POR DANIELA DEMARZIANI
Gentileza de la familia Libertella.

Desde el avión, la cuadrícula de Buenos Aires se dibuja eterna, caótica, impracticable y bellísima, solo interrumpida, aquí y allí, por coloridas canchas de fútbol. Demasiadas quizás, incluso para una ciudad tan grande. Es como ver de pie desde un banquito la torta de fútbol de un niño argentino en los noventa, justo a punto de soplar las velitas; jugadores, arcos y granas plateadas y comestibles, como balines. Para alcanzar el aeropuerto, el avión debe atravesar la ciudad entera y luego corregir la dirección. Llegar a Buenos Aires siempre es bueno; irse, no tanto.

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Lo primero que hago al llegar es citarme con Diego en el Varela Varelita. No me atrevo a preguntarle al mozo si, tal como cuenta la leyenda, pido un whisky JB me traerán un «Pepe Bianco» (escritor argentino admirado por muchos —¡Borges!— y secretario en la redacción de la mítica revista literaria Sur), así que pido una cerveza.

En El árbol de Saussure de Héctor Libertella, se intuye, aunque no se confirma, que la acción sucede en ese bar de la ciudad. Fue allí, en el café de la esquina de Scalabrini Ortiz y Paraguay, donde Libertella pasó los últimos años de su vida tomando ron añejo y escribiendo sus últimos libros, su último libro, La arquitectura del fantasma, que fue publicado justo después de su muerte, como una premonición tardía, y es el centro de una obra lúcida y casi ininteligible.

A pocas cuadras, sobre la calle Malabia, la misma calle en la que vivía Héctor Libertella, pasó sus últimos años de vida el escritor Ricardo Piglia.

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Piglia también escribió casi toda su obra en bares.

Eran los años previos a la dictadura, en los que la literatura se dirimía entre copas en los cafetines de la calle Corrientes: La Ópera, La Paz, y aledaños como el Moderno. En aquellos bares, me cuenta Mauro Libertella, escritor e hijo de Héctor, se podían divisar las mesas copadas por asignatura: la mesa de los escritores, la mesa de los académicos, la mesa de los psicólogos, la mesa de los artistas plásticos. Las reuniones consistían en ir de una en una para discutir los más variados temas, saludar a algún amigo. De esa manera el bar se convertía en «una escuela de todas las cosas».

Aquella fue la época de oro de la noche porteña. Después vinieron las reuniones en casas a escondidas y finalmente el exilio. Héctor Libertella y Tamara Kamenszain se fueron a México y allí nació Mauro. Piglia se quedó en Buenos Aires, fugitivo. Lo sé porque el día que Ricardo falleció estábamos escribiendo juntos un texto de agradecimiento a la Biblioteca del Congreso de la Nación que inauguraba un bar en sus inmediaciones bajo el nombre de Bar Ricardo Piglia. Él había vivido en la zona del Congreso durante los años oscuros y así lo recordaba en el texto: «Igual yo veía desde la ventana el palco del Congreso. Cada tanto los militares tiraban una alfombra en las escalinatas para recibir a los canallas que formaban la comisión consultiva integrada por sus aliados civiles. Pero nadie daba el menor signo de reconocimiento a esa ralea. La plaza seguía desierta y hasta los jubilados se retiraban del lugar. Esa ceremonia siniestra se realizaba en total soledad».

Libertella y Piglia se cruzaron primero en los bares y luego en las casas, a resguardo de las persecuciones. Fue una relación tímida que se desarrolló entre el año 76 y el año 79, aproximadamente, siempre muy atravesada por la famosa pica Aira-Piglia; el Boca-River de la literatura de la época. Sin embargo, el respeto por el trabajo del otro se deja entrever en la publicación del Cavernícolas de Libertella en la colección del Recienvenido que dirigía Piglia para el Fondo de Cultura Económica y en un ensayo de Libertella sobre Piglia en La librería argentina. Ambos autores comparten, además, la característica de haber trabajado sus propias autobiografías en el frenesí de sus últimos años.

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Conocí a Ricardo Piglia cuando comenzó el proceso de corrección de Los diarios de Emilio Renzi. Ya los cientos de cuadernos de notas se habían convertido en un frondoso archivo de word transcrito por Luisa, su «musa mexicana», y las «series», como él las llamaba, ya habían sido planteadas. Una vez Ricardo me dijo que él había enfermado por culpa de la sintaxis argentina y me advirtió que las letras nacionales eran peligrosas.

