POR EDUARDO RUIZ SOSA

En ocasiones parece que la ficción es un puro invento, y que los inventos, las historias y los personajes que caminan dentro de esos relatos, tienen menos vida que los autores que los crean. Parece que los autores son los personajes que la ficción reclama en el siglo XXI.
Parece, nomás.
Creo que la cosa es diferente. Que la ficción no es una evasión de la realidad, sino una entrada por la puerta lateral, o rompiendo una ventana, o escarbando la tierra para hundirnos, internarnos en el mundo de manera oblicua.
Es una mujer barbuda perseguida por una turba.
Sin embargo, luego, si la ficción es la forma en que organizamos nuestra experiencia del mundo, muy poco de invento hay. Invento en el sentido estricto. Más bien, cada personaje es una fracción de quien escribe: lo que ha sido, lo que ha podido ser, e incluso lo que no es, lo que detesta, lo que olvida obsesivamente, lo que no puede nombrar a lo largo de los muy variados momentos de su vida.
El ser único, inamovible, impoluto, remedo del dios persona, es el único invento, la única fantasía.
Y a veces ni eso.
El dios también nace en sus personajes.
El dios también es un personaje.
La persona literaria, en cambio, es un pedazo de vida.
Por eso, David Toscana (Monterrey, México, 1961), como muchos otros que escriben, es un individuo fragmentado, incompleto, y a la vez desbordado, habitado por incontables personajes que aparecen y desaparecen ya en las páginas de sus novelas, ya en su modo inmediato de comprender el mundo.
Los personajes de la ficción son, así lo creo, quienes nos protegen, nos acompañan, nos interpretan la realidad.
Polimorfo, diría el psicoanálisis.
Proteo, mejor, digo yo, como el que cambia de forma y ve el futuro.
Diversos futuros posibles que nunca se cumplen allá lejos, sino aquí en el presente.
Es un bibliotecario en mitad del desierto.
Los detalles biográficos del autor en cuestión pueden ser indispensables en un perfil, pero si hablamos de autoría y de ficción, quizá la única biografía posible, y con esto no descubro nada que no se haya dicho antes, es la que conjugan, como en la creatura de Mary Shelley, los personajes de los libros que cada quien ha escrito.
Todo esto, de hecho, se expresa mejor con un personaje del propio Toscana: Olegaroy, protagonista de la novela homónima, decide casarse dos veces con la misma mujer porque descubrió que cada tanto tiempo el cuerpo renueva sus células y, como el barco de Teseo, su identidad es otra, su ser es diferente en su esencia, conque ahora vuelve a casarse porque ya es un hombre diferente él y una mujer diferente ella.
Un personaje está en el corazón de la identidad.
Un personaje es apenas un punto en el perfil de un autor.
Es el hijo de un bibliotecario que encuentra un cadáver en un pozo.
Es posible, acaso, haciendo un minucioso ejercicio de mitotero acosador, buscarle en los personajes rastros, pedazos del verdadero Toscana: esas astillas que saltan cuando uno de ellos, por ejemplo, el enano Natanael, en Santa María del Circo, se independiza del ser del autor y cobra forma y cuerpo en un relato. Diríamos que se «destoscaniza». O acaso, según sea la historia en cuestión, se «hipertoscaniza». Es decir, ¿qué tanto hay del Toscana en Natanael? ¿Que cita a Gorostiza? ¿Que se inventa su propia historia cada vez que la cuenta?
Lo que quiero decir es que, a modo de detective, uno podría rastrear rasgos vitales del autor: que si es mexicano de Monterrey, que si la crisis del 94, que si la ingeniería industrial o que vivió en Polonia o Lisboa o Madrid, que si Onetti o Donoso o Ivo Andric, que si le pregunta a la gente «¿Usted qué libro quemaría, qué libro mandaría al infierno?», que si el humor o la bebida o los viajes o leer es una enfermedad al mismo tiempo desdichada y feliz.
Es posible, pero ¿qué sentido tiene recomponer lo que el propio Toscana ha dispersado voluntariamente? ¿No es la ficción un modo de escondernos a la vista?
Es un matrimonio que lee hasta la locura y ambos terminan por creerse rusos.
Nuestra biblioteca es nuestra biografía lectora.
En el caso de quienes escriben novelas, sus personajes terminan siendo su enciclopedia biográfica. Y en el caso de David Toscana hay un rasgo que me parece fundamental, quizá el rasgo más importante que aprendí de él en todos los años en que lo he leído y lo he tratado y cuando hace más de veinte años asistí a sus talleres de escritura en Culiacán. Ahora me gusta llamar a ese rasgo «la condición gremial de los personajes».
Es un hombre olvidado en un mausoleo después de una borrachera.
Enloquecidos, solitarios, corredores de maratón que se pierden en la noche y en la repetición, hombres y mujeres que en la individualidad extrema terminan conectando con otros que son como ellos. Que conectan con nosotros, que somos como ellos. Grupos de personajes que se enfrentan al mundo, a la realidad y a la ficción, al destino y a la derrota y al goce y a la belleza. Sobre todo, a la incansable búsqueda de la belleza. Pero en grupo, en gremio. Esa cualidad gremial de los personajes es, para mí, la idea que me lleva a comprender la forma en que uno se relaciona con los personajes literarios: esos racimos de gentes que nos rodean, que nos huyen, a quienes a veces prestamos toda la atención de golpe y a quienes a veces, por la razón que sea, ignoramos, o nos apartamos, o de los que nos escondemos.
Hablo de personajes y de personas de carne y hueso.
A veces, también, necesitamos escondernos.
Y muchas veces, el lugar propicio es ese gremio de personajes.
Es una caterva de sobrevivientes de la destrucción en Varsovia. Es un circo desparpajado que vaga por el desierto. Es un grupo de borrachos que creen que viven como los personajes de la literatura rusa. Es un puñado de adolescentes que marchan para recuperar Texas.
Por eso, cuando me encuentro con David tengo la sensación de que me encuentro también con todas esas personas literarias que, al mismo tiempo, por contradictorio que parezca, se agremian y se dispersan en él. Ni él es uno solo de ellos, ni todos ellos, sumados, son el Toscana.
Escribir un perfil de un escritor al que he leído con admiración y conocido durante más de veinte años, hacerlo como si él mismo fuera un personaje que he de presentar a quien lee estas líneas, retratando alguna anécdota o delineando hechos biográficos, me resulta un ejercicio injusto, tal vez reducido, una apertura de lo íntimo a lo público por el mero gesto de expurgar. Lo pienso así porque, para mí, David Toscana es un personaje gremial, y, como tal, su biografía, la línea tenue que dibuja su perfil, es en realidad un bosque o un desierto, barridos por el aluvión o la tormenta o la carcajada infinita de quienes se ríen del dolor porque siguen vivos, y juntos, y aunque llegue la muerte un día, nada los ha destruido todavía.