años. También ha permeado a la literatura: pensemos en la narrativa de Elvira Navarro (La trabajadora), Elena Medel (Las maravillas), Beatriz Serrano (El descontento) o la no ficción de Llucia Ramis Un metro cuadrado. En poesía, el trabajo más atravesado por la precariedad material y mental es el libro de autoría anónima Idealista, del «Catálogo a ciegas» de la editorial Barrett. Sin embargo, nos parece que estas inquietudes y ansias se han recogido en la música reciente con mucha fuerza, en diálogo con otras artes y con la filosofía. Resuenan en estas letras la nostalgia, el “no future” y el voluntarismo ilusionado que sólo trae chasco y cansancio sobre el que tanto han meditado Mark Fisher y Remedios Zafra.
La música no siempre amansa a las fieras. Puede despertarlas, agitarlas, y, sobre todo, darles una voz para que su palabra suene y se propague. Un veneno que es necesario contagiar para impulsar el cambio. En ese sentido, el rock ha actuado como ese visceral detonador que al pulsarse remueve las tripas y permite llamar a los colegas, echarse a las calles y luchar. Como altavoz para señalar y denunciar la realidad de esa generación, la mejor preparada, la más prometedora, la misma que (sobre)vive peor que sus padres. De eso vamos a hablar.
Empecemos por Biznaga, una de las bandas más importantes del punk rock nacional cuyas letras son indisociables de la crítica y la reivindicación desde sus inicios. En Bremen no existe (Montgrí, 2022), su cuarto álbum, definieron ese ADN de “euforia triste” millenial en temas como «Espíritu del 92» (“últimamente pienso mucho en las olimpiadas / del año 92, joder, qué gran metáfora / aquella flecha aún truncada aún nos tiene atravesados / y después de treinta años / hemos sido engañados”) o «Líneas de sombra» (“ahora que tenemos treinta y tantos / que no nos une el amor, sino el espanto / ahora que el futuro está cancelado”) o el ya himno «Contra mi generación», dedicado a “toda esa gente que duerme poco y mal / la precarizada y la aspiracional”.
Un desengaño al que sobreponerse con terapia, desfase o sarcasmo, en un intento de pegar pedazos de un jarrón roto. La soledad y, en el peor de los casos, la depresión es el precio a pagar como ilustran «Domingo especialmente triste» (“seis meses de curro / y seis de subsidio / en el fondo, no eres más que el cadáver de un niño / que a veces despierta en un cuerpo distinto / los bolsillos rotos / por el peso del vacío/ y en los ojos brillo pálido de antidepresivos”). Biznaga no sólo radiografían su tiempo, sino que sacuden al oyente en ¡AHORA! (Montgrí, 2024). «La gran renuncia» denuncia la asfixia del sistema capitalista, así como a algunos de sus culpables (“verde Codere, Vox y Tecnocasa”) y habla de ese “estado del malestar” permanente que buscan dinamitar; “vivir para vivir, no para trabajar” se convierte en mantra. Una esfera, la laboral, que puede llegar a causar la muerte como ilustra «Réquiem por un rider» (“llovía mazo, Madrid era un gran charco / buscándote la vida te la ibas jugando / por llevarle teriyaki a algún tarado”), donde el conjunto juega con la deshumanización de las personas (“no eras especial / sólo otro en la ciudad / harto de esperar algo más”).
Otro de los contrafuertes que sostiene esa precariedad es la crisis de la vivienda, uno de los temas más explotados por el conjunto en este elepé. En «El futuro sobre plano» Biznaga denuncia la especulación inmobiliaria (“si el plan urbanístico actual / es privatizar, especular / si cada puto metro cuadrado / lo explota un buitre ya / el futuro sobre plano / el derecho a la ciudad”), mientras que en «Espejos de caos» retratan a una pareja cualificada víctima de trabajos precarios (“Carlos tiene dos carreras / vende alarmas para chalés / Ana un máster, varios idiomas y hace camas en un hotel”) que “no se quieren / no se soportan / no se tocan ni con un pie / pero cada mes se necesitan / para pagar el alquiler”, una clara denuncia de la insoportable situación de los alquileres. Un círculo vicioso que demanda de anestesia para evitar sentir como reflejan en «Benzodiazepinas» (“para estar tranqui”).