Cuando el primer volumen de Los diarios de Emilio Renzi por fin llegó en una caja desde la editorial en Barcelona, Ricardo me confesó que sentía la misma alegría que sintió cuando recibió los ejemplares de su primer libro publicado. Más tarde tomamos el té con su amiga Francine, profesora de Berkeley, quien se refería a mí como «la última lectora». Por aquellos años leímos juntos las biografías verdes de papel de Biblia de la editorial Anagrama de autores como Nabokov y Duchamp. La de Proust, que a mí se me antojaba interminable como sus novelas. Una tarde hablamos largo y tendido acerca de ciertas inseguridades a la hora de escribir. Me pidió que le llevara más textos míos. No lo hice, pero ese día Piglia me dejó las siguientes indicaciones: escribiendo encontrás el tono y la historia. Tenés que usar ese tono elegíaco en tu narradora. Buscá un motivo para empezar a escribir; el pelo, la ropa, el barrio, da igual. La historia viene sola. No releas. Esto mejora.

Para Héctor Libertella, quien parecía obsesionado con tensar el lenguaje hasta vaciarlo de sentido, el sentido de la literatura estaba en «escribir para no decir. Ahí está el punto. Escribir para no ser político, no decir ni sí o no. Escribir para no ser aforístico, escribir para no darle ningún signo de sentido a la cosa», como le confesaría en alguno de sus tantos encuentros a la última persona que lo entrevistó, Ariel Idez, sentados (quizá), Strafacce mediante, en la mesa «presidencial» del mítico Varela Varelita.

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Leí a Mauro Libertella por primera vez hace muchos años, y ahora que estoy frente a él en un bar de Caballito, le digo que su novela, El invierno con mi generación, fue un buen retrato de nuestra adolescencia porteña de principios del 2000. En el libro se narra un episodio en el que los protagonistas se adjudican haber puesto de moda el adjetivo «alto» en el habla urbana porteña. Alta noche, alta casa, alta fiesta, para referirse a la calidad grandiosa del sustantivo al que antecede. Alta coimera, para hacer referencia a uno de los tantos episodios vergonzosos del actual gobierno argentino. Le confesé que alguna vez conté esta escena entre mis amigos de Barcelona, quienes de inmediato y desde entonces usan el adjetivo como un código íntimo y privado entre nosotros. Cada tanto en el chat alguien contesta a una foto vieja como un recuerdo con un «alta noche». Ahora el habla porteña también circula al otro lado del océano, improbable, entre un grupo variopinto de no tan jóvenes escritores de diferentes partes del mundo. En su novela, Mauro le adjudica el origen de este adjetivo a un texto de Borges, como no. Borges, el inventor de todas las palabras. Hace apenas unos días me enteré que uno de mis versos favoritos del rock nacional surge de una frase que una tarde Borges le dijo durante una entrevista a Mario Vargas Llosa: el lujo es vulgaridad.

Ahora leo por primera vez Mi libro enterrado, la novela que Mauro Libertella escribió sobre su padre Héctor. En paralelo también releo uno de mis libros argentinos favoritos, el de su madre, El libro de Tamar, de Tamara Kamenszain. No hay vez que lea este libro y no estalle de emoción por el logro literario que surgió de aquel amor literario entre Tamara y Héctor, un amor hecho de palabras, bolsones semánticos y alta literatura. Mauro me cuenta que una tarde, conversando con su madre sobre la obra de Piglia, ella concluyó que de haberse dedicado exclusivamente a escribir ensayos, «Piglia sería nuestro Roland Barthes».

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Tanto Piglia como Libertella (padre) escriben en sus textos autobiográficos acerca de sus primeros episodios de lectura. Piglia cuenta en Los diarios de Emilio Renzi que una tarde el niño Emilio, de apenas tres años, contemplaba un libro al revés en la puerta de su casa en Adrogué, cuando el supuesto Borges (siempre Borges) se acercó para corregir el sentido del libro. Así empieza la obra de su vida. Por otro lado, Libertella recuerda, en La arquitectura del fantasma, que de niño leía el diccionario de la casa familiar «casi como un misal», con la fe consagrada en encontrar respuestas.

Un libro viene a llenar los espacios vacíos. Los escritores recordamos con bastante detalle los episodios fundacionales de nuestras primeras lecturas y, por lo general, escribimos sobre ellos. Quizá sea ese el instante en el que nace el doppelgänger, nuestro narrador futuro. El momento exacto en el que ambos, yo narrativo y yo autoral, se escinden para quedar por siempre íntimamente unidos.

En su Arquitectura, Libertella desanda la idea del «otro» en la literatura y la psicología, intrigado, como todos, por el surgimiento de ese yo narrativo que se despliega con salvaje soltura dentro del escritor. Libertella encuentra consuelo en las palabras de Rimbaud: «yo es otro». No casualmente el narrador central de la obra de Piglia es Emilio Renzi, personaje al que también le regaló sus diarios sobre el final de su vida. Emilio Renzi es el segundo nombre y el segundo apellido del autor. En estos diarios se completa la operación máxima de la vida del escritor; la unificación de ese yo autoral y ese otro yo narrativo.

