POR HERNÁN RONSINO

Hay autores que sobreviven a su tiempo y otros que, si bien dejan una obra potente y desafiante, son cercados, minuciosamente, por el olvido.
Juan Martini nació en Rosario, Argentina, en 1944. Vivió en Buenos Aires y en Barcelona; fue editor de Bruguera, de Alfaguara; publicó a Onetti, a Cortázar, y, como parte de la misma generación de Saer y Piglia con quienes tuvo una amistad y reconocían su obra, dejó más de veinte libros publicados entre fines de los años sesenta y el 2011. Murió en Buenos Aires en 2019.
La primera vez que supe de Juan Martini fue en el verano de 1997. Estaba pasando unos días en la playa en Mar del Plata y en una librería de la peatonal me encontré con un ejemplar de La máquina de escribir. Me llamaron la atención dos cosas: la ilustración de la portada de la edición de Seix Barral – un cuadro de George Groz, unos tipos tomando cerveza en alguna cantina – y el comienzo de la novela. Las primeras líneas dicen así: «El dueño del bar es un alemán de dientes rotos y brazos largos. La hija del dueño del bar es la flor del pantano, una criatura tan dulce y bella como un ángel, y más consistente que un ángel, más carnal, por ejemplo, que un ángel».
Había algo en ese modo que me conmovió. No lo tenía muy claro cuando lo leí al pasar en la librería. Lo fui comprendiendo con el tiempo, que eso que me había pasado era una especie de sacudimiento provocado por la escritura, por el ritmo, por el uso de las palabras.
Ese día se puso a llover y no había forma de ir a la playa. Me quedé en el hotel leyendo a Martini. Fue una experiencia inolvidable. Me leí de un tirón más de la mitad de la novela. Una novela que habla del fin del milenio, en un lugar impreciso: puede ser el delta argentino o alguna zona europea. Hay obreros de distintas nacionalidades, construyen una autopista; hay un escritor llamado Onetti que no para de escribir en una de las mesas del fondo del bar de Strauss. Tiene los ojos desviados. Hay algo allí en la mirada que se vuelve un elemento fundamental en toda la obra de Martini. Allí, en esa mirada, se modela una estética contundente. «Cuando alguien -un fisgón, un holandés o un lunático- pregunta de cuando en cuando quién es ese tipo que no para de teclear allá en el fondo, el ruso dice: Un desalmado».
El escritor Jorge Consiglio plantea en la siguiente anécdota una reflexión que pone el énfasis en la importancia que tiene para Martini la mirada como herramienta narrativa. «Una mañana, a las siete y media, recibí una llamada de Juan Martini. Lo habían operado de los ojos y estaba completamente emocionado por la restitución de la nitidez. «Puedo ver. Puedo ver bien», repetía, y se le quebraba la voz. La escena, sencilla en apariencia, se relaciona con un aspecto clave de su narrativa: la mirada como herramienta crítica y, al mismo tiempo, como gatillo narrativo. La observación funciona como dispositivo de lectura del mundo. Martini construye ese enfoque con una precisión casi clínica; la utiliza para aislar comportamientos, para captar la deriva de un personaje o el matiz moral de una situación».
Mi fascinación por su escritura me llevó a leer casi todo lo que había publicado hasta ese momento. El cerco, La vida entera, La máquina de escribir y Puerto apache siento que son sus grandes novelas o, mejor, mis preferidas. Cada una de ellas, como plantea Liliana Tozzi en su ensayo crítico sobre la obra de Martini, funciona como bisagras o puntos de giro. El paso de un género a otro. La escritura como una forma de exploración y de reinvención.
Cuando supe que daba talleres de escritura, traté de comunicarme con él. Era el año 2000. Yo trabajaba en una panadería en el barrio de San Cristóbal. Tenía un libro de cuentos terminado y no sabía muy bien qué hacer con eso. Martini me propuso, antes de tomarme en su taller, una entrevista. Lo visité en su casa frente al Botánico. Cuando abrió la puerta lo primero que hizo fue achinar los ojos, para hacer zoom en los detalles. Por eso yo pensé de inmediato en una escena de El autor intelectual: «Una novela se escribe con la mirada», dice un personaje.
Además de la mirada –que funciona como una viga que sostiene todo el andamiaje de su obra– hay figuras y elementos que reaparecen de un modo obsesivo: Sartre, la película Casablanca, Eva Perón. De hecho, le dedica sus últimas tres novelas (la trilogía Cine) a pensar la figura de Eva Perón. En esas últimas novelas aparece un vínculo especial con Buenos Aires, con Palermo. Las caminatas, el disfrute de la comida. Leonora Djament, su editora en Eterna Cadencia, lo recuerda así: «Tuve la fortuna de trabajar con Juan Martini a lo largo de muchos años. Fue mi primer jefe en el mundo editorial allá por los 90 en Alfaguara, cuando él era director editorial y me contrató para trabajar como responsable de prensa. Años más tarde tuve la alegría de ser su editora y publicar muchos de sus libros de cuentos y novelas, primero en editorial Norma y después en Eterna Cadencia. De los fideos De Cecco con aceite de oliva en Pompeya a las milanesas en Palermo, los almuerzos con Juan fueron siempre la excusa perfecta para tener largas conversaciones sobre literatura, lecturas y proyectos. Un lujo que siempre voy a recordar».
Si Buenos Aires se instala como paisaje en los últimos libros, hay otro espacio que reaparece de un modo explicito o transfigurado: Rosario y el río Paraná que enhebra, como decía Saer, una zona literaria. Martini, de algún modo, reversiona ese río. De forma distinta a como lo hace Saer. Pero ese río se oye en su escritura. Se oyen el río y los personajes marginales que lo rodean.
La marginalidad, como lo trabaja Liliana Tozzi en su ensayo, insiste en la escritura de Martini. Y en cada retorno muestra un girón de la historia argentina. Por ejemplo, en La vida entera, la novela de 1981, celebrada por Cortázar («leerla fue como soñarla»), hay un territorio marginal que funciona como un anticipo en clave onírica de lo que va a modelar veinte años después, de un modo más realista, en Puerto apache, la novela de la crisis del 2001. Puerto apache es una villa que se levanta frente a uno de los barrios más ricos de Buenos Aires. Cuando se ingresa a la villa, se puede leer un cartel que dice: «Somos un problema del siglo XXI».
A partir de este vínculo con la historia argentina, Leonora Djament sostiene «que cada uno de sus libros es un artefacto que interroga la sociedad que le tocó vivir, al tiempo que revisa el pasado y pone en tensión los géneros y procedimientos literarios heredados».
En ese sentido, Liliana Tozzi plantea que «tal vez, Martini se constituya en uno de los referentes casi secretos de la literatura argentina; recoge la tradición, la reformula en un diálogo agudo con la historia para proyectar miradas anticipatorias sobre un futuro que no está tan lejano ni es tan especulativo en estos tiempos tumultuosos. “La literatura será política o no será”. De alguna manera, Martini lo dijo».