
Fernanda Trías
Miembro fantasma
Páginas de Espuma
148 páginas
Fernanda Trías es una de las escritoras de habla hispana que destacan en el siglo XXI por su versatilidad y sus incursiones siempre afortunadas ya sea en la novela, el ensayo o el cuento. Por su trabajo como novelista ha sido la única escritora que ha recibido dos veces el Premio Sor Juana Inés de la Cruz y en el género del cuento, que cultiva desde comienzos del 2000, tiene a su haber una nominación al Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez en 2016, por su libro No soñarás flores y, más recientemente, en 2024, fue finalista del Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve con la colección de relatos Miembro fantasma, ahora en nuestras manos.
De diez relatos que conforman este nuevo libro, al menos cuatro abordan la cuestión de la escritura: «Personaje en construcción», «Grupo de foco», «Ciclón» y «Última carta a Claudia». No es una sorpresa, ya en otros de sus libros nos encontramos con momentos en que la palabra escrita ocupa un lugar central. En El monte de las furias la protagonista, que no es una escritora, lleva un diario de sutiles anotaciones sobre su experiencia, mientras vive sola en una montaña que se va revelando imponente y también aterradora. Mujeres que escriben y reflexiones sobre la escritura las hay también en La ciudad invencible, cuya edición chilena incluye un impactante ensayo sobre lo que significa escribir con materiales autobiográficos, modelarlos, llevarlos a la ficción.
En este volumen, nos hallamos con diversas aproximaciones al proceso de la escritura, muchas de ellas irónicas, que marcan cierta transformación sobre todo en la cuentística de Trías, antes tal vez más anecdótica que reflexiva. Trías destapa la caja de la metaliteratura con un humor desapegado, sobre todo en «Grupo de foco», en que distintas voces discuten, aparentemente en un taller de lectura, sobre cómo debería ser un cuento. El «focus group» es un instrumento de los estudios de mercado y como se puede suponer, hay aquí una mirada sobre la «literatura a pedido» ya no de lectores, sino de consumidores. Como un dato curioso: la conversación gira en torno a un huésped que bien podría ser «El huésped» del famoso relato de Amparo Dávila, reinterpretado como un virus, lo que añade otra capa de lectura a esta conversación.
La relación con la escritura atraviesa, por cierto, la cuadrícula de la memoria. En «Última carta a Claudia» una novelista que ha tenido un accidente cerebral retoma los hilos de una memoria incierta, que se desplaza entre ciudades (Lima/Bogotá) y que tiene como eje central la ausencia de una historia reciente, la del amor por Claudia. La prosa de Trías es siempre sugerente: «¿Alguna vez viste cómo sale una hoja de papel de esas máquinas trituradoras de documentos? Hecha flecos. Así, le dije al doctor, sentía la memoria». Con pérdidas y confusiones que enturbian la voz de la narradora, se va delineando la relación de amistad/amor entre dos mujeres, motivo que atraviesa otros relatos del volumen. La relación que se figura aquí es obsesiva, tensa, con zonas de oscuridad y silencio, pero también de intensa complicidad: «Lo fastidioso no es que tu cerebro sufra una avería. Lo fastidioso es despertar en una ciudad sin mar, a dos mil seiscientos metros de altura, encajonada entre montañas como perros entrenados, y constatar que aún existe tu nombre, Claudia». Los detalles lo son todo para narrar el cuerpo, el dolor y también la pérdida amorosa: «Y yo alcancé a pensar: aunque solo sea por vanidad, no voy a dejar que me vea con la boca así. La boca, Claudia, que ya nunca va a encajar con la tuya».
La memoria agujereada es también la protagonista del cuento que da nombre al volumen: «Miembro fantasma», en que un hombre le relata a otro, compatriota suyo en el extranjero, la historia de su barrio y de su familia, una historia que lentamente va delinéandose como un recordatorio de la violencia política vivida bajo la dictadura: «Fue una época de fingir mucho, amigo, de creernos las cosas a fuerza de silencio», le cuenta el narrador a su interlocutor, en un extenso diálogo/monólogo que Trías decide cerrar el relato con uno de esos finales que le gustaban a Cortázar, «por knock-out». En esto parece haber un guiño a «Grupo de foco», donde los asistentes discuten sobre esto: «A mí me parece que los finales abiertos son pereza del escritor. / Ya no hacen finales sorpresa. Para sorpresa están las piñatas». Aparte la ironía y el diestro manejo de sus materiales literarios, lo que parece motivar el relato es la reflexión en torno a lo irrecuperable. El título del relato alude a la sensación que se siente luego de una amputación, experiencia que ha sufrido la madre del protagonista. Resulta ser la metáfora para hablar del dolor del narrador y su familia y todo lo que han perdido a causa de la violencia de Estado. Los fantasmas se hacen sentir, como un pie o una mano que ya no forma parte del cuerpo.
