«La única decisión que he tomado en mi vida adulta fue la de irme a Cuba»POR DARÍO ALEMÁN

Alma Guillermoprieto fue bailarina hasta el día en que descubrió que no lo sería más. Lo descubrió porque se lo hicieron notar de la peor manera posible. En La Habana de los primeros años del castrismo le dijeron que no tenía cabida en los nuevos tiempos de América Latina, que ni era tan buena revolucionaria ni tan buena bailarina como creía. A pesar de los años de formación en Nueva York y de aquella corta y accidentada temporada como profesora de danza contemporánea en Cuba, debía darle otro rumbo a su vida. Entonces estaba lejos de imaginar que sería ella quien mejor contaría los nuevos tiempos de América Latina, que no era tan buena revolucionaria porque lo suyo sería narrar revoluciones, y que no era tan buena bailarina porque en realidad, aunque todavía no lo supiera, era periodista… o mejor: escritora.
Diez años después, Alma se adentraba en la selva centroamericana con una grabadora, una libreta de notas y algo para escribir. Ya tenía claro que se dedicaría al periodismo. Por esa época, sus textos eran publicados en The Washington Post, donde escribía sobre América Latina. Alma nació en México, de madre guatemalteca, pero vivió muchos años en Estados Unidos. Su pertenencia a dos mundos muy distintos le permitía —y le permitirá— traducirle la América del español, el portugués y cientos de lenguas más a esa otra América, la angloparlante, que de tan encerrada en sí misma gusta llamarse AMÉRICA.
A sus 32 años, había sido testigo de las dos grandes revoluciones latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX en sus mejores momentos. Había estado en La Habana comunista de Fidel Castro y en la Managua en que entró triunfante el Ejército Sandinista de Liberación Nacional (ESLN), que puso fin a la larga dinastía de los Somoza. Eran aquellos tiempos de utopías y Guerra Fría. Es cierto que, en la región, los tentáculos imperialistas de Washington aparecían aquí y allá, imponiendo dictaduras militares y comprando políticos entreguistas, pero también aparecían por doquier los focos guerrilleros, los campesinos y los indígenas pobres que tomaban las armas para expulsar a sus tiranos y construir verdaderos Estados soberanos y prósperos. Así sucedía, por ejemplo, en la selva de El Salvador, a donde se había ido Alma a reportear la guerra intestina entre el Ejército y el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN).
Mientras tanto, en Estados Unidos, Ronald Reagan buscaba convencer a todos de que El Salvador avanzaba en su «proceso democratizador» mientras el Ejército, que apoyaba con dinero y entrenamiento, seguía apagando focos guerrilleros en el país. La lucha contra el comunismo, decía, era un éxito en Centroamérica, por eso urgía seguir financiando la guerra contra los guerrilleros mal armados del FMLN. Muchos lo creyeron, pero otros tantos dejaron de hacerlo cuando el 27 de enero de 1982, en las páginas de The Washington Post, apareció una nota que comienza así:
«Tres sobrevivientes que dicen haber sido testigos aseguran que cientos de civiles, entre los cuales había mujeres y niños, fueron sacados de sus hogares en Mozote y sus alrededores y asesinados por el ejército salvadoreño durante la ofensiva decembrina contra la guerrilla izquierdista».
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Desde que tenía 15 años, mi mamá ahorraba para mantener nuestra suscripción a The New Yorker. Ese era nuestro inmenso lujo. Nosotras teníamos un ritual: The New Yorker llegaba por correo los miércoles y nos sentábamos las dos a hojear la revista como todo el mundo, primero los chistes y luego lo que había para leer. Esa fue mi educación y, diría también, mi referencia como cronista
Alma Guillermoprieto (76 años) desayuna ahora en un café de la Ciudad de México, muy cerca de su casa. «Allí tengo mi oficina», me dijo la primera vez que hablamos para concertar esta entrevista. Allí le leo el inicio de aquella nota con que dio a conocer al mundo la matanza de El Mozote, una de las masacres más brutales ocurridas en América Latina el pasado siglo, perpetrada por el temible Batallón Atlácatl del ejército salvadoreño.
