«Y todo llevándome a una especie de cuarto oscuro donde se mezclan los tiempos de Colling y los de mi propia infancia en el almacén de antigüedades de mis padres donde todo era una cosa y la contraria: un santo y el demonio, la fotografía vieja de una familia feliz y luego aterradora, una lámpara antigua y la amenaza de todas las sombras. Felisberto Hernández activa en el lector el mecanismo de la memoria, de la imaginación, del sueño: abre un agujerito en la realidad y nos invita a esfumarnos»
POR NATALIA GARCÍA FREIRE

No sé bien por dónde entrar en la historia de Colling, escribo, parafraseando a Felisberto Hernández en el inicio de este ¿cuento, novela, nouvelle, memoria? Ciertas sensaciones, sonidos, colores, imágenes insisten en aparecer: los tranvías, rojos y blancos, o de un blanco amarillento, unas palmeras como dos viejos con melenas lacias, y todo a media luz como en el tango de Gardel, unos pavos en una habitación secreta, patas y alas de bichos que se pegan por todos lados, un piano blanco que llama a la muerte, la tos, una risa como un ronquido, unas manos con uñas sucias siempre a punto de tocar un nocturno o una sonata de Mozart. Y todo llevándome a una especie de cuarto oscuro donde se mezclan los tiempos de Colling y los de mi propia infancia en el almacén de antigüedades de mis padres donde todo era una cosa y la contraria: un santo y el demonio, la fotografía vieja de una familia feliz y luego aterradora, una lámpara antigua y la amenaza de todas las sombras. Felisberto Hernández activa en el lector el mecanismo de la memoria, de la imaginación, del sueño: abre un agujerito en la realidad y nos invita a esfumarnos.
Con cada nueva lectura, insiste también en manifestarse un estado de revelación y misterio, como si al leer este libro uno estuviese siempre a punto de comprenderlo todo o comprender algo, cualquier cosa, que se escapa enseguida, que se hace aire, niebla, pelusa, polvo. Quizá baste decir que entrar en los tiempos de Colling y en la escritura de Felisberto Hernández es entrar en un territorio inclasificable, desaparecer a vista de todos, dejar que cualquier luz nos ciegue, habitar lo alucinado, o, como dice Ray Loriga, zambullirse en una escritura como quien se lanza a una charca. Y chapotear ahí feliz y para siempre.
Por los tiempos de Clemente Colling es un libro que se resiste a todo, a clasificaciones, a comparaciones, a influencias, a explicaciones o análisis. Pensar, hablar o escribir de él encierra ya una paradoja: rodear un misterio sin tratar de descifrarlo. Del libro podríamos resumir que fue escrito por un compositor, pianista y escritor uruguayo llamado Felisberto Hernández y publicado en 1942 con el auspicio de sus amigos, un escritor que «no responde a influencias perceptibles y vive toda su vida como un regalo sobre sí mismo» en palabras de Julio Cortázar, un escritor raro entre los raros, admirado por Gabriel García Márquez o Juan Carlos Onetti, y que nunca tuvo ni ha tenido tanto reconocimiento. Es uno de esos autores a los que se nombran más de lo que se leen y a los que se vuelve a descubrir cada tanto entre la dicha y el desconcierto. Felisberto Hernández no forma parte de una constelación de escritores, ni una generación, el único parentesco posible se da con otros escritores igual de inimitables: Bruno Schulz, Macedonio Fernández, José Lezama Lima, Armonía Somers, Mario Levrero; autores que deambulan felices por la cuerda floja del lenguaje. Por los tiempos de Clemente Colling es también el primer libro de una especie de trilogía que incluye El caballo perdido y Tierras de la memoria (libro inconcluso), un ciclo autobiográfico que compone un sueño lúcido, una obra hecha del material del que está hecho el frío o el vaho que se pega en las ventanas de los autobuses muy temprano en la mañana.
Digo autobiográfico, pero lo cierto es que Por los tiempos de Clemente Colling es un libro en el que Felisberto Hernández se aleja totalmente de él mismo, busca el misterio del otro con tanta intensidad, persigue a Colling como quien camina detrás de un fantasma, y encuentra ahí impresa la huella de todo lo cotidiano y de su propio espíritu.
