Isabel Zapata
Montaigne, etc.
Editorial Rosa Iceberg
96 páginas
POR MERCEDES HALFON

No es que no existan libros de ensayo acerca de Montaigne, el creador del ensayo moderno –al contrario–, pero no por eso deja de ser un desafío difícil de emprender probarse en su mismo territorio. Montaigne, etc. escapa de ese laberinto, como suele decirse, por arriba, aunque ese movimiento parece un poco esforzado, y este libro, si sale de algún lado, lo hace de la forma más ingeniosa y elegante. Es, eso sí, un libro de corrimientos. Hay por doquier desplazamientos, desfasajes y pequeñas proezas de la lengua. El primero de ellos y el más importante es el genérico: un retrato del maestro francés del ensayo a través de un libro de poemas. Otro: sostener a lo largo de noventa páginas en verso y desde el presente, la evocación de una obra antigua. Uno más: animarse a una figura habitualmente envuelta en capas y capas de erudición e impresa en satinado papel biblia, con un libro conscientemente reducido, un «libro chiquito» a la manera de Tamara Kamenszain, que hasta usa en su título la abreviatura de la palabra etcétera.

¿Es un ensayo biográfico? ¿Una oda? Y en todo caso, ¿cuánto de documental y cuánto de inventiva? Empecemos por el prólogo, donde se nos habla de un murmullo. «Las páginas de este libro son el murmullo de todo lo que estos datos biográficos no alcanzan a decir». No será una biografía, entonces, tampoco un panegírico, ni una actualización de las ideas del prócer nacido en Burdeos. No se sabe bien qué será, la indefinición es notable y hace que sea necesario adentrarse en su forma particular para ir comprendiendo la apuesta.

En principio hay que saber que se trata del sexto libro de Isabel Zapata (Ciudad de México, 1984) una de las voces más interesantes y fecundas latinoamericanas actuales. Ha publicado novela, poesía y ensayo. El primero de sus libros fue editado en Argentina bajo el título Maneras de desaparecer y no deja de resultar ahora una suerte de eufemismo, un modo oblicuo de nombrar ya desde su primer libro de ensayo, a su amado Montaigne. Nadie desconoce la historia de cómo terminó sus días: a sus 38 años se retiró a una torre de su castillo a escribir, leer y ser feliz. Quién pudiera.

Luego de un prólogo sucinto Zapata ingresa en la figura desde un rodeo: el primero en tomar la palabra es Pierre, el padre del autor evocado. La segunda es Antoinette, la madre. El tercero Etienne, su mejor amigo. Y recién ahí «habla» Michel de Montaigne. Estamos frente a un texto polifónico en toda regla, facetado, disperso, proliferante, que imagina y hace imaginar. Los poemas y textos en prosa toman las voces de las personas que rodearon al escritor y formaron parte de su vida. A los nombres mencionados se suman otros, como en una serie de anillos que van ampliándose: Pascal y Descartes, sus principales enemigos filosóficos aparecen para atacarlo, Marie Le Jars de Gournay, discípula y quien se ocupó de establecer sus papeles, para defenderlo, y hasta un tupinambara, evocado a raíz del libro de Montaigne De los caníbales, que en el conjunto de las voces produce un matiz, una sombra, un contraste que separa y a la vez establece una ligazón con el continente desde el que fue escrito este libro.

Los poemas son bastante diversos, todo un arco formal desplegado: algunos en verso, otros en prosa, unos con verso libre, otros rimados; todos rigurosos en la prosodia y la métrica –hasta aparecen espléndidos y extraños endecasílabos–. Hay incluso algunos poemas casi rozando el caligrama, que juegan con el espacio de la página. Ordenada y cronológicamente se presentan algunos acontecimientos míticos de la vida de Montaigne: la caída del caballo, una escena de violencia que lo horrorizó; su casamiento, la llegada de sus hijos y la muerte de algunos de ellos; la supuesta entrevista con el tupinbaba; el retiro a la torre y las frases que escribió en las paredes; su nombramiento como alcalde; el encuentro con Marie, su admiradora y discípula; su tortuosa enfermedad y muerte.

Filosofía, vida y lecturas se suceden. El pensamiento de Montaigne se filtra versificado y reavivado por la invocación de Zapata desde el presente. «La duda es lo más suave que toqué» dice el filósofo en el poema final. Todo el libro, con su indagación particular, parece hacer lo mismo. El murmullo de Montaigne al que alude al principio no es solamente lo dicho, sino también la forma que adquieren las palabras, su música delicada y potente, como ese galopar que tanto amaba el protagonista de estas páginas.