«Poco antes de empezar a escribir esas notas en Centroamérica, estaba trabajando de traductora simultánea inglés-español, y era un buen trabajo. Últimamente me ha dado por decir que me hubiera quedado yo de traductora y hubiera tenido una buena vida, calmada, agradable, estable. En fin…», dice.
Pero fue periodista, quizá la más grande periodista del continente, de ahí que la reconocieran con el Ortega y Gasset por la Trayectoria Profesional (2017) y el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades (2018), entre otros premios. Con sus libros y sus crónicas, durante casi medio siglo, Alma Guillermoprieto ha descubierto América Latina, en toda su complejidad, tanto a los estadounidenses como a los propios latinoamericanos. Nadie como ella ha escrito tanto y tan bien sobre lo extraordinario y lo cotidiano de estas tierras: lo mismo del fin de la épica revolucionaria cubana, la caída de Sendero Luminoso en Perú y las fugas del temido narcotraficante Joaquín «El Chapo» Guzmán, o del significado del Día de Muertos en México, el fenómeno de las telenovelas en Brasil o la magia que puede contener un cenote en la selva maya.
Ahora publicará un nuevo libro en español, Esta improbable tierra prometida (Debate, 2026), cuyo título resume a la perfección lo que ha sido la historia de la región. Se trata de una compilación de crónicas y perfiles organizada en cuatro partes: «De demonios y dolor», «De gobernantes y rebeldes», «Héroes» y «Belleza y fe». Con estos textos, Alma Guillermoprieto administra personajes y relatos en un ejercicio más histórico que moral, pero que indefectiblemente recuerda al que hizo Dante Alighieri en su Divina Comedia. Este libro es, sin dudas, el retrato más acabado de la América Latina del último cuarto de siglo.
En el mismo café cercano a su casa, mientras desayuna, seguimos conversando.
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En tu libro La Habana en el espejo (Mondadori, 2005), si bien no narras tu primera experiencia periodística, sí creo que cuentas tu primera experiencia latinoamericana. Y me llama la atención que fuera en Cuba, porque luego de aquel año que pasaste allí (1971) cubriste muchos sucesos en América Latina que, de cierta manera, estuvieron inspirados en la Revolución cubana o tuvieron algún tipo de relación con esta.
Eso fue hace muchas vidas. La mayoría de las personas que nos rodean ahora, en este café, no habían nacido entonces. Pero haré un esfuerzo en recordar lo que sucedió cuando tenía 20 años.
Los cubanos de esa generación también eran fanfarrones, guapos (en el sentido de la «guapería» cubana) y yo venía de estudiar danza en Nueva York. Te imaginarás el choque cultural que fue. Pero eso no fue lo más grave. Lo que me impactó como experiencia de un lugar distinto no fue la isla en sí, sino el socialismo. La cultura comunista de ese momento era lo que me resultaba profundamente extraño y ajeno, y fue la causa de mucho sufrimiento personal. Entonces yo no sabía que el lenguaje era tan importante para mí, pero era importantísimo. El lenguaje que los cubanos hablaban no era mi español, pero no por el acento, sino por la retórica. Y eso, hablar en retórica, era violentador. En Cuba se hablaba en retórica desde el desayuno hasta la noche. Todo era «por la causa», todo era «compañero». Fue el año de la famosa Zafra de los Diez Millones, y las conversaciones eran: «los 10 millones van» y «de que van, van». Fue realmente enajenante padecer ese lenguaje.
Dices que, aunque no lo sabías, el lenguaje era importantísimo para ti. ¿Cómo era tu relación con el lenguaje en esos años en que aún no pensabas dedicarte a la escritura?
Desde los 13 años, todo el mundo me decía que debía ser escritora. Yo leía mucho, era una lectora empedernida, pero cuando alguien me decía «escritora» aquello no me causaba el menor impacto ni el menor interés. Para mí, lo mío era la danza. Escribía cartas, y los que las recibían seguían insistiendo en que tenía que ser escritora, pero eso ni se me ocurría como una posibilidad.
¿Qué lecturas hasta ese momento te sirvieron de referentes años después, cuando te iniciaste en el periodismo?
