
Mayte Gómez Molina
La boca llena de trigo
Anagrama
216 páginas
Como suelen decir, el éxito es un fracaso anticipado. Así podría presentarse La boca llena de trigo, la primera novela de la poeta y artista Mayte Gómez Molina (España, 1993), que sigue a Anna, una artista visual que, tras recibir la oportunidad de catapultar su carrera en una de las galerías más importantes de España, enfrenta un bloqueo creativo. Esta es una novela que, ante todo, busca reflexionar sobre cómo y desde dónde se hace arte.
Uno de sus aspectos más destacables es la manera en que este bloqueo va más allá de una dimensión típicamente íntima y se articula en el entorno social en el que se desarrolla la novela, específicamente en el mundo laboral artístico –quizás uno de los temas que ha moldeado la obra de la autora desde Los trabajos sin Hércules.
Gómez Molina encuadra la crisis creativa de Anna en las precariedades del sector cultural para entender sus ansiedades —la presión familiar, el qué dirán del mundo del arte y las inseguridades del síndrome del impostor— como producto de las expectativas impuestas por las estructuras socioeconómicas capitalistas. La novela es incisiva al representar la situación de los artistas emergentes cuando pasan a formar parte del engranaje del mercado del arte y muestra cómo, ante oportunidades como las de Anna, se ven casi que obligados a dejar de ser creadores para convertirse en productores. Si bien critica la idea de que el éxito económico sea una medida legítima del valor artístico, la autora no ignora que, para quienes intentan vivir del arte, el dinero es una necesidad irrenunciable. Así, La boca llena de trigo se acerca a novelas recientes como La trabajadora, de Elvira Navarro, en la medida en que busca aproximarse al mundo laboral y complejizarlo desde una sensibilidad más ligada a los afectos y alejada de las lógicas de la hiperproductividad.
Aunque la novela intenta construirse desde una narrativa del quehacer artístico, esto no termina reflejándose en una propuesta formal sólida. Ese es quizá su problema más evidente y lo que la convierte —a diferencia de otras propuestas que elaboran estas críticas replanteando el propio medio— en un libro que difícilmente reta al lector.
Es verdad que la novela intenta experimentar tomando distancia de la acción y optando por una narración más dispersa y meditativa, pero aun así recae en una idea de escritura que funciona únicamente como medio de comunicación, relegando el lenguaje literario a ser un medio antes que un fin expresivo en sí mismo. En términos narrativos, no existe —en contraste con lo que plantea Roland Barthes en El placer del texto— una tensión entre lo que se revela y lo que se oculta. Al contrario, resulta particularmente insistente en aquello que intenta comunicar: se esfuerza por explicar cada situación y por dejar claros los distintos sentidos que trata de cifrar, evitando así cualquier tipo de ambigüedad. Pero es precisamente esa falta de ambigüedad —o de erotismo, continuamos con Barthes— lo que hace que la escritura de La boca llena de trigo pierda fuerza y, en consecuencia, también la capacidad de sostener el interés de sus lectores.
En las primeras páginas, por ejemplo, Anna recibe una llamada de María Manzoni, la dueña de la galería, que, lejos de entusiasmarla, le deja un cierto sinsabor. Después, se queda mirando por la ventana de su cuarto, reflexionando sobre la conversación hasta que una bandada de patos negros aparece en el cielo. Hasta ese momento, la imagen construida resulta lo suficientemente sugestiva como para transmitir un mal presagio que anticipa el resto de la novela. Sin embargo, el fragmento concluye explicitando aquello que ya es suficientemente evidente: «Sacerdotisa de repente, aquello le pareció un mal augurio». Salvo contadas excepciones, así funcionan la mayoría de los pasajes que componen La boca llena de trigo: sobreexplican más de lo necesario y así subestiman las capacidades del lector, lo que evidencia una falta de intención estética sostenida en el trabajo con el lenguaje.
Una sección importante de la crítica reciente ha mostrado rechazo hacia las narrativas centradas en crisis artísticas —especialmente aquellas sobre escritores— bajo la idea de que se trata de un tema agotado. No obstante, La boca llena de trigo intenta demostrar que estas preguntas siguen siendo relevantes dentro del panorama socioeconómico y cultural actual. El problema es que toda reflexión sobre el quehacer artístico exige cuestionar formalmente el medio que la articula. Cuando esas inquietudes no logran sostenerse plenamente en el lenguaje, muchas de las tensiones que se buscan explorar terminan perdiendo parte de su fuerza. En últimas, el caso de La boca llena de trigo lleva a pensar en la necesidad de cuidar la forma, porque pensar el arte supone también pensar la forma, y solo así una obra puede llegar a interrogarse verdaderamente a sí misma.