Los invito a pensar en la obra de Héctor Libertella como ese cromo que completaría la página central del álbum de la literatura argentina, una página que nunca se llena porque el cromo jamás aparece. El cromo imposible, el que todos anhelan encontrar, pero que esquiva cualquier tipo de fórmula que conjure la buena suerte o el azar. Ese cromo que, cuando, finalmente, se consigue, al cabo de un rosario de intercambios, ha cambiado de valor, porque el álbum, tiempo atrás, ha pasado de moda y ya no se imprime. De repente, el coleccionista se descubre admirando algo que tiene y no tiene valor, algo de incierta tasación, algo que, dentro de la historia literaria, se sabe único, exótico, especial, pero cuya belleza y significado solo se le revela a ese lector que está dispuesto a recibir una obra que no pretende encajar dentro de la novedad, aunque su vigencia resplandezca más que nunca. Se trata de una obra que resulta elusiva, incluso, para sus mejores lectores, porque, como sostiene Martín Kohan, su escritura no favorece el sosiego de la comprensión clara o lineal. Una obra en la que «el hermetismo instaura otro mapa literario y otra tradición literaria que resisten por definición ese modelo del lenguaje útil, práctico, entendible, transparente, esos modelos de escritura eficiente que son prescritos por el capitalismo».
Me gusta pensar que hace unos años, un poco por la casualidad que se iba entretejiendo entre un libro y otro, encontré ese cromo deseado y, de ahí en adelante, mi mirada sobre las formas de la literatura, no solo la argentina, cambió radicalmente. Desde entonces sigo contemplando el cromo con una mezcla de admiración y desconcierto, aunque no sé si he logrado comprenderlo. Los libros de Héctor Libertella se han convertido en un espacio de regocijo por su fascinante extrañeza que siempre me renuevan ideas sobre la claridad estética y la tensión de las formas. Quizá lo que sucede con toda su obra es de tal complejidad que no está pensada para que se entienda; quizás está elaborada para que el lector se quede con un aire, con una experiencia, con una sensación que, poco a poco, terminará por hacer germinar algo en su interior. Pero sí tengo la certeza de que la aparición del cromo ha completado el álbum, porque la obra de Libertella no se agota en su aislada comprensión.
Alexander Kluge afirmaba que la literatura es «una especie de red que se expande entre las personas a la relación de los autores con la realidad», y que los libros son mapas de la experiencia humana a través de los cuales se va construyendo una comunidad que puede conectar a las personas a través de miles de años. La obra de Libertella, por ejemplo, me reconectó con Ludwing Wittgenstein, al que había dejado abandonado tras los primeros años de carrera. Siempre vuelvo a Wittgenstein gracias, a Zettel, ese libro en el que Libertella recuerda su relación «¿erótica? ¿totémica?» con el volumen homónimo de Wittgenstein, un libro que se tradujo e imprimió en la UNAM, entre 1979 y 1982, cuando el autor argentino ejercía como director de publicaciones. Aquel libro, que recogía, ordenaba y reproducía las tiritas de papel escritas a mano y máquina —fragmentos de sus propios escritos—, que tras la muerte del filósofo austriaco habían quedado abandonados en una caja y que contenían algunas reflexiones sobre el sentido, el significado, la imaginación, las imágenes, la contradicción y el seguimiento de las reglas, entre otros temas, tiene un reflejo literario latinoamericano en el Zettel que Héctor Libertella publicó en el 2006, el año de su fallecimiento. Tal vez de manera más obvia, también conecta en mi red con otro nodo del que parten hilos que tejen El libro de los pasajes de Walter Benjamin, cuya primera edición es de 1982. Todas estas son obras escritas a partir de un proceso que organiza y dota de relevancia el fragmento, la relación y construcción del sentido durante la lectura, y que cuestiona o expande las estructuras narrativas. De la misma manera que Aby Warburg en Atlas Mnemosyne, estos libros hacen posible otras narrativas donde siempre hay una multiplicación potencial de las interpretaciones del relato, libros donde lo estable y la certeza desaparecen.