«Al imaginario literario, es posible imaginarlo, quién sabe, como la caja roja del escritor, allí donde están encerrados, pasado, sexo, biología, familia, inconsciente, moviendo sus pinzas como un cangrejo para apoderarse de lo que haya disponible en los yacimientos de la lengua», escribe Libertella. La propia vida; el material del que se sirve el escritor. Héctor Libertella habla aquí de la ausencia del origen que es, para mí, el origen del abismo del cual surge la escritura. El escritor escribe para rellenar los huecos que no le fueron dados, para reconstruir la información que le fue negada. La imaginación del escritor nace en respuesta a esa fractura de la memoria. Entonces, ¿cuál es la diferencia entre ficción y autoficción?

He aquí una posible respuesta de Libertella a la ridícula e insistente pregunta: «Voy sintiendo que no tengo derecho a intervenir en mi propia vida. Así que avanzo con la sensación de que otro escribe este libro por mí. (…) Ahora mi personaje puede vender su verdad como si fuera mentira». A propósito de la diferencia entre el yo narrativo y el yo autoral, es justamente el inquisitivo canon el que debería poder captar de inmediato esta sutileza de la literatura y olvidar los límites que se le imponen. Como se plantea Libertella: Apócrifo: dícese de dudar de la autenticidad de una obra, «yo oculto».

Yo, oculto.

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Libertella (padre) fue un escritor más bien hermético, a día de hoy indescifrable. En el prólogo a la edición de los tres editores de La arquitectura del fantasma, que casualmente se titula «El último escritor» (en un notorio guiño al mítico ensayo de Piglia), Ignacio Echevarría escribe que «hay un tipo de literatura reacia a toda comercialización, que interpela a una comunidad reducida: al lector cómplice, conjurado. Quizá en España Libertella también logre encontrar su grupo de acólitos». Aunque muchas veces impenetrable, la escritura de Héctor Libertella tiene el mérito de haber sido intensamente trabajada y reescrita, como si su literatura se tratase de un intrincando proceso de espesamiento. O como concluye Ariel Idez en “Crónica del instante”; Héctor buscaba incesante la piedra filosofal de su propia palabra: la que lograra que cada una de sus líneas contuviera, sustraída, a toda su obra.

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Fue el propio Ariel, último entrevistador de Libertella, quien le llevó al hospital, junto con Strafacce y Aira, los ejemplares de Diario de la rabia finalmente publicados por la editorial Beatriz Viterbo y recién salidos de la imprenta de la calle Viel. Al llegar los muchachos con la caja de libros en las manos, Libertella dijo gracioso: «Bueno, muchachos, me parece que esta es la despedida».

A propósito de la muerte, el joven Renzi/Piglia reflexiona en las primeras páginas de sus diarios, o acaso profetiza (no olvidemos que la sintaxis argentina es peligrosa), la sensación de aquellos años que habríamos de compartir juntos más adelante en el tiempo: «Supongo que nunca me detuve a pensar que estos días son en realidad lo que tengo y que daré cualquier cosa por ellos en el futuro. Soy inmortal, dado que tengo memoria y dejo testimonio. Ahora llueve y llueve».

El día que Ricardo falleció no llovía. Era un día caluroso de enero en Buenos Aires. Un día bastante amable de pleno verano en la ciudad. Camino a su casa, justo antes de doblar en la esquina de la calle Malabia, me pareció ver un colibrí. Esa mañana terminamos juntos el texto que le había encargado María Moreno para la inauguración del bar de la Biblioteca del Congreso que llevaría su nombre, un homenaje en vida. «Me tratan como si estuviese muerto», me dijo y se rió. Al parecer el humor al borde de la muerte era un rasgo compartido por ambos escritores. Será que la predisposición a la literatura lo va preparando a uno para una muerte sin demasiado dramatismo.

Vacilante, o acaso a modo de último reto, me preguntó en qué parte del texto colocaría un párrafo que le había quedado colgado y, tras mi sugerencia, me miró fijo a los ojos y me dijo: «Gracias. Cuando no puedas escribir acordate de mí, que así y todo sigo escribiendo. Dale, piba, que te dicto el final».

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Yo también me pongo retos para volver a mi ciudad todo lo que pueda. Decido, antes de subir al bólido que me llevará de vuelta a Madrid, que la próxima vez que venga a Buenos Aires, lo primero que haré será citarme con Diego en el Varela para pedir, por fin, un Pepe Bianco, sin dubitaciones de ningún tipo, con la seguridad de quien sabe perfectamente lo que está haciendo; hacer crecer en el tiempo una leyenda tabernaria.

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De noche y desde el avión, Buenos Aires es una sucesión infinita de luces cálidas y anaranjadas, muchas de ellas titilantes, adentrándose en la oscura espesura de un río quieto y misterioso. Mi río quieto y misterioso. Es una imagen dolorosamente bella la de irse, y extraordinariamente familiar la de llegar.

Llegar a Buenos Aires siempre es bueno; irse, no tanto.