
Pedro Mairal
Los nuevos
Destino
440 páginas
Pedro Mairal, que ha desarrollado una prolífica carrera como poeta, guionista, cronista, narrador (y músico, a ratos), ha vuelto a la novela nueve años después del éxito de La uruguaya. En esta ocasión, ha elegido a Destino como editorial: un sello reconocido por haber dado a la luz obras sobre el paso de la juventud a la vida adulta tan emblemáticas como Nada, de Carmen Laforet; Entre visillos, de Carmen Martín Gaite, o Primera memoria y Demonios familiares, de Ana María Matute.
El motivo se repite en Los nuevos, que desde el título alude a sus protagonistas: dos muchachos -Thiago y Bruno- y una chica -Pilar- de 18 a 19 años, inmersos en ese momento de la vida en que se “enloquece la brújula” (según palabras del propio autor) y, como consecuencia, se multiplican los conflictos por la imposibilidad de casar realidad y deseo. Hablamos, pues, de una novela de aprendizaje o formación (el conocido coming-of-age anglosajón), en la que el tránsito a la madurez no supone la integración de los personajes en la sociedad, como postulaban los modelos canónicos del género. Por el contrario, en este caso se denuncia una realidad signada por la hostilidad a las artes -hecho especialmente grave porque Thiago sueña con dedicarse a la escritura, Bruno a la música y Pili al cine- en la que los padres, además, se desentienden de sus hijos persiguiendo, ellos mismos, absurdos ensueños adolescentes.
Hay que destacar cómo el paso a la vida adulta es uno de los temas preferidos de Mairal, como ya vimos en el extraordinario cuento “Hoy temprano” (2001) y en su primera novela: Una noche con Sabrina Love (1998), road movie en la que el adolescente protagonista, premiado con la posibilidad de pasar una noche con su estrella porno favorita, realiza un trayecto desde su pueblo natal a Buenos Aires que le cambiará la vida. Este título, tan cercano a Los nuevos en fondo y forma, comienza a desarrollar un arquetipo masculino alejado del “macho alfa” que se repite en la obra del argentino: ahí está el cuarentón protagonista de La uruguaya y, asimismo, lo reflejan Thiago y Bruno en la obra que comentamos.
En esta ocasión, los personajes se muestran especialmente queribles a quien lee por su idealismo, fragilidad y las heridas abiertas que arrastran, lo que provoca que el argumento se debata entre la tristeza por las ilusiones perdidas y la ternura ante unos chicos que, como el título indica, son adorablemente bisoños: necesitados de empatía y cariño, como señala el peón que los defiende ante la policía calificándolos de “nuevos”. Como en toda educación sentimental que se precie, el trío se presenta con las emociones en carne viva pues, a pesar de pertenecer a la clase media alta, su vida no es fácil, sobreviviendo al desamparo familiar gracias a los viajes y a los descubrimientos afectivos y sexuales, como corresponde a esta etapa de la vida.
Para enfrentarse a la existencia adulta se refugian en la amistad, formando una especie de familia alternativa; tan compenetrada, que su recuerdo hace exclamar a la Pili adulta: “Extraño mucho ese cerebro colectivo. El pensar de a tres. Nuestras ideas rebotaban fuerte entre nosotros”. Del mismo modo, los une la música: una experiencia fundamental en las novelas sobre adolescentes, como ha mostrado recientemente Antonio López Ortega en la monumental Los oyentes (2023). Así, constituirán la banda “Hijos únicos”, tres de cuyas canciones podremos oír recurriendo a un QR colocado al final de la novela. Esta experiencia multimedia sirve de hermoso e inesperado colofón a la obra, pues contribuye al conocimiento de la subjetividad de los jóvenes gracias al oficio de Mairal como compositor e intérprete, junto a su grupo, de las canciones.
Para retratar a los muchachos, el escritor hace gala de los mejores recursos de su taller literario: un excelente ritmo narrativo, unos diálogos agudos y, especialmente, una sabia dosificación de los silencios narrativos. A ello contribuye, asimismo, la estructura de la obra, articulada en cuatro partes bien definidas; las tres primeras pueden leerse como nouvelles de final autoconclusivo -Mairal es amante de las distancias cortas-, que dialogan entre sí y en las que exploramos las vidas de Thiago, contada por él mismo en primera persona; Bruno, en tercera; y Pilar: en este caso, se alternan las voces de Thiago y la chica en un interesante juego narrativo plagado de guiños metaficcionales, lo que provoca que la narración no fiable se convierta en protagonista. Finalmente, en la cuarta sección los muchachos se encuentran por un breve periodo de tiempo para seguir, después, con sus respectivas vidas.
