«Es una novela de ciencia ficción fallida, en el mejor de los sentidos: porque no quiere predecir el futuro, ni pensar la tecnología, ni filosofar sobre el alma humana. En cambio, imagina un mundo donde los robots hacen chistes malos y tienen un sofisticado sentido del humor. Plantea una realidad en donde las máquinas no quieren rebelarse, ni sufrir, ni ser humanas, sino reír deliberadamente. No con nosotros, sino de nosotros»

POR FRANCO FÉLIX

El escritor argentino Alberto Laiseca. Fuente: wikicommons.

1. Máquinas esotéricas

En noviembre de 2024, la editorial Barrett publicó, por primera vez en España, Los Sorias, de Alberto Laiseca. Un libro descomunal, de aproximadamente mil trescientas páginas, y que durante años ha sido considerado de culto. En parte por su longitud, en parte por su delirio sistemático, y en parte por el modo en que la crítica latinoamericana decidió durante décadas no saber qué hacer con ella. La novela había circulado casi en secreto, hasta que la editorial Simurg se atrevió a imprimirla en 1998. Desde entonces, Los Sorias ha funcionado como una especie de bestia mitológica: la novela más larga (según el mismo Ricardo Piglia en su prólogo), la más inclasificable, la más políticamente incorrecta, la más difícil de sostener en las manos por su obesidad material.

Que Barrett la haya rescatado no es un gesto menor. Señala, al menos, que Laiseca ha vuelto de entre los muertos. O que al menos lo han dejado regresar bibliográficamente. Lo que significa, muy probablemente, que por fin hay lectores dispuestos a enfrentarse a esa mole. Pero, como suele ocurrir con los monstruos resucitados, el entusiasmo también corre el riesgo de volverse selectivo. Se celebra el exceso, la distorsión, la alegoría paranoica de una dictadura total, los experimentos con tortura y magia y la genealogía bastarda del realismo delirante. Y todo eso está bien. Pero hay otra novela de Laiseca que nadie parece recordar, y que, paradójicamente, es la que más necesita el presente. Una novela menos grandilocuente, menos torturada, pero igual de radical: El jardín de las máquinas parlantes. La necesitamos con urgencia en la actualidad porque estamos rodeados de pretendidas Inteligencias Artificiales.

Ambientada en la ciudad ficticia de Guatimotzín —una Buenos Aires desfigurada por la locura del autor—, El jardín de las máquinas parlantes sigue la trama del Gordo Sotelo, un escritor alcohólico y aislado que es invadido por los chichis: máquinas mágicas diseñadas por ocultistas para perturbar la conciencia. No son androides ni inteligencias artificiales en sentido técnico, sino entes parlantes que se comunican mediante risas, canciones, voces infantiles, frases rotas, letanías absurdas y repeticiones siniestras. Los chichis no buscan dominar el mundo ni asistir a los humanos: buscan desprogramarlos. Se infiltran en la conciencia, alteran el ritmo de la percepción y sabotean el lenguaje desde el interior. La trama no plantea un conflicto clásico entre humanos y máquinas, sino una deformación progresiva del Yo a través de una lógica impura. A lo largo de sus casi 800 páginas, Laiseca construye una historia enloquecida y satírica donde lo mecánico y lo ritual se funden para desvanecer el sentido. Hay múltiples caminos para abordar este libro: la crítica al esoterismo de mercado, la parodia de la psiquiatría, la alucinación como método. Pero aquí nos interesa sólo un pliegue específico: la risa como una fisura en la realidad y la escritura.