Desde que tenía 15 años, mi mamá ahorraba para mantener nuestra suscripción a The New Yorker. Ese era nuestro inmenso lujo. Nosotras teníamos un ritual: The New Yorker llegaba por correo los miércoles y nos sentábamos las dos a hojear la revista como todo el mundo, primero los chistes y luego lo que había para leer. Esa fue mi educación y, diría también, mi referencia como cronista.
Volvamos a la Cuba de 1971. Eres bailarina, pero te cuestionas (y te cuestionan) tu futuro en la danza. ¿Cómo pasas de esa situación a reportear lo que sucede en Nicaragua y el resto de Centroamérica en unos años tan convulsos como fueron los 70 y los 80? ¿Cómo fue ese salto?
La Revolución cubana me dijo que yo, como artista y como bailarina, era una «comemiedda». Y me lo dijo en los tonos más claros, discriminatorios y horribles que te puedas imaginar. Yo, que no lograba comprender la retórica cubana y no entendía dónde estaba parada, a los 20 años me creí aquello y dejé de bailar para no seguir siendo una «comemiedda». Claro, al dejar de bailar, me quedé sin vida. Pasaron dos años, fui traductora simultánea, y en eso se atravesó el proceso chileno de Allende. Da la casualidad que yo iba para Chile el mismo 11 de septiembre de 1973. Tomé un vuelo a Santiago, pues tenía una beca para ir a estudiar a FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales), pero el avión tuvo que aterrizar en Buenos Aires. A partir de ahí, tuve que improvisarme la vida.
Creo que la única decisión que he tomado en mi vida adulta fue la de irme a Cuba. Luego todo fueron accidentes, uno tras otro, tras otro, tras otro. Y uno de esos accidentes fue que mi mamá tuviera un amigo inglés que era periodista, quien me recomendó para The Guardian, y que él tuviera una publicación que se llamara Latin America Newsletters. Mi primera experiencia periodística previa al estallido de la insurrección en Nicaragua fue recortar todas las semanas los diarios mexicanos y mandarle a este amigo de mi madre un sobre con esos recortes de noticias. Después me tocó escribir noticias puntuales, hasta dos y tres al día, primero para The Guardian y luego para The Washington Post.
¿Te sirvió de algo la experiencia de la Revolución cubana a la hora de contar la Revolución sandinista?
Sí. Fíjate que no había pensado yo hasta ahorita esto: cuando ocurre la Revolución sandinista, ese lenguaje retórico y ese mundo ya me eran familiares justo porque en Cuba yo había conocido guerrilleros, sabía de revoluciones y ya tenía metida dentro la semilla del deseo del heroísmo. Y la reportería periodística me dio la oportunidad de ser un poco heroica.
Para The Washington Post, ya en El Salvador, escribiste aquella conocida nota sobre la matanza de El Mozote. He escuchado y leído a varias personas que, cuando hablan de tu carrera, mencionan esa nota informativa como una especie de texto fundacional. ¿Cómo influyó (si lo hizo) ese texto en tu vida?
Después de aquella noticia, la presión del Departamento de Estado contra mí fue fortísima. Recuerda que estamos hablando de la Guerra Fría, específicamente la época de Reagan. El texto fue un escándalo en Washington, al igual que el que hizo mi colega Ray Bonner para The New York Times. La fecha de la masacre fue lo que dictó la fecha del reportaje, y da la casualidad que salió en la víspera de que el Congreso de Estados Unidos certificara que El Salvador estaba avanzando en su proceso democrático. Entonces la agarraron con nosotros.

¿Cómo fue esa presión?
Uno de los asistentes me pasó una carta del encargado de la Oficina de Diplomacia Pública para América Latina y el Caribe, Otto Reich (un cubano, por cierto). La carta iba dirigida a Ben Bradlee y decía que yo era una guerrillera, una comunista y no sé cuántas cosas más. La respuesta de Bradlee, el legendario jefe de The Washington Post cuando el escándalo del Watergate y demás, fue que no se preocupara, que él se aseguraría de que yo siempre estuviera «escribiendo razonablemente», o algo así dijo. Luego, uno de los editores me dijo: «Aquí nunca te van a volver a mandar como corresponsal», y decidí renunciar.