“Bandera de los veranos” está dedicado a Thiago, hijo de divorciados de carácter explosivo que, por su periplo personal -conocemos su historia mientras permanece encerrado en un psiquiátrico-, se encuentra en esa peligrosa zona en que los jóvenes pueden perder el rumbo para siempre. Como denuncia él mismo, “cuando vos sos loco, todo el mundo respira aliviado”. En retrospecciones narrativas destinadas a explicar el accidente que lo llevó a ser internado -él se niega a verbalizar el asunto-, conocemos la ira que acumula por la reciente muerte de su madre y su obligación a viajar en verano a un balneario –“toldería chill out”, lo llama con ironía-, donde su padre y madrastra juegan al hippismo acompañados de Vini, el hermanastro de Thiago y única persona de la familia por la que el chico manifiesta cariño. Por todo lo dicho -el amor al hermano pequeño y la reclusión en el sanatorio mental-, resulta evidente que su periplo homenajea al Holden Caulfield de El guardián entre el centeno. Y, como él, muestra su enfado al descubrir la enorme grieta existente entre su manera de ver el mundo y la falsedad que lo rodea. Si a esto se le añade su confusa orientación sexual -de nuevo, algo propio de la época adolescente-, nos situamos ante el cóctel que llevó a definir a toda una generación, por ejemplo, como “Angry Young Men” o “Rebeldes sin causa”.
Solo su relación con Aguirre, un hombre de campo al que conoce en el balneario y que le enseña a trabajar con los animales y realizar manualidades, lo salva de la angustia: acá, sin duda, se homenajea a Don Segundo Sombra (1926), el gaucho que enseña a vivir a Fabio Cáceres en la canónica novela de Ricardo Güiraldes. Debe destacarse tanto la potencia de este personaje secundario como la de la abuela ludópata y vitalísima de Pilar, que dan fe de la capacidad de Mairal para retratar mundos a partir de voces, a veces, apenas esbozadas.
“My name is Bruno”, segunda parte de Los nuevos y la preferida de quien suscribe estas líneas, nos traslada del ardiente verano argentino al “invierno que aísla y oxida” en Wisconsin. En este caso conocemos a Bruno: un chico romántico, reflexivo y solitario, angustiado por su sobrepeso y obligado por la madre a estudiar Economía lejos de su tierra, aunque su pasión sea la música. Por él, nos enteramos de que la novela se fecha en el Mundial de Qatar de 2022 -Mairal ha querido hablar de una adolescencia atemporal, lo llevó a acercar la trama a nuestra época- y conocemos las dulzuras y sinsabores asociados a la experiencia del primer amor. También, sabemos del racismo que puede sufrir un joven latinoamericano en un campus extranjero; sobre todo cuando este, como el Silvio Astier de El juguete rabioso (1926), ingresa a un humillante mundo laboral. Así se aprecia en la siguiente declaración, dedicada por Bruno a la madre y que da buena cuenta del sabroso registro oral manejado en la obra: “Hija de puta, te cuento que tu futuro CEO de megaempresa está limpiando baños, echándole lavandina a tus expectativas delirantes, por mí estás helada, congelada, detenida en el hielo del planeta. Ya no tengo que escuchar tu voz diciendo qué cosas no puedo comer, para vos está prohibido ser gordo, gordo nunca”.
Por su parte “Las mudanzas”, tercera parte de la novela, sigue las idas y venidas de Pilar, huérfana de padre desde niña y, posiblemente, el personaje más enfrentado a la madre, que se fue a Barcelona con una nueva pareja y la dejó a cargo de la abuela. La chica, presionada por una progenitora que la quiere obligar a mudarse a España como sea, enfrenta sucesivos traslados que la obligan a vivir de un modo cada vez más precario, mientras explica lo que sucede a su alrededor y se enfrenta a su propia inestabilidad emocional. Es ella el personaje que mejor pone el foco sobre la vida de sus amigos, demostrando lo que cantó My Chemical Romance en la extraordinaria canción glam punk “Teenagers”: “Teenagers, scared of their changing skin”.
En definitiva, Los nuevos resulta una más que recomendable novela que, siguiendo la estela de libros de iniciación paradigmáticos como Los cachorros (1967), se descubre como una sátira tragicómica de nuestra sociedad gracias a la exposición del punto de vista de sus lúcidos protagonistas: no se la pierdan.