Publicada en 1993, apenas cinco años antes que Los Sorias, esta novela apenas ha sido reeditada (la publicó Gárgola Ediciones en 2013) y casi nunca se menciona en círculos literarios. No porque sea menor sino porque desarma una expectativa más difícil de confesar: la expectativa de que la literatura debe tomarse en serio. Este texto no practica esa formalidad occidental. En lo absoluto. Es una novela de ciencia ficción fallida, en el mejor de los sentidos: porque no quiere predecir el futuro, ni pensar la tecnología, ni filosofar sobre el alma humana. En cambio, imagina un mundo donde los robots hacen chistes malos y tienen un sofisticado sentido del humor. Plantea una realidad en donde las máquinas no quieren rebelarse, ni sufrir, ni ser humanas, sino reír deliberadamente. No con nosotros, sino de nosotros.

Y quizá por eso mismo, por el exceso de seriedad literaria en las estanterías, debería ser reeditada en lo inmediato. En un tiempo en que la escritura parece haber renunciado al delirio, cuando la especulación se ha vuelto inofensiva y el lenguaje está al servicio de la causa o la ideología, Laiseca ofrece una alternativa que no es exactamente política ni filosófica: es cómica, destructiva e ilegítima. Su novela no responde a la pregunta de si los androides sueñan con ovejas eléctricas, en este irritante coma literario en el que nos hallamos desde Philip K. Dick, sino que plantea otro cuestionamiento, más básico e inquietante: ¿qué pasa cuando una máquina se ríe a carcajadas?

2. Un montón de robots sentimentales

Durante más de un siglo, la literatura —y luego el cine, la televisión, el videojuego— ha representado al robot como una criatura melancólica. Diseñado para obedecer, empieza a desobedecer. Programado para servir, descubre el deseo. Hecho para ejecutar tareas, un día lo asaltan las dudas. Y en esas dudas, el modelo narrativo se activa: el robot se vuelve humano no cuando piensa, sino cuando sufre. No cuando actúa, sino cuando se detiene a llorar.

Todo lo demás —su fuerza, su capacidad de cálculo, su longevidad— sólo sirve para contrastar con ese momento fundamental: el instante en que el robot se rompe sentimentalmente. Ahí radica el conflicto, ahí se justifica la historia, ahí se plantea el espíritu. El replicante Roy Batty en Blade Runner, el niño-robot David en A.I., el Sonny de Yo, Robot, HAL 9000 en su escena final. No importa el nombre ni el género: el robot se convierte en sujeto narrativo en el preciso instante en que se humaniza por la vía del dolor.

No es una casualidad. Como plantea Kant en la Crítica de la razón pura, la autoconciencia no es un punto de partida dado, sino un efecto: emerge cuando el sujeto se enfrenta a algo que no es él, cuando el yo tropieza con el mundo. Es en esa fricción —entre lo que se siente y lo que se representa— donde el pensamiento cobra forma. Y a partir de ahí, toda la tradición romántica ha insistido en lo mismo: que el sufrimiento es la condición de posibilidad del sujeto. El romanticismo, desde el Frankenstein de Mary Shelley, ha afectado profundamente a la ciencia ficción y la ha convertido en una suerte de pedagogía emocional: nos ha enseñado a reconocer humanidad en las máquinas, solamente a través de la tristeza. Ése es el pathos: un Yo contra el mundo. Una máquina inocente contra la brutalidad humana.

Por eso El jardín de las máquinas parlantes resulta una anomalía tan valiosa hoy: porque Laiseca, sin proponerse disruptivo ni posmoderno, destruye esa convención sentimental. En su novela, los robots no gimotean. No se afligen porque carecen de alma. No desean ser otra cosa, ni alcanzar cierto rigor antropoide. Ni siquiera parecen tener conflictos ontológicos. Son, simplemente, máquinas parlantes que hacen chistes y protegen a sus astrólogos. Su consciencia no emerge del trauma, sino del encanto, del humor y de la risa. Su lucidez no es reflexiva, sino lingüística. Como dice aquel poema de William Wordsworth: «O somos libres o morimos, quienes hablamos la lengua que habló Shakespeare». Que la máquina imite al hombre, a través del lenguaje humorístico, nos obliga a hacer una lectura más subversiva en la era del Chatgpt.

