«En sus dos obras posteriores, Informe sobre ectoplasma animal (2014) y La telepatía nacional (2020), donde como los propios títulos indican explora las apariciones fantasmagóricas de animales muertos y la comunicación telepática, está igual de logrado: Roque escribe sobre lo extraño con una naturalidad fascinante, no teme utilizar las palabras, el lector nota que se lo ha pasado bien, que ha puesto atención total en cómo formular las cosas, en el cómo en general»

POR LAURA CHIVITE

Roque Larraquy. Fotografía cedida por el autor.

Ahora sabemos muchísimas cosas. Sabemos, por ejemplo, que si le cortamos la cabeza a alguien, esa cabeza decapitada no va a revelarnos ningún secreto sobre el más allá, ni ningún secreto en general. Podemos decir que tenemos seguridad o casi seguridad en ello. Sabemos que la frenología fue una pseudociencia bastante disparatada y errónea que proponía premisas que ahora nos suenan absurdas. Y sabemos también que, nos guste o no, y en muchos casos lamentablemente, todos venimos del mismo simio.

Pero no siempre fue así. No siempre supimos todas estas cosas. Y Roque Larraquy echa la vista atrás ahí, a un tiempo de experimentación y esperanza científica. Se traslada, nos traslada, a un sanatorio argentino de principios del siglo XX, el sanatorio Temperley, con un nombre que recuerda a la icónica y misteriosa mansión ficticia Manderley, de Hitchcock. Un sanatorio de la periferia de Buenos Aires donde una serie de médicos de los que ahora no cuesta reírse conviven con enfermos, mantienen diálogos en ocasiones delirantes y tienen fantasías de todo tipo: eróticas, científicas, suicidas, heroicas, etc.

La comemadre es una novela genial, en todos los sentidos de la palabra. Aunque, en realidad, creo, todos los sentidos de la palabra genial son bastante parecidos. Hay tantas cosas que analizar en ella, tantas capas en las que sumergirse, que una siente el impulso casi siempre fracasado de desgranarla e intentar abordar cada una. Porque la obra funciona por sí sola, como todas las buenas obras, y no hay nada mejor que leerla a ciegas e irte sorprendiendo por todos los giros y cambios que da, tanto lingüísticos como argumentales. Y después cerrarla, irte a dar un paseo, pensar en lo que has leído, en lo bien que te lo has pasado, en lo bien escrita que está, recomendársela a una amiga y no tener ninguna otra pretensión.

Así que, a riesgo de fastidiarla y cometer el pecado en el que a menudo cae la crítica literaria de descomponer lo que no hace falta que sea descompuesto, voy a hacer una lectura personal de ella, huyendo lo máximo posible de lo academicista. Huyendo de lo academicista, dicho sea de paso, no por decisión propia, sino por absoluta incapacidad.

Empiezo por lo que, para mí, es lo mejor de la novela: el tono. Larraquy consigue mantener el mismo tono medido durante las dos partes de la novela, por muy diferentes que estas sean entre sí. Un tono que tiene una sonrisilla amarga y maligna, y que le permite construir tramas en donde lo violento convive con el humor, y el humor con un lenguaje preciso y clínico, donde a veces se cuela lo poético, y luego esto se desplaza a la primera década de los dosmil y sigue igual, hablando de arte, tesis doctorales, la figura del doble y los primeros amores, pero igual. Un tono que nos dice: «Quédate aquí y espera a ver qué ocurre a continuación, pásalo bien, yo voy a hacer lo que me dé la gana. Está todo controlado. Si no te ríes es tu culpa. Si no lo pillas es tu culpa. O quizás es que no hay nada que pillar. Ni nada de lo que reírse. Tal vez esto es lo que hay y punto».

