Santiago H. Amigorena
Una infancia lacónica
Random House
144 páginas
POR JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

Entre la cada vez más abundante hojarasca de las mesas de novedades que ahogan a los libreros y fatigan sus fuerzas supone cierto júbilo encontrarse con obras que van a contracorriente del mercado y nos devuelven la confianza en el sistema editorial. Libros difíciles, como éste, no porque su lectura sea compleja (aunque tampoco es sencilla): más bien porque no se parecen a nada que uno haya leído antes.

De Santiago H. Amigorena, escritor argentino nacido en 1962 pero residente en Francia desde los 11 años, país del que ha adoptado la lengua para escribir, no había leído nada. Un vistazo provisional a las redes nos arroja una biografía interesante: carnaza para los degustadores de cotilleos (fue pareja de dos célebres actrices); premios; dos carreras paralelas, centradas en la literatura y en el cine (donde figura acreditado como director, guionista y productor)… En España se han traducido otras tres obras: Aquellos días que no olvidaré, El gueto interior y Mis últimas palabras.

Una infancia lacónica traza los primeros años de su vida zafándose de la habitual estructura en libros de esta índole. Estamos ante una obra sobre explicarse a sí mismo, sobre el calado filosófico que permea la idea de abandonar la oralidad durante años, a partir del traslado a París, tras haber vivido con su familia en Buenos Aires y luego en Montevideo. Amigorena se convirtió en un niño casi mudo, o silencioso, adoptando el mutismo como refugio y condena. Y para adaptarse eligió escribir: la exploración de la palabra mediante un idioma que no era el suyo: “Mi vida ha sido simple: nunca he hablado, siempre he escrito. Hasta hace unos años, para mí la escritura era el único medio con que aspirar a ser capaz de expresarme”.

Uno siempre debería aferrarse a las palabras y, si no las pronuncia, al menos tiene que pensarlas y escribirlas. Truman Capote decía que, cuando Dios nos daba un don, también nos entregaba un látigo. De la lectura de estas raras y provechosas memorias se desprende que ese don literario también se convirtió poco a poco en su flagelo: “Escribo para no escribir más”, confiesa en la página 139, como si fuera uno de esos personajes extraviados del universo de Enrique Vila-Matas. Él mismo, al principio, se retrata así: un individuo que nunca quiso escribir.

La obra se divide en tres partes:

“Al lector” sirve de introito y nos sitúa en el momento en que comienza a escribir el volumen que tenemos en las manos: con 30 años y habitante de París.

Le sigue “La primera pesadilla”, donde se remonta a sus antepasados, a la crónica de hombres que colonizaban tierras, en una época en la que él aún no había nacido… El abuelo venido de Europa. “El pasado corsario del primer Amigorena registrado en la historia argentina”. Los crímenes contra los indígenas. Las anécdotas de sus tatarabuelos. Los amoríos. Las raíces vascas y judías. La emigración. El arraigo y el desarraigo. Todo eso va sentando las bases de lo que será su vida. Como si dijera: para saber quién soy yo, debemos explorar primero a mis ancestros. Y luego la infancia en la que aletea su recuerdo inicial, una pesadilla: “Me esforcé por dar con la primera pesadilla, y esa búsqueda incesante a menudo me condujo a otras pesadillas que me habían aterrorizado de niño”.

Tras ese rastreo de su memoria en pos de ese mal sueño recuperado como primer recuerdo nítido, la parte tres, “La primera carta”, se convierte en otra obsesión: hablarnos de la misiva que le escribió con 6 años a su tía emigrada a Londres. En esta sección Amigorena nos desvela que durante un tiempo guardó y coleccionó sus uñas cortadas, y que entonces escribía mucho, pero tratando sus textos de forma despreciativa: “[…] concebía mis escritos como desperdicios aún más sucios que mis uñas y que no merecían ser colocados, como ellas, en un bote cualquiera”. Esa carta brevísima fue el único texto que logró encontrar de antaño.

Con el primer recuerdo llega la conciencia de uno mismo y de la existencia y con esto la memoria, ancla imprescindible. Con la primera carta sobreviene la certeza del mutismo y la escritura como razón social para aceptar (y que los demás lo entiendan) que se trata de un niño que no habla, pero que al menos escribe y así podrá callar sin enloquecer. “La constatación es triste pero irrevocable: para librarme del silencio, un día u otro tendré que abandonar el Lenguaje”, sentencia y nos sobrecoge.