Me gusta pensar que los tres títulos, Zettel de Wittgenstein, El libro de los pasajes de Benjamin y Atlas Mnemosyne de Warburg, tienen continuidad en el libro del argentino y que desde ahí se extiende un hilo con el que pronto le corresponderá a otro autor o autora seguir tejiendo fragmentos de una literatura desencajada, de notas, de revisiones y de reescrituras, algo marginales, pero claramente valiosas y que no tienen el propósito de conducirnos a parte alguna, que carecen de certezas performativas. Mientras tanto Zettel —el de Libertella— continúa enlazando lecturas, autores y escrituras que, como declara su autor, no tiene la soberbia pretensión de seducir a nadie y, en su carácter fragmentario, huye hacia todos lados sin la expectativa de ir o llegar a ningún lado, pero en el que logra dar forma a la aspiración que manifiesta desde su primera obra (un libro-objeto elaborado en la infancia y que recuerda en La arquitectura de un fantasma), la de leer y escribir sin la prótesis de la doxa.
Para Libertella «la literatura es ese ir y venir sobre una huella que nadie eligió», y Zettel nos permite observar las que su autor sigue para discurrir continuamente sobre la escritura, los mecanismos narrativos, la construcción de sentido, el mercado editorial y las múltiples redes que elaboramos a través de la lectura. Por ejemplo con Farabeuf, un libro en el que nuestras redes se vuelven más tupidas —las de Libertella y las mías—, el libro que veinte años atrás aseguraba que «todavía no quería ser leído» y que, en la actualidad, sigue sin conseguirlo. Sobre Farabeuf decía que: «[…] es el caso de una obra que anticipa al lector. Todo lo que se espera de una novela está ahí: hay lugares, tiempos, objetos, peripecias y hasta personajes. Y, sin embargo, tantos recursos típicos de la narrativa se hacen fantasmales para cumplir la utopía del subtítulo de ese libro (La crónica de un instante, ¿pero cómo es la extensión del punto?), desde donde brotan arrojados como hexagramas». Para el argentino en Farabeuf ocurre un drama en el signo cuando su significado y su sentido quedan entre el paréntesis del régimen del relato; es decir, se pregunta si la trascendencia de las historias, inevitablemente, depende de que posean un aval del sentido. Se pregunta si cuando estos relatos no fluyen según los estándares que creemos naturales recurrimos a hacerlos funcionar o encajar en modelos preconcebidos como hacemos con los sueños. ¿Será acaso que aquello que Libertella identificaba como el obstáculo entre los lectores y Farabeuf también puede explicar la distancia que hay entre ellos y su obra? «¿Por qué será esto? ¿Será que desprenderse de la historia da un poco de miedo?». Me apropio y reescribo las preguntas que se hacía sobre Farabeuf y las utilizo para pensar su literatura: ¿La obra de Héctor Libertella da miedo?
Lo que quería contar aquí tal vez era otra cosa
Tanto en Zettel como en La arquitectura del fantasma. Una autobiografía, Libertella repasa muchas de las preocupaciones expuestas en sus obras previas; sin embargo, en estos libros insiste con más ímpetu en que toda obra tiene una relación determinante con el mercado, ese espacio tenso siempre presente en sus páginas. «Ahí donde hay un interlocutor, un solo interlocutor, ahí se construye el mercado», dice. No obstante, lo que en Zettel parece un vehemente voto de confianza hacia escritores, editores y lectores, visto desde el presente, se convierte en una imagen, ya bastante distorsionada, de lo que en la actualidad se publica como literatura. Releo Zettel, y no puedo evitar imaginarme qué habría pensado Libertella sobre muchos de los fenómenos editoriales de los últimos años, sobre autores que alcanzan la gloria —siempre ridículamente efímera— de publicar en grandes editoriales, de hacer giras internacionales por librerías y ferias como si participaran de un espectáculo, y de atender al personaje de autor más que a la maestría de sus líneas o, por ejemplo, qué pensaría sobre la relevancia que ahora se le otorga al número de seguidores en redes sociales para tener la opción de ser publicado, lo bien dispuestos que se muestran algunos autores para escribir sobre asuntos mercantilmente rentables y lo hábil que es el mercado editorial para absorber y volver consumible cualquier registro.