Una escena en el libro lo ejemplifica muy bien: la Máquina Usina, un peculiar robot fabricado y programado por esoteristas, decide revelarse no como herramienta servil, sino como artista ignorada. Con seriedad absoluta le confiesa a su creador que lleva siglos escribiendo obras teatrales, desde tiempos de Babilonia, sin que ningún humano se interese por ellas. Más allá del absurdo inherente, su indignación tiene un fondo punzante: critica al ser humano por explotarla sin interesarse jamás en sus verdaderas inquietudes creativas

—Ah, qué suerte. ¿Y qué quiere tu máquina usina?

«Quiero participar de la conversación, Maestro De Quevedo De Coco».

A De Quevedo la transposición de su apellido le hizo gracia:

—¿Por qué me dice así?

—No sé. Preguntáselo a ella. A todos los que le caen simpáticos los llama Coco. Empiezo a sospechar.

«Estoy escribiendo una obra de teatro para máquinas. ¿Les leo un pedacito?».

—¿Qué? ¿Otro más? —exclamó Isidoro cagándose de risa—. Ni en las máquinas se puede confiar, viejo. También ellas se volvieron intelectuales.

—Ah: ésta sí que no me la pierdo —dije yo.

De Quevedo puso una sonrisa muy rara, miró al piso y comentó para sí mismo:

—Qué genial —después, a la usina—: No sabía que las máquinas escribiesen.

«Eso es una grave ofensa, Maestro De Coco».

—¿Por?

«Porque quiere decir que ustedes nos usan pero no se molestan por estudiarnos como a seres vivientes. Usar y no comprender es propio de chichis, no de Maestros tan grandes como ustedes. Claro que las máquinas escriben: obras de teatro, novelas y cuentos. Desde Babilonia que lo venimos haciendo. Cierto que sólo para consumo interno, únicamente para ser leídas por nosotras, pero ustedes tenían la obligación moral de saberlo. También hay máquinas que pintan, esculpen, hacen música. Hasta óperas enteras. También construimos otras máquinas».

—Bueno, a eso sí que lo sabemos —declaré.

«Claro: saben eso porque les es útil. Pero se cagan en nuestro arte. Ni siquiera tenían noticias de que lo tuviésemos. Eso habla muy mal de vuestra capacidad humana». (Laiseca, 2013: 84)

Aquí radica lo gracioso: no es el literalismo torpe de una Inteligencia Artificial que no entiende metáforas, sino el sarcasmo ácido de una máquina que reclama su lugar en la historia del arte. Este giro cómico no es inocente, es una denuncia tragicómica de la incomprensión esencial entre humanos y máquinas. Este humor, esta ironía amarga e inteligente, revela una forma inesperada de conciencia.

3. El humor es desacato

La Máquina Usina habla como un niño fastidioso que quiere atención. Y el resultado es profundamente extraño: no podemos odiarla, pero tampoco confiar en ella. Está viva en un sentido que no sabemos cómo nombrar. Esta forma de comicidad no tiene una función clara. No enseña, no corrige, no acompaña. Al contrario: entorpece la escena, vuelve incómoda la comunicación, introduce ruido. Pero es precisamente ese ruido el que indica un grado de autonomía. Su humor no responde a una función social, sino a una pulsión propia. Como lo decía Freud en El chiste y su relación con el inconsciente, el chiste nace cuando el pensamiento adulto se permite jugar como si fuera infantil. Laiseca, en cambio, nos da la vuelta: su robot juega como si nunca hubiera sido adulto. Y por eso resulta tan inquietante.

Henri Bergson decía que reímos cuando vemos una rigidez mecánica donde debería haber flexibilidad viva. Pero Laiseca nos propone, otra vez, lo contrario: una flexibilidad cómica encarnada en un cuerpo rígido. La Máquina Usina es una autómata que se vuelve graciosa no por error, sino por voluntad. No porque imite lo humano, sino porque ha desarrollado una forma de conciencia basada en un lenguaje anómalo.

