Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández (eds.)
Un estallido. Antología de la poesía española (2000-2025)
Cátedra
456 páginas
POR JOSÉ ANTONIO LLERA

No es raro que todo antólogo arrastre un poso de melancolía, porque sabe que nunca se da una sincronización perfecta entre su mapa y el territorio que trata de representar lo más fielmente posible (la vastedad del terreno hace inevitable el décalage). Nunca está en paz su casa: mientras unos aplauden el escrutinio, otros recelan, patean la función y ven intereses ocultos por todas partes. Lo advertía Cervantes en su Viaje al Parnaso: “Yo no sé cómo me avendré con ellos: / los puestos se lamentan; los no puestos / gritan; yo tiemblo destos y de aquellos”. Sin embargo, la discusión en torno a los ausentes en una antología siempre me ha parecido estéril, pues lo que debe discutirse es si está bien articulada desde el punto de vista teórico y crítico.

Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández nos ofrecen una selección de veinticinco poetas nacidos entre 1984 y 2000, en la que figuran María Salgado, Ben Clark, Lola Nieto, Elena Medel, Javier Vicedo, Bibiana Collado, Martha Asunción Alonso, Unai Velasco, Ángelo Néstore, Ángela Segovia, Berta García Faet, Luna Miguel, Ruth Llana, Álvaro Guijarro, Cristian Piné, Gema Palacios, Xaime Martínez, Mayte Gómez Molina, Pablo Baleriola, Rodrigo García Marina, Andrea Abello, Juan Gallego Benot, Rosa Berbel, Laura Rodríguez Díaz y María de la Cruz. El hecho de que esta nómina aparezca en Letras Hispánicas de Cátedra habla no solo de la pujanza de la poesía española más reciente, sino también de la apertura a la literatura actual de una colección antes reservada a los clásicos. Me apresuro a decir que es un trabajo bien argumentado, honesto y convincente, con algunos matices que trataré de explicar.

Alcancen a ser fundacionales o no, la historia literaria nos ha enseñado que existen al menos dos grandes clases de antologías: aquellas que se centran en una tendencia o grupo, y las que tienen un carácter panorámico. Las primeras son, con mucho, las que han proliferado en la literatura española, y lo han hecho con objetivos —declarados o no— decididamente canonizadores. Molina y López Fernández apuestan por una muestra de carácter histórico, abierta y plural, que pivota sobre dos ejes esenciales del campo literario: el realismo —con todas sus variantes y reconfiguraciones— y la experimentación. Los criterios que esgrimen se basan en la “representatividad, versatilidad, interés estético y formal, trayectoria y reconocimiento” de los autores. Ni que decir tiene que cada antólogo interpretaría esa misma partitura de forma muy diferente. No comparto el requisito que de todos los antologados deban tener más de un libro publicado, ya que la poesía se mide siempre cualitativamente y no al peso. Eso también debe saberlo advertir el crítico, catador de la excepcionalidad, la singularidad y la rareza. Se me ocurre un ejemplo: Invocación a las mayorías silenciosas (2022), de Paloma Chen, su primer y único libro.

El amplio estudio introductorio lo vertebran tres partes: una aproximación cartográfica a la poesía del siglo XXI, el análisis de sus derivas estéticas y un repertorio final de focos temáticos. Muy acertada me parece la renuncia al relato generacional basado en la ruptura estética con lo precedente, muy común en la historiografía literaria española y responsable de reduccionismos, del taimado numerus clausus promocional. (Eso no impide que podamos usar milenial o generación Z en sentido sociológico).

El arco cronológico que se dibuja —desde 2000 a 2025— se describe como la transición que va desde la ruptura con respecto al canon hegemónico experiencial de los noventa hasta la constatación de la hibridez y la diversidad en estos últimos años. Pero, como los propios antólogos reconocen, establecer el cambio de siglo como señal de transformaciones estéticas radicales resulta un tanto artificial y engañoso. (Lo que en la poesía de la experiencia se llamó «ruptura interior» considero que no fue tal, sino que respondía más bien la máxima lampedusiana del cambio mínimo para que todo siguiera igual de monolítico). Sí habrá un progresivo gusto por el fragmentarismo y con él la sospecha de que a la posmodernidad estábamos llegando un poco tarde. ¿Era lo irónico una marca distintiva? En realidad, pienso que esas estrategias de distanciamiento no eran del todo novedosas, porque se encontraban en poetas figurativos como José Luis Piquero. Lo que sí se estaba resquebrajando era la repetitiva construcción del sujeto narrativo-elegíaco experiencial, que poco a poco se convertiría en cliché o reliquia epocal.

En este intervalo temporal, los antólogos, a la hora de hacer balance, señalan una serie de hitos en forma de libros, antologías y sellos editoriales que, en efecto, son indicios de las transformaciones que se estaban produciendo en el campo poético. Libros como los de Elena Medel (Mi primer bikini, 2002), Ben Clark o David Leo (ambos galardonados ex aequo con el Premio de Poesía Hiperión en 2006) actúan como avanzadillas de lo que vendrá. Antologías como Deshabitados (2008) de Juan Carlos Abril, que apostaba por una «tercera vía», o recuentos como los de Enrique Falcón (Once poetas críticos en la poesía española reciente, 2007) abrirán nuevas perspectivas. La conformación de un «sistema binario» estimo que no tiene por qué situarse necesariamente en la segunda década de este siglo (2011-2019), sino que simplemente se hace más visible cuando decae el influjo de las poéticas figurativas (como el dinosaurio de Monterroso, siempre estuvo allí). Concuerdo con la importancia que tuvieron —y tienen— para la diversidad estética de comienzos de siglo editoriales como Kriller71, Ultramarinos, Letraversal o Cántico, así como la revista digital Kokoro y el seminario Euraca. Añadiría también el espacio de pensamiento crisi, en Barcelona, y los Limados (2016) de Óscar de la Torre (heterónimo de Julio César Galán), que dieron la batalla por una (neo)vanguardia cuyos logros denunciaban que se habían sepultado. Discrepo, sin embargo, del diagnóstico que atribuye a la poesía más joven un «afán ensayístico y teorizador» en el lustro 2020-2025. El ensayo de Berta García Faet, El arte de encender las palabras (2023), me parece una excepción entre lo que interpreto, al contrario, como una patente «resistencia a la teoría».

La libre circulación entre el polo vanguardista y el realista-referencial que caracteriza estas últimas décadas está analizado con finura crítica, atendiendo a las distintas variantes, hibridaciones y reformulaciones: lenguajeadores, irracionalismo torrencial, poéticas de corte socialrealista, continuismo figurativo, etc. También el mapa de las líneas temáticas de este cuarto de siglo está trazado adecuadamente: el énfasis en la corporalidad y el género, la vigencia de una poesía repolitizada tras la crisis de 2008 o los nuevos diálogos culturales (yo hablaría de interdiscursividad). Echo en falta en este último apartado la mención de dos libros relevantes por sus originales imbricaciones con la ciencia ficción: Antología poética de la especie humana (2019), de Juan Ángel Asensio, y Tránsil (2025), de Nicolás Mateos Frühbeck; e incluso un mayor desarrollo de la huella de la poesía hispanoamericana y anglosajona.

Una vez sentadas las bases críticas, la selección es coherente y busca el equilibro entre las distintas corrientes poéticas. Dentro de este conjunto, me atrevería a señalar varios hitos: Hacía un ruido. Frases para un film político (2016), de María Salgado; Los salmos fosforitos (2017), de Berta García Faet; Mi paese salvaje (2021), de Ángela Segovia; Los prodigiosos gatos monteses (2023), de Rodrigo García Marina; y Del palacio ulterior las turquesas (2024), de Andrea Abello. ¿Qué tienen en común en su diferencia? En mi opinión, que no solo crean mundos propios, sino también modos de lectura que rompen las expectativas y las convenciones. Tanto se resisten al género antología que para presentar una muestra hay que violentar su universo de sentido y despiezarlo.

El número de poemas por autor es suficiente para que nos hagamos una idea de su trayectoria. Tal vez, en el caso de aquellas escrituras de mayor desarrollo o evolución, la nota crítica que antecede a los textos se podría haber ampliado algo más (en ocasiones, resulta demasiado esquemática: poco más de una página). La bibliografía es bastante completa, aunque habría merecido la pena citar la reciente antología de Juan Marqués (El tiempo está cambiando. Nueva poesía española), los ensayos de Martín Rodríguez-Gaona en torno a la lírica pop tardoadolescente, la tesis de Sergio Fernández acerca de la relación cuerpo/dolor, o los trabajos de Jorge Ruiz Lara sobre el tema de la precariedad en las últimas promociones.

Un estallido. Antología de la poesía española (2000-2025) me parece una selección valiosa, plural, atrevida a la vez que «táctica», tanto si se lee de cabo a rabo como si la abrimos al azar (repare el lector en magníficos poemas como «Deseo de ser arquero», de Ruth Llana; «CF», de Lola Nieto; o «Cuerpos perdidos en las morgues», de Xaime Martínez). Contiene buena literatura, y eso es mucho en tiempos de capitalismo digital y enshittification (Cory Doctorow).