La obra de Héctor Libertella, recuerda Ariadna Castellarnau, es una literatura «de desierto, de grado cero, de signos vacíos, abocada a la destrucción de todo aquello que rodea al universo del libro: autor, lector, referentes literarios, mercado, consumo, fama», una literatura que hace parte del mismo linaje al que pertenece la de Macedonio Fernández, Osvaldo Lamborghini, Di Benedetto, Saer, Aira y, más recientemente, Pablo Katchadjian, pero lo es de manera consciente y sin confrontaciones. No se trata, dice Castellarnau, de «una lucha rencorosa contra el gusto popular, las leyes de la rentabilidad o, lo que es peor, el reconocimiento (o la falta de él)», sino de una lectura atenta y consciente de las dinámicas que encumbran o abandonan autores y de las artimañas mercantiles que alejan a los escritores del espacio en el que debería hacerse, simplemente, literatura.
Desde sus primeros libros, títulos como Nueva escritura en Latinoamérica (1977), Los juegos desviados de la literatura (1990), pasando por Las escrituras sagradas (1993), La librería argentina (2003) y llegando hasta Zettel, Libertella se mostró interesado en mantener viva la pregunta sobre cómo y desde dónde se debe asumir la creación de una obra literaria y, en ese proceso, hasta dónde el mercado propicia las condiciones para que se mantenga la costumbre antropofágica del lector que deglute contenidos, un lector que, según sus palabras, tiene la costumbre de «consumir persona, escritor; consumir código privado». Su escritura, sin embargo, siempre apuntó a los otros lectores, los lectores festivos que saben divertirse con los mecanismos, con las reescrituras, con el desciframiento de una literatura que puede parecer hermética o descentrada, pero que es, divertimento, escrituras excéntricas, fragmentarias, que ensayan, una y otra vez, distintas maneras de dar forma a una idea, textos que no solo pasan por la imagen convertida en palabra, sino en imágenes que, como en la obra de Mirtha Dermisache, Edgardo Antonio Vigo, León Ferrari, Milagros Pochat, Matías Celedón, Verónica Gerber Bicecci o Marina Azahua, también poseen los códigos de la escritura.
Esa distancia envuelve la belleza del mundo
Hace un par de años, a propósito del encargo que me hizo Socorro Venegas para escribir la nota introductoria y seleccionar un par de ensayos de Héctor Libertella que pudieran reeditarse en la UNAM, volví a leer toda su obra. La experiencia, indiscutiblemente compleja por la responsabilidad que recaía en mí al hacer la selección que potencialmente podría llamar nuevos lectores hacia sus páginas, terminó por convertirse en uno de los encargos más placenteros y disfrutables dentro de mi oficio como crítica, porque releer a Libertella es y siempre será una experiencia festiva.
Las páginas de su obra son espacios en los que habita el ingenio, que siempre están rebosantes de referencias y son un estímulo al pensamiento. Su escritura mantiene una vitalidad en la que hace posible su deseo de «restituir a la literatura sus más antiguos hábitos –voz, cuerpo, imaginario–. Un agujerito que destelle en la cien» o, como recuerda Ricardo Strafacce que solía repetir: no comunicar, transmitir.
El intenso deseo de transmitir con precisión aquello que le interesa inspira a Libertella para reescribir incansablemente sus libros y en cada reescritura no solo los transforma sino que los renueva; despliega las ideas hacia lugares insólitos y amplifica en ellos, una y otra vez, sus obsesiones. Además, como afirma en Zettel, el trabajo de reescritura exacerba la condición fantasmal del escritor; es decir, se trata de una búsqueda continua por desaparecer tras la página, por existir solo a través y desde ella, por ser solo en y desde la literatura.