POR NICOLÁS G. BOTERO

Un año después de retirarle la palabra a mi padre, por motivos que no vendrán al caso, una profesora de Poesía Áurea en Barcelona me recomendó No sufrir compañía. Me acerqué a ella al final de una clase porque necesitaba bibliografía sobre el silencio. Tenía el propósito de escribir acerca de la obra de Idea Vilariño, del proceso de despojamiento de la palabra y de la concisión de su poética, cada vez más sustancial y seca hacia el final de su vida, menos dada a la elaboración de melodías tristes y dolorosas que a la búsqueda de sonidos nihilistas.
No sufrir compañía: la profesora me había recomendado una selección de prosas místicas castellanas de los siglos XVI y XVII, encabezada por un ensayo sobre el silencio, firmado por un escritor navarro a quien yo desconocía tanto como a los que él mismo incluyó en la antología publicada por Acantilado en 2010. El único que había leído –de manera superficial, adelantándome en el programa de la asignatura– era Juan de la Cruz, de cuyos versos provenía el título tan sugerente del ensayo. En octubre de 2019, influenciado por Idea Vilariño, yo también quería zafarme y no saber nada de casi nadie; aunque no perdía de vista que el camino de la poeta uruguaya –la persecución obsesiva del ritmo y las fugas del lenguaje– se había truncado y, en lugar de alcanzar el silencio que restaña, acabó dando pistoletazos solipsistas en medio de la nada.
Esa noche, en una asociación cannábica del Carrer del Carme, rodeado por el ruido de turistas y migrantes, abrí No sufrir compañía y no fui capaz de pasar del primer párrafo: lo leí una y otra vez, suspendido en un estado mental que temía que fuera a interrumpir el punto y aparte. La voz pensante estaba desbrozando el inicio de un camino oculto por la maleza de ideas pesimistas:
“Hay un silencio que procede del desacuerdo con el mundo, y otro silencio que es el mundo mismo. Tomados en su significado más hondo, ambos constituyen una forma de audición, un fijar el oído a la consciencia para discernir qué nos escinde de cuanto nos rodea, qué nos separa de lo que somos. Este frágil sentido de la unidad, paradójicamente, es el que conforma al individuo, in-dividuus, «indivisible», temeroso ante el hecho de convertirse en cómplice de su propia disolución: el silencio, la no presencia de lenguaje, deja la identidad en vilo. Sin embargo, estar callado, y que las cosas callen, facilita escuchar lo que entendemos por origen, principio, momento anterior al primer giro de la Tierra que nos implicó en el devenir”.
Más que una desintegración, lo que Ramón Andrés proponía era un nacimiento constante. Al día siguiente terminé de leer el ensayo, pero dejé de lado la selección de escritos de Juan de la Cruz y compañía. Me urgía saber quién era el autor de esta prosa. Después de una consulta rápida por internet –vi un par de entrevistas y escuché su voz todavía afinada por los cantos medievales y renacentistas de la juventud– salí disparado a la Central del Raval, donde tenían un ejemplar de su poesía reunida y aforismos que me esforcé en leer lentamente –el primer libro se titula Siempre génesis (2013-2015)–, mientras refrenaba la curiosidad por abarcar de una vez la obra suya que estaba disponible. Era claro que leer a Ramón Andrés implicaba entrar en un diálogo con tantas voces –los filósofos presocráticos, Lucrecio, Plutarco, Montaigne, Nietzsche, Heidegger, Giorgio Colli, Juan de la Cruz, Whitman, Claudio Rodríguez, Rilke, Trakl– e imágenes de artistas –su relación con la pintura es tan estrecha como la que tiene con la música y la escritura– a los que yo todavía no les había dedicado atención, subyugado como estaba por la lectura de novelas, convencido de que tenía que darle toda mi energía a Kafka, Proust, Faulkner, Onetti, Bernhard, Rulfo y Arlt si alguna vez quería escribir algo de valor.
En ese punto de la vida, es decir, a los veintinueve años, en plena pandemia, cuando me había visto obligado a regresar a un trabajo ilegal en un bosque oscuro de la Toscana, confundido por los vanos espejismos del mundo literario, la profesora de Poesía Áurea –por motivos que tampoco vendrán al caso– se dio cuenta de que yo estaba a punto de desbarrancarme y le pidió a Ramón Andrés –ella lo conocía muy bien, pero lo ocultó por un tiempo– que me estirara la mano. Era septiembre de 2020, Filosofía y consuelo de la música recién había llegado a las librerías y yo estaba consagrado a su lectura, pese a que me faltaban no sólo las fuerzas y los ánimos sino, más que nada, los conocimientos para enfrentar la vasta sabiduría de este ensayo. No obstante, a mí no me importaba no comprenderlo a fondo, lo único que necesitaba era que la voz de este escritor entrara en mi conciencia y me sacara de los circuitos automáticos de la depresión y la ansiedad. Cada tanto abría Semper Dolens (Historia del suicidio en Occidente) y leía aquel otro gran inicio. Copio el segundo párrafo y una parte del tercero:
“Poner fin al dolor, bien sea moral o físico, acabar con el aislamiento, dar por concluido un camino dominado por la precariedad y lo adverso, no soportar el abandono, la injusticia, la vergüenza, el acoso, sucumbir al miedo atenazador de una guerra o de una epidemia, la confirmación de un diagnóstico temido, la incapacidad de asumir una pérdida familiar, haber sido violado, no tolerar la indiferencia ajena, el honor ofendido, sentirse excluido del mundo, verse cercado por el tedio, morir por venganza, decidir sin saber en el fondo la razón por la que se desea desaparecer, el inmotivado adiós, son situaciones, entre otras, que conducen a conjeturar la existencia.
Es erróneo pretender, como así lo sugiere una significativa parte de la medicina psiquiátrica de las últimas décadas, que el noventa por ciento de los suicidios cuenta con una base patológica. Sería inocente dar por buena esta propuesta. Aceptándolo, no haríamos más que evidenciar un tenue conocimiento de nuestra condición, manifestar la ignorancia de la compleja trama de la realidad, de matiz incontable”.
Una mañana me llegó un correo electrónico de Ramón Andrés y, a la tarde siguiente (él desde su refugio en el Valle del Baztán) conversamos durante casi dos horas en una videollamada que fue tanto el conjuro del miedo a la vida –también vale decir a la muerte– como la inauguración de una de las amistades más significativas que me ha deparado la literatura. Lo primero que dijo al ver mi imagen en la pantalla bastó para que yo naciera otra vez:
–Nicolás, permíteme que te lo diga, pero tú no sabes cuánto te pareces a mi hijo.