¿Qué decían Barthes, Bajtín y Sontag sobre el tono literario? No importa, no voy a buscarlo, eso sería contradecirme respecto a lo que he dicho en el párrafo anterior, pero aludo a ellos brevemente porque sí que ponían al tono, esa cosa tan difícil de determinar y tan difícil de conseguir, en el centro mismo de la cuestión literaria, de la calidad literaria. En sus dos obras posteriores, Informe sobre ectoplasma animal (2014) y La telepatía nacional (2020), donde como los propios títulos indican explora las apariciones fantasmagóricas de animales muertos y la comunicación telepática, está igual de logrado: Roque escribe sobre lo extraño con una naturalidad fascinante, no teme utilizar las palabras, el lector nota que se lo ha pasado bien, que ha puesto atención total en cómo formular las cosas, en el cómo en general.

En cuanto a la estructura, como decía, está dividida en dos partes: en la primera, nos encontramos a principios del siglo pasado en el ya mencionado sanatorio Temperlay, y un equipo de médicos, entre los que se encuentran el narrador en primera persona Quintana, Sisman, Gurian, Papini, Gigena y Ledesma, empiezan un experimento promovido por Mr. Allomby, en el que engañan a una serie de enfermos de cáncer de todo el país dándoles un falso suero curativo que siempre fracasa porque está compuesto por agua, y logran entonces, una vez que les dicen que van a morir irremediablemente, convencerles para que les entreguen sus cabezas y así poder comprobar sus sospechas de que estas, las cabezas, en los nueve segundos posteriores a la muerte por decapitación, pueden hablar.

Empiezan a competir entre unos y otros para ver quién consigue más «donantes», y se dan una serie de escenas cómicamente bizarras en las que no sabemos muy bien qué esperar. Me gusta mucho la caricatura que hace de los médicos del sanatorio, profesionales ingenuos, con ese aire de oligarcas llenos de prejuicios y patetismo, que sacan provecho de su poder porque, claro, lo tienen: «La mayoría se deja convencer porque intuye un desafío científico argentino de dimensión mundial, y en esta efusión de patriotismo entregan su cuerpo. El clima de gesta favorece el sí fácil».

En la segunda parte, en la que en cierto momento se repite eso de «el clima de gesta favorece el sí fácil», da un salto a 2009 y el tipo de narrador también cambia: se trata de un artista que le escribe una carta a Linda Carter, una estudiante de Yale, homónima de la actriz Lynda Carter, que está haciendo una tesis doctoral sobre él, de modo que todo el relato está construido a través de ese intercambio epistolar unidireccional donde él le matiza a ella todos los cambios que haría en la tesis sobre él que asumimos que ha leído previamente. Despliega aquí una narración sobre su propia vida, y le confiesa una serie de recuerdos de infancia, adolescencia y primera juventud que sorprende que alguien le cuente a una relativa desconocida. La historia no hace sino crecer, y lo que creemos que va a ser la vida de un genio de la pintura acaba convirtiéndose en otra cosa diferente, y después en otra diferente, y así.

Por un momento, una se pregunta qué demonios tiene que ver la primera parte con la segunda, qué clase de juego es ese, y poco a poco vamos encontrando paralelismos en detalles sutiles como unas ranas de metal que sirven como juguete para ciegos, eventos en el Palais de Glace con un siglo de diferencia, el viaje del cinematógrafo al registro fílmico, el pato cartesiano y el pathos cartesiano, el Sanatorio Temperlay de nuevo, hormigas haciendo círculos en la pared y el personaje de Sebastián, que se deduce (o no) que es el bisnieto de Quintana, el narrador de la primera parte, etc.

Pero, lo que en realidad las conecta, no son tanto esos detalles casi anecdóticos, sino toda la historia argentina del siglo XX, contada sutilmente a través de esas historias, los cambios epistemológicos, ontológicos, científicos y políticos que se dieron en todo el siglo, la violencia como algo no solo clandestino sino institucional. Tal vez, de hecho, como algo sobre todo institucional.