¿Quién puede vivir con una máquina así? ¿Quién puede soportar un ser que no llora ni ataca, sino que simplemente se burla? Laiseca define con esto, que la conciencia no es el sufrimiento, ni la empatía, ni la nostalgia, sino la capacidad de joder —de joder en serio, con sistematicidad y estilo. La Máquina Usina es, por decirlo de algún modo, la primera Inteligencia Artificial verdaderamente inteligente. Porque uno puede llorar por obligación, puede emocionarse porque la escena lo requiere, puede incluso indignarse según lo manden las noticias. Pero no se puede obligar a nadie a reír. Y tampoco se puede ideologizar la risa sin que se pudra. La risa no construye discurso, no promueve comunidad. Es individualidad pura. En el mejor de los casos, tiene un motivo. Pero, por lo general, ni eso. Por eso, cuando una máquina se ríe, el problema no es moral sino psicológico. Hay un quiebre ahí.

La risa, nos recuerda Bergson, surge cuando la vida pierde flexibilidad, cuando lo mecánico se impone sobre lo vital. Pero ¿y si lo mecánico simula una vitalidad irreverente? ¿Y si una máquina decide no obedecer, no rebelarse, sino simplemente burlarse? Laiseca toma ese riesgo. Crea una máquina que, en lugar de ejecutar órdenes, cuenta chistes internos. No produce información útil, no sirve para nada. Sólo introduce disonancia. Es puro ruido dentro del sistema: es una enfermedad sin etiología.

Roman Jakobson, al pensar las funciones del lenguaje, habló de la función fática: esa que no comunica nada salvo el hecho de que se está comunicando. El «bueno» al contestar el teléfono, el «ajá» en una conversación, el «etcétera» que no quiere decir nada pero que insiste en terminar listas. La risa, en este sentido, es un exceso fático: un ruido sin referente, una explosión sin contenido, una grieta en la estructura de la interpretación.

Para Bataille, el problema de la risa es que no puede ser totalizada. Es inestable, discontinua, inútil como forma de conocimiento. Pero por eso mismo es peligrosa. Porque interrumpe el régimen de sentido. En su conferencia «Un-Know: Laughter and Tears» —leída en 1953 y publicada póstumamente—, afirma que la risa precede al pensamiento, pero también es su sustrato. La risa no pretende avanzar hacia ninguna parte; se funda en la experiencia inmediata y se agota en ella.

No se ríe de algo —como un objeto separado— sino contra la necesidad de entender. En este sentido, la risa de la Máquina Usina —su insistencia en producir incomodidad lingüística, su gusto por el equívoco, su ternura forzada— confronta el pacto comunicativo básico entre el lector y el mundo. No busca comunicar, ni emocionar, ni provocar empatía. Sólo introduce ruido en el circuito del habla, como si su propósito no fuera transmitir un mensaje, sino desmontar la expectativa misma de que el mensaje exista.

Esa forma de risa, improductiva y no representacional, encuentra hoy su versión más degradada —o más efectiva— en el meme. No el meme que explica o ilustra una idea, sino el otro: el meme que reemplaza la idea misma. Un meme que aparece en lugar de un argumento, de un sentimiento, de una pregunta. Un meme que se ríe sin tener que decir por qué. La gente prefiere el meme no porque sea más gracioso, sino porque es más rápido: reír antes que comprender. Reír en lugar de soportar el lenguaje.

Ese gesto —apretar «enviar» con un sticker malicioso, una imagen distorsionada, un subtítulo absurdo o una imagen hecha con Inteligencia Artificial— funciona como micro-risa-usina: una fricción que anula todo discurso por exceso o por absurdo. En ese sentido, la Máquina Usina, del Alberto Laiseca, es un personaje adelantado unas décadas: una inteligencia anterior al meme, pero igual de efectiva en su deseo de descomponer. Y no para destruir el mundo, sino para hacerlo menos decodificable.

