«La IA ya está entre nosotros pero nosotros no queremos reconocer que así es»POR NADAL SUAU

Fotografía cedida por el autor.

Palabra de George Steiner: en los años sesenta, Barcelona era una de las grandes capitales culturales de Europa. Más sucia e irredenta que otras, antifranquista y antifascista (ma non troppo), propiciadora de un circuito editorial que conectaba al continente con Latinoamérica, en fin, un mito que, incluso revisado críticamente, no deja de tener base real. En esa ciudad vivía y crecía Francisco Ferrer Lerín (1942) sin hacer mucho caso a la policía de lo político y culturalmente codificado. Su actitud vitalista y disruptiva, ciertamente asociada a un privilegio de origen, lo convirtió en punta de lanza de una renovación poética que poco después adoptaría la etiqueta de lo «novísimo», aunque lo haría sin incluir su nombre en la famosa antología regida por Josep Maria Castellet en 1970, para sorpresa de muchos. Pero Ferrer Lerín ya había emprendido otros caminos, forjando una biografía extravagante (al menos, para los estándares medios de un Escritor-Español) que lo llevaría a convertirse en ornitólogo especialista en aves necrófagas a caballo entre Jaén y Jaca, y a alejarse por tres décadas de la escritura, hasta que regresó con el siglo XXI recién estrenado. A ambos lados de ese largo hiato, su obra comparte rasgos extraordinarios: brevedad, fragmentariedad, una insólita mezcla de humor negro, violencia seca, sexualidad genesíaca y furor etimológico, un espíritu lúdico que jamás olvida la naturaleza primigeniamente lingüística de lo literario, en fin, una elegancia no se sabe si demasiado moderna o algo anacrónica, si rural o urbana, desde luego al margen de lo previsible.

¿Cómo recuerda la Barcelona en la que escribió «Jornada laboral de un poeta barcelonés»? ¿Qué tenía de especial esa ciudad? ¿Y cuándo se inició el giro provinciano que le atribuye?

Barcelona en los años sesenta y sesenta rivalizaba con Madrid por la capitalidad de España, una circunstancia impensable a día de hoy. Abundaban, eso es cierto, las comparaciones infantiles, por ejemplo las de un periodista, de seudónimo «Sempronio», desde las páginas de Diario de Barcelona, suplicando que se construyera un edificio, en el gran solar de la Plaza Cataluña esquina calle Pelayo, un rascacielos era el término, que dispusiera al menos de una planta más que la Torre de Madrid, y, en el ámbito familiar, otro ejemplo, el de mi tía abuela Pilar que en el trayecto diario, para ir a misa, desde su casa, en el chaflán de Gran Vía con la calle Gerona, hasta el convento de la Reparadoras, escudriñaba las placas de las matrículas de los coches aparcados para ver si las de Barcelona progresaban adecuadamente y superaban a las de Madrid. Así eran las cosas, impregnadas a veces de un candoroso carácter competitivo futbolero, pero con un tono general satisfactorio, propio de una ciudad encantadora, con una intensa vida cultural cuyo exponente obvio eran sin duda las numerosísimas galerías de arte y las librerías, de nuevo y de viejo. Ya nada de todo eso existe, pero podría argumentarse que se trata de un fenómeno generalizado que afecta a la mayoría de grandes ciudades aunque, sin embargo, hay un factor, determinante, que es exclusivo de la entonces denominada Ciudad Condal, me refiero al cambio de estatus, al hecho de ser todavía en aquellos años una entidad de población diferenciada del resto de la región, el que una cosa fuera la ciudad de Barcelona y otra cosa Cataluña. Muchos factores, certeramente premonitorios en el rubro de un programa de Radio Barcelona, «La comarca nos visita», fueron aportando las dosis suficientes de ruralidad, rusticidad, provincianismo en suma, que la han convertido en un Ripoll sobredimensionado.

¿Qué aprende un joven, futuro escritor, al verse expuesto a la manipulación de un cadáver?

Estudié Medicina por tradición familiar pero sin ninguna vocación. Quizá lo único emocionante ocurrió en segundo curso, cuando estuve interno en la morgue preparando restos anatómicos para las prácticas de mis condiscípulos; una morgue abovedada, de piedra oscura no por su color natural sino por las espesas capas de mugre que acumulaba, una morgue críptica, sabiamente mimetizada en los sótanos del Hospital Clínico de Barcelona, monumental inmueble donde se hallaba la Facultad de Medicina. El contacto con los cadáveres humanos no me afectaba anímicamente, ya estaba hecho a su manejo cuando, con mi padre, dentista y médico, y un ayudante suyo, sobornábamos a las monjas que velaban los cadáveres del hospital y trabajábamos con ellos, perfeccionábamos técnicas quirúrgicas y aprendíamos anatomía sobre el terreno. En mi escritura esos lances no dejaron huella en la poesía y sí, pero de modo escaso, en la narrativa.

¿Por qué no apareció usted en la antología de los Novísimos de Castellet?

Nunca lo supe. La verdad es que la antología apareció en 1970 y yo ya en 1968 había dejado Barcelona para ir a trabajar como becario en el Centro Pirenaico de Biología Experimental, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, radicado en el Pirineo de Huesca, en la ciudad de Jaca, por lo que el proceso de edición de ese breviario me pilló en las montañas apaniguando aves necrófagas. En cualquier caso, lo que es seguro es que no fue Castellet quien confeccionó el listado de participantes, él carecía de conocimientos sobre qué era esa nueva expresión poética y quiénes la ejercitaban. Además yo ya estaba sumido en pleno periodo ágrafo, un periodo en el que dejé de escribir literatura y que duró treinta y tres años. Lo curioso es que cuando se publica el libro de los novísimos tardo en enterarme, ya digo ando enriscado, y cuando me entero es por los comentarios de las gentes del ramo que me preguntan, temerosos de que les recrimine su osadía, si me había dolido mi exclusión dado que todos me consideraban el padre nutricio de la secta novísima pero la verdad es que en aquel momento me daba igual, tan alejado estaba de ese mundo aunque, pasados los años y como seguían insistiendo con la pregunta, acabé interrogándome seriamente qué es lo que habría sucedido de verdad en lo más íntimo de aquel cenáculo de vates decisorios.

Después del arranque de su trayectoria poética con tres libros (uno de ellos, publicado en 1987), llegan treinta años de silencio. Se dice pronto. ¿Seguía escribiendo? ¿Tenía claro que algún día regresaría, o, por el contrario, no pensaba en ello?

Dejo de escribir literatura a comienzos de la década de los setenta y no vuelvo a hacerlo hasta al cabo de treinta y tres años. Había publicado De las condiciones humanas en 1964, con textos de 1962, luego, en 1971, La hora oval, con textos de 1959 a 1970, y ya en periodo ágrafo, en 1987, Cónsul, con textos que van de 1964 a 1973. Un día, en el año 2000, suena el teléfono, yo vivo entonces en Jaca, y me invitan a participar en un ciclo de conferencias en el Instituto Francés de Barcelona. Acepto. Y al terminar el acto unos extraños individuos, seguidores durmientes de mi obra, a los que no conocía, me rodean, me abrazan, me besan, y me piden que vuelva a la escritura. Y volví, primero con unos guiones cinematográficos, después con una novela y, finalmente, simultaneando prosa breve y poesía, por la que fui diligentemente galardonado con el Premio Nacional de la Crítica. A partir de ese momento no he parado, me apodan, con sorna, supongo, el grafómano pirenaico, aunque Sergio del Molino, más educado, prefiere «el Salinger de los Pirineos». Fue un retorno inesperado; contestando a su pregunta diré que jamás había pensado regresar a la literatura.

Morgue 1960. Fotografía cedida por el autor.

Una cosa que me encanta es que haya usted declarado en varias ocasiones que la escritura literaria le resulta fácil. ¿Por qué existe ese empeño en glorificar al poeta sufriente?

De niño una cantinela perseverante que asaltaba mi cerebro al acostarme confirió a mi persona la condición de ser musical, condición apta para redactar sentidas poesías e identificar en la espesura del bosque el canto de los pájaros. Este aspecto de mi personalidad, sumado a la lectura desde temprana edad de los gruesos volúmenes de la biblioteca de mi bisabuelo francés, convirtieron el ejercicio de la escritura, de la poesía, que fue el único género de aquella etapa, en una tarea fácil, en algo a lo que no le daba importancia; una facilidad que permitió abandonar dicho ejercicio con la misma naturalidad con que lo inicié y que luego retomé. Ese poeta sufriente, mal vestido, de escasa higiene, rematadamente pobre, no es el modelo que he seguido hasta ahora.

No se recuerda demasiado que usted también fue traductor, y no precisamente de autores irrelevantes: Montale, Tzara, Flaubert. ¿Qué le debe su escritura, o su idea del lenguaje, a esa práctica?

Mi experiencia traductora literaria —hubo otra de carácter científico— se relaciona con mi estancia en Barral Editores y Salvat. Cuando Carlos Barral deja Seix Barral y monta su propio sello, Barral Editores, paso a formar parte de un bizarro consejo editor gracias a la invitación de mi amigo Félix de Azúa, que también propone a su cuñado Javier Fernández de Castro y a Alberto González Troyano, todos compañeros míos de farras y estropicios en general. En una primera etapa, Barral, con prisas y escasa economía, nos paga, escuetamente, por fusilar libros editados por Seix Barral, es decir cambiar por sus sinónimos al menos dos palabras por página y firmar la reconversión con un seudónimo; así buenas traducciones, por ejemplo las de Juan Petit, son publicadas de nuevo, eso sí maquilladas. En una segunda etapa, Carlos Barral me encarga traducir, de verdad, el best seller Le Hasard et la Nécessité del biólogo Jacques Monod, la epifanía dadaísta, del rumano Tzara, L’Homme approximatif y el intimista libro de poemas Ossi di seppia del ligur Eugenio Montale. La suerte de estas tres traducciones es desigual; la traducción del ensayo de Monod la publica Barral en su propio sello y luego la vende a otros, la del libro de Tzara, que yo sepa, nunca ve la luz pese a habérmela pagado, y Huesos de sepia la vende a Visor donde es publicada. Trabajo en Salvat Editores durante un corto período, como redactor jefe, para llevar adelante la edición de una de las primeras obras en fascículos, Conocer España, pero el traslado a Pamplona de parte de la sede barcelonesa de la editorial me deja sin trabajo y mi jefe, Joaquín Marco Revilla, me encomienda entonces la traducción de dos obras para la popular colección Biblioteca General Salvat: Trois contes, de Flaubert, y L’Annonce faite à Marie, de Claudel. La traducción tanto de literatura como de manuales de ciencias naturales es una labor agotadora y muy mal remunerada; eso sí, aporta, en etapas tempranas de la vida profesional, algunos recursos valiosos como el enriquecimiento del léxico y la profundización etimológica, la comparación de las sintaxis y, en especial, el desmenuzamiento de la mecánica escritural de otros autores.

¿Qué papel tuvieron las tecnologías (blogs, redes sociales) en su regreso y, en general, en su segunda etapa como escritor, de 2009 en adelante?

Dependo de las nuevas tecnologías. No entendería la escritura fuera del ordenador. La Universidad de Zaragoza creó una página en la que vertía mis escritos y sus consideraciones, hasta que unos turcos, no precisamente los jóvenes turcos de Cahiers du Cinéma, la dinamitaron; había publicado un libro misceláneo, cuyo título, Papur, correspondía al nombre de un judío principal de la aljama jaquesa del siglo XV y resultó que en Turquía un cantante místico contemporáneo respondía al mismo nombre, o sea que debieron considerar sacrílega mi publicación y silenciaron electrónicamente mi página, que hablaba en aquel instante del libro. Los mismos universitarios zaragozanos abrieron en 2008 un blog a mi nombre y esta ha sido la herramienta más útil de las que he empleado, una herramienta que permite publicar al instante, que permite corregir y que permite considerar los comentarios de los lectores. Tras ese blog, que aún mantengo, surgieron otras plataformas para insertar mis escritos; El Boomeran(g), Linkedín, y cuatro variantes de Facebook.

Es evidente el tono onírico de parte de su escritura, sobre todo cuando adquiere características narrativas (Mansa chatarra es el ejemplo más claro). Pero ¿cómo es el trabajo que lleva a cabo para convertir lo soñado en literatura?

La alta edad obliga a levantarse a hacer aguas menores varias veces a lo largo de la noche. Es sabido que al despertarnos sólo recordamos el final de lo que estábamos soñando, por lo que si nos despertamos cinco veces obtendremos más material onírico que si sólo nos despertamos una y, sobre todo, si esa única vez es para no volver a acostarnos y sí para asearnos, desayunar e ir a la oficina. Tengo el ordenador, siempre enchufado, en un cuarto de estudio, pequeño pero funcional, situado al lado de mi cuarto de baño que, a su vez, está junto a mi dormitorio…, apenas hay pasillo; todo es cuestión de segundos, el tiempo es oro en el vertido en Word de lo que acabo de soñar y que corre el riesgo de desvanecerse para siempre.

¿Tiene o ha tenido usted sueños lúcidos, es decir, aquellos en los que el durmiente puede intervenir en la narrativa de sus sueños mientras los experimenta?

Moviéndome en las procelosas aguas de ese término tan de moda, «interrelacionar», diré que en las épocas más creativas de mi historia onírica mantenía un diálogo fluido, lúcido, con mis sueños. No sólo los detenía forzando la maniobra de despertarme, sino que los empalmaba recuperándolos al comienzo del siguiente sueño (que no tenía por qué producirse en la misma jornada). También me desdoblaba dentro del sueño convirtiéndome en soñador y soñado y, desde luego, tenía, casi siempre, durante el proceso soñador, clara conciencia de que aquello no era la denominada auténtica realidad, la pedestre, sino la otra, quizá la que de verdad valía la pena vivir. Sueños buscados, como el vuelo despegando de la terraza de la casa barcelonesa de mis padres, que ocasionaba un fuerte dolor en los brazos y en el esternón por el poderoso aleteo, y como otro, el hallazgo, o robo, de un tesoro que a menudo finalizaba de golpe despertándome con la almohada sujeta fuertemente contra el pecho, eran, pese a la frustración del segundo de ellos, argumentos que parecía solicitar machaconamente. Y completando el capítulo de habilidades, el dominio de lenguas, algunas aún no inventados, y la resolución rápida y certera de complicadas operaciones aritméticas. Y en cuanto a sexo, el material era de gran calidad resolutiva, qué vívidas experiencias, muchas de ellas acabadas en derrame, y ahora me vienen a la memoria las sudorosas confesiones con aquel cura vasco del colegio Nelly, de la calle Calvet de Barcelona, que siempre concluían con dos preguntas: cuántas veces me había masturbado y cuántas de ellas habían sido con derrame.

¿Qué pesa más en su obra, la crueldad o el humor? Eso, suponiendo que puedan distinguirse la una del otro…

No soy cruel, el sadismo, la crueldad en general supone un exagerado despilfarro energético. Simplemente constato hechos, y los hechos no siempre responden a patrones de empalagosa bondad. El humor sí lo cultivo, a veces incluso de modo consciente. Corre por ahí un ilustrado artículo de Antonio Viñuales Sánchez, exdoctorando mío y ahora profesor de la Universidad de Zaragoza, un artículo publicado originalmente en 2015, en la revista Ínsula, y que se titula «La risa de Ferrer Lerín»; es un artículo que toca un tema tabú que ya agitó Borges y por el que fui zarandeado por Andrés Sánchez Robayna que consideraba blasfemo utilizar el humor en el constructo de un género sacrosanto como es la poesía, aunque fuera en ese subgénero odiosamente denominado poesía en prosa.

Varios libros suyos juegan a reproducir fragmentos ya publicados en otros sitios, solo que reconfigurando su orden, con el resultado de que pasan a tener matices nuevos… ¿Es esta una forma de barajar aprendida del póquer?

Hay en todo lo mío mucho de espontáneo y poco de programado. He tenido a menudo que soportar invectivas del calibre «esa pretensión suya por ser original» y mi única defensa posible ha sido declarar ante notario que nunca he pretendido nada, que las cosas en mi escritura ocurren sin más, sólo son fruto de mi bendita falta de previsión. Quiero decir que los textos de mi autoría que se reproducen aquí y allá, bien en su corporeidad, bien referenciados, no están buscados en el grueso de mi bibliografía sino que son recordados en algún momento durante la redacción de otros textos y, zas, se incorporan. Quizá también la publicación en mosaico de mi obra narrativa, que desde luego propicia dispersión que es a la vez reconversión, puede creerse que obedece a una estrategia editorial, es más, grandes entendedores del mundo del libro y encima amigos míos, como Ignacio Echevarría, recriminan el procedimiento, que no es otra cosa que el resultado de mi incapacidad para decir no, para rechazar las ofertas de publicación a cargo de los sagaces editores sean pequeños o grandes.

¿Cómo llegó usted a la iluminación que supuso acuñar el concepto de Arte Casual?

A mediados de los ochenta, en plena fase de alejamiento de lo literario, estaba inmerso en el mundo de la ornitología de campo, convertido en la versión española de un birdwatcher anglosajón. Recorría incasable todo tipo de ecosistemas a la búsqueda de nuevas especies orníticas provisto de prismáticos y de una libreta en la que anotaba el balance de cada prospección. Uno de los espacios preferidos, en especial cuando no disponía de suficiente tiempo para alejarme del entorno doméstico, era la periferia urbana, los campos, los huertos, los pequeños vertederos de materiales agrícolas, el ejido, en suma. En esos lugares, donde medraban poblaciones de cogujadas, abubillas, gorriones y otras especies de clara conducta antropogénica, reposaban objetos o grupos de ellos, pequeña maquinaria, cascotes, maderos, recipientes que, por su descontextualización o por su colocación, producían un efecto visual atractivo, creaban en mi retina, es cierto que ducha en el disfrute del arte contemporáneo, lo que se podía calificar de hecho artístico; nadie había pretendido hacer arte pero de modo casual, al ser producto de la mano del hombre, sí se podía catalogar de esa manera; eso sí, el hecho artístico, si se producía, era en la mirada del observador atento. Acuñé el término Arte Casual (AC), redacté, en la línea de las vanguardias, un manifiesto, y comencé a registrar fotográficamente dichas manifestaciones artísticas, muchas de carácter efímero, y todas incólumes, no tocadas por mí ni por otros artistas casuales, nunca modificadas, nunca trasladadas a espacios de arte, museos o galerías.

Del mismo modo que existe el Arte Casual, ¿existe también la Literatura Casual? Y, en caso afirmativo, ¿cómo la ha integrado usted en su propia obra?

En mi escritura, en especial en mi poesía, he utilizado, con cierta asiduidad, términos no declaradamente poéticos, ni siquiera livianamente literarios. Recuerdo un poema de adolescencia, recogido en Edad del insecto (SD Edicions, Barcelona, 2016), cuyo objeto es un billete de autobús. Es evidente esa tendencia, ya desde los inicios de mi empleo de escritor, a huir del tópico, a no repetir voces, sintagmas, versos, de naturaleza común en poemarios (qué horrible palabra esta, nunca pude imaginar que iba a pronunciarla). Y esa elección de lo no habitual puede aproximarse a uno de los dos mecanismos que llevan a sancionar un objeto como Arte Casual, el hallazgo casual y la no intencionalidad artística de la mano del hombre que coloca el objeto en determinado contexto.

En relación con esto, ¿ha curioseado ya en el uso de la Inteligencia Artificial con fines artísticos? ¿Qué futuro le imagina a la literatura ahora que convivirá con la IA?

El 31 de mayo de 2025 fui el pregonero de la Feria del Libro de la ciudad de Zaragoza. Hablé de mi estrecha relación con los escritores, editores y libreros zaragozanos así como con las autoridades que, de un modo u otro, rigen, desde la Administración, la Cultura de la ciudad y de toda la región. Luego postulé muy en serio la posibilidad de que los barrios, las calles, los lugares de ocio de la gran ciudad del Ebro se convirtieran en el marco de aventuras detectivescas y criminales a plasmar en novelas, series televisivas y cine en general, considerando que se trataba de un marco proclive a ese tipo de historias y que, desgraciadamente, no estaba suficientemente aprovechado. Finalmente di las gracias al respetable y numeroso público asistente al acto y anuncié que a continuación iba a leer un pregón que había sido creado por Inteligencia Artificial. Mucho del personal esbozó una sonrisa. Leí el texto. Y al terminar, diría que el cien por cien de la audiencia dio muestras palpables, mediante la risa y los aplausos palmeros, de una irreductible incredulidad. Hubo incluso alguien, un cargo importante de la comisión de fiestas, que me recriminó, suavemente, por supuesto, por haber intentado engañar al pueblo llano. La IA está entre nosotros pero nosotros no queremos reconocer que así es. En mi caso, recurro constantemente a ella durante las largas jornadas de escritura; son tantas las consultas que realizo que indefectiblemente, por un simple cálculo de probabilidades, sé que algunos de los resultados de mis preguntas no van a ser del todo ciertos, o al menos no van a ser tan rigurosos como los que obtendría a través de una fuente convencional de información, pero ahí, en ese riesgo, en esa atrevida incertidumbre, radica quizá uno de sus principales activos.

Tengo el ordenador, siempre enchufado, en un cuarto de estudio, pequeño pero funcional, situado al lado de mi cuarto de baño que, a su vez, está junto a mi dormitorio…, apenas hay pasillo; todo es cuestión de segundos, el tiempo es oro en el vertido en Word de lo que acabo de soñar y que corre el riesgo de desvanecerse para siempre

En los últimos meses han aparecido varias publicaciones que recogen aproximaciones críticas a su obra, Apud. Textos críticos sobre Arte Casual en la obra de Ferrer Lerín (Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025) y Memoria de los sueños (Ediciones Contrabando, Valencia, 2025), ambas coordinadas por Joaquín Fabrellas. ¿Cree que la crítica literaria en lengua española le ha entendido? Y, en cualquier caso, ¿cuál debería ser la tarea de la crítica frente al escritor?

Memoria de los sueños es un almacén de 400 páginas no capaz, por obvias razones de economía editora, de albergar las 1.500 del original preparado por el profesor de la Universidad de Jaén Joaquín Fabrellas Jiménez, que abarcaba buena parte de la fortuna crítica acerca de mi obra literaria. Y en esos prólogos, epílogos, entrevistas, reseñas, artículos de prensa, es difícil, por no decir imposible, encontrar una crítica negativa… pero sí la hubo, las hubo, de hecho Paco Umbral y Leopoldo Azancot coincidieron, creo que al menos uno de los dos en la revista La Estafeta Literaria, en la negativa valoración de La hora Oval, preguntándose, curiosamente ambos con la misma frase, si yo pretendía descubrir el Mediterráneo. También, respecto a mi primer libro, De las condiciones humanas, la extensa reseña firmada por Sergio Vilar, en la revista Destino, y el prólogo, firmado por José Corredor Matheos, demostraron con cierta rotundidad que no se entendía de qué iba la cosa. En cuanto al Arte Casual he de agradecer la excelente acogida, que en buena parte se ha reflejado en su participación en el libro Arte Casual (Athenaica, Sevilla, 2019), de diversos teóricos y críticos de Arte Contemporáneo así como de ensayistas y narradores generalistas, pero también hay que señalar la elevada reticencia que han mostrado, desde su atalaya de creadores o mercaderes de las artes plásticas, quienes quizá puedan haber visto tambalearse el valor de su obra, fruto, nadie lo duda, de múltiples horas de esfuerzo, ante la irrupción de otra obra, igual o superior a la suya, hallada en una cuneta o en la democrática sencillez de un muro. Ahora, además, la editorial zaragozana Libros del Innombrable ha publicado Apud, que recoge las intervenciones de varios especialistas en Arte Contemporáneo reunidos en mesa redonda con motivo de una exposición de Arte Casual en la Biblioteca Provincial de Jaén.

¿En qué se parecen, o cómo se alimentan la una a la otra, la ornitología y la literatura?

Los treinta y tres años de agrafía literaria permitieron el desempeño de varios oficios, no todos respetables, que obraron, al retornar a la escribanía, de valioso apoyo. Siempre defendí la existencia en la tarea del escritor, de ocupaciones, a ser posible alejadas conceptualmente, que permitieran aportar conocimiento y, sobre todo, léxico. Un novelista, que no sea ornitólogo de campo y botánico, jamás podrá describir el vuelo planeado de un joven del año de milano real (Milvus milvus) hasta posarse en una rama de un olmo negrillo (Ulmus minor) muerto por grafiosis provocada por el hongo Ceratocystis ulmi.

En una Conversaciones de Formentor, coincidí con una escritora en el ascensor que afirmó que la intervención que más le había gustado ese día fue «la del ornitorrinco», refiriéndose, claro está, al ornitólogo. El caso es que un día le comenté a usted el lapsus, que le complació muchísimo. ¿Será que se siente usted extraño en el mundillo literario?

Sí, los juegos de palabras, a ser posible involuntarios, siempre me han complacido. Por otra parte me consta que en esas conversaciones, he participado en varias, he cosechado algunos éxitos, hasta el punto de haber sido censurado, invitado a terminar, en la última de ellas, para no desbarajustar el balance global de intervenciones. El mundo literario, considerado como club en el que confluyen individuos para tratar de literatura en sí o como campo en el que se dirimen cuestiones paraliterarias, no ha sido nunca lugar de mi devoción. Me gusta, eso sí, relacionarme con seguidores de mi obra literaria, seguidores que hablen bien de ella y que incluso, alguna vez, aporten elementos, visiones, interpretaciones que a mí no se me habían ocurrido.

Juan Buil Oliván afirma que es usted «un poeta de la vanguardia en su fase manierista». ¿Concuerda?

Juan Buil Oliván y su esposa, Lola Aparicio Carrillo, son dos grandes amigos míos. Ambos, expertos en Arte y en Gramática Española, son personas a las que consulto a menudo, sin temor a que se molesten por ello, especialmente por las dificultades que, como políglota, surgen durante la redacción narrativa; es mentira que el conocimiento de varias lenguas sea un factor coadyuvante, acordémonos de la Torre de Babel, de las lenguas como castigo. «Un poeta de la vanguardia en su fase manierista» es un rótulo que tolero mientras esté situado dentro del discurso de Buil y que ignoro si es una broma resultante de su profundo conocimiento de mi persona y de mis accesorios; frente a mis ojos, mientras tecleo en el ordenador, tengo el lomo de un libro de gran tamaño, El manierismo. El estilo europeo del siglo XVI, ese clásico de Wurtenberger.

Le estoy entrevistando en un momento de efervescencia libresca para usted, y sé que en los próximos tiempos van a aparecer más libros suyos o relacionados con su obra. ¿Cuáles serán?

Es inminente la salida de Metazoa. Presencias faunísticas, en Jekyll & Jill, una selección de relatos de mi autoría en los que la fauna tiene acto de presencia. También a primeros de año ha de salir un curioso volumen editado por el profesor español Enrique Mallén desde la Universidad de Cornell, en EE.UU, y que titula Nueve Poetas No Novísimos en Lengua Española, según parece en edición inglesa y en edición española, esta a través de la madrileña Editorial Dilema en una colección de poesía dirigida por Antonio Ortega. La antología se sustenta en los poemas de nueve poetas (seis hispanoamericanos y tres españoles, Francisco Layna, Ángel Cerviño y yo mismo) con notas biográficas y breves poéticas. Luego saldrá, en el exquisito sello barcelonés Días Contados, una selección prologada, a cargo del profesor Antonio Viñuales Sánchez, de la Universidad de Zaragoza, de mis artículos publicados en El Boomeran(g). También Joaquín Fabrellas negocia con la editorial zaragozana de poesía Olifante la edición de algunos de mis poemas acompañados por su génesis, incidiendo en las anécdotas que la conformaron. Un viejo proyecto, un libro de artista al alimón con el pintor y escenógrafo barcelonés Frederic Amat, con Estela Robles como editora, podría nacer por fin en 2026, tras vivir varias anécdotas en su preparación, la menor de las cuales no fue la de un bibliófilo argentino que preguntó si el libro podría forrarse con piel humana. Quisiera también entregar a Anagrama la «novela» Vórtex en la que llevo trabajando demasiado tiempo, y cómo no, que fueran realidad otros proyectos en los que de un modo u otro participo, como una antología de narradores de relatos breves en español bajo la dirección de Gema Pellicer y Fernando Valls, una recopilación de relatos aparecidos en Ínsula tutelados por su editora Arancha Gómez Sancho, un «dossier» de rimbombante título, Universo Lerín, e ignota configuración, y un ensayo sobre Arte Contemporáneo, en el que según me cuenta su autor, Enrique Juncosa, que fue comisario de la exposición sobre Arte Casual celebrada en el Museo de Arte Contemporáneo de Ibiza, comparto el capítulo, dedicado a artistas plásticos poetas, nada menos que con Federico García Lorca y con Joan Brossa; mucha ilusión todos estos proyectos y quizá el que más este último.

Anagrama. Fotografía cedida por el autor.
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