Y el cuerpo como experimento. Sí, esto también cruza trasversalmente toda la obra: el cuerpo, en la primera parte, como material y objeto médico. El cuerpo, en la segunda parte, como recurso artístico, como espectáculo, como objeto estético. En las dos partes, como una indagación en esa fascinación perversa, trasnacional y transtemporal por el cuerpo diseccionado, por las mutaciones que pueden hacerse en él, por todas las posibilidades que alberga.

Y los puentes que traza, la manera en la que habla de todos estos temas en escenarios tan diferentes, con personajes tan diferentes, resulta cómica en sí misma. Y respecto a este humor ácido de La comemadre que vengo mencionando, me viene a la cabeza lo que decía David Foster Wallace sobre el humor en Kafka en aquel ensayo de Hablemos de langostas: «No es que los estudiantes no “pillen” el humor de Kafka, sino que les hemos enseñado a ver el humor como algo que se pilla, de la misma forma que les enseñamos que el “yo” es algo que se tiene sin más. No es de extrañar que no puedan apreciar el chiste que hay en el centro mismo de Kafka: que la horrible pugna por establecer un “yo” humano resulta en un “yo” cuya humanidad es inseparable de esa pugna horrible».

A menudo, esos «yoes» que construye Larraquy en sus narrativas, son racistas, misóginos, clasistas y, por qué no decirlo, estúpidos. O sea, que, en general, cumplen todas las casillas que conforman el pensamiento de un liberal conservador. Son, en muchos aspectos, personas horribles. Por eso mismo, en un primer acercamiento, esto puede resultar chocante, cuando el lector aún no es consciente de la crítica que hay detrás. Por ejemplo, en esta tercera y última relectura que hice de La comemadre, en realidad no lo leí, sino que le pedí a mi pareja que me lo leyera en voz alta: quería escuchar la cadencia de las frases, el modo en que me interpretaba esos diálogos tan buenos, la manera en la que, tumbada yo en la cama con los ojos cerrados, ella leía: «Enciendo un cigarrillo con el fuego de la pared. El mejor gesto estudiado que hago en mi vida. No se lo dedico a nadie, es para mí». Al comienzo de la lectura del libro, me gustaban las pausas que hacía en las primeras páginas al leer ciertas cosas en boca de los médicos, y yo me imaginaba su cara de desconcierto, me reía y le decía: «sigue, sigue, confía».

Me parece muy interesante y necesario, precisamente en esta época en la que tantas veces se confunde el «yo» literario con el «yo» real, ponernos en la piel del adversario. Como el propio escritor argentino dijo: «En estas tres novelas, los liberales conservadores, las derechas, los fascismos, aparecen en entornos íntimos donde sus voces se expresan sin restricción. Para mí, es como robarle al adversario ideológico sus charlas con amigos o familiares y hacerlas públicas.»

Y luego está el amor, otro tema que está presente en toda la novela. Como hay tantas historias, tantos temas, tramas y subtramas, al cerrar el libro una puede no darse cuenta de que, entre guillotinas, museos, patos y burdeles, sobresale el amor en muchas formas diferentes. Desde la primera frase, vemos a un Quintana enamorado de Menéndez, la jefa de enfermeras, y este enamoramiento platónico y frustrado se mantiene durante toda la primera parte. Atendemos al flujo del pensamiento de un médico obsesionado con una enfermera, que la observa, la analiza, busca la manera de acercarse a ella, lo intenta, fracasa, lo intenta de nuevo: «La miro cuanto puedo para encontrarle un gesto doméstico, un secreto, una imperfección».

A su vez, su compañero de trabajo, Papini, el cítrico Papini, también está enamorado de Menéndez, e intenta lo mismo que él, y fracasa igualmente. Y a un tercer personaje, el inglés y poderoso Mr. Allomby, le ocurre lo mismo con ella. Una mujer, un personaje que, por otro lado, se mantiene impasible, neutral, serio, fumando su cigarrillo diario con un gesto que podríamos imaginar de hartazgo.