Otro gran tema, que por momentos se cruza con el de la escritura y la memoria, es la adicción. Drogas, alcohol, cigarrillos, adrenalina, amoríos… muchos de estos personajes son esclavos de un dios devorador, algo que ya viene a ser una marca en los universos que construye la autora. En «Intimidad irremplazable» una ama de casa se debate moviéndose de aquí para allá en un verano tormentoso; puede seguir exigiéndose duramente a sí misma y por lo mismo, continuar bebiendo, totalmente alcoholizada, o volver a trabajar, cambiar de vida, «retomar los proyectos abandonados. Ocupar sus mañanas en algo útil y al servicio de la gente, en lugar de barrer migas y extender edredones nórdicos». La acompaña en su secreta procesión un pichón solitario, medio abandonado por su mamá-gorrión: «Ay, pichón, ojalá no seas mujer, dijo». En estas escenas domésticas reverberan, difícil olvidarlas, las anotaciones de Mario Levrero en La novela luminosa, otro texto sobre el encierro y la tentación de fracasar.
En esta línea, llama también la atención «Si el mundo parara de hacer lo que hace», protagonizado por dos adolescentes, internos en un programa de rehabilitación, que se escapan para robar casas y que deben rendir cuentas a un gurú tan falso como cómplice de un doble discurso. Trías hace que sigamos a estos personajes como si fuéramos tras ellos en una historia cinematográfica. No en vano se trata de uno de los mejores relatos del volumen, junto con «Ciclón», donde literatura y adicción se dan la mano. Es la historia de una mujer ya mayor, que acude al llamado de una vieja amiga de juventud, Ana María Andrade, a la sazón convertida en escritora famosa con el pseudónimo de Úrsula, que se encuentra al borde de la muerte: «¿Qué quería? Al parecer, tenía algo para darle». Con esta premisa comenzamos a seguir a la turbada protagonista de este cuento y también de la novela más conocida de Úrsula, Ciclón, en que dos amigas adolescentes viven su despertar sexual en medio de un campamento sacudido por la catástrofe natural. ¿Qué fue verdad; qué, ficción? ¿Se equivocaba la escritora, cuando escribió y publicó su famoso libro, o se equivoca la amiga que fue su musa inspiradora, cuando quiere desconocer la letra escrita? Úrsula ha convertido a su amiga de infancia en alguien que ella supuestamente no cree ni quiere ser, pero esta relación la ha tenido en vilo toda la vida. Es una relación que la succiona, la emborracha, y está mediada nada menos que por la palabra escrita. Verdad literaria y verdad existencial se acercan y alejan asintóticamente, generando a su vez en nosotros, lectores, cierta avidez: ¿cómo terminará esto, cómo será el reencuentro, qué se dirán estas dos mujeres?: «Úrsula Andrade había poblado su recuerdo hasta invadir por completo la historia de su infancia. Pero lo cierto es que nada había ocurrido como se contaba en el libro. Los gestos, las promesas. ¿Quién podía transcribir, palabra por palabra, una conversación que tuvo a los doce años? Todo aparecía magnificado, lleno de detalles imposibles, y en cuanto ella intentaba dar un paso dentro del laberinto de esa mente, la arrebataba el vértigo de estar entrando a un lugar donde no había estado jamás».
La literatura ingresa en la vida, para contaminarla; la astucia de Fernanda Trías consiste en concederle espacio a esta premisa posmoderna, remarcando en el relato con que abre el libro, «Personaje en construcción», que ha decidido entrar en ese diálogo con ironía, con el desapego de quien se recupera de una adicción: «Quería convertirse en uno de esos escritores versátiles que se movían con soltura en todos los géneros. Si pudiera escribir un cuento sobre otro escritor, pensó, lograría demostrar su solvencia en recursos metaliterarios y eso lo colocaría en el mismísimo centro del presente», dice de uno de estos personajes con los que se aplica a jugar como titiritera que nos guiña el ojo. ¿El resultado? Un volumen de cuentos eficiente, en que el artificio literario no agota y las historias valen por sí mismas.