Desde que empezaron su carrera, Vera Fauna no ha tenido reparos en posicionarse políticamente y señalar la precariedad y sus consecuencias. Herederos de Kiko Veneno en su prosa cotidiana, si con su debut, Dudas y flores (Ernie Records, 2019) describían esa gentrificación incipiente fruto del capitalismo en temas como «Los Naranjos», con su segundo elepé retrataban la frustración de su generación por no llegar a cumplir esas expectativas de la treintena. El conjunto sevillano parece tenerlo claro: en el origen de esta insatisfacción está el trabajo. Jornadas infinitas, incumplimientos de contratos e ilegalidades, salarios con los que sobrevive, pero no se vive, están en el origen de esa asfixia social. Ejemplo de esto es «Casa Carreras», tema perteneciente a Los años mejores (Ernie Records, 2023), segundo elepé de los sevillanos Vera Fauna: “hoy abro hasta las ocho / catorce mesas solo / otro turno partido / y pierdo la muñeca / me duele el alma y de milagro aguanto la bandeja / qué bonitos los muebles / qué bonitos los platos / qué cutre si te cuento lo triste que es mi salario / . . . los dientes me rechinan / si hoy hago trampas es porque ya no puedo con mi vida”. «Mira lo que tengo», otro de los cortes de este segundo disco, refleja con rotundidad esta situación: “mi padre me recuerda lo tieso que estoy pa’ la edad que tengo / prima, si lo sé no vengo”. También tratan de combatir la ansiedad y paliar las consecuencias de frenético ritmo capitalista. Su tercer y último trabajo hasta la fecha Dime dónde estamos (BMG, 2025), mira adentro para elaborar un informe de daños. La distancia (más allá de la física) en las relaciones de la que habla «Tu voz» (“hay un hilo invisible de su teléfono al mío / echo de menos tu voz”) o «Como no te veo» (“como no te veo, guardo un sentimiento dentro y lo acaricio”), o la sensación de no cumplir con las expectativas ajenas que describe «Dime dónde estamos»: “que no he triunfao’ como ellos esperaban”. Las soluciones, como siempre, está en la comunidad, y, por qué no, en la picaresca que late en «Un atraco», para burlar los abusos de caseros, bancos o jefes: “no me queda ansiedad yo lo que tengo es bancarrota / me llama mi casero, no estoy en casa”.
La cruel impotencia por no llegar a poder “sentar la cabeza” se percibe también en la obra de Lord Malvo. Desde la gentrificada Málaga, esbozan cómo se trata de mantener esa falsa ilusión de estabilidad (“esto estaba saliendo demasiado bien / trabajo y amigos a los treinta / adoptas un perro a los treinta”) cantan en «Mi vergüenza (está para no usarla)», para, inevitablemente, darse de bruces contra la realidad: “soy un yonki más de la oficina / ten pareja y dos hijos / una boda y un chalet / paga un traje feo a plazos en el Corte Inglés / voy tarde otra vez”. Unas expectativas imposibles de cumplir cuando lo laboral interfiere, forzosamente, en la vida privada como ilustra «Porcelana»: “Me levanto a las seis / lleva un traje de El Corte Inglés / no es mi jefe, pero se lo cree / y me dice, cambia el titular / un maratón, fin de semana para acabar solo en mi casa”. Sin embargo, en las letras de Lord Malvo se percibe cierta esperanza en «Mi propio jefe», donde juegan a apropiarse del lenguaje de gurús de internet (criptobros, wollfies), para reivindicar la elección del tiempo que se dedica a la vida que empieza cuando se ficha a la salida, o «Más feliz y menos productivo», como aspiración definitiva.
Más allá del retrato generacional, hay una voluntad de movilización. Uno de los conjuntos más combativos políticamente es, sin duda, La Trinidad. Desde su primer disco, Los edificios que se derrumban (Sonido Muchacho, 2020), no han tenido reparos en posicionarse en cortes como «España invertebrada» o «La clase media». Con su segundo trabajo, Sheriff Playa (Sonido Muchacho, 2024), ahondaron en la precariedad económica y sus consecuencias. Los malagueños no sólo denuncian, sino que tratan de pasar a la acción. Convierten la crítica a los salarios infames en lema, “ahora sólo tengo una certeza / una hora de mi vida no vale 6’30” (perteneciente a 6’30), y plasman esa búsqueda de la evasión en la noche y sus tentaciones: “una tía pide en la calle / y me da que pensar / aún me deben tres meses / viene la trimestral / yo tengo muchos principios y muy pocas ganas / . . . la cabeza que explota / la visión que se anula / el alma que se eleva a mis rodillas temblar”.
La inestabilidad atraviesa las relaciones con los demás, pero también con uno mismo. En Cancionero de los cielos (Fueled By Salmorejo, 2024) los cordobeses Viva Belgrado visten de hardcore y screamo el desencanto que provoca la llegada a la vida adulta “a los treinta todo me parece tan mal” («Vernissage»). Ansiedad, huidas y soledad van de la mano en la era de la hiperconexión como se ve en «Chéjov y las gaviotas» (“arrastro la pantalla y no hay rastro de ti / de forma compulsiva nadie se acuerda de mí / ¿o acaso no he ocasionado algún destrozo/ ahogando en el volumen toda mi ansiedad”). Una tristeza crónica que “tiene un nido en mi centro del pecho y va guadalquivireando por mi cuerpo sin descanso / y no me deja bueno hueso alguno” («Nana de la Luna Pena») o la depresión que se reconoce en cortes como «Un tragaluz» (“¿y si deja de llover y sale un poco el sol / y se ahoga mi pena por el tragaluz?”) y «Ranchera de la mina» (“si no vuelvo a ver el cielo / que alguien me busque dentro de una canción”). En esta senda más dura, los valencianos BERNAL hacen lo propio en su recién estrenado Vida y milagros (Discos 17 Dolores, 2026), con un ímpetu por trasmitir esa deriva intrínseca al sistema: “independizarse, privilegio nacional / destruyen patrimonio, incrementan los precios/ expulsan a vecinos, eliminan cultura”, rezan en «Dolores Marqués». La nostalgia, como un bucle infinito de un pasado que pesa más de la cuenta, destaca en «Una amistad perdida» (“exagerando las felicidades perdidas / la nostalgia es la única distracción que nos queda / a quienes no tenemos fe en un futuro a corto-medio plazo”, prueba de la falta de fe que acaba por coser la tristeza al alma: “a veces pienso en cómo sería poder sacar la tristeza con el mimo de una astilla”, confiesan en «Dientes».
Ese futuro que se erige como un lienzo en blanco, no de posibilidades, sino de incertidumbre, acaba por afectar a la salud mental. Un tema que destaca en las canciones del último disco de Ángel Stanich, Por la hierba (Calaverita Records, 2026), donde habla sin tapujos de la ansiedad, en canciones como «Súper gris» (“Porque ¡ay, dolor! / sin h y compasión / abrir ese melón / que no quieres abrir / y todo es de color gris, súper gris”), «Solo en la ciudad» (“su ansiedad le regaló, sorpresa, más ansiedad / que ni en el Gregorio Marañón lo van a curar / iba de estrellita y se estrelló”). Todo ello sin perder el peculiar sentido del humor del cántabro que, claro está, sirve como escudo ante la exposición.
En su último trabajo, Testamento (Candorro, 2026), los barceloneses el diablo de shangái reflejan el difícil aterrizaje en la vida adulta cuando se dejan atrás los veinte años. Sus letras, tan evocadoras como incisivas, entre la rabia punk y la poesía, ahondan en el duelo por esa juventud que se evapora, que se siente, especialmente, gracias al registro de Juanito, su vocalista, que se mueve entre el grito y el recital o spoken word. Cortes como «Dinero» (“pronto se nos pasará el rencor / el olvido sucederá a la obsesión / luces de infancia / algo dentro de mí se apaga / de inversiones y más acciones / y transacciones y emociones / y condiciones y gestiones”) reflejan la dureza de ese impacto o esa sensación de insatisfacción constante que recalca «On/Off» (“si esta no es la persona que querías ser / prueba a apagarte y volverte a encender”). «Editorial» que barre el idealismo de la veintena buscando una interacción directa con el oyente (“no estás aquí para dar al mundo lecciones / ni para llegar a fin de mes escuchando canciones”), es el contrapunto de «Pisa fuerte», un naufragio en la adolescencia dosmilera, con la esperanza de paliar la desazón con reviviendo recuerdos: “nuestros viernes se resumían en horas de vicio y pocas amigas / acceso a nuevas piraterías / enlaces que te fías o no te fías / meriendas a la luz de tu cocina”. El peso de las decisiones en el presente late en «Tierra trágame»: “quería olvidarme de todas las caras / quería borrar los nombres que jamás pronuncié / aunque en el fondo siempre ha habido algo / como que nunca he dejado de quererte”.
Como una epidemia, repercute, no sólo a nivel individual, sino colectivo. Así lo reflejan Rufus T. Firefly en Todas las cosas buenas (Lago Naranja Records, 2025), su último trabajo discográfico. Un disco que comienza con vulnerabilidad de la mano de «Canción de paz», que ilustra un momento de pérdida de rumbo (“me he parado en la mitad del camino / me pregunto, ¿qué hago aquí y si detrás hay algo más? / cuando pase el tiempo, ¿quién se va a acordar? / ¿quién está conmigo y quién se quedó atrás? / ¿cuál es la mentira y cuál es la verdad? / ¿quién lo hizo bien y quién lo hizo mal? / las arenas del pasado lo sabrán / me está doliendo pero no voy a llorar”), que en el «Premios de la Música Independiente» se contagia a los más cercanos: “toda la gente que quiero / sólo quiere irse lejos / despertarse en otro lugar y que acabe este mal sueño / todos contra todos y cada vez más solos”.
En los últimos años, el pop, el rock o el punk se han erigido como un potente vehículo para transmitir la frustración, la preocupación o el cabreo de los millenials. Un espacio donde depositar el dolor, pero también esas escasas y tímidas esperanzas. Los ratos con los amigos en la plazuela; el recuerdo de todas esas cosas buenas; hacer del entusiasmo el nuevo punk y tomar las calles. Reírse de uno mismo o llorar las penas para purgar el dolor. Evitar que la nostalgia sea un freno en esa carrera que es el presente; la palabra “futuro” es, ahora, más sueño que probabilidad. Los millenials tropiezan en cada valla. No hay confeti al cruzar la línea de meta; sube la música para que no duela.