Como decía, todos tratan de conquistarla, y se da un momento muy cómico en una pista de patinaje sobre hielo, cuando el inglés se le declara, ella ni siquiera lo mira y el narrador dice: «Mr. Allomby entiende que está arrodillado en el hielo, arruinando sus pantalones, que su cara está roja, que la postergación de la respuesta podría durar forever, y que esto se hablará a sus espaldas hasta que al menos se suicide».

Otro de los médicos, Sisman, mantiene un romance secreto con una paciente, Silvia, la «irreductible loca» que tiene alucinaciones con moscas que le sobrevuelan. Primero ella muere guillotinada, y más tarde, él, en un acto suicida un poco shakespeariano, muere también del mismo modo. Así que en toda esta primera parte encontramos esta subtrama de comedia de enredos, de lío de faldas, que combina muy bien con todo lo que está ocurriendo paralelamente en el sanatorio.

En la segunda parte, el tipo de amor que muestra es diferente, pero igual de extraño. El narrador cuenta su adolescencia, en la que se siente solo y empieza a advertir que, por particularidades de su físico, nadie va a quererle nunca. (¿Quién no ha pensado, por otro lado, en algún momento de la adolescencia, que nadie jamás iba a quererle nunca, que era humanamente imposible que nadie fuera a quererle?). Decide entonces ir a buscar el amor a un burdel, y ahí conoce a Sebastián, un flaco encorvado que lo elige y con el que vive un amor. Descubre el sexo con él y, en tres días, se enamora. Después desaparece, y luego reaparece, y, de nuevo, así.

«Sebastián se toma muy a la ligera el relato de mi infancia; yo quiero venderle una tragedia, él compra un vodevil y se parte de risa. Se lo cuento dos veces y se parte de risa», me parece que esta frase que encontramos casi al final de la novela recoge, en cierto modo, toda la esencia de la misma.

En conclusión, es una novela que, en su brevedad, aborda todo un mundo real e inventado. Contiene lo mejor de la literatura, es decir, el modo en que tiene esta de permitirnos inventar voces para comprender mejor las nuestras, de reírnos de nuestra propia existencia y de la de los demás.

Por todo esto, me interesaban mucho las imágenes que tenía Larraquy en la cabeza mientras la escribía, hace ya casi dos décadas. Porque, si se publicó en 2010, habría estado trabajando en ella los años anteriores. Así que se lo pregunté. Le pregunté cuáles eran los sonidos, imágenes y referencias que tenía entonces, cuando creaba La comemadre. Su respuesta fue que, como referencia visual, le resonaban las pinturas e ilustraciones de Aubrey Beardsley, y de pronto me encantó imaginarme a todos los personajes con ese estilo increíble del artista británico. Como referencia musical, me dijo que para escribir escuchaba desde Aphex Twin o Kraftwerk, a Spinetta, a Bartok o Schubert, y me dieron ganas de leerla de nuevo escuchando a todos ellos. Como referencia literaria, como podría imaginarse, porque la novela está muy bien documentada, consultó todo tipo de libros de pseudociencias: frenología, medicina electrogalvánica, espiritismo, etc. Y revistas argentinas de inicios del siglo XX, como la que publicó el anuncio sobre la cura del cáncer que aparece en la novela.

Y por último, claro, el título. La comemadre. ¿Qué es la comemadre? Pues, en resumen, algo que le encantaría tener a la mafia y que me encantaría tener a mí también, para usos secretos. Si ya has leído el libro y sabes de qué se trata, da igual: léelo de nuevo, la novela admite muchísimas lecturas.

Y si no has leído el libro pero sí este texto y piensas que yo ya lo he contado todo, insensatamente todo, y que ya no merece la pena leerlo, te equivocas: léelo igualmente, y así sabrás qué es la comemadre, y tal vez desees tenerla tú también, aunque no puedas.

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