
Claudia Apablaza
La siembra de nubes
Almadía
176 páginas
Claudia Apablaza, responsable de brillantes textos híbridos, experimentales y fragmentarios desde que comenzara su andadura literaria -cercanos al relato en Autoformato (2006), Siempre te creíste la Virginia Woolf (2011), Todos piensan que soy un faquir (2013), al ensayo en Hija ilegal. De Bolaño a Nicanor (2009), La máquina de Kiribati según Go, O y Gle (2011), Historia de mi lengua (2022), y al diario en Diario de las especies (2008), EME/A: la tristeza de la no historia (2010), GOØ y el amor (2012) o Diario de quedar embarazada (2017)- ha dado el salto a la novela con La siembra de nubes.
El volumen se hace eco de algunas de sus principales obsesiones literarias: las aristas de la migración y la precariedad de las relaciones afectivas contemporáneas, los peligros asociados al ecocidio y los silencios provocados por la dictadura chilena. Motivos que, por tratarse de su primera obra de largo aliento, son abordados aquí en profundidad. Para lograrlo, la escritora asume una «poética de las nubes» tan inestable como dinámica, que le permite contar lo no dicho en las historias familiares a su protagonista y narradora: Ame, una mujer a punto de emigrar desde su Chile natal a Canadá para investigar las consecuencias de la «siembra de nubes». Esta técnica, que atrae la lluvia a territorios sedientos pero que, al mismo tiempo, contamina los cielos y contribuye al control capitalista del agua se encuentra, asimismo, en la base de la muy recomendable El cielo de Pekín (2011), donde Miguel Espigado comparte preocupaciones ecológicas y políticas con Apablaza para encarnar, en una desnaturalizada Pekín, los peligros que arrostra nuestro mundo en crisis.
El título La siembra de nubes se revela, pues, polisémico. Subraya, en principio, una sequía real: la de un planeta que está quedándose sin agua -tema que preocupa a Apablaza, proveniente, como ella misma ha reconocido, de una familia de agricultores- y que abunda en «zonas de sacrificio», plasmadas con pericia en el texto y coincidentes con las descritas por Samanta Schweblin en Distancia de rescate (2014), Cristian Romero en Después de la ira (2018) o Fernanda Trías en Mugre Rosa (2020). La otra aridez es metafórica: la que sufre una mujer deseosa de acabar con los silencios que han determinado su vida, asociados a las secuelas dejadas por la dictadura pinochetista. Una «lluvia» purificadora permitiría sanar tanto heridas personales como generacionales, así como desenmascarar las mentiras de «la historia oficial». Como señala el siguiente párrafo: «Miro el cielo. Las nubes se juntan y distancian. Intentan dibujar un nombre, una palabra reveladora, una señal de algo. Un tipo de escritura que, si supiéramos deletrear, tal vez nos ayudaría a dilucidar las formas de enfrentarnos con el futuro».
Sumida en el trajín que conlleva su inminente partida, Ame bucea en el pasado familiar mientras captura lo efímero de su cotidianidad, que pronto quedará fijada en el recuerdo. El texto se encuentra escrito, por ello, en rabioso presente y se regodea en la fragmentariedad del dietario -género de la «dispersión» afecto a los intereses de Apablaza-, lo que permite acompañar a la protagonista en el breve periodo que precede a su viaje. La indagación en la memoria genealógica vendrá de la mano de diversas informantes; su tía, su madre y, muy especialmente, su abuela: figura de especial relevancia en la obra, tan honesta como cercana, identificada con el enigmático Aquiles (objeto último de las pesquisas de la narradora) por su filiación política, su compromiso y su desapego a las convenciones sociales.
La novela acierta al contrastar la frialdad del discurso científico con la indagación en la intimidad de Ame, zarandeada entre relaciones eróticas precarias -un tema grato a Apablaza, como se aprecia especialmente en GOØ y el amor– y su deseo de conocer a Aquiles, el tío exiliado a Brasil con quien comparte destino, búsqueda del padre, biblioteca y, quizás, algo más… Misterio oculto durante años pero que, ahora, sale a la luz. De ese modo, el proceso seguido para «sembrar nubes» estructura la obra en cinco partes –«Dispersión de sustancias», «Cristalización», «Precipitación», «Evaporación» y «Cosecha»-, encabezadas con frases extraídas de un paper sobre el tema y símbolos de las complejas vivencias experimentadas por la protagonista, que pasa del desconocimiento a asumir la necesidad de «cosechar» respuestas. Este hecho explica que, en un significativo momento, llegue a compararse con el objeto de sus pesquisas profesionales: «Abrí el WhatsApp, cambié mi foto de perfil por una nube enorme, oscura y tóxica, a estas alturas yo también estaba intervenida».
El sesgo metaliterario, característico de la poética de Apablaza, se evidencia en cómo Ame se acerca a Aquiles gracias a la biblioteca que ha heredado de este, lo que da lugar a algunos de los episodios más disfrutables de la obra. Asumiendo que a una persona se la reconoce por los volúmenes que atesora -hecho refrendado, entre otros, por El libro de las listas de libros (2017), de Alex Johnson-, la narradora refleja su fascinación por el motivo de «los libros de otros» en el siguiente párrafo:
Me encuentro con un libro de la francesa Sophie Divry: Signatura 400. El personaje principal, una mujer que trabaja encerrada, no ve la luz del sol ni las lluvias. Se pasa el día ordenando, clasificando y leyendo. Reflexiona acerca de esas obsesiones de ordenar todo el día libros ajenos en estanterías. Llega a la conclusión de que ordenar aligera su malestar. Espía a los lectores entre los anaqueles, qué les pasa con los libros. En la contraportada dice: «Este inclasificable libro de Sophie Divry nos habla acerca de las emociones que experimentamos frente a las bibliotecas ajenas e incluso frente a nuestras propias bibliotecas».
En esta línea, para comparar al tío con su supuesto padre carnal, contrapone el gusto del primero -con el que se identifica- al segundo a partir de una lista de títulos: «La biblioteca de Aquiles tenía libros de filosofía occidental, narrativa latinoamericana, poesía chilena, pensamiento político, la guerra civil española y novelas latinoamericanas de algunos autores del boom. La de mi padre: libros de Freud, Stanislav Grof, Gurdjieff y autoayuda».
Conocemos, además, que Aquiles se interesó especialmente por dos títulos: Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, y Los niños de Rusia, de la ficticia Julia Auger; la protagonista lee los extractos subrayados de ambas obras para colegir que, a través de ellos, el tío buscaba acercarse a su propio padre, exiliado de la Guerra Civil española. Así, en la investigación bibliográfica encontramos un nuevo punto en la clave de bóveda que une a Ame con Aquiles: el sino migratorio de una familia que sufre un agotador ir y venir entre Chile, España y otros países de Hispanoamérica, condena que aboca a los individuos a vivir existencias signadas por el desarraigo y que parece eternizarse con la próxima marcha de la narradora a Canadá. En la misma línea, la argentina Victoria Szpunberg (Premio Nacional de Dramaturgia 2025) remarcó la vigencia del tema estrenando el año pasado en Barcelona La tercera fuga, pieza teatral que cuenta el exilio entre Ucrania, Argentina y España de tres generaciones de una familia muy cercana a la suya.
Dejo para el final un asunto especialmente relevante. Amante de los personajes obsesivos, a los que retrata con pertinencia debido a sus estudios de Psicología, a su morosa delectación en los detalles y a su habilidad para mostrar pensamientos esquinados, Apablaza recurre en estas páginas a lo que Umberto Eco definiera como El vértigo de las listas (2009). En efecto, en la obra aparecen numerosas enumeraciones -a veces con su correspondiente tachadura, lo que denota su carácter urgente-, que llegan a ocupar la longitud de una página. Así ocurre con la que expone los daños provocados por «la siembra de nubes»; las que escriben Ame y Aquiles para no olvidar pertenencias esenciales antes de sus respectivos viajes; y, sobre todo, la que permite a la protagonista aclarar progresivamente los episodios oscuros de su historia familiar. Las listas provocan tres efectos característicos del «taller Apablaza»: imprimen dinamismo al ritmo de la novela; subrayan la alergia de la autora a las obras cerradas y «perfectas» (en el sentido etimológico de «completas»); y, finalmente, demuestran que la chilena, practicante de una «poética del tajo», prefiere los atlas -provisionales y libres- a los archivos -fijos y emparentados desde su nombre con la idea de arché.
Concluyo señalando cómo La siembra de nubes, según su autora, supuso un laborioso trabajo de seis años, en el que el texto fue trabajado por capas: la correspondiente a la investigación científica sobre el desastre climático que se avecina, la dedicada a las memorias familiares y la vinculada al lenguaje. Entre ellas, y aunque la preocupación ecológica ya se mostraba en La máquina de Kiribati según Go, O y Gle, resultan especialmente logradas las asociadas a la intimidad y al estilo, terrenos en los que Apablaza nunca defrauda y en los que, esperamos, seguirá indagando en sus futuras creaciones.