POR JAVIER SERENA
Director Cuadernos Hispanoamericanos

Cuesta dar una sola pauta general en literatura, que de inmediato no encuentre réplica y anule su intención de establecer alguna norma en un territorio tan impreciso. Pero aquí se puede aventurar una modesta certeza, aunque sólo sirva para contener la negación de cualquier otra regla: que cualquier escritura valiosa se resiste siempre al cliché, a la repetición sabida, y que ese rechazo se debe justamente a que la escritura es un proceso colectivo, un torrente de herencias variadas en que la incorporación de una nueva voz exige al mismo tiempo que sea genuina y que conozca bien los intentos de intervención previos del pasado.

Todo esto se observa con claridad en la novela, hasta el punto que siendo el género literario masivo más reciente, se mueve entre la amenaza de su extinción y la imposibilidad de definirse en una expresión o asimilarse a ningún corsé.

En su ensayo Naturaleza de la novela, Luis Goytisolo advirtió del riesgo de agotamiento de las fórmulas narrativas tradicionales, un género tan moderno y tan exprimido que podría haberse asfixiado. «(la novela) aún no ha explotado ni el cinco por ciento de sus posibilidades», dijo por su parte Enrique Vila-Matas en una entrevista publicada en esta revista, apuntando que la continuidad de este género incapaz de asimilarse a ninguna norma dependerá de la «intensidad» —y la audacia— con que presente la batalla por su supervivencia.

Seguramente, ante la dificultad de describir qué es una novela («es todo aquello que, editado en forma de libro, admite debajo del título, y entre paréntesis, la palabra “novela”», decía Camilo José Cela), resulte difícil siquiera sostener un debate al respecto, aceptando que esa discusión puede alargarse hasta el infinito sin haber acordado un punto de partida que enmarque la disputa.

Y esa ausencia de ninguna otra norma que su inexistencia —que es el marco ilimitado de este género tan amplio como vaporoso— tiene, pues, al menos esa máxima. Una única norma que reside en no admitir el cliché —sabiendo que el cliché es una repetición mortecina, una falta de matiz, una renuncia a la expresión propia y una resignación a la monotonía—, y por el contrario estar obligada a la búsqueda o a la indeterminación, a conciencia de que al hacerlo trata de sumarse a su vez al largo torrente de escrituras que le preceden.

Esto —que parece describir un equilibrio metódico entre presente y tradición—, quizá deba formularse de manera más lúdica, como apuntaba el escritor chileno Alejandro Zambra al recrear el aprendizaje de las primeras narraciones infantiles en el colegio: «(el niño)  internalizó un montón de conocimientos estructurales e intuitivos, aprende también el hecho dolorosísimo de que no puedes contar el chiste a la misma persona una y otra vez», dice, sobre el adiestramiento en esas primeras destrezas. Una noción de juego en que, cada nueva narración, pide encontrar un espacio nuevo, no transitado con anterioridad, o situarse en ese lugar con una manera o una intención o un gesto diferente.

Es ese movimiento —serpenteante, imprevisible, también infatigable en su búsqueda de fórmulas o mecanismos nuevos— el que mejor se ajusta al discurrir de la narrativa.

De ahí que, por ejemplo, la hibridez a la que tiende la novela no sea un capricho ni una moda, sino una de las posibilidades de respirar en territorios todavía no explorados, tal como sucede en Principio, medio, fin (Feltrinelli), el reciente libro de Valeria Luiselli (una novela que recoge periodos ensayísticos y otras fórmulas más parecidas al diario íntimo, que especula con su propia condición de ficción, que alterna voces y tiempos narrativos y referencias clásicas con otras contemporáneas, para ofrecer como resultado un cuerpo tan amorfo como vivo, que es lo que ha sido siempre la novela).

Tal vez todo esto sirva para entender por qué la narrativa tiene ese incurable aspecto de proceso, de forma indefinida que se resiste a adaptarse a ningún molde. Pues su perdurabilidad, al fin y al cabo, reside en su rechazo a repetirse, en su necesidad de evitar cualquier cliché, en su tendencia a rehuir de cualquier cosa ya sabida. Una disciplina por tanto que se encuentra en un perenne estado de aprendizaje, que niega su condición de serlo y ser delimitada y está obligada a ir siempre hacia adelante, a avanzar propulsándose en los rastros del pasado, a negar la posibilidad de estabilizarse.

Y toda esta indefinición de la narrativa, que renegando de cualquier norma establece al menos esa negación como único principio, apunta también a otra paradoja. A que, si un cuento o un chiste contado por segunda vez pierde su efecto, entonces cualquier voz que se sume a esta infinidad de voces tendrá que ser un brote tan auténtico y genuino como atento a todos los que intervinieron previamente en esa corriente tumultuosa, como una gran obra colectiva que se resistiera a extinguirse y a ser apresada por ninguna otra consigna aparte de la permanente exploración.