El argumento de esta historia no interesa, ni siquiera existe del todo, pero conviene mencionar a algunos de los personajes que atraviesan el libro como si entrasen en nuestra casa por la noche, golpeándose contra todas las esquinas, las puertas y las ventanas: un narrador/protagonista joven que habita el recuerdo obsesionado de Clemente Colling, aquel antiguo profesor de piano ciego, genio y desharrapado, tres viejas longevas y cegatonas, un colegio de ciegos, una niña que desea tanto ser ciega que se pone jabón en los ojos, algunas novias del protagonista, Petrona (una señora fea, o eso dice Colling, aunque no pueda verla, y muy mala) y Elnene, también ciego, que toca el piano y hace sentir por primera vez al protagonista lo serio de la música o el instante del arte. Ese instante habita en el corazón de toda la obra de Hernández, como si solo escribiese para alcanzarlo. Lo demás no responde a ninguna forma de narrar al uso: no hay espacios definidos, no hay tiempos ni estructura, ni grandes conflictos, ni subtramas, ni diálogos efectivos, ni planteamiento, nudo, desenlace, ni nada que no sea puro lenguaje y literatura, ni falta que le hace.
Hay una voz, eso sí, que nos habla muy cerquita, casi al oído, una voz que alcanza el momento justo en el que el mundo se hace palabra. Por eso es tan acertado Ítalo Calvino cuando dice que Felisberto Hernández tiene una «forma de darle cabida a una representación dentro de la representación, de establecer dentro del relato extraños juegos cuyas reglas establece en cada oportunidad, es la solución para darle una estructura narrativa clásica al automatismo casi onírico de su imaginación». Las instrucciones de uso de Por los tiempos de Clemente Colling están perdidas en algún recoveco de sus páginas.
La primera lectura de este libro puede ser tan extraña como maravillosa y siniestra. Como las fotografías del autor que uno puede mirar por horas y que muestran esa calma desquiciada: las manos colocadas tan prolijas sobre el piano, la mirada quieta sobre cada uno de nosotros, el bigote, el pelo exquisitamente desordenado. ¿Por qué todo en él llama al misterio? Cada nuevo acercamiento a él, a su obra, a Colling, solo aumenta la perplejidad. Desde el inicio de cada nueva lectura uno ya está confuso, mareado, hay un bamboleo vertiginoso que nos lleva de un tiempo a otro, de un espacio a otro, de un párrafo a otro de manera caprichosa. Aunque, mientras uno pasa las páginas, todo parece menos caprichoso, todo se asienta como la suciedad y las hojas al fondo de las piscinas. No por eso resulta más claro. El libro está escrito en contra de la claridad. La historia, (las historias, los pequeños acontecimientos, el enigma, todos esos momentos extraños) de Colling ocurre en la penumbra, en habitaciones sin ventanas donde nadie enciende las lámparas. Y en esa luz débil, en la incertidumbre, en el instante previo a la lucidez o al recuerdo, Felisberto Hernández consigue ir a un tiempo sin tiempo, al tiempo en el que las cosas existen, aunque no se vean, se intuyen; un tiempo en el que la lógica no tiene cabida, todo es sensación y el mundo es plástico, como recién nacido.
La puntuación también es caprichosa porque la penumbra no está solo en cada espacio (quintas, habitaciones, casonas) de la historia, hay una penumbra que se construye en la cadencia y la respiración de las frases, en las interrupciones e irrupciones de imagen, pensamiento, sensación y personajes, todo siempre enredado, muy junto, revuelto. Es posible que por eso Felisberto Hernández soñara con interpretar sus textos en voz alta, con recitales de cuentos en grandes salas de conciertos:
«He decidido leer un cuento mío, no sólo para saber si soy un buen intérprete de mis propios cuentos, sino para saber también otra cosa: si he acertado en la materia que elegí para hacerlos: yo los he sentido siempre como cuentos para ser dichos por mí, ésa era su condición de materia, la condición que creí haber asimilado naturalmente, casi sin querer; por eso quiero saber si eso es una parte íntima o necesaria de ellos mismos, o por lo menos si es la manera preferible de su existencia. No sé por qué no hacen recitales de cuentos […]».