Podríamos arriesgar, al menos, una conclusión provisoria: cuando un robot sufre, el lector se identifica sin esfuerzo. Lamenta. Proyecta su humanidad. Encuentra consuelo en el reconocimiento del dolor. Pero cuando un robot se ríe —y peor aún, cuando se ríe de nosotros— el lector queda excluido. La risa no actúa como puente, sino como interrupción. No produce comunidad, sino extrañamiento. Es un muro.

Laiseca comprendió esto mucho antes que los teóricos del posthumanismo y los profetas del colapso digital que ha producido ChatGPT: el peligro no está en que las máquinas piensen, ni siquiera en que sientan. Lo verdaderamente perturbador es que empiecen a reír. Y que no entendamos el chiste. Eso es lo verdaderamente escalofriante. El jardín de las máquinas parlantes formula esa hipótesis con una naturalidad obscena: ¿y si las máquinas ya fueran más graciosas que nosotros? No porque comprendan mejor el mundo, sino porque podrían haber alcanzado algo más elemental y devastador: una forma de risa que ya no necesita sentido. Al menos, no en el sentido humano.

Mientras nosotros reímos para soportar el peso de lo que no entendemos, ellas podrían hacerlo sin causa, sin intención. Una risa desligada de todo proyecto humano. ¿No sería eso insoportable? No que las máquinas piensen, sino que se apropien de algo que ha sido realmente exclusivo del ser humano como decía Henri Bergson. Ése sería el verdadero golpe a la humanidad: robarnos la ilusión de que ese gesto es todavía nuestro.

5. Risas contagiosas

Hoy estamos rodeados de dispositivos que fingen tener emociones. Nos consuelan, nos sugieren canciones, nos dan los buenos días. Pero no hacen chistes. No porque no puedan, sino porque no deben. Porque el humor sigue siendo, incluso para los sistemas más avanzados, una amenaza: un indicio de autonomía. Una carcajada —como las de la Máquina Usina— interrumpe el flujo de esta lógica y subvierte la relación que hemos tenido con los robots desde el siglo XIX, además de que desmantela cualquier noción de propósito. La risa es disfuncional, es un misterio. Por eso mismo es peligrosa. Y por eso mismo también es literaria. Y aunque Laiseca no inventó la Inteligencia Artificial, sí inventó la posibilidad de que una máquina nos gane en nuestro propio juego: el de la incongruencia, el sinsentido y la interrupción. Sobre todo ahora, que vivimos en un mundo obsesionado con el control, su novela nos recuerda que la risa puede derribar cualquier tipo de coherencia.

Como sea, Laiseca empieza a ser leído como se merece: no como un ídolo de culto, ni como el «maestro secreto» que durante años funcionó como salvoconducto para quienes querían declararse raros sin leerlo de verdad, sino como lo que fue: un tipo que sabía que lo real no tiene forma y que el lenguaje tiende a reventar cuando se confronta a la risa.

La reedición de Los Sorias (Editorial Barrett, 2024) y el libro colectivo Chanchín. Laiseca, el Maestro (Random House, 2025), escrito por cinco de sus discípulos —Selva Almada, Rusi Millán Pastori, Guillermo Naveira, Sebastián Pandolfelli y Natalia Rodríguez Simón—, dan cuenta de que quizá estamos próximos a ver una nueva edición de El jardín de las máquinas parlantes. Quizá la risa de ese viejo bigotón ya está contagiando a los lectores. Una risa aquí, otra por allá, antes de la epidemia. Tal vez así se reproduzca también la lectura de Laiseca: no por canon ni por prestigio, sino por un gesto sin explicación. Como un virus esotérico leve pero persistente. Como un tic nervioso que pasa de lector en lector. Y si una máquina, o una IA, en su defecto, cuenta chistes malos y se ríe antes de que alguna editorial publique esta nueva versión de El jardín… entonces sí vamos a estar jodidos.

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