Juan Gómez Bárcena
Abril o nunca
Seix Barral
368 páginas
POR MEY ZAMORA

La última novela del cántabro Juan Gómez Bárcena (Santander 1984) es una propuesta literaria de calado que no deja indiferente. La inmersión en sus páginas nos llevará a experimentar diferentes estados. Mejor saber de antemano que una vez te sumerges en el texto aceptas dejarte arrastrar por las diferentes corrientes por las que el narrador ha decidido navegar. De este modo disfrutarás del vértigo en algunos tramos donde, como ocurre en una atracción de feria, se dispara la adrenalina cuando subes hasta lo alto para, poco tiempo después, desplomarte hasta el nivel del suelo.

Diríase que Gómez Bárcena no le teme a la página en blanco. Su escritura fluye de forma espontánea y generosa, brillante por momentos, con descripciones que parecen conectar una mente y una pluma ágiles e ingeniosas.

El tema del tiempo, de su linealidad o no, de su percepción y esencia vuelve a ocupar un lugar prominente. En su anterior novela, Lo demás es aire, Premio Ciutat de Barcelona y Premio Vanity Fair, desgranaba en más de quinientas páginas la historia de los pocos habitantes de un pueblo bien conocido por el autor, Toñanes, allí donde han transcurrido los veranos de su infancia. Las vidas de los habitantes en ese enclave le llevaron a un relato que abarcaba desde la prehistoria hasta la época pandémica y donde las fechas y la cronología fijaban los hechos.

Esos elementos junto con alguno del ensayo literario Mapa de soledades, publicado en 2024, reaparecen. Aquí una fecha se convertirá en mantra: el 13 de abril, el día que ocurrió la tragedia. Como lo harán otras características de su narrativa: las repeticiones estructurales, conceptuales, lingüísticas, que generan una especie de ritmo salmódico. Estos recursos encajan con la divagación existencial y filosófica sobre el concepto de culpa y de tiempo que actúa en diferentes planos narrativos -el descriptivo de los hechos, el debate que se librará en una comunidad en las redes o el que se lidia en el fuero interno de Daniel, el protagonista-.

Arranca la novela con la escena de Daniel, de cuarenta y tres años, llevando en coche a su única hija, Teresa. Quiere darle una sorpresa por su cumpleaños. Está separado de Patricia. La madre vive en Madrid con la hija, que cumplió trece años el de 3 de abril. Como viene siendo costumbre, a él le toca simular la celebración en otra fecha desplazada -de nuevo un elemento sobre la temporalidad de los acontecimientos. Lo hará en Benidorm donde el progenitor vive una parte del año. Aunque estudió Derecho y trabajó en un despacho, en un momento dado lo dejó todo y se fue a la costa mediterránea. Allí trabaja unos meses como instructor de buceo.

Esta escena inicial, aparentemente banal, queda encapsulada como una visión de alta intensidad emocional donde late la incertidumbre de lo que está por venir. Gómez Bárcena construye un diálogo y unas descripciones acotadas, certeras y verosímiles en las que un padre busca la complicidad y el reconocimiento de una hija a la que no ve suficiente. Y la hija, condescendiente, aceptará.

Así Daniel insistirá en llamarla Tere y la hija le recordará cada vez que no le gusta. El padre tanteará el terreno resbaladizo de los afectos buscando un anclaje exclusivo. Lo encuentra: «Respirar el mismo aire puede acercar a dos personas, pero contener la respiración en el mismo mar los une para siempre».

El paisaje de esta obra nos sitúa en un enclave, Benidorm, que se describe como una ciudad de vacaciones («construidas para y por la felicidad»). «El infierno de la felicidad», señalará el texto tras enumerar las actividades, sonidos y paisaje que configuran su postal. Son párrafos que saben dibujar a partir de la imagen convencional, del estereotipo, una visión personal del espacio. Por encima de ello, el sol y el mar. Frente a él vive Daniel, en un piso que había sido de su madre fallecida y que no ha actualizado.

Al margen de su trabajo como instructor de inmersión, pocas actividades lo ocupan. Frecuenta de tanto en tanto el bar restaurante (Calipo) de un viejo amigo del instituto, Mario, quien lo regenta junto a Rosa, su mujer. Mario será el único personaje «real» con el que podrá confrontarse.