(«La Materia de los propios cuentos»)
Vuelvo a leer este libro convencida de que la materia no solo es acertada, sino que uno sale de ella como un lector distinto. Porque descubre que la única forma de leer a Hernández es abandonándose, como la lectora secreta de «Felicidad clandestina» ese cuento maravilloso de Clarice Lispector, en un éxtasis purísimo, como el propio narrador de Por los tiempos de Clemente Colling sugiere tantas veces, «buscando la intención de tener un abandono original: el que observara los momentos en que se pasara al estado provocado por el arte, vería cómo naturalmente se iban esfumando poco a poco los límites en que se vivía un rato antes». La única manera de entrar en los tiempos de Clemente Colling es abandonándose a ese lenguaje confuso y plástico, perdiéndose en un cuarto oscuro, en todo aquello que no es historia, ni recuerdo, ni relato, sino lo que le antecede: la huella de un instante latiendo detrás de los párpados, la luz del sol sobre todas aquellas cosas, las formas sin forma que vemos al cerrar los ojos.
No es casualidad que me contradiga tanto, que mencione luz y ver y mirar después de hablar de toda esa penumbra. No me malentiendan. Trato de ser tan precisa como se puede cuando uno habla de este tipo de literatura. En Por los tiempos de Clemente Colling parece estar presente tanto el deseo de recobrar una mirada (la de la infancia, la mirada alucinada fundacional) como el deseo de dejar de ver. Quizá no sean cosas tan lejanas. Hay que dejar de ver para mirar, como Tiresias, perder la vista por la visión del futuro. En este caso, hay que dejar de ver para mirar como se miraba antes. ¿Cuándo? Cuando el misterio no tenía que ser descifrado. Cuando éramos el misterio. Pero deseábamos con tanta fuerza crecer para comprenderlo. Porque la promesa de comprender es la promesa más cruel de la infancia. Creímos que llegaría el día en el que toda la violencia del mundo sobre nosotros iba a tener algún sentido. Y la comprensión del mundo nunca llega. La luz cegadora cuando miramos directo al sol, los colores que con trabajo puede distinguir el ojo único de Clemente Colling es lo más cerca que estamos de ver el mundo tal como es: todo confusión, todo misterio. Y Por los tiempos de Clemente Colling podría resumirse en ese instante:
«De pronto el misterio tenía inesperados movimientos; entonces pensaba que el alma del misterio sería un movimiento que se disfrazara de distintas cosas: hechos, sentimientos, ideas; pero de pronto el movimiento se disfrazaba de cosa quieta y era un objeto extraño que sorprendía por su inmovilidad. De pronto no sólo los objetos tenían detrás una sombra, sino que también los hechos, los sentimientos y las ideas tenían una sombra. Y nunca se sabía bien cuándo aparecía ni dónde se colocaba. Pero si pensaba que la sombra era una seña del misterio, después me encontraba con que el misterio y su sombra andaban perdidos, distraídos, indiferentes, sin intenciones que los unieran. Y así el misterio de Colling llegó a ser un misterio abandonado».
Felisberto Hernández se encuentra con el recuerdo de Colling, con el misterio de Colling, solo para perderse en él, como me encuentro yo ahora tratando de hablar de este libro y acercándome cada vez más a un balbuceo molesto e inquietante. Y es que uno siente la tentación de explicar lo que no se puede explicar, como no se puede explicar la locura, los sueños o el ronroneo de los gatos. Todo lo que puedo hacer ahora, con el libro abierto en el regazo, confusa, mareada, con la cabeza a pájaros, tan feliz, es cerrar los ojos muy despacio y perderme también en el lejano recuerdo de un hombre ciego tocando un piano todo blanco y aceptar que esa es la única forma de entrar en los tiempos de Clemente Colling: desapareciendo.