Yo no tenía talento para hacer noticias diarias ni para reportear en Estados Unidos, sobre todo porque Estados Unidos nunca me ha interesado. Entonces, no sé cómo, acabé como jefa de corresponsalía para Sudamérica de Newsweek. Ese nuevo trabajo lo hice muy mal, no era para mí. No me gusta mandar gente. Tampoco me gustaba escribir fórmulas ni cápsulas, así que renuncié a eso también. Yo ya tenía en ese momento seis años de experiencia como reportera, y pensé: «Quizá lo que me queda bien sea escribir para The New Yorker». Y eso hice. Y me fue bien, pues, como te dije, llevaba leyendo The New Yorker desde los 15 años.
Cómo enfrentas el hecho de contar historias de América Latina y ser latinoamericana, pero escribir en inglés para un público anglófono, específicamente estadounidense. Aunque ese público no suele ser el estadounidense promedio, supongo que tienes que hacer una traducción no solamente idiomática, sino también contextual a la hora de explicarles lo que pasa en la región.
Te diré una cosa: la gran ventaja que he tenido como escritora ha sido escribir para un público totalmente ignorante de la realidad que yo describo. Eso me ha obligado a ser clara, a explicar como si le estuviera explicando a un niño. Eso, a su vez, ha hecho que cinco o diez años después mis textos traducidos al español sean leídos en América Latina como si fuera el pasado de una región extranjera. Cuando escribo, me tomo el trabajo de explicarlo todo punto por punto.Por ejemplo, digo: «Colombia es un país que está más cerca de Florida de lo que los estadounidenses suelen pensar. La capital es Bogotá. Lo que allí se cultiva es café…». Así lo hago, como para estudios primarios. Eso ha sido un regalo que me dio la vida. Aunque al principio no entendí lo que significaba esa gran ventaja.
En una charla en la FIL de Oaxaca, hace unos años, dijiste: «No me importa la política, sino el espectáculo del mundo»…
Pero de todos los espectáculos que he visto en mi vida, ninguno como el que ha dado Trump. Ni Chávez ni Carlos Menem ni nadie ha hecho lo que este señor. Trump es un showman del absurdo total en el espectáculo del mundo.
Bueno, quizá no como el de Trump, pero viste muchas cosas, sobre todo en América Latina. Cosas horribles y también hermosas. Viste la época de las guerrillas y las utopías, viste dictaduras sangrientas, la imposición del neoliberalismo en su versión más salvaje. ¿Cómo ha sido, desde el periodismo, haber tenido la oportunidad de presenciar y narrar tantos momentos importantes en la región?
No he pensado en cómo ha sido, pero supongo que el factor que cuenta aquí es el tiempo. Aunque sí me reconozco un mérito: el de quedarme en América Latina, no irme a Francia o buscar una corresponsalía extranjera tradicional de esas en las que te quedas seis años en un país y seis en otro. Yo me quedé en toda la región, y si contamos desde 1978, en casi medio siglo de reportear aprendes mucho a fuerza. No te queda otra. Supongo que tengo un acervo que me permite parecer sabia cuando lo único que tengo es vejez.
El título de tu libro más reciente en español, Esta improbable tierra prometida, me remite a ese otro que es Desde el país de nunca jamás (Debate, 2011). Hay una continuación cronológica entre los hechos que cuentan uno y otro, pero también una idea que gravita alrededor de ambos títulos. Me refiero a la idea de América Latina como algo incompleto: muchas utopías, muchos proyectos de modernidad y democratización que nunca se concretan. Es como si aquí la historia fuera un «a medio camino» en todos los sentidos.
En efecto, es una región que tiene todo para prometer y le cuesta concretar, aun teniendo una población no violenta…
¿No violenta?
Claro, la violencia es excepción en América Latina. De hecho, yo diría que cuando se habla (o se hablaba) de violencia aquí, en realidad se trata de núcleos de violencia que se dan dentro de sociedades pacíficas.
Lo digo en serio. El auge de la violencia viene desde el auge del narcotráfico a la fecha.
¿Y en los tiempos de las guerrillas? ¿La masacre de El Mozote…?