Estas pocas piezas expuestas componen un texto minimalista en cuanto a elementos, pero profusamente poblado en lo referente a reflexiones filosóficas, existenciales y psicológicas. El libro está dividido en cuatro capítulos, los que marcan las estaciones -un recurso clásico al servicio de un manejo no tan convencional del concepto del tiempo-, con un prólogo y un epílogo titulado Abril, un nuevo ejercicio de redundancia, que fija en nuestra retina -es muy cinematográfica- la escena del padre y la hija en el coche y su llegada al camino de la Cala de los Amarillos.

Lo mismo ocurrirá con una serie de elementos simbólicos: la tarta Comtessa en el congelador o la repetición del gol de Iniesta en el Mundial de Sudáfrica. Como imaginarán hay tras esa escena inicial otra que dará pie a toda la reflexión posterior sobre el presente, el pasado, el futuro, la memoria y la responsabilidad.

Daniel ha intercambiado fugazmente miradas con una joven cuando conducía y ella atravesaba un paso cebra ataviada con un vestido amarillo -otra imagen icónica-. Su figura y su cara lo deslumbran. Esa mujer tendrá un nombre, Natalia, y acabará formando parte de la vida -o no- del progenitor.

Lo que ocurre en la Cala de los Amarillos es una escena que transita entre lo bucólico y el drama. El autor nos lleva de la mano por un camino pedregoso y polvoriento hasta desembocar en el mar, luminoso y tranquilo, donde el padre quiere sorprender a su hija con una experiencia de buceo conjunta. Ese camino que padre e hija realizan en silencio, la niña cansada por no alcanzar rápido el destino, lo volveremos a pisar en más ocasiones. Y de nuevo veremos las luces y las sombras que toda experiencia puede encerrar. El escritor, de la mano de David, nos hará experimentar sentimientos contradictorios.

Por las noches el protagonista se evade con They Are Billions, un videojuego de zombis, y navega por el ciberespacio donde conocerá en Reddit a una comunidad (#diversintime) y un perfil llamado John1419. Con aires de predicador y mesiánico, colgará diversos escritos sobre cómo experimentar con el tiempo, la posibilidad de viajar hacia el pasado e, incluso, de desconectarse totalmente del presente vivido.

Son pasajes extensos que aparecen tras el primer tercio del libro y donde se despliega una narrativa paralela a la trama principal, con la que acabará confluyendo. Con un lenguaje y expresiones propias del medio de los internautas, con alusiones y referencias a todo tipo de teorías más o menos alternativas sobre viajar en el tiempo, bien podrían constituir un relato por sí mismo, al estilo del que inicia el voluminoso Los escorpiones de Sara Barquinero.

La excesiva recreación en esas páginas puede alejar de la trama principal a algunos lectores. Su presencia está justificada porque es en esos diferentes planos de debate y diálogo donde se sustenta la novela. Es una cuestión de medida. El relato que transcurre en las redes, tan actual, refuerza el sentimiento de angustia existencial que acompaña a David. Retrata un submundo que para algunos no lo es, como muestra el intercambio que entablará con un tal Schneider.

Estas disertaciones desembocarán ya avanzado el libro en un giro algo desconcertante, que puede provocar perplejidad y que el lector cuestione el camino recorrido. El lenguaje como transformador de la realidad, para fijarla, recrearla, modificarla o imaginarla, está en primer plano. Tras acompañar a Daniel hasta ese punto, de pronto parece que todo se desmorona y que la buena fe lectora no ha tenido recompensa. Pero ahí está Gómez Bárcena para dar otra vuelta de tuerca y sorprendernos gratamente lanzando nuevas bolas al aire. El texto recupera en el tramo final el pulso y la emoción sin traicionar lo expuesto anteriormente.

Abril o nunca da vueltas a los actos y experiencias que se dan en un lugar y en un instante determinado de la existencia, a cómo procesamos los sentimientos de culpa, pérdida y dolor; a las estrategias de evitación o confrontación. Reflexiona sobre los muchos interrogantes y desafíos de una vida a medio construir cuando uno percibe que las cosas podían haber sido de otra manera.

La novela de Juan Gómez Bárcena tiene pinceladas de relato costumbrista, de novela de suspense, intimista, psicológica o fantástica. Los requiebros de la narración suponen pequeños retos para el lector. Al acabar se valora sobremanera el brillante manejo que el escritor santanderino tiene del texto como globalidad y siente la satisfacción de haberle seguido hasta el final. Ha valido la pena.