POR ÁLEX CHICO

Nunca he sabido qué significa leerlo todo, cuántos libros son necesarios para poder decir una cosa semejante. Sin embargo, sí que puedo identificar a lectores compulsivos a los que preguntar por cualquier autor y que me expliquen algo sobre ellos, que me pongan en la pista de lo que escribieron, que establezcan lazos con otros autores que desconozco. Me vienen a la memoria unas pocas personas a las que no me ruboriza definir como lectores, digamos, totales. Una de esas personas es Gonzalo Hidalgo Bayal.
Hace un tiempo entrevisté a Javier Cercas. La charla acababa con el final de su novela El vientre de la ballena. Nos preguntábamos si era él el único autor que había concluido su libro con la palabra mierda. Unas horas después de que saliera publicada esa entrevista, recibí un correo de Gonzalo. En él me decía que con esa palabra terminaba Nocturno de chile, de Roberto Bolaño, que por aquel entonces yo no había leído. En realidad, yo no había leído muchas cosas, pero aparentaba haberlo leído todo, una exageración bastante común entre los estudiantes de filología. Gonzalo era, es, todo lo contrario. No tiene que aparentar nada. No lo necesita. El éxito, si le ha llegado o no, ha venido como añadidura.
Con frecuencia, he tenido la sensación de que Gonzalo Hidalgo Bayal ha sido el tipo que siempre estaba allí. Para el escritor que deseaba ser yo, mientras estudiaba los últimos años de bachillerato en la misma ciudad en la que él vivía, Plasencia, su dimensión literaria era gigantesca, igual que sucedía con otro amigo, Álvaro Valverde. Ningún autor joven y extremeño se ha librado de la influencia de Gonzalo, de quien conocíamos sus primeros libros y con quien nos alegramos cuando su difusión fue mayor. Los viejos del lugar recordarán ese tránsito de editoriales pequeñas a un gran grupo. La culpa la tuvo una reseña sobre Paradoja del interventor que publicó Rafael Conte en el suplemento Babelia. En ella Conte decía que esa novela era lo mejor que había leído en los últimos veinte o treinta años. Quizá fue una exageración, pero al menos cumplió su cometido: dio un toque de atención a los editores nacionales. Luego vino la reedición de esa novela y de otros libros anteriores y le abría la puerta a seguir publicando sus libros en Tusquets, la que ha sido su casa desde entonces.
Sin embargo, estoy seguro (los bayalianos lo estamos) de que Gonzalo hubiera seguido publicando en esas editoriales más minoritarias, porque continuaría trabajando de la misma manera en que lo hace ahora: con la pausa de quien quiere escribir el mejor libro que puede escribir, con la tranquilidad y la inquietud de quien no busca más que dar lenguaje a un mundo lleno de aristas e imprecisiones.
Sorprendía el mantra periodístico que le asignaban cuando comenzó a conocerlo el gran público. En Hidalgo Bayal veían el triunfo de los escondidos, como si él fuera el representante de una legión de autores marginales que habían tomado el Palacio de Invierno, acompañándose de otros malditos como Ramiro Pinilla o José María Pérez Álvarez. Se vio en él a un Bartleby, incluso a un Salinger extremeño. Sin embargo, como él mismo me comentó en una ocasión, una cosa es la poca difusión y otra distinta es estar escondido. Y él no se había escondido de nadie. Seguía en su madriguera de Murania. Había respondido siempre a los periodistas que le habían llamado o había actuado con generosidad cuando sus lectores y amigos le habíamos pedido presentar nuestros propios libros. Es decir, no hay mística ni malditismo. Nunca deberíamos sacralizar la inspiración ni el lugar que ocupamos en el mundo.
Uno de los libros de Bayal que más he leído de entre los suyos es también uno de los libros que más he leído en mi vida. Hablo de Campo de amapolas blancas. No voy a detenerme en exceso comentando lo que me supuso su lectura. Emplearé, por resumir, otra frase igual de pomposa que la del inicio, la de leerlo todo, y diré que ese libro me cambió la vida, igual que lo hizo La infancia de un jefe, de Sartre. Lo leí en cuanto salió publicado en la Editora Regional de Extremadura (¡qué importante ha sido esa editorial en nuestra región!). Era el año 1997. Es un libro que habla de la amistad, de la búsqueda compulsiva y del fracaso que conlleva no encontrar lo que nos hemos propuesto, aunque estemos condenados a ir detrás de algo que tal vez no exista. Es una nouvelle en la que hace hablar a la memoria y en la que se mencionan novelas, canciones, películas y huidas irremediables hacia ninguna parte. Es decir, habla de todo lo que yo quería leer con apenas 17 años. No obstante, es una lectura que ha envejecido bien, porque nunca fue un libro contextual, sino de aliento largo. Una novela expresiva, más que representativa. Ese tipo de libros anudados a tres ejes: el sujeto, la realidad y el lenguaje, como ajos orbitando alrededor de un mismo centro.
Con el tiempo, he extraído nuevas enseñanzas de esa novela y también de lo que significa Hidalgo Bayal. He aprendido a que no hay que elegir entre Godard o Truffaut o entre The Beatles y The Rolling Stones. El mundo, nos dice, no es un lugar que se pueda reducir a una burda dicotomía. Por eso, en ocasiones, Gonzalo parece hablar con pudor, no porque no tenga nada que decir o le avergüence decirlo, sino porque prefiere callarse si no va a aportar algo a la conversación. No es un ejercicio de humildad impostada. Es la sabiduría de quien sabe que no puede saberlo todo, porque siempre habrá un vértice que se nos escapa. Gonzalo es una persona que se puede pasar la vida entera leyendo a Platón y a Aristóteles y asume que no va a comprenderlos del todo. Con sus libros he aprendido que la frase no se compone solo de sujeto y predicado, sino de algo más. Su magisterio también pasa por enseñarme a huir de las generalizaciones, porque si es difícil llegar a conocerse a uno mismo es casi imposible conocer completamente a los demás.
Más allá de eso, lo que me viene a la cabeza cuando pienso en sus libros y en las veces que hemos compartido un rato de charla es su tono. Su tono a media voz, como el susurro que acompaña Glenn Gould cuando interpreta las Variaciones Goldberg de Bach. Su tono de tristeza objetiva, su voz hacia dentro. La modulación de sus juegos lingüísticos, con el palíndromo a la cabeza y con la invención de un término que me ha acompañado desde que lo leí por primera vez: riseza, es decir, la sonrisa del desahuciado. Persiste en mí, de igual manera, un buen puñado de frases que he repetido como un mantra a lo largo de los años: «Lo triste que es ser nada y serlo solo», por ejemplo.
Gonzalo no es un escritor. Es alguien que escribe. Esa definición me parece más intensa y sincera. También me resulta una lección para los que queremos seguir escribiendo.