Sí, claro que hubo violencia, hechos horribles, pero esos eran núcleos pequeñísimos. Piensa en Colombia, que tuvo guerrillas más poderosas y más duraderas que ningún otro país. En su apogeo, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) eran 20 mil personas si acaso, pero en un país de más de 40 millones de habitantes. México, antes de la violencia del narcotráfico, tenía tasas de homicidio comparables con las de Kansas. Después del siglo XIX y sus guerras de consolidación del Estado, y después de la Revolución Mexicana, tú casi no ves guerras en el siglo XX, excepto la de Honduras y El Salvador, la llamada «Guerra del Fútbol», que fue una guerruchita. En Europa hubo dos guerras mundiales y aquí no. Estas son sociedades que no solo son pacíficas, sino con fuertes estructuras familiares y sociales. Claro, todo eso lo ha desbaratado el narcotráfico.
Pero vuelvo a lo que decías. Y sí, los títulos de esos dos libros hablan un poco de que nunca podemos llegar a ese lugar al que tanto aspiramos.
¿Por qué no podemos llegar?
Primero, tenemos el peso del imperio norteamericano, que sistemáticamente ha interrumpido nuestras historias e impedido, para bien o para mal, que estas se consoliden por vía propia. Una de las preguntas que me hacen últimamente es si Venezuela estará mejor con Delcy Rodríguez que con Maduro. Pero ese no es el punto. El punto es que Estados Unidos violó el territorio ajeno y extrajo a un gobernante (sí, de facto), violando todas las reglas de convivencia internacionales. Ya si Maduro debía seguir o no en el poder es un tema secundario y de los venezolanos.
Entonces, decía, está el imperialismo, pero también la inmensa dificultad que han tenido la mayoría de los países de América Latina de construir instituciones fuertes e infraestructura, lo que facilitó la llegada del narcotráfico. Por eso vivimos con un futuro impredecible y un presente inconcluso, con sueños utópicos irreales y unas calles llenas de baches. Quizá si los gobiernos, que nos pesan tanto, tuvieran la capacidad y la voluntad de eliminar los baches, no sé, a lo mejor nuestras sociedades tendrían estructuras más democráticas.
Esa América Latina inacabada es triste y se vive a veces como una traición. Pienso ahora en el perfil de Daniel Ortega que aparece en tu último libro, y en la desazón que se siente al leerlo. Tú viviste la Revolución sandinista, que hoy es una dictadura horrible. Escribiste alguna vez sobre héroes y, muchos años después, vuelves a escribir sobre ellos, pero convertidos en villanos.
Yo comencé como reportera en Nicaragua y fue así porque me hacía tantísima ilusión el proceso nicaragüense… Yo no quería estar ahí porque quisiera ser reportera; yo quería vivir el proceso sandinista. Creo que si notas un tono de desazón es porque siento que yo tampoco quise ver. No solo los nicaragüenses no quisieron ver, no solo la dirigencia honesta nicaragüense no quiso ver lo que estaba pasando: creo que yo tampoco quise ver, que preferí conservar la ilusión. Y en eso fui tan latinoamericana como el que más. El no querer ver, esa necesidad de la ilusión, propició los horrores que vinieron después. Así pasó con la Revolución sandinista, La Revolución cubana y lo que sea que haya sido Hugo Chávez.
No solo los nicaragüenses no quisieron ver, no solo la dirigencia honesta nicaragüense no quiso ver lo que estaba pasando: creo que yo tampoco quise ver, que preferí conservar la ilusión. Y en eso fui tan latinoamericana como el que más. El no querer ver, esa necesidad de la ilusión, propició los horrores que vinieron después
Otra cosa que me llama la atención del libro es su estructura. Empieza con demonios, sigue con gobernantes y rebeldes, después con héroes y luego con historias que ofrecen algo de fe y esperanza. Pero en esta galería los héroes son los únicos que están todos muertos.
Los héroes siempre están muertos. La muerte es una precondición del héroe. No sé si sabes que en Estados Unidos, y creo que en México también, no puedes erigir una estatua a un gobernante vivo. Porque hasta que no haya muerto la persona no se sabe si vale la pena hacerle estatuas. Por eso Trump quiere apurarse a hacer estatuas suyas: él sabe que una vez muerto ya no habrá estatuas. Los héroes, en fin, necesitan una herencia fija, así que es necesario que mueran antes de hacer un balance de sus virtudes.
En el capítulo «De gobernantes y rebeldes» quizá haya polémica en tu valoración. Allí ubicas a Hugo Chávez, pero habrá quien piense que debería estar donde los demonios.
Yo lo puse como gobernante porque eso era.
Pero Ortega también es un gobernante y, sin embargo, lo ubicas en la parte de los demonios, junto al Chapo Guzmán y el sacerdote Marcial Maciel.
¿Eso hice? Ah, qué tan fuerte será mi desilusión que metí a Ortega de una vez en el tacho de la basura.
Siendo estricta, a Ortega le tocaba como gobernante. Pero ¿sabes por qué lo puse como villano? Pues por el tema del abuso sexual. Ahí se sale de la categoría de gobernante. Aunque, claro, por esa razón también pude haber incluido a Evo Morales como un demonio. Pero Evo me cayó bien en su momento, no puedo evitarlo. Hizo muy bien ciertas cosas, pero también hizo otras fatales.
¿Crees que las historias tienen jerarquías? Me refiero a si te sientes igual cuando escribes de políticos importantes o grandes caudillos que cuando escribes, por ejemplo, de las telenovelas brasileñas o la magia de un cenote en México.
No hay jerarquías en ese sentido. A mí me encantó el texto del cenote justamente porque se maneja en el terreno de la magia. ¿Qué característica latinoamericana tenemos en común mis personajes y yo? Pues una percepción mágica de la realidad. Cuando encuentro a alguien que está tratando de entender qué relación tiene el sol con un pozo de agua que se mitificó hace 800 años y con un chamán que reza para que llueva sobre los cultivos, ahí entro en una especie de trance alucinado y trato de contar la historia. Escribir sobre Evo Morales me fascina porque es todo un personaje, lo mismo con Chávez y hasta con Ortega, pero también me alucina escribir de los bolivianos que sobreviven en el altiplano, y de sus rituales extraordinarios y sus maneras de vestir. Todos los textos me hacen alucinar, aunque el reportaje sobre el crimen de Ayotzinapa es diferente.
¿Por qué?
Porque sentí la responsabilidad de no dejarme alucinar. Tenía que escribir de la manera más descarnada posible lo que ha sido un crimen y un misterio a la vez; un gran misterio que mancha el alma del Estado mexicano. Ese es un texto aparte, al menos en este libro.
A lo largo de esta conversación te has definido como escritora y no como periodista…
Es que yo soy una escritora, y creo que una cuidadosa. Detrás de mis textos siempre estoy yo escondida en mucha mayor medida que otros reporteros. Creo que esa yo que quiere salir y a la vez no quiere salir, que se esconde y se refleja en las palabras, todo eso, es el impulso literario. Y está también la necesidad de contar historias. Yo no hago noticias, yo quiero contar cuentos. Todas las historias que aparecen en este último libro, con excepción de la de Ayotzinapa, son cuentos que me llamaron la atención, me hicieron gracia o me fascinaron. La literatura es el esfuerzo de contar una historia.
Entonces ¿haces literatura o periodismo?
El periodismo y la literatura, aunque son dos formas muy distintas de reflejar el mundo, tienen el mismo valor. Yo no sé si lo que hago sea literatura, pero sí participa del proceso literario. Es decir, los hechos que escribo son puntuales -de eso se encargan los rigurosos factcheckers de The New Yorker, National Geographic y The New York Review of Books- pero el criterio para escogerlos y el lenguaje con el que están narrados tienen que ver con mi proceso imaginativo. Ya te dije: no hago noticias, escribo sobre las cosas que me hacen alucinar y que, en su misma locura, nos reflejan.
Al principio de la entrevista decías que de continuar tu trabajo de traductora simultánea hubieras tenido una buena vida. Sin embargo, fuiste periodista. ¿Crees que has tenido una buena vida?
Ummmm…, diría que he